Orden y Caos

Desde que soy dueña de mi destino me gusta vivir entre el orden y el caos, entre la seguridad que me da lo cotidiano y conocido y el vértigo que me genera lo nuevo, lo inexplorado y arriesgado. Es por eso que muchas veces he roto con todo para construirlo de nuevo, empezando de cero para poder sentir la emoción de un principiante.
Es como cuando decides ordenar tu armario: lo vacías entero porque hay ropa que no te pones, otra mucha que te pondrías pero de la cual te has olvidado y, la gran mayoría, se encuentra caóticamente repartida entre estanterías y perchas sin ningún tipo de concierto. Entonces, la coges a granel y la vas tirando encima de la cama para volver a doblarla, clasificarla, reutilizarla o desecharla. Esto último es lo que más me cuesta, así que, incluso la que no me pongo desde hace años tiene un rinconcito reservado en algún cajón, hasta que la encuentra mi madre y se deshace de ella, cual alijo de droga. El caso, es que una vez hecho todo este trabajo miro el armario y una paz enorme me inunda: lo abro y lo cierro y lo vuelvo abrir, y no se me dan pasado los días para poder ponérmelo todo. Pero llega un momento en que me acostumbro, aquello ya no me tiene gracia y empiezo a tirarlo todo a lo bestia de nuevo, olvidándome del esfuerzo invertido. En este punto mi ropa deja de gustarme, miro el closet y no encuentro nada, todo me parece la misma mierda, repetida y multiplicada sin ton ni son.
Pues algo así es mi vida. He construido cosas, me he esforzado, las he mimado, pero cuando las ha tenido, me he acomodado, aburrido,  he dejado de ver recompensado tanto orden y disciplina y he tenido la tentación de pegarle una patada a todo y volver a empezar. Es como andar sobre las nubes: soy adicta a la sensación de vértigo, a los nervios en el estómago, al filo de la navaja, a ese cosmos que parece ser coto reservado de los jóvenes e inexpertos y de los locos, los vive-la-vida, o los que se supone que nada tienen que perder.
Sin embargo, la experiencia me ha hecho darme cuenta de los peligros de mi adicción, ya que una dosis de caos es estimulante cuando la base de orden, paz y sosiego que da sentido a tu vida no se desmorona por completo y tienes que salir de entre los escombros, malherido y sin un techo bajo el que cobijarte.
Así que, puedo decir que vivir en la anarquía no sería estimulante si siempre tengo que ordenarlo todo, porque, al final, el riesgo, la manzana prohibida, los siete pecados; la tentación, en definitiva, deja de ser estimulante cuando se convierte en costumbre. Porque lo que yo no soporto es precisamente eso: las pautas definidas, la conformidad, la mediocridad y la vagancia.
Según la psicología emocional, nuestra vida transcurre mayormente por la zona de confort, esa en la que nos encontramos cómodos, seguros, protegidos por la gente que queremos pero condenados a repetir el esquema cotidiano de: me levanto-voy a trabajar- como-vuelvo a trabajar-ceno-veo la tele-un beso-buenas noches cariño. Me encanta esta teoría porque nos invita a soñar despiertos para progresar en nuestras vidas sobre los cimientos de lo construido, entrando una y otra vez en la zona de aprendizaje sin tener que abandonar la zona de confort para poder vivir un presente emocionante y futuro de ensueño.
Muchas veces me he sentido identificada con la letra de la canción Media Verónica de Calamaro, de hecho, uno de mis leiv-motiv es el de “querer vivir una vida diferente cada día”. Y pienso hacerlo, con sosiego y compañía 🙂
Os dejo con esta delicia: 

