Yo para ser feliz quiero una Thermomix

A lo largo del pasado viernes, 8 de marzo, Día de la Mujer, tuve algunas acaloradas (e interesantes) conversaciones sobre el significado del feminismo en la actualidad, el uso del lenguaje como herramienta para la mayor integración de las mujeres, el trabajo femenino -y su remuneración- y blablablabla. Me apena saber que, aunque estamos avanzando en la dirección correcta, algunos hombres siguen pensando que hay ciertas áreas laborales, sociales o culturales de las que debemos seguir exentas. Sin ir más lejos, estos días se escoge nuevo Papa y ¿qué me decís del fútbol mixto? ¿Nos lo tomamos de coña, verdad?.

Por lo menos, sé que puedo discutir con un hombre de tú a tú, respetándonos mutuamente, sin que nadie me calle la boca. Parece una chorrada, pero la mayoría de nuestras abuelas no podían. Y, lamentablemente, todavía sigue habiendo muchas chicas que, o no pueden, o no quieren. Una auténtica tragedia.

Lo que sigue siendo digno de “arrancarse los ojos” es el sexismo en la publicidad. Y sin embargo, los publicistas parecen tan chic y tan modernos que cualquiera lo entiende…quiero creer que son unos mandados. Y por cierto, muy poco originales.
Por centrarme en algo –lo más entretenido- me centraré en la televisión. Los spots de televisión dirigidos al público femenino dan ASCO y VERGÜENZA en su gran mayoría. Básicamente, se centran en resaltar tres “cualidades” de las mujeres:
1)      La mujer como maruja y ama de casa. La mujer pone la colada, el lavavajillas, friega el suelo, el baño, la cocina (bueno cuando se atasca el lavabo viene el hombre porque debemos de ser subnormales), además de cuidar felizmente de los niños y tener la casa perfectamente desinfectada para proteger a su familia.
– Aquí tenemos a una amiga en problemas por su mancha. Tranquilas, una limpiadora del futuro vestida de rosita le trae Vanish:
– Don Limpio, ese calvo que lleva 30 años ayudando a las mujeres en el hogar:
– Finsih Quatum, te desvela “la receta de la felicidad”. Y ponte el mandilón de flores, bonita.
2)      La mujer menstruadora o menopáusica. La regla la deben de tener sólo las adolescentes que llevan bragas de colores y bailan contoneando el culo todo el santo día. Lo fundamental es que no se note el olor, pecado capital que pone en evidencia la pureza con la hemos venido a este mundo, por eso todo tiene “odor control”.No vaya a ser que algún hombre se dé cuenta de que estamos menstruando y se desmaye. Por otra parte, está la pobre mujer menopáusica, que tiene que usar megacompresas para las pérdidas de orina. Correcto. ¿Qué pasa? ¿Acaso no hay hombres mayores que tienen pérdidas?
 – ¿Qué cojones es esto, señores de Evax? Se nota que nunca habéis tenido la regla.
– Patricia Conde te ayuda a ponerte un tampón. Y de paso te enseña su colección de bragas.
-Pero antes ya fue Shaila Dúrcal, volviendo al mundo rosa de las nubes y las flores:
-Para las maduritas está Concha Velasco, aunque con bastante más estilo que las otras dos:
-Aunque, sin duda, el premio se lo lleva Chilly Gel. Unos graciosos estos anunciantes. Y como siempre, hablemos de lo que hablemos, A ENSEÑAR CACHA:

 

-Felicito a Ausonia porque sus anuncios no tienen nada que ver con lo que os acabo de enseñar. Olé.
3)      La mujer siempre bella, joven y cuidada. Además de la limpieza y de la regla, lo que más nos importa es estar guapas y sentirnos jóvenes. Por eso, los anuncios de cosméticos destinados a las mujeres de 60 o más años prometen un cutis de una de 40; los que van dirigidos a las de 40 de una de 30 y los que van para las de 30 garantizan la tez de una de niña de 15 años embalsamada, sin granos, ni puntos negros, ni rastro alguno de expresividad. Por supuesto, si lo que queremos son resultados inmediatos, también tenemos una amplia oferta de operaciones de cirugía estética (pechos, culo, tripa) y a vivir que son días, muñecas.-Paz Vega, actriz conocida por enseñarnos hasta el DNI en cada una de sus interpretaciones, conservada así de estupenda a base de una crema de 15 euros. Qué suerte.

