Ligar en el trabajo, peligrosa tentación

Qué tiempos aquellos en que en  España sobraban los puestos de trabajo de mierda para ocupar a becarios y contratados con planes de formación y prácticas. Fue una época que no supimos valorar como debíamos, quejándonos siempre de las indignas condiciones,  los que nos tocaba;  y de los puestos de trabajo “de verdad” que se quitaban, los demás.
Ligar en el trabajo, peligrosa tentación
Una amiga me dijo hace poco que había caído en la cuenta de que se había enrollado con  uno o varios compañeros en todos y cada uno de los puestos de trabajo que ocupó–y fueron unos cuantos- y que el paro había menguado dramáticamente su lista de amantes. Y es que, se quiera o no, pasamos en el trabajo más de la mitad del día, y es normal que acaben saltando chispas por algún lado: o acabas de mal rollo o acabas follando.  Normalmente, ambas. Y con la misma persona.
Yo, en principio, soy de las que piensan que ligar en el trabajo aumenta la productividad. El hecho de convertir algo obligatorio, anodino, repetitivo, aburrido, -aunque a veces, respetable y serio-  en otra cosa más entretenida y agradable, puede suponer  que las tareas sean más llevaderas. Me refiero a ese primer  tonteo que hace que uno se levante de buen humor, llegue pronto al trabajo y con una sonrisa en la cara esperando el encuentro con el sujeto de deseo, se aguante mejor a los compañeros y hasta al jefe; ese tonteo que convierte las horas extra no remuneradas en un regalo y el cambio de la tinta de la impresora –situada al lado del guapete de turno- en una bendición. Y es que la oficina para muchos adultos es lo que la universidad para los jóvenes: sirve para pillar cacho. Y si no se pilla, al menos se intenta.
La cosa suele empezar con la cena de empresa. Por eso, los casados acostumbran a mentir en casa para poder ir. Porque todos sabemos que las cenas de empresa son un auténtico putiferio.  En realidad, las miraditas llegan antes, pero la cena es la oportunidad perfecta para entrar en acción olvidando por completo que después del sábado, suele llegar el lunes.
Se cena con discreción, guardando la compostura, hasta que el vino empieza a hacer su efecto y una de las partes ataca de la manera más estúpida posible: hablando del  trabajo.
-¿Qué tal en la oficina, te gusta tu trabajo como becaria de ayudante de auxiliar segunda de secretaría?.
-Oh, sí, nunca me he sentido más realizada en mi vida (irónica risita).
Y así, tras una sarta de tonterías  y obviedades varias, se llega a los chupitos y a los cubatas. Entonces, la conversación continúa por otros derroteros:
 -Desde que estás tú, se nota muchísimo, los informes siempre llegan a tiempo, la otra era un desastre.
 -Es que yo no me encargo de tus informes.
No te preocupes, de la manera más Mariana posible, el que te pretende te soltará algo como:
–Sí, ya lo sé. Salvo por esos informes que pensé que hacías, te aseguro que te tengo súper controlada, te he echado el ojo desde que llegaste, se nota que eres muy espabilada y tienes futuro en este empresa.
 –En realidad, soy odontóloga, sabes, pero mientras no me sale nada de lo mío…
 -Claro, sí se ve a leguas que esto no es para ti, pero mira, eres una mujer trabajadora, y eso te honra muchísimo. Además, esa dentadura perfecta sólo puede pertenecer a una profesional.
– ¿Otra copa?
La peligrosa tentación de ligar en el trabajo
En el pub, la cosa empieza a degenerar tanto que sin saber cómo ni por qué,  acabas en la cama del compañero, como si fuese algo irremediable. Algo que se hace sin cuestionarse demasiado. Se hace y punto, porque ES LA CENA DE EMPRESA Y HAY QUE APROVECHAR.
La cuestión es, como decía, la vuelta al trabajo. Después de ese polvo salvaje en estado de ebriedad absoluta, uno amanece con un sabor de boca un tanto amargo. Y no sólo por las ingentes cantidades de vozka que se han ido destilando en tu cuerpo en las últimas horas, sino también porque sabes que no hay escapatoria. Abandonas el lecho del pecado como un cazador furtivo en un coto vedado, o como Rajoy en una rueda de prensa, y enfilas la calle buscando cobijo en tu casa, cual mendigo maloliente y pensando, una y otra vez, en las pocas horas que te separan del MALDITO LUNES.
Estás condenado a ver  a tu compañero todos los días, corres el riesgo de que los demás se enteren -eso en el supuesto de no haber caído en la indecencia de, además, engañar a tu pareja – y vas a entrar en un bucle de sexo esporádico, enfados, celos, reconciliaciones y más enfados y más sexo, hasta acabar fatal con dicho compañero y hacerle moving para que lo larguen cuanto antes de la oficina.
Pero puede ser aún peor. Puede que lo vuestro acabe en relación, un auténtico desastre para la vida de ambos como individuos únicos y autónomos que pretendíais ser. Para empezar, los jefes no ven nada bien las relaciones en el trabajo y mientras que intentáis ocultarlo, pasan unos meses de absurdo total durante los que tienes que hacer cosas como bajarte una manzana antes del coche e ir andando bajo una ciclogénesis explosiva; o mandar a tu madre a recoger el parte de baja para que se la de a tu novio en la puerta.
Cuando la relación se hace pública se ha acabado ese pequeño reducto de intimidad que te prestaba el trabajo, y los problemas conyugales se trasladan a la oficina, y viceversa. Los compañeros, con sus tristes y aburridas vidas, pasan a ser observadores permanentes de vuestra relación que se convierte en la comidilla de los cotillas. Todo cansa, así que no desesperes, llegará un momento en que vuestra relación ya no sorprenda ni preocupe a nadie y entonces os convertiréis en una vulgar y estable pareja, yendo y viniendo juntos de casa al trabajo y del trabajo a casa. Para volver a hacer lo mismo los siguientes 364 días del año.
Recuerda: éste es el momento de cambiar de trabajo.
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Madres, un amor