Cuando la cama hace ruido

Cinco de la mañana.
Un par de manos te agarran por la cintura y te arrastran desde tu calentita y confortable esquina a un territorio frío, inexplorado: el centro de la cama. Te resistes, pataleas, te haces la dormida, finges delirar en sueños, pero esas manos ya aprietan tus tetas. No hay escapatoria: él, ha ganado.
Y ahí estás tú con la legaña todavía a medio construir y tu novio con ganas de mambo. Te dejas llevar, imaginando que el motivo carnal por el que te ha despertado se convertirá en una preciosa sinfonía de sexo romántico como el de las mejores películas ñoñas de esas que tanto te gustan a ti y que él no soporta.
Y empezáis a dar rienda suelta a la pasión.
“Niqui-ñiqui- ñiqui´ñiqui”. El colchón. No llega con que se te claven los muelles que ahora también te da un concierto en pleno acto sexual pasándose el morbo por la funda. Bueno, puedes soportarlo. No pienses en ello. No lo pienses, tú a lo tuyo….
FIVE MINUTES LATER
“Pum-pum, pum-pum”. ¡Me cago en la madre que parió a Falete! Ahora el cabezal de la cama se revela sonoramente por el maltrato al que está siendo sometido contra la pared del dormitorio. Entonces él, se levanta, y apresuradamente busca algo para introducir entre cama y pared: un par de calcetines, unas bragas, un cojín, la tostadora….
Volvéis al tema. Esta batalla aún no está perdida.
Pero el ruido, lejos de amortiguarse, se ha convertido en una fusión del “ñiqui-ñiqui” y el “pum-pum”. Un “ñiqui-pum, ñiqui-pum”. Tu HOMBRE alarga el brazo en un arrebato de virilidad absoluta para agarrar el cabezal de la cama y tú te das la vuelta buscando alegremente nuevas formas de innovar en la cama. En ese momento descubres la horrorosa marca que su manaza está dejando sobre el cabezal recién limpiado. Una marca que se va extendiendo al compás de vuestros movimientos dejando el cabezal como un cuadro. Hay tantas huellas que cualquier tarostista tuerto podría leerle el futuro a tu novio y a toda su familia mirando el puto cabezal.
Él sigue, decidido, a coronar su hazaña, pero tú no piensas en otra cosa que en ESAS MANCHAS. Te falta concentración, y, entonces, propones la gran idea: probar en el otro sentido de la cama. Es lo que yo denomino “polvo en cruz”, no porque vuestros cuerpos formen una cruz con el colchón –como de hecho pasa- sino porque es una cruz practicarlo. A ver, la postura está bien si tu novio mide menos de 1.60, supuesto en el que lo que no estaría tan bien es tu novio. Lo que ocurre con largos superiores es que el montador tendrá que apoyar las patitas en el frío suelo o en la escurrizida alfombra al tiempo que mantiene su torso erguido y sus tríceps en tensión para no caerse de cabeza hacia el otro lado.
Si lo conseguís, os sorprenderá un “iji-iji” de las patas de la cama, que, al ser desplazadas en horizontal pierden buena parte de las propiedades de estabilidad para las que, supuestamente, fueron construidas.

Desbordada por las circunstancias y la alineación de los astros que te impiden tener una vida sexual activa y saludable te tiras al suelo cual perra en celo para acabar allí mismo: entre la cómoda y la esquina de la cama.
Os miráis con lágrimas en los ojos al tiempo que entonáis “lo conseguiremos”.
El parquet viejuno empieza a crujir pero os da igual, te das un cabezazo contra el cajón medio abierto de la cómoda pero resistes, su pierna se enreda entre las cortinas y medio visillo se viene abajo pero seguís con vuestro objetivo de copular, superando todas las barreras que la vida os pone delante.
Acabáis, destrozados, doloridos, magullados, pero felices de haber llegado hasta ahí, como dos supervivientes de un naufragio.
Son las seis.
Habéis despertado a todo el vecindario. Suenan cisternas y toses secas. La venganza está cerca.
Domingo, diez de mañana.
Comienza el rugir del taladro en el piso de arriba al son del silbido de Manolo, el entrañable presidente de la comunidad. Su señora pone Radio Líder a tope de power y canta a voz en grito “El gallo sube”. El de abajo se ha animado y saca la sierra de calar Black and Decker último modelo para construirle a su hijo el columpio de madera que le pidió hace ocho años. Cuando tenía diez.
Con la cabeza metida en el váter, maldices tus muebles old school.

