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Odio el porno moderno

Cuando tenía 12 años tuve mi primer orgasmo yo solita. Es curioso que no recuerde exactamente el día en que perdí la virginidad con mi primer novio (hubo varios intentos) pero en cambio, tenga una lucidez exacta del día en que me masturbé en el recién estrenado baño de mi habitación y aquello se me fue de las manos hasta descubrir una sensación completamente desconocida y placentera. No tenía internet y la máxima maldad que había hecho era buscar con mi mejor amiga palabras en el diccionario como “vagina” “pene”, “sexo” o “puta” que intuía una profesión súper perversa. Mis padres, como la mayoría, no me hablaban de sexo. Y menos de masturbación. Y menos a los 12 años. Pero la realidad es que una nace con coño y como es suyo, se lo toca (o eso debería hacer). Por supuesto, no sabía qué hacía, sólo que me gustaba. Tampoco era la primera vez que le daba a la lámpara mágica, pero sí la primera en que tuve la suficiente paciencia para que se me apareciese Aladín con todo su séquito.

Después de correrme con la luz apagada y la puerta cerrada bajo llave –conteniendo la respiración y rezando para que ni mi madre ni mis hermanos vociferasen mi nombre al otro lado-, me quedé mirando el techo del baño: había pegado estrellitas fluorescentes que venían en el Colacao (¿o era Nesquik?) y que formaban constelaciones en la oscuridad. A pesar de ser horribles y estar colocadas sin ningún criterio astronómico, aquel día me parecieron preciosas y llenas de un significado simbólico: había tocado el cielo por primera vez. Después del subidón, vino el bajón, y me sentí enferma y desviada por lo que acababa de hacer. Tenía la sensación de que aquello no estaba bien. La represión sexual que sufrimos las mujeres desde la infancia se manifiesta en nuestra relación con nuestros propios cuerpos: sabemos que tocarnos está mal. Así que no le comenté a ninguna amiga el delito que acababa de cometer. Volví al cole, a las Barbies y a mandar notitas al chico que me gustaba para preguntarle si venía conmigo a montar en bici. Sin embargo, desde aquel día, no pude dejar de hacerlo de manera casi compulsiva –descubrí el chorro de la ducha-, y vinieron muchas otras veces en que me quedé mirando las estrellitas fluorescentes del baño de mi habitación mientras me mordía la mano para evitar pegar un grito.

Cuando me hice adulta descubrí que la masturbación en la infancia y preadolescencia es algo completamente normal, que forma del desarrollo y la madurez sexual de la mujer (y de los hombres, que curiosamente empiezan un poco más tarde a tocarse los genitales) y que la horquilla para la primera vez con una misma se sitúa entre los 12 y los 14 años. Supongo que fui adelantada en el interés hacia el sexo. Pero eso es algo que ya no me sorprende en absoluto.

También por aquella época se estrenó Titanic, la película de moda entre las niñas de mi edad, completamente enamoradas de Leonardo Dicaprio. Mis padres me compraron la cinta en el Continente cuando salió en VHS y no se podrían ni imaginar la cantidad indecorosa de veces que su hija pequeña rebobinó la cinta, para repasar la escena en que los protagonistas hacen el amor en el coche. Ver a Rose chupándole las yemas de los dedos a Jack y las manos de la primera escurriéndose contra el cristal empañado, es uno de los primeros recuerdos de excitación sexual inducida que tengo. Vamos, que me puso muy tonta. Desde aquel momento, Kate Winslet pasó a convertirse en en mi actriz preferida de todos los tiempos, algo que curiosamente, se afianzó con los años. El criterio de selección no sería el más refinado, pero no podéis negar que no haya escogido bien.

titanic sex hand

El recuerdo de aquella escena como lo MÁS EXCITANTE QUE HABÍA VISTO JAMÁS, me hizo repasarla para escribir este artículo. No se ve nada, apenas se intuye un trocito de pezón de Kate Winslet, y la espalda de Leonardo Dicaprio. No hay cuerpos desnudos, ni pollas erectas, ni violencia sexual, de hecho, es una escena completamente cursi y blanca, apta para todos los públicos y con un polvo que intuimos por el sudor de los amantes al acabar la elipsis que manda al espectador fuera del coche y que lo devuelve al interior, cuando ya han acabado. La escena es una de las más conocidas del cine comercial contemporáneo. James Cameron no pretendía hacer una escena porno, pero sí una escena erótica, y para ello optó por lo que Billy Wilder aprendió de su maestro, Ernst Lubitsch , “hacer más con una puerta cerrada, que con una bragueta abierta”. No vamos a mentar aquí 50 Sombras de Grey.

