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Por qué no veo fútbol

En España existen cuatro poderes fácticos que rigen la vida de los ciudadanos: el legislativo, el ejecutivo, el judicial y, el fútbol. Como sabréis, cada poder es independiente del otro y no pueden ser anulados mutuamente debido a una democrática (supuesta) separación de poderes recogida en la Constitución, por lo que todos ellos, tienen su propio ámbito de actuación. Atreverse a atacar comportamientos generalizados en los campos de fútbol, un deporte convertido en filosofía pura por parte de algunos intelectuales, puede suponer que te coloquen la etiqueta de feminazi o que te califiquen, atrevidamente, de ignorante. El fútbol es un tema serio. Una cuestión de Estado, como bien han venido demostrando todos nuestros presidentes del Gobierno.

Esta semana le tocó a Shakira –que no a Piqué, ni al Barça- ver su nombre y el de su ex pareja en el campo de fútbol del Espanyol en elaborados mensajes machistas que trascienden, con mucho, el interés deportivo. Al menos unos cientos de aficionados muy enfadados con Piqué (seguramente con razón) la utilizaron a ella como reclamo para llamar la atención de los medios y conseguir su minuto de gloria. No hay nada que los machistas hagan mejor que emplear cualquier excusa o soporte para demostrar su ¿pensamiento? neandertal. Pero las pancartas que rezaban “Shakira es de todos” y “Antonio de la Rúa contigo empezó todo” entraron y se mantuvieron en el campo con el beneplácito del equipo de la casa. Las pancartas son una muestra más de que la premeditación del machismo futbolístico precede al propio campo, y, su admisión en el mismo, que a los responsables les importa un pito la dignidad de las mujeres.

shakira-espanyol

No veo fútbol porque el fútbol es machismo. No todos los futbolistas ni todos los aficionados son machistas, pero la institución futbolística es intrínsecamente machista. Machista, desde su propia concepción, con una Federación que discrimina a las mujeres y que impide la profesionalización femenina. En la liga masculina, desde las superestrellas hasta los jugadores de Segunda B tienen su sueldo, mientras las mujeres futbolistas no pueden ni soñar con vivir de ello. La mayoría de las jugadoras de la Superliga (la primera división femenina) tienen que compaginar su afición (sí, afición) con trabajos variados que van desde el comercio hasta la ingeniería. Sólo dos equipos de Primera pagan salarios de mileuristas a sus jugadoras, y sólo siete de ellas son profesionales. ¿Esperabais que los 60 hombres que componen la junta directiva de la RFEF velasen por los derechos de las mujeres futbolistas? Pues va a ser que no.

En el país del fútbol, las grandes jugadoras, como Vero Boquete (nominada mejor futbolista del mundo en 2015) o Vicky Losada, trabajan en equipos extranjeros desde hace años. No es que la situación preocupe mucho a la Federación, que les asigna dietas de 40 euros al día y un autobús cuando se juegan un Mundial, como si se tratase de la excursión a Port Aventura de 4º de la ESO. Supongo que también les darían la merienda y media hora para llamar a sus madres. Qué esperar cuando colocan a Ignacio Quereda como seleccionador femenino durante casi 30 años, un señor que se refiere a las profesionales como “chavalitas” y “gorditas” y les pide favores de chacha como que le sirvan un café para comprobar “quién ejerce de mujer”.

No veo fútbol porque los jugadores masculinos más populares, adulados como dioses griegos, no tienen ni solidaridad, ni la mínima empatía con sus colegas femeninas. Ninguno de ellos, poderosísimos de cara a la Federación y, sobre todo, hacia la propia afición, visibilizan ni mentan jamás los problemas de la liga Femenina. Cuando en verano de 2015 la selección de mujeres se fue a Canadá, apenas un par de ellos les desearon suerte desde sus redes sociales. La mayoría no sabrán ni los nombres de las jugadoras de la Selección.