-Otra  multioperada, la modelo Eugenia Silva, aportando su granito de arena en esta carrera por la eterna juventud. ¿Y esta chorrada del medidor antiarrugas? ¿¿Hola???
– Y Jane Fonda, que tampoco se ha hecho ningún retoque, vendiendo salvia de juventud.
Lo obsesión por la piel de naranja y la celulitis había que mirársela, teniendo en cuenta que es algo que tenemos el 95 por ciento de las mujeres (incluso las muy delgadas).
– Y para eso están las marcas que tienen el santo morro de adjudicarse investigaciones científicas o médicas para vendernos sus productos:
– Este spot de Corporación Dermoestética nos dibuja una sociedad en que los tratamientos de cirugía parecen tan normales como ir a ponerse las mechas:
Sin embargo, otros como Dove, saben vender sus productos de una forma mucho más digna:
Además, de los productos cosméticos, están los dietéticos. A pesar de que el 45,5% de los varones españoles tienen sobrepeso (frente al 29.9% de las mujeres)* la práctica totalidad de los anuncios de productos “bajos en” o “light” están protagonizados por mujeres: mahonesas, yogures, quesos de untar, refrescos, barritas, cereales, leches desnatadas, leches sin leche y qué se yo qué demonios más.
Pero si hay algo con lo que no puedo, que me supera y me llena de indignación, son los sports destinados a las niñas. Por favor, os pido que, aparte de con las jóvenes madres protagonistas, os quedéis con la letra de la canción. No tiene desperdicio:

 

No puedo negar que, en cierta dosis, yo también me siento atraída por la moda y la belleza, y no creo que sea en absoluto incompatible con ser feminista. Pero también me gustan muchas otras cosas, igual que a los hombres, los perros y las musarañas. Por eso, no soporto que los anunciantes utilicen siempre a las mujeres como esclavas de su cuerpo, su hogar, o su familia para vender sus productos.
Porque, independientemente del éxito de ventas que pueda justificar esta publicidad ENGAÑOSA, está el daño irreversible que se hace a muchas mujeres, jóvenes y niñas. Contribuyendo, dicho sea de paso, a que demasiados hombres nos sigan viendo como ciudadanos de segunda, amas de casa histéricas, personas obsesionadas con la limpieza y la estética, a las que, aún por encima, tienen que soportar “cuando están con la regla”. Si algún día tengo una hija le cortaré piernas y brazos al primero que le regale un carrito con un Nenuco.Yo para ser feliz quiero una Thermomix! (Y no cocinar nunca jamás)

*FUENTE: Instituto Médico Europeo de la Obesidad

Mentir para sobrevivir

Vivimos en una sociedad en que la verdad, la falsa modestia, el cinismo y la hipocresía están sobrevalorados  y, en cambio, una inocente mentira es vista casi como un atentado contra la moral de quienes prodigan la honestidad como el mayor de los valores humanos.
No es que no se mienta, es que nadie lo confiesa. Mentir mentimos más que hablamos (parece demostrado que mentimos incluso sin darnos cuenta, de forma sistemática). Aunque odiamos que nos mientan. O eso queremos creer.
                                                    