Grandes mentiras de la humanidad: Las separaciones amistosas

Situación: Estás con un amigo tomando un café y surge la pregunta (casi siempre con mala leche, para que engañaros)
– Oye Raúl, y… ¿qué tal te va con Laura? Hace tiempo que no me hablas de ella.
A lo que él, fingiendo una serenidad arrolladora, contesta:
– Bien, tía. Lo hemos dejado, pero nos llevamos genial. Ya sabes, no nos entendíamos y hemos preferido separarnos de mutuo acuerdo.
Pero ahí sigues tú, con tu mierda de vida aburrida, hurgando en la herida, buscando un poco de drama:
– Jo, no sabes cómo lo siento…de veras, ¿seguro que estás bien? Sabes que me tienes para lo que quieras.
– Claro que sí, estoy estupendamente, nunca he estado mejor en mi vida. Necesitaba aire, ver las cosas  desde otro prisma…ya sabes como era Laura. Me ahogaba un poquito la relación pero no quería hacerle daño, era cuestión de tiempo que esto se terminase. Y mira, al final hemos solucionado las cosas como dos adultos, cada uno por su lado, pero sin malos rollos. Es que me parecen patéticas las personas que montan un numerito, qué falta de autoestima!
      MENTIRA, MENTIRA Y MÁS MENTIRA.
Lies
Se te ve en los ojos que estás aguantando las ganas de echarte a llorar como un bebé, arrastrarte por el suelo y confesar que has intentado suicidarte tres veces porque Laura, amigo, TE HA DEJADO. Pero ha sido tan lista que te ha lavado el cerebro para hacerte sentir bien, qué coño, para no sentirse tan mal ella, y convencerte de que los dos lo estáis dejando porque es lo mejor para ambos, y tú, fracasado y sin más opciones que el acoso, presumes ante la sociedad de tu civismo y tu independencia.
Seamos claros. Siempre hay un dejador y un dejado. Son dos caras de la misma moneda. Y una moneda siempre tiene las mismas caras: el Rey, altivo, importante, dueño de su destino; y ese mapita cutre con el número que se pone para rellenar el otro lado. Y tú eres el mapita con el número, un número más en la vida del Rey. Te guste o no te guste.
 Llamadme incrédula pero es que no acaba de convencerme esa supuesta situación en la que estás con tu pareja el viernes por la noche viendo como Belén Esteban anuncia su última separación de Fran en el Sálvame Deluxe y de repente, te acuerdas, y le dices:
-Oye, cariño, ¿y qué te parece si lo dejamos también nosotros?, es que yo creo que estaríamos mucho mejor los dos.
 – A lo que él te responde – Jo- der, acabas de leerme el pensamiento. No sabes qué alivio. Justo iba a proponértelo yo, pero es que siempre te me adelantas, nena.
– Bueno, entonces, yo me voy a quedar con el coche y con el plasma y a ti te dejo esta puta mierda de piso viejo y la hipoteca a 45 años.
– Genial, genial. pero qué generosa eres, tonta!
– Qué, ¿lo celebramos echando un polvete?.
Desgraciadamente lo que acabáis de leer es ficción. Y la realidad casi siempre supera la ficción. PERO PARA LO MALO.
Tu pareja  te dejará casi siempre por uno de estos tres supuestos:
          No te aguanta más. Tu sola presencia le da asco. Le molesta el olor de tus pies, tu ropa, cómo colocas la toalla en el baño, la manera en que te rascas la cabeza y se avergüenza cada vez que abres la boca. Ten en cuenta que el cuchillo nuevo enorme que ha comprado no es para el pulpo. De hecho, nunca hacéis pulpo, gilipollas.
          Le gusta otra persona. Esto suele sumarse al punto anterior, aunque no necesariamente. A veces puede seguir queriéndote, pero no tanto como al otro, por eso te deja.
          Necesita estar sola/o, pero te sigue queriendo. Esta es la excusa que te darán en el 99% de los casos, una cifra inversamente proporcional a la cantidad de veces que esto ocurre en la vida real. puede que tú pertenezcas al uno por ciento de los afortunados, aunque yo no estaría tan segura.
Podéis seguir viviendo en la mentira o, al contrario, podéis ayudar a otras personas a superar sus rupturas y reconocer con la cabeza bien alta que los han dejado y que tienen que seguir con sus miserables vidas. Es tan fácil como repetirse “Soy digno del amor de otra persona y no me avergüenzo de haber fracasado en mi relación”. Aunque a veces, un ansiolítico facilita mucho el trance.
Al fin y al cabo, hay cosas peores. Hay gente que tiene gonorrea.
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