No veo fútbol porque ni los que tienen que trabajar por las jugadoras en el campo se lo toman en serio. El árbitro Enrique Vegas Arellano trató con continuo desprecio a las jugadoras del Femenino Albacete B en un encuentro contra el Fuensalida el pasado 2 de enero de 2016. Además de recordarles que se diesen prisa porque “luego tengo una cena y sino no llego a tiempo” amonestó a una jugadora con un “toma una amarilla, por guapa, date la vuelta que te vea el número, por guapa”, entre otras muchas faltas de respeto, risas y vaciles. Tal fue el nivel de estrés al que las sometió mientras ignoraba completamente el juego, que las jugadoras decidieron abandonar el partido 25 minutos antes del final. El colegiado fue suspendido de actividad, pero imaginaos por un momento que un partido de hombres tuviese que ser suspendido, aunque fuese en categoría regional, porque el árbitro se tiene que ir de cañas.

No veo fútbol porque las mujeres árbitro (en categorías inferiores) reciben insultos y faltas de respeto referidas a su sexualidad, cada vez que se calzan las botas. Del típico “guapa” “bonita” de siempre al “puta, zorra, guarra o comepollas” y “vete a fregar que éste no es tu sitio” que tuvo que escuchar una juez de línea andaluza durante un partido de Segunda División B. Quizá así sea fácil comprender por qué hay tan pocas mujeres que se dedican al fútbol. Y por eso las admiro tanto. Hay que tener mucha paciencia y unos ovarios como el Botafumeiro de la Catedral de Santiago para aguantar a tanto lerdo sin perder los papeles.

No veo fútbol por la legitimación de la violencia machista por parte de los propios clubes y de la Federación, que no se afanan como debieran en erradicar ni en castigar los comportamientos machistas en los estadios.

El esperpéntico caso del jugador Rubén Castro es el ejemplo perfecto de hasta qué punto la institución futbolística protege y ampara el machismo violento mientras la Justicia -siguiendo esa norma sagrada de separación de poderes- mira para otro lado. Rubén Castro, procesado por cuatro delitos de maltrato y uno de amenazas a su novia, ha sido apoyado públicamente por aficionados y con cánticos que celebraban las hostias que le había pegado a su ex. Nos quejamos –yo la primera- del tratamiento especial de la justicia a la Infanta Cristina, pero mientras ella ya ha sido apartada de la Corona por la propia institución, este individuo sigue dándole patadas a un balón con sueldo y camiseta del Real Club Betis Balompié.

No veo fútbol porque los medios de comunicación deportivos tratan a las mujeres –deportistas, acompañantes o aficionadas- como pedazos de carne que sirven para adornar la sección rosa de turno y para calentar braguetas en los diarios deportivos.

No veo fútbol, pero me gustaría cuando leo a mi admiradísimo Eduardo Galeano y entiendo que yo no siento eso, que, para un aficionado de verdad, tiene algo de místico, de religioso, que se adhiere a las entrañas, que escapa al control y a la voluntad, y seduce más que el amor de una vida. Pero incluso Galeano conocía los peligros del fútbol moderno “El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua”.

De todas formas, es sabido que los genios siempre han tenido sus vicios. Recordad que Hemingway escribió un libro en honor a la fiesta taurina.

 

 

“Me llamo Ángela. Me van a matar”

Anoche Televisión Española emitía Tesis, la ópera prima de Alejandro Amenábar rodada en 1996. El logline que aparecía en el cartel de la película está considerado por los expertos cinéfilos como uno de los grandes aciertos comerciales del cine español “Me llamo Ángela. Me van a matar”. Pocas frases resumen tan bien y tan descarnadamente el miedo, el terror y la psicosis del que sabe que va a morir. Como estrategia de venta fue un éxito: después de ver el tráiler es difícil no querer saber qué pasa con Ángela. A todos nos invade el deseo humano de querer trascender la pantalla para poder ayudarla. Sentimos el miedo en los ojos de Ángela.

Muchas mujeres, de carne y hueso, viven cada día con la misma sensación que Ángela. El horror de que las pueden matar en cualquier momento.

