Un viernes por la tarde de hace por lo menos diez años me subí en el tren en la estación de Santiago con destino Pontevedra y no percibí la presencia de un chico hasta la parada de Vilagarcía, cuando se bajó del tren y empezó a golpear el cristal desde fuera señalándome la mesa que habíamos compartido: se había dejado el móvil. Cogí el teléfono en la mano estupefacta, enseñándoselo, y pensando en por qué ese idiota no entraba en el tren corriendo a buscarlo cuando todavía estaba parado, mientras él hacía muecas desde el andén y se ponía los dedos en la oreja y la boca a modo de teléfono imaginario.

Me fui con el teléfono a Pontevedra y me pasé el fin de semana con él. Obligada a localizar a su dueño, hice un repaso por la agenda y llamé a una chica cuyo teléfono se repetía constantemente pensando que podría ser su novia. Lejos de cualquier agradecimiento, la chica me montó una bronca por tener el teléfono de X, lo insultó y me preguntó quién coño era yo, mientras me lanzaba sibilinas amenazas para que no se me ocurriese mirar los sms, cosa que hice inmediatamente después de colgarle. Me senté en un banco de la calle y me puse a observar la vida de un desconocido con un relación tormentosa basada en el sexo, el alcoholismo y las infidelidades que ambos compartían. Pensé en que la novia me mataría si daba conmigo porque estaba claro que ella pensaba que yo había encontrado su teléfono perdido entre mis sábanas, y, como si de un botón nuclear se tratase, seguí repasando la agenda hasta dar con un número de confianza para deshacerme del dichoso teléfono. Paré en “mamá”. Al otro lado ya me estaban esperando, porque su madre descolgó el teléfono con una naturalidad que le faltó invitarme a la comida del domingo. Me puso a su querido hijo que me agradeció haber cogido su teléfono y me preguntó dónde vivía para ir a buscarlo. Le dije que estaba en Pontevedra pero que vivía en Santiago, y que si él volvía el lunes se lo podría acercar a cualquier sitio. Él insistió en recogerlo personalmente para no darme más trabajo.

Así que me vi el lunes, como una idiota, plantada delante del portal de mi casa con un desconocido que, tras un inexplicable intercambio de besos de presentación, me soltaba una más inexplicable explicación (valga la redundancia) sobre el comportamiento de la loca de su ex y una rocambolesca invitación a tomar algo después de confesarme que ¡se había dejado el teléfono a propósito! Estaba atónita. Rechacé la invitación y fue tal la insistencia que tuve que acabar justificando que no podía quedar con él porque tenía novio, cosa que era verdad, pero que estaba utilizando una vez más como herramienta de defensa. Él lo entendió, porque como buen caballero respetaba más al novio de la chica que a la propia chica. Y así, tras una pausa dramática con la sonrisa congelada, los acontecimientos dieron un nuevo giro inesperado cuando me señaló su lugar de trabajo donde podría encontrarlo cuando lo dejase con mi novio: la peluquería que estaba pegada a mi portal. Me pasé semanas pensando en los titulares. “Joven universitaria muere después de caer en la trampa del psicópata del tren”, “El asesino acumulaba varios cadáveres en la peluquería y una decena de teléfonos móviles robados”, “Hay tías tontas y después está la que le da su dirección al peluquero homicida”.

Supongo que si hubiese cambiado la manera de narrar esta historia, un claro caso de acoso, habría tornado mágicamente en un folletín romántico. Porque las agresiones nunca son iguales cuando se miran desde la perspectiva del agredido que desde la del agresor. Mientras él intentaba seducirme, yo sólo quería que me dejase en paz.

Algo muy grave está ocurriendo en Murcia con un loco que anda suelto y ha decidido empapelar toda la ciudad para encontrar a una chica con la que coincidió en el tranvía. El perseguidor ha pegado carteles en farolas, plazas y calles, en donde hace una descripción detallada de su objeto de deseo: “Querida chica del tranvía sobre las 22.20 subiste al último vagón del tranvía en la parada de la Plaza Circular. Si mal no recuerdo estabas acompañada por unas chicas que parecían ser tus amigas, ellas se bajaron y tú ocupaste sus sitios”, “tendrás sobre unos 20 años, pelo oscuro y corto vestías camiseta blanca la cual combinaba muy bien con tus leggins de color negro, medirás 1.65 aproximadamente” . A lo que añade un análisis riguroso de las necesidades y carencias afectivas de una desconocida: “Pude observar que no tuviste un buen fin de fiesta, pero aún así estabas preciosa”. “Me gustaría haber reunido el valor de sacarte del infierno que estabas pasando y alegrarte la noche”, “ojalá te hubiera tendido mi mano”.

tranvía

Cinco días después de empezar la campaña de hostigamiento, la chica sigue sin aparecer, pero muchos medios de comunicación no tienen escrúpulos en alimentar las fantasías de un perturbado elevándolo a la categoría de “enamorado” y “anónimo galán” mientras una marca de cerveza se ofrece a invitarlos a una cena romántica.

Según él mismo ha contado, no es la primera vez que utiliza este tipo de métodos unilaterales y escandalosos para encontrar a mujeres. Pero da igual, porque es amor, tontas. Espero que los deseos del acosador de “encontrarte como una aguja en un pajar” se vean pronto esfumados con la ayuda de varios antipsicóticos y una orden de alejamiento.

*Artículo publicado originalmente en A Revista de Diario de Pontevedra

Por cierto, acabo de cruzar tranquilamente el centro de Santiago después de salir del trabajo. Un chico con una bicicleta me cortó el paso para decirme (y cantarme) lo guapa que era. Media calle me estaba mirando y se escuchaban risotadas en las terrazas. Tuve que esquivarlo y me siguió hasta la puerta del súper, en donde decidí no entrar.

Que nos dejen vivir, coño.