Desde la nave del misterio y para todos vosotros, me pregunto hoy qué tienen las madres para querernos tanto a los hijos, aunque no seamos, ni por asomo, merecedores de tan incondicional amor. Y puntualizando, querernos, sobre todo para ellas. Un amor que oprime y ahoga. EL AMOR DE MADRE.
 
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“Te dije que si no te comías las lentejas, te las merendabas.” A hostias.
Desde nuestro nacimiento nos convertimos en el eje de sus vidas, sin comerlo ni beberlo. Viven tan convencidas de su importante labor que nada ni nadie puede quitarles de la cabeza que los hijos somos su más preciado tesoro. ¿Nunca habéis escuchado a vuestra madre decir eso de “lo hago por tu bien, ya sabes que yo por ti daría mi vida”? Por ejemplo, aquel día, cuando con 15 años te castigó tres meses sin salir, tiempo suficiente para que tu novia del instituto perdiese la virginidad con tu mejor amigo, fue POR TU BIEN, POR TU BIEN y sólo POR TU BIEN.
 
Les encanta decidir por los hijos, lo mismo da que tengas 5, 15 ó 40 años. Se toman su labor de protección tan a pecho que se comenta que incluso han llegado a interponerse entre sus hijos y sus parejas. Por su bien, claro está.
 
¿Qué cambios se producen en una mujer, aparentemente normal,  al convertirse en madre?
Estos son algunos que he podido observar en mi larga trayectoria como hija:
 
–        Una madre siempre sabe lo que tienes que hacer. Tu madre sabe lo que te conviene mejor que tú, porque te ha parido y eso la dota de un superpoder que le permite conectar su cerebro con el tuyo, mejor dicho, con tu subconsciente, para saber antes y mejor que tú que deberías dejar a ese capullo ególatra o afeitarte la barba porque el nuevo hipster es el quinqui de toda la vida.
 
–        Las hostias de las madres no duelen, porque te las dan desde el profundo amor que sienten hacia a ti. De hecho, cuando te la sueltan se están castigando a sí mismas por tus actos, culpa de la mala educación que te han dado.
 
–        Les encanta ser el poli bueno, pero para eso hace falta un poli malo. Suele ser tu padre. Ese hombre que, cuando llegue a la noche, “te vas a cagar”.
 
–        Es tu mejor amiga, y por ende, tú la suya, por eso no puedes negarle ningún cotilleo. “Quién te va a querer más que yo, que te he parido”. Supongo que el hecho de que te desgarren el coño, une mucho.
 
–        Y para asegurarse de que no le ocultas nada actúa como un detective. Ha leído 300 veces tus cartas y diarios del instituto y sabe dónde agachas los condones, la fusta y la vagina de plástico. Va a clases de informática para hackearte el facebook y el correo electrónico, no para ver la factura de la luz y pedir cita en el ambulatorio.
 