Ayer fue un día negro para la violencia machista en España. Dos adultas y dos niñas eran asesinadas a manos de su expareja, su hijo y de su propio padre. Las mataron hombres por el hecho de ser mujeres o para hacer daño a una mujer. No busquéis más explicaciones: ni arrebatos pasionales, ni locura transitoria, ni efectos de las drogas, ni “era un tipo encantador y a saber qué le habrá hecho ella”. Como cualquier grupo terrorista, el machismo, aparte de matarnos, nos aniquila psicológicamente, nos humilla, nos anula, nos llena de miedo, y pone al hombre –y al género masculino, en general- en una dimensión de superioridad sistemática -“si no haces lo que yo quiero, ya sabes lo que te puede pasar”- que nada tiene que ver con un crimen puntual.

La “violencia de género” no es una excepción, ni se trata de casos aislados, ni de locos psicópatas que ayer por la mañana saludaban y a primera hora de la tarde son capaces de llamar la policía para decir tranquilamente que van a matar a sus dos hijas para luego suicidarse y, después de asesinar a las niñas de la forma más espeluznante posible, la locura transitoria se les pasa y se olvidan de rebanarse el pescuezo.

También ayer, 31 de julio de 2015, una mujer de 33 años era asesinada por su expareja en Palma de Mallorca. El hijo de puta cobarde la apuñaló y degolló y tuvo que estar borracho para hacerlo, a ver si cuela el estado de ebriedad como atenuante de su poco valor y síndrome de inferioridad como deshecho humano. Hace sólo unos días, el 10 de julio de 2015, Laura González, de 27 años fue quemada viva por su expareja en Santa Cruz de Tenerife. El asesino decidió acabar con la vida de su ex en plena calle, para dar ejemplo o otros hijos de puta de lo que cualquiera es capaz de hacer. No hace falta tener mucha fuerza física para rociar a nadie con líquido inflamable, ni para degollarlo, ni siquiera para asestarle varias puñaladas. Mucho menos si son dos niñas de 4 y 9 años. Sólo hace falta una cosa: mezquindad.

En lo que va de año, 45 mujeres, 3 niñas y 7 hombres fueron asesinados por otros hombres que se creían dueños de mujeres de las que no merecían su amor. El año pasado murieron 102. Entre 2010 y 2013, 460 mujeres fueron víctimas de la violencia patriarcal. Más de 800 desde que empezaron a registrarse datos estadísticos oficiales, en 2003.

Esto se llama feminicidio. Y es el asesinato sistemático de mujeres por el hecho mismo de serlo. Y, a pesar de no estar tipificado juridícamente como delito, es LA PRINCIPAL causa de muerte de mujeres de entre 14 y 55 años en todo el mundo. Y, por ello, es incomprensible que el terrorismo machista no haya alcanzado la misma categoría penal que el terrorismo de ETA o el yihadismo, y no exista un pacto de Estado para acabar con esta lacra que lleva siglos oprimiendo a la mitad de la población.

En los atentados del 11M murieron 193 personas. ETA tuvo 36 años para asesinar a 829 personas, entre 1975 y 2011. A este paso, las cifras de asesinadas a manos de hombres en España será de 2400 en el mismo período. Multiplicando por tres los crímenes de ETA. A nadie se le ocurría decir en los medios de comunicación que un etarra tuvo un mal día o el concejal de turno lo había provocado con sus políticas antinacionalistas. A ver si tenemos el mismo respeto por nuestras muertas y dejamos de insinuar que se lo merecían.

“Te has enamorado del malo, imbécil”, le decía Chema a Ángela en Tesis. Desgraciadamente, y sin que sirva de justificación, ni la madre de las niñas, ni la joven rociada con gasolina –madre también de una niña, que pasará a engrosar la larga lista de huérfanos por violencia machista-, ni la degollada por su ex, habían presentado denuncia previa. Si os enamoráis del malo, denunciadlo. Si conocéis algún caso, no seáis cobardes. Hacedlo.

Eso es lo que tenemos que hacer todas y todos, a partir de ahora, desde el momento en que un atisbo de violencia machista se presenta en ese chico encantador que siempre saluda en el ascensor por las mañanas. Por ellas, por nosotras, por nuestras madres y por nuestras hijas. Hasta que se colapsen los juzgados de este país. Hasta que dejen de matarnos.

Yo también me llamo Ángela. Y tengo miedo.

Tesis-1996