Además de Rose y de Jack en aquel coche, no os imagináis la de veces que me tuve que tocar después de leer los relatos del Súper Pop titulados “Mi primera vez” o “Mi gran historia de Amor” que narraban las épicas aventuras de chicas súpernenamoradas la primera (y sangrante) vez que lo hacían con su novio. Cuando me aburrí, me pasé al Nuevo Vale, que incluía otros artículos más “hardcore” que hablaban directamente sobre sexo, petting, felaciones y masturbación, que compraba a escondidas al salir de gimnasia rítmica, y escondía entre los apuntes de Religión de la carpeta del colegio. Sí, siempre fui una hija de puta.

Así, que mi imaginario mental de la erótica y la sexualidad, fue construido sobre artículos escritos por redactoras treintañeras con ganas de tomar el pelo a adolescentes asustadas, los rollos de Al Salir de Clase, Quimi y Valle en Compañeros, las conversaciones con amigos más mayores que ya lo habían hecho –y que incluían, de nuevo, sangre- y la pura experimentación de campo. Llegué al sexo, como la mayor parte de la gente de mi generación, sabiendo claramente lo que era un orgasmo o en qué consistía follar, pero sin haber visto jamás una polla delante. La primera vez que metí las manos debajo del calzoncillo de un chico para tocarle el pito, tenía 16 años y ni la más remota idea de anatomía masculina. Cuando le pregunté si le gustaba, me aclaró que lo que tenía entre las manos era un huevo, y no su polla.

El primer recuerdo de cine porno que tengo –aparte del codificado de Canal Plus cuando era pequeña- eran las pelis que echaban a horas intempestivas en Telesalnés (la televisión local de mi pequeña comarca pontevedresa) y que veía a ráfagas y sin volumen porque 1)compartía sala con mis hermanos y era raro que estuviese sola 2) mis padres dormían en la habitación de al lado. Así que cuando pude ver una peli porno entera ya estaba en la universidad, en Santiago, y fue también en una cadena local que echaba porno cutre a las tantas de la madrugada, mi hora preferida para estudiar. Todo el mundo sabe que la audiencia de las teles locales subía como la espuma a partir de las 2 de la madrugada.

Esto quiere decir que consumí pornografía cuando ya había tenido sexo real con mi pareja y era mayor de edad. Recuerdo una ocasión, con 17 años, en que nos atrevimos a ver juntos Lucía y el Sexo y no pudimos terminarla de lo cachondos que nos pusimos (la calidad del cine no importaba mucho, ver sexo en una pantalla era muy excitante para dos adolescentes). Sin embargo, los niños y adolecentes de hoy adquieren su educación sexual del porno antes de tener ninguna experiencia de carne y hueso. En concreto, del porno duro, ése que se dispensa en internet gratuita y confidencialmente y que, obviamente, es un caramelo que ningún adolescente en su sano juicio e híper-hormonado, podría rechazar. Si en mi época todos hubiésemos tenido internet con banda ancha, os aseguro que le iban a dar mucho al torso desnudo y peludo de Quimi sobre Valle debajo de unas sábanas que nunca jamás dejaban ver nada, y, sobre todo, al hermano pequeño de ella que siempre aparecía para interrumpir cuando estaban a punto de echar un polvo. Maldito Lolo.

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La adolescencia es una época de plena eclosión sexual en donde se multiplica la curiosidad por el sexo. Yo me tenía que conformar recreándome con lo que María Asunción, de 16 años, escribía al Súper Pop al día siguiente en que su novio le bajase las bragas por primera vez en el baño del instituto. Me llevaba mi tiempo pero me lo pasaba pipa, imaginándome que ya era mayor y tenía un novio que notengoniideacómo me hacía el amor (salida sí, romántica siempre). Me imaginaba muchos besos y caricias, besos con lengua, húmedos, besos en la barriga, besos en las tetas, pensaba una y otra vez sobre el momento en que me metiesen la mano por debajo de las bragas para tocarme el culo, y si me imaginaba que me tocaban la vulva, ya me daba para excitarme bastante más que a día de hoy viendo una orgía de 20 penetraciones.

La influencia del consumo compulsivo de porno está haciendo estragos en la sexualidad. Nos cuesta muchísimo más excitarnos. Haber pasado del esfuerzo mental que suponía tener que recrear tu propia película al clic de video en video, con imágenes cada vez más salvajes –e irreales-, no puede ser positivo para la imaginación. El orgasmo, antes que en la piel, ocurre en el cerebro. Está demostrado que el consumo de porno en exceso atrofia nuestro umbral de excitación. La pornografía moderna está llena de violencia, prácticas extremas como el fisting, el sadomasoquismo hard, pises y fluidos variados, y agujeros inmensos se aparecen en nuestras pantallas como si la dilatación de vaginas y anos ocurriese automáticamente cuando un señor con un pene de 25 centímetros te llama zorra mientras te escupe en el suelo.