–        Controla tu ciclo menstrual o el de tu novia. Fíjate en las marcas del calendario de la cocina y verás cómo coinciden con tus tres abortos.
 
–        Recuerda: tu suegra puede caerte bien, pero NO ES TU MADRE. No es una amenaza, es una recomendación.
 
–        En caso de que le des la razón a tu padre en una discusión familiar puede recordarte que “si fuera por él, tú no estarías en este mundo”.
 
–        A tu madre no le llega con ser madre. Le sobra tanto amor maternal que también quiere ser abuela. Por eso le encanta recordarte que ella a tu edad “estaba casada y tenía 3 hijos”. “Mira a Shakira con 35…qué mayor se la ve” (Y luego te pregunta de qué quieres la tarta para celebrar tu 34 cumpleaños).
 
 
    Nunca reneguéis de vuestras madres porque, antes o después, os encontraréis diciendo eso de “quién te va a querer más que yo, que te he parido”.

Orden y Caos

Desde que soy dueña de mi destino me gusta vivir entre el orden y el caos, entre la seguridad que me da lo cotidiano y conocido y el vértigo que me genera lo nuevo, lo inexplorado y arriesgado. Es por eso que muchas veces he roto con todo para construirlo de nuevo, empezando de cero para poder sentir la emoción de un principiante.
Es como cuando decides ordenar tu armario: lo vacías entero porque hay ropa que no te pones, otra mucha que te pondrías pero de la cual te has olvidado y, la gran mayoría, se encuentra caóticamente repartida entre estanterías y perchas sin ningún tipo de concierto. Entonces, la coges a granel y la vas tirando encima de la cama para volver a doblarla, clasificarla, reutilizarla o desecharla. Esto último es lo que más me cuesta, así que, incluso la que no me pongo desde hace años tiene un rinconcito reservado en algún cajón, hasta que la encuentra mi madre y se deshace de ella, cual alijo de droga. El caso, es que una vez hecho todo este trabajo miro el armario y una paz enorme me inunda: lo abro y lo cierro y lo vuelvo abrir, y no se me dan pasado los días para poder ponérmelo todo. Pero llega un momento en que me acostumbro, aquello ya no me tiene gracia y empiezo a tirarlo todo a lo bestia de nuevo, olvidándome del esfuerzo invertido. En este punto mi ropa deja de gustarme, miro el closet y no encuentro nada, todo me parece la misma mierda, repetida y multiplicada sin ton ni son.
Pues algo así es mi vida. He construido cosas, me he esforzado, las he mimado, pero cuando las ha tenido, me he acomodado, aburrido,  he dejado de ver recompensado tanto orden y disciplina y he tenido la tentación de pegarle una patada a todo y volver a empezar. Es como andar sobre las nubes: soy adicta a la sensación de vértigo, a los nervios en el estómago, al filo de la navaja, a ese cosmos que parece ser coto reservado de los jóvenes e inexpertos y de los locos, los vive-la-vida, o los que se supone que nada tienen que perder.
Sin embargo, la experiencia me ha hecho darme cuenta de los peligros de mi adicción, ya que una dosis de caos es estimulante cuando la base de orden, paz y sosiego que da sentido a tu vida no se desmorona por completo y tienes que salir de entre los escombros, malherido y sin un techo bajo el que cobijarte.
Así que, puedo decir que vivir en la anarquía no sería estimulante si siempre tengo que ordenarlo todo, porque, al final, el riesgo, la manzana prohibida, los siete pecados; la tentación, en definitiva, deja de ser estimulante cuando se convierte en costumbre. Porque lo que yo no soporto es precisamente eso: las pautas definidas, la conformidad, la mediocridad y la vagancia.
Según la psicología emocional, nuestra vida transcurre mayormente por la zona de confort, esa en la que nos encontramos cómodos, seguros, protegidos por la gente que queremos pero condenados a repetir el esquema cotidiano de: me levanto-voy a trabajar- como-vuelvo a trabajar-ceno-veo la tele-un beso-buenas noches cariño. Me encanta esta teoría porque nos invita a soñar despiertos para progresar en nuestras vidas sobre los cimientos de lo construido, entrando una y otra vez en la zona de aprendizaje sin tener que abandonar la zona de confort para poder vivir un presente emocionante y futuro de ensueño.
Muchas veces me he sentido identificada con la letra de la canción Media Verónica de Calamaro, de hecho, uno de mis leiv-motiv es el de “querer vivir una vida diferente cada día”. Y pienso hacerlo, con sosiego y compañía 🙂
Os dejo con esta delicia: