Mentir para sobrevivir

Vivimos en una sociedad en que la verdad, la falsa modestia, el cinismo y la hipocresía están sobrevalorados  y, en cambio, una inocente mentira es vista casi como un atentado contra la moral de quienes prodigan la honestidad como el mayor de los valores humanos.
No es que no se mienta, es que nadie lo confiesa. Mentir mentimos más que hablamos (parece demostrado que mentimos incluso sin darnos cuenta, de forma sistemática). Aunque odiamos que nos mientan. O eso queremos creer.
                                                    
Todas las relaciones humanas están cimentadas sobre la mentira. Mentimos cuando buscamos un puesto de trabajo, adornando un poco el currículum y echándonos flores en la entrevista personal; mentimos al médico quejándonos mucho, de algo que nos duele un poco; mentimos al profesor cuando no entregamos un trabajo o faltamos a un examen; mentimos a nuestros clientes; mentimos a los amigos cuando preferimos quedarnos en casa viendo la tele en lugar de salir; mentimos a nuestros padres sobre la hora a la que llegamos la noche anterior y mentimos a nuestras parejas diciéndoles que es la primera vez que decimos “te quiero” a alguien. Pero, ¿realmente sería mejor decir siempre la verdad?
¿Es preferible poner en nuestro currículum que no tenemos ni puta idea de nada de lo que hemos estudiado durante los últimos cinco años o que nuestro “nivel medio” de inglés significa que sabemos presentarnos y cantar el estribillo de un temazo de Boney M? ¿Sacaríamos mejor nota si le confesáramos a la profesora que el día del examen hacía varios años que se habían muerto todos nuestros abuelos y que, en realidad, no teníamos ni pajolera idea del temario? ¿Ganaríamos más dinero si le dijésemos al cliente que todavía podemos ajustar un poco más el precio? ¿Acaso es mejor decirle a nuestro mejor amigo que nos apetece más ver una serie el viernes por la noche que salir con él? ¿Confiarían más nuestros padres en nosotros si les comentásemos que la noche anterior llegamos a las 7 y cogimos el coche en ligero estado de ebriedad? ¿Y nuestra pareja? ¿Estaría más feliz si le dijésemos que no es la primera persona a la que decimos que queremos? ¿De verdad? ¿Eso ayudaría a mejorar nuestras relaciones o todo lo contrario?
La mentira tiene un papel conciliador. Allí donde la verdad es demasiado molesta para ser soportada, aparece la mentira casi como un acto de piedad hacia nosotros mismos y nuestro interlocutor, una herramienta que evita la humillación de una y otra parte. La mentira como bálsamo es un bien de un valor incalculable y merece ser respetada.
Yo nunca he sido de mentir “a lo grande”, si acaso, he preferido ocultar alguna información suplicando a los cielos que no se me preguntase directamente por el tema en cuestión porque, entonces, sería la primera en delatarme. Se me da fatal mentir y si tengo que hacerlo obligada por las circunstancias se me pone un nudo en el estómago que me remueve las entrañas,  junto con una risa tonta más propia de una quinceañera repelente que de una pobre mujer intentando salir del paso dignamente.
Mi aversión a las mentiras, piadosas, se entiende, empezó allá por el año 1996, cuando días antes de mi comunión, el cura me mandó confesar durante una de las jornadas de preparación previas a la ceremonia. Lo recuerdo como una de las situaciones más violentas de mi vida: sentí que Dios me vigilaba a través de aquel hombre y quise redimir todos mis malos actos. Cuando el sacerdote me dijo que debía confesarle todos mis pecados, note SU poder sobre mi cabeza, como una gran losa que no me dejaría irme de allí sin pagar por mis terribles errores infantiles.
Empecé por contarle que había robado algunos duros a mis hermanos para comprar tarjetas de las Spice Girls, que había mentido a mis padres sobre el hecho de que absolutamente todas mis amigas tenían “bicis súper guays” para meter presión, y que cuando la profesora me dijo de qué hablaba con mi compañera la engañé buscando amparo entre los ejercicios de matemáticas en lugar de espetarle que nos estábamos riendo de sus dientes pintados de carmín rojo y su hilillo de baba colgado de la comisura del labio. El cura me miró y me dijo “veo que has cometido algunas mentirijillas” y como penitencia me mandó rezar no sé cuántas Ave Marías y varios Padrenuestros. Yo le dije que eso haría, pero cuando me puse de rodillas en aquel banco de madera, sola ante la Cruz, me di cuenta de que yo no sabía rezar el Ave María y, para compensar, recé varias veces más el Padre Nuestro, pidiéndole a Dios un poco de piedad por mi ignorancia y prometiéndole que, si no me castigaba, nunca más volvería a faltar al Octavo Mandamiento.
Tal es así, que me pasé muchos años evitando la mentira por todos los medios y, cuando era absolutamente necesaria, la compensaba con muchos Padrenuestros Y Jesusitos de Mi Vida. Lo cierto es que con los años se hizo cada vez más complicado no mentir de cuando en cuando, y el tiempo que tenía reservado para rezar durante las noches lo empecé a invertir en horas de alcohol sincerándome con  el primero que pasara.
Creo que fue un pacto beneficioso para ambos: yo dejé de molestar a Dios con mis mentiras insignificantes para que él pudiese encargarse de castigar a los que de verdad se lo merecían.
                                                        
Porque  hay que diferenciar unas patrañas de otras. Hay mentiras y MENTIRAS. Igual que hay mentirosos y MENTIROSOS. Hay mentiras sanadoras –o al menos inocuas- y hay otras, muy diferentes, que enferman, que pudren las relaciones y traicionan la confianza. Se trata de ocultaciones y engaños tan graves, que difícilmente encuentran explicación más allá del beneficio puro y duro del embustero a costa del perjuicio del engañado. Son expertos los mentirosos patológicos, aquellos que mienten y delatan a sus amigos por envidia o para alcanzar el éxito, a sus parejas privándoles de su derecho a rehacer sus vidas y al país entero si hace falta para enriquecerse a su costa. Ya sabéis de qué tipo de mentiras hablo y, claro, a su lado, las pequeñas invenciones cotidianas se quedan en cuento de niños.
                                     
En mi afán por investigar el maltratado término en cuestión, introduje en Google Noticias la palabra “mentiras” y el noventa por ciento