El consumo de porno no va a parar. Se trata de una de las industrias -junto a la prostitución y a las drogas- que más dinero mueve en el mundo. Y se calcula que cada segundo del día hay una media de 30.000 usuarios consultando porno online sólo en Estados Unidos, que generan, a su vez, 3000 dólares por segundo. Un tercio de los usuarios, son mujeres. Y cada vez más gente consume porno en el trabajo. En total, el porno representa un 30% del tráfico de datos en internet. A pesar de ello, el porno no debería ser un problema en los adultos, que, con cierta madurez sexual alcanzada, se pueden permitir el lujo de pasarse un ratito sacudiéndosela como monos esquizofrénicos delante de una pantalla, porque se supone que saben (sabemos) diferenciar lo que es el sexo de verdad de la pornografía.

El dilema está en el acceso libre de los menores de edad a la pornografía online. Según la investigadora Alexandra Katehakis, directora del Center for Healthy Sex de Los Ángeles, el porno ya es la fuente primaria de educación sexual en la mayoría de los adolescentes y niños. Según otro estudio realizado en España, “la mitad de los menores de edad han visto pornografía en internet, y un cuatro por ciento de los menores de 11 años han recibido contenidos sexuales en su móvil”. Las consecuencias del consumo de pornografía entre los adolescentes están siendo desastrosas. La plasticidad neuronal y la maleabilidad cerebral propia de la etapa adolescente provoca que el cerebro, aún en desarrollo, se amolde a las actitudes y escenas que está observando. Ya hay datos preocupantes sobre eyaculación precoz, disfunción eréctil y erecciones lentas en menores de veinte años. La media de duración de los usuarios en estas páginas es de poco más de 15 minutos, tiempo en el que probablemente un chico (varón) ya se haya corrido dos veces. Las chicas y chicos de 14 años ven vaginas lampiñas, estiradas, y lustrosas, con labios esculpidos a golpe de bisturí y que se parecen más a lo que tiene entre las piernas el Nenuco de mi sobrina que a un coño humano. Culos blanqueados. Penes más grandes y erectos que mi brazo. Supuestas eyaculaciones femeninas a chorro (squirting) que en realidad son orina. No tienen ni más remota idea de que el sexo huele, sabe y se siente. Y que quince minutos era el tiempo mínimo que necesitaba cualquier chico para desabrocharte el sujetador y llegar a tus bragas. Encontrar el clítoris podía dilatarse horas (y vaya si se dilataba). Aunque nos parezca mentira, nosotros sabíamos bastante más de sexo que los adolescentes de ahora.

Por todo esto, aquí empieza mi cruzada antiporno. Para empezar, anoche desconecté el wifi y le pedí disculpas al chorro de la ducha (necesitaba un baño, lo juro).

Sin jabugo no hay paraíso

Adivina, adivinanza:

  • El fundador de un partido abandona su propio partido semanas antes de presentarse a las elecciones.
  • Un joven aspirante a chef inventa un plato basado en un patata cocida sin cocer, le pone bigotes, y lo llama “León Come Gamba”.
  • Un cura escribe un libro sobre sexo.

¿Cómo se llama el país?

En Suspenso en Religión, nos gusta la Religión y nos gusta el sexo, así que hoy vamos a dedicarle unas palabras a la guía guarrilla escrita por el obispo de San Sebastián, el salva almas José Ignacio Munilla. Este personaje conocido por relacionar el aborto con el asesinato y asustar a sus vasallos con la responsabilidad moral ante Dios por “la matanza de inocentes”, ha decidido dar el gran paso al coaching sexual con la publicación de una obra imprescindible que todo pajillero debe tener en su casa.

Libro escrito por Munilla

“Sexo con Alma y Cuerpo” como su propio nombre indica, es una guía de sexo para tener sexo con el alma y con el cuerpo, que no sé quién será capaz de quitarse el cuerpo y el alma (el alma católica es indisoluble del cuerpo y sólo “parte” cuando la palmamos) para tenerlo, porque es complicado desprenderse de uno mismo así como así. Lo que sí se puede tener es alma y cuerpo, pero no sexo, lo cual es una gran putada porque el sexo proporciona placer al cuerpo y, por tanto, al alma (ánima=estado de ánimo). Normalmente, después de un buen orgasmo, las contradicciones del vivir y los lamentos cotidianos se ven con otros ojos. Pero vamos, esto os lo digo yo, que entiendo que un obispo entregado a la castidad de por vida tiene que saber mogollón del tema.