Todas las relaciones humanas están cimentadas sobre la mentira. Mentimos cuando buscamos un puesto de trabajo, adornando un poco el currículum y echándonos flores en la entrevista personal; mentimos al médico quejándonos mucho, de algo que nos duele un poco; mentimos al profesor cuando no entregamos un trabajo o faltamos a un examen; mentimos a nuestros clientes; mentimos a los amigos cuando preferimos quedarnos en casa viendo la tele en lugar de salir; mentimos a nuestros padres sobre la hora a la que llegamos la noche anterior y mentimos a nuestras parejas diciéndoles que es la primera vez que decimos “te quiero” a alguien. Pero, ¿realmente sería mejor decir siempre la verdad?
¿Es preferible poner en nuestro currículum que no tenemos ni puta idea de nada de lo que hemos estudiado durante los últimos cinco años o que nuestro “nivel medio” de inglés significa que sabemos presentarnos y cantar el estribillo de un temazo de Boney M? ¿Sacaríamos mejor nota si le confesáramos a la profesora que el día del examen hacía varios años que se habían muerto todos nuestros abuelos y que, en realidad, no teníamos ni pajolera idea del temario? ¿Ganaríamos más dinero si le dijésemos al cliente que todavía podemos ajustar un poco más el precio? ¿Acaso es mejor decirle a nuestro mejor amigo que nos apetece más ver una serie el viernes por la noche que salir con él? ¿Confiarían más nuestros padres en nosotros si les comentásemos que la noche anterior llegamos a las 7 y cogimos el coche en ligero estado de ebriedad? ¿Y nuestra pareja? ¿Estaría más feliz si le dijésemos que no es la primera persona a la que decimos que queremos? ¿De verdad? ¿Eso ayudaría a mejorar nuestras relaciones o todo lo contrario?
La mentira tiene un papel conciliador. Allí donde la verdad es demasiado molesta para ser soportada, aparece la mentira casi como un acto de piedad hacia nosotros mismos y nuestro interlocutor, una herramienta que evita la humillación de una y otra parte. La mentira como bálsamo es un bien de un valor incalculable y merece ser respetada.
Yo nunca he sido de mentir “a lo grande”, si acaso, he preferido ocultar alguna información suplicando a los cielos que no se me preguntase directamente por el tema en cuestión porque, entonces, sería la primera en delatarme. Se me da fatal mentir y si tengo que hacerlo obligada por las circunstancias se me pone un nudo en el estómago que me remueve las entrañas,  junto con una risa tonta más propia de una quinceañera repelente que de una pobre mujer intentando salir del paso dignamente.
Mi aversión a las mentiras, piadosas, se entiende, empezó allá por el año 1996, cuando días antes de mi comunión, el cura me mandó confesar durante una de las jornadas de preparación previas a la ceremonia. Lo recuerdo como una de las situaciones más violentas de mi vida: sentí que Dios me vigilaba a través de aquel hombre y quise redimir todos mis malos actos. Cuando el sacerdote me dijo que debía confesarle todos mis pecados, note SU poder sobre mi cabeza, como una gran losa que no me dejaría irme de allí sin pagar por mis terribles errores infantiles.
Empecé por contarle que había robado algunos duros a mis hermanos para comprar tarjetas de las Spice Girls, que había mentido a mis padres sobre el hecho de que absolutamente todas mis amigas tenían “bicis súper guays” para meter presión, y que cuando la profesora me dijo de qué hablaba con mi compañera la engañé buscando amparo entre los ejercicios de matemáticas en lugar de espetarle que nos estábamos riendo de sus dientes pintados de carmín rojo y su hilillo de baba colgado de la comisura del labio. El cura me miró y me dijo “veo que has cometido algunas mentirijillas” y como penitencia me mandó rezar no sé cuántas Ave Marías y varios Padrenuestros. Yo le dije que eso haría, pero cuando me puse de rodillas en aquel banco de madera, sola ante la Cruz, me di cuenta de que yo no sabía rezar el Ave María y, para compensar, recé varias veces más el Padre Nuestro, pidiéndole a Dios un poco de piedad por mi ignorancia y prometiéndole que, si no me castigaba, nunca más volvería a faltar al Octavo Mandamiento.
Tal es así, que me pasé muchos años evitando la mentira por todos los medios y, cuando era absolutamente necesaria, la compensaba con muchos Padrenuestros Y Jesusitos de Mi Vida. Lo cierto es que con los años se hizo cada vez más complicado no mentir de cuando en cuando, y el tiempo que tenía reservado para rezar durante las noches lo empecé a invertir en horas de alcohol sincerándome con  el primero que pasara.
Creo que fue un pacto beneficioso para ambos: yo dejé de molestar a Dios con mis mentiras insignificantes para que él pudiese encargarse de castigar a los que de verdad se lo merecían.
                                                        
Porque  hay que diferenciar unas patrañas de otras. Hay mentiras y MENTIRAS. Igual que hay mentirosos y MENTIROSOS. Hay mentiras sanadoras –o al menos inocuas- y hay otras, muy diferentes, que enferman, que pudren las relaciones y traicionan la confianza. Se trata de ocultaciones y engaños tan graves, que difícilmente encuentran explicación más allá del beneficio puro y duro del embustero a costa del perjuicio del engañado. Son expertos los mentirosos patológicos, aquellos que mienten y delatan a sus amigos por envidia o para alcanzar el éxito, a sus parejas privándoles de su derecho a rehacer sus vidas y al país entero si hace falta para enriquecerse a su costa. Ya sabéis de qué tipo de mentiras hablo y, claro, a su lado, las pequeñas invenciones cotidianas se quedan en cuento de niños.
                                     
