Les voy a contar algo que puede sorprenderles. La mayor parte de las mujeres hemos sufrido violencia sexual o hemos sido violadas. Lo digo sin ningún tipo de rubor y sin ningún género de dudas. Unas tardan más en darse cuenta y otras nunca asumen que han sido abusadas, y hasta justifican las agresiones por una suerte de ”provocación” que llevamos a cuestas como el pecado original. Muchas nos hemos acostado con tipos que no deseábamos, cuando no nos apetecía y después de haber dicho “no”. Algunas, además, hemos tenido experiencias violentas y hemos sentido miedo. Una amiga íntima me pidió que contase lo que le ocurrió a ella. No era un desconocido ni era la primera vez que estaba con él. Tampoco fue en un portal oscuro, sino en una enorme cama de un precioso chalé con piscina. Mientras sus amigos se divertían en una fiesta el dueño de la casa la encerró en una habitación, le rompió las bragas y la violó. Después, la secuestró bajo llave toda la noche y al día siguiente la tiró en una farmacia para que se tomase la píldora abortiva delante de él. Ella nunca lo denunció. Tenía 20 años y no quería que sus padres se enterasen. En España se denuncia una violación cada ocho horas, pero la mayoría pasan desapercibidas. Porque no ocurren en portales. Las violaciones suceden habitualmente en las casas, en cómodos colchones y bajo sábanas limpias, en la intimidad que llevamos por cruz cada una de nosotras. Y la realidad es que casi nunca hacemos nada. Porque ninguna mujer quiere convertirse en “la violada”. Ninguna mujer quiere sentirse víctima, ser cuestionada por un juez, ni hacer público su dolor. Ninguna mujer quiere que sus padres, sus compañeros de trabajo o sus amigos sepan que han abusado de ella. Ninguna mujer quiere ser sospechosa de pretender arruinar la vida de un tipo. De haberlo provocado. Ninguna quiere caer en la ignominia. Sinceramente, si no se creen a la chica de los San Fermines, ¿cómo van a creer a mi amiga? Estamos educadas para avergonzarnos hasta de lo que los demás hacen con nosotras.

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No sé qué tendrá en la cabeza el juez que estos días juzga la violación múltiple a la chica de 18 años que en los San Fermines de 2016 tuvo la desgracia de cruzarse con cinco depredadores que buscaban víctimas desde antes de salir de casa. Los whatsapp no dejan lugar a dudas: “violaría a una rusa que vea despistada”, “follándonos a una entre cinco”, “hay que empezar a buscar el cloroformo, los reinoles, las cuerdas…para no pillarnos los dedos porque después queremos violar todos”. Los mismos whatsapps que no fueron admitidos como prueba de la acusación mientras sí se admitían investigaciones de un detective privado que los supuestos, supuestísimos violadores, le pusieron a la víctima. Todo para comprobar que, efectivamente, la muchacha no se había tirado de un puente después de aquella noche. Verán, una no se muere cuando abusan de ella. La sensación se parece mucho más a la impotencia, el asco, y la sed de venganza. La rabia no impidió a mi amiga reír, llorar, disfrutar, enamorarse y follar. Tampoco la impidió ir a la universidad ni usar redes sociales. Algunas mujeres que han sufrido abusos sexuales tienen carreras espectaculares como Madonna o Lady Gaga. Incluso las mujeres que han sido tratadas y prostituidas rehacen su vida y dan ejemplo a otras. Quizá el problema es el concepto que ese juez, ese hombre, tiene de las mujeres. Quizá este señor esperaba que la víctima no se reconstruyera, que se apartase, que llevase la vergüenza por bandera y que su vida fuese un infierno. Quizá era lo que quería. Que no molestase.

Por eso nos juzgan a nosotras. Para tenernos calladas. Porque se creen con derecho de violar, y por eso al juez no le sorprende que se jacten de ello en un grupo de amigos compuesto por veintiún hombres. Veintiún cómplices de, al menos, dos violaciones. Porque a “La Manada” le espera otro juicio en Pozoblanco. Para ellos es un juego y nosotras sus juguetes. Ellos los sujetos y nosotras los objetos. Nosotras las locas y ellos los normales. Los guardia civiles,  los militares, los padres de familia, los que van al fútbol, los chicos monos que tienen Instagram o buscan la fama en Gran Hermano. Y muchas mujeres los seguimos justificando con un “se puso pesado” o “lo hice por no aguantarlo” cuando deberíamos estar colapsando los juzgados y las redes sociales con sus caras, sus nombres y sus apellidos, confesando lo que tanto hemos callado: que muchos hombres normales son violadores. Hasta que nos tengan miedo.

 

*Artículo publicado en A Revista de Diario de Pontevedra el sábado 18 de noviembre de 2017