Sobre erecciones

Sobre erecciones. Fue hace unos cuantos años, pero todavía mantengo intacto el recuerdo de la sensación que ese miembro duro y vigoroso me provocaba contra la ropa, mientras él me besaba. Éramos jóvenes, e inexpertos.
Aquello ocurrió la primera vez que un chico me besó (con lengua, restregando sus babas contra las mías) y después del estupor inicial decidí montar un gabinete de crisis con mi mejor amiga y confidente para contarle aquel espantoso episodio. “Imposible”, -sentenció ella-. “Un tío no se empalma sólo por besar, sería el móvil”.
A principios del milenio la gente llevaba móviles muy grandes que lo único que tenían de móvil era el nombre, así que, aunque desconfiada, di por buena aquella versión de mi amiga a la que yo consideraba una gran conocedora del género masculino, no por su experiencia (escasa o nula como la mía), sino por la cantidad de hermanas mayores que tenía y en cuyas conversaciones las dos intentábamos husmear constantemente.
 Sobre erecciones
Pero volvió a pasar. Otro de los fines de semana en aquella discoteca que abría en horario juvenil y que se llenaba hasta la bandera de adolescentes hiperhormonados. Fue como si me clavaran un puñal: permanecí quieta, en silencio, conteniendo la respiración, mientras su lengua daba vueltas dentro de mi boca y sus babas se escapaban por la comisura de mis labios. ¿O eran las mías?
 
El pudor se apoderó de mí más que la anterior vez porque supe que el pobre aún no tenía móvil. Como nuestra relación de dos semanas iba viento en popa me dio su teléfono de casa para que lo llamase cuando no estaban sus padres –oh, bendito facebook-.
No dije nada, no toqué nada -dios me librase- y volví a convocar a mi querida amiga.
 
 Tía, eso se mueve, te juro que cuando me besa eso se levanta, lo noto.
  Diana, te digo que eso no pasa así porque los padres se besan a menudo y no hay en ello ni una pizca de sexualidad .
   Puede que sea un cerdo, un depravado mental, porque te aseguro que eso reacciona en cuanto me besa.
  Quizá lo calientes, -acertó a decir ella-.
  ¿Yo? ¿Cómo iba a hacerlo, si no le toco nada?
  En tal caso, eres una mojigata y él un enfermo. Mejor será que lo dejes.
No fue al momento, supongo que por aquello del primer amor, pero terminé dejándolo sin que el chico me tocase un pelo más allá de las horas de morreos contra la pared de la discoteca en medio de la penumbra. Nunca intentó nada, peo el pobre no podía evitar tener erecciones cuando nos besábamos.
Al cabo del tiempo y con algo de experiencia acumulada y la amplia bibliografía recogida de la Superpop y la Bravo, entre ambas dedujimos que era normal y que pasaba porque “les gustábamos demasiado los chicos” y no podían evitarlo.
El cielo parecía nuestro.
Fue así como aprendí a proyectar erecciones a la carta. Un entretenimiento que llevé a cabo en mis años de Universidad. Lo hacía cuando me daban la lata…pasaba  a su lado, bailaba con ellos y… voilà! Siempre tuve esa maldad de dominatrix y teniendo en cuenta que muchos hombres vienen de casa con elarma cargada, me gustaba dejar claro que yo no era una víctima fácil. Sino el conejito que se come al lobo.
Cuando los tenía a mi merced, pedía otra ronda.
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