En mi afán por investigar el maltratado término en cuestión, introduje en Google Noticias la palabra “mentiras” y el noventa por ciento de los resultados arrojaban titulares en los que el término se mezclaba con otros como: “PP”, “Bárcenas”, “Rajoy”, “Vaticano”, “Dolores de Cospedal”, “PSOE”, “Urdangarín” o “Vatileaks”. Por eso la gente le tiene tanta manía a la  palabra mentira. Cuando yo creo que en estos casos habría que utilizar otras más adecuadas como traición, seguida de perdón, dimisión, devolución, trabajos forzosos, cadena perpetua e inmolación pública. 
Los que mentimos para sobrevivir, sabemos que la sociedad necesita más Padres Nuestros y menos Hijos de Puta.

Me caes mal

Hay gente que merece una gran patada en el culo. ESA GENTE. La gente que me cae mal.

Kick Ass
– Me caes mal porque escupes en medio de la calle.
– Me caes mal porque cuando hablas por teléfono haces que se entere toda la comunidad.
– Me caes mal cuando no te callas la puta boca mientras veo/escucho algo en la tele/radio que me interesa.
– Me caes porque mal porque te he dejado meterte delante de mí en la cola del centro médico y cuando he salido seguías de cháchara en la sala de espera  (eso que tenías mucha prisa).
– Me caes mal porque tratas con desprecio a tus padres/abuelos. Cretino.- Me caes mal porque eres más choni que Belén Esteban y Leticia Sabater juntas.
– Me caes mal porque aparcas encima de la línea de mi plaza y luego tengo que salir arrastrándome, con el consiguiente riesgo de muerte por asfixia.
– Me caes mal porque te pasas 15 minutos en el baño del pub sacándote fotos con tu amiga mientras yo me estoy meando.
– Me caes mal porque me debes pasta y sabes que no te la voy a pedir. Por supuesto, tú nunca me la vas a devolver.
– Me caes mal porque desde que has vuelto de Londres no sabes cómo se dice “sartén” en español. Anda que…
– Me caes mal porque cuando bebes se te da por destrozar elmobiliario urbano.
– Me caes mal porque cuando bebes  -o no- acostumbras a ponerte chulo con la gente. Me caes bien cuando te dan dos bofetadas por listo.
– Me caes mal porque tienes faltas de ortografía y, además, parece no inportarte en avsoluto.
 
– Me caes mal porque me das luces para adelantarme cuando voy a la velocidad máxima permitida para ese tipo de vía.
– Me caes peor cuando “te cansas” y me adelantas por la derecha. Gilipollas.
– Me caes mal porque eres machista.
– Me caes mal porque eres machista, y eres mujer. Me caes fatal cuando haces comentarios del tipo “a mí me gusta que mi novio me diga lo que tengo que hacer” o “mi objetivo en la vida es casarme y ser madre”. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza…
– Me caes mal porque te has comprado una réflex y ahora te crees “fotógrafo freelance”.

Tyr & Mysis leker 4
-Me caes mal desde que te reíste de mí cuando llevé mi aparato de dientes al cole en Cuarto de Primaria. Llevo años esperando tu lenta y dolorosa muerte.
– Me caes mal porque te huele el aliento. Cerdo.
– Me caes mal porque estás todo el día lamentándote de lo mal que te va.
– Me caes mal porque estás todo el día jactándote de lo bien que te va.
– Me caes mal porque has publicado 300.000 tuits y en persona eres más soso que un tamagotchi sin pilas.
– Me caes mal porque sólo sabes hablar de los temas que controlas, demostrando una falta absoluta de empatía hacia el prójimo. Cansino.
– Me caes mal porque tienes 5000 fotos sacando la lengua y/o poniendo morritos. Pero qué imbécil eres.
– Me caes mal porque eres adolescente. No te preocupes, se te pasará.
– Me caes mal porque crees que le caes mal a la gente porque “te tiene envidia”. ¿Eres tonto o qué?
– Me caes mal porque antes ya me caían mal tu hermano mayor y tu prima. Es algo familiar, lo siento.
– Me caes mal porque yo te caigo mal. ¡Con lo maja que soy!
– Me caes mal porque así lo he decidido antes de llegar a conocerte. A veces he llegado a cambiar de opinión, puede que me caigas incluso peor después de conocerte.
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