Además, según los católicos, el alma es inmortal, y, hagamos lo que hagamos, va a seguir ahí. El alma es como Vodafone, nunca te puedes dar de baja. Es cierto que en su paso por el examen del purgatorio pueda que manden tu alma al infierno si has cometido pecado mortal, entre los que se encuentran: la homosexualidad, el adulterio, la blasfemia, el divorcio, la fornicación fuera del matrimonio, la gula, la mentira, la pornografía o la masturbación. Es decir: Dios te premia con el paraíso si no haces nada de esto en tu paso por la tierra, y, en ese paraíso del que no podrás salir en TODA la eternidad, tampoco tendrás ningún vicio. Entonces, ¿qué mierda es el paraíso? ¿el Ikea?

En su libro, Munilla va cargando contra todo aquello que le proporciona placer al cuerpo, libertad al “alma” y sentido crítico al espíritu, porque para la ideología católica, LA PERVERSIDAD está en todas partes.

  • “La masturbación es una especie de violencia contra el cuerpo, porque pretende arrancarle el placer”. Si hacerse pajas es hacerse daño, ¿esto qué es?

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  • “La ideología de género y la revolución sexual son una forma clara de manipulación y de sometimiento al servicio del poder”. Y “ahora las mujeres también entran en este desorden (masturbación) con cierta frecuencia”.
  • “Los homosexuales necesitan la sanación de las heridas afectivas provenientes de la infancia y la adolescencia”. “Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. Pues yo conozco a alguno que tiene el armario hecho una virguería. Perdón, muy ordenado.
  • “Las mujeres y los hombres son diferentes” Por fin una verdad. “Las mujeres son cíclicas y a algunas se les da por activar la limpieza”. Las mujeres somos cíclicas y se nos puede dar por activar la limpieza, el cerebro e incluso el clítoris.
  • “No hay relaciones sexuales seguras porque la protección (frente a virus de transmisión sexual y embarazos no deseados) no es igual a seguridad”, ya que “los más de 100.000 abortos al año en España así lo atestiguan”. No es por quitarle razón yo al hombre, pero, normalmente, cuando uno usa métodos anticonceptivos, precisamente es para prevenir la concepción.
  • “El joven que más se esfuerza por vivir la castidad es más sensible y si está muy enamorado, una simple caricia puede propiciar una reacción desproporcionada con la consiguiente confusión e inquietud moral.” Pobrecillo, se mata a pajas.
  • “Irse a vivir juntos antes de casarse revela el miedo al matrimonio” y “es imprudente”. Claro, lo prudente es casarse con alguien con quien no has compartido techo, ni cama, ni te has masturbado, ni has follado, ni visto porno, ni has bebido y ni siquiera te has podido pillar un empacho. Lo prudente de hecho, es casarse con alguien que te de mucho asco. Pero mucho, mucho. Lo prudente es casarse con Munilla.
  • “El lío es el contacto íntimo con alguien con quien no se tiene un compromiso”. Preocupado porque la gente se lía cada vez más, advierte: “Cuando desgajamos amor y sexualidad, esta última se convierte en una sustancia con poder adictivo, como ocurre con el alcohol, determinados fármacos o el juego”. “Esta es la consecuencia de convertir el placer en el sentido último de la sexualidad”. El lío, “es algo así como la comida basura: uno reconoce que no es buena para la salud, pero está rica, es barata y casi siempre apetece”. “Es muy distinto el placer que se obtiene de una relación sexual sin amor del de otra relación en la que amor es lo que se quiere comunicar”. Munilla establece esta relación entre las relaciones sexuales libres y las relaciones sexuales en pareja: “jamón de jabugo o jamón de paleta cocida”. “Se llama jamón pero no es lo mismo”.

Esta última recomendación da para varios comentarios. Para la secta católica el sexo sólo puede darse dentro del matrimonio, de hecho, es imprescindible que la mujer esté disponible para el hombre cuando éste la precise. Hay mujeres que no aman a sus maridos y maridos que no aman a sus mujeres y se reproducen como los peces en el río, ¿qué hacemos con ellos?

Finalmente, yo también opino que el jabugo está más rico que la paleta cocida, pero no siempre tengo dinero para el primero y prefiero comer un poco de paleta a pasar hambre. Porque además, pasas hambre un tiempo y luego, extasiado por los sabores y aromas, te coges un empacho y vuelves a pecar. Así no se puede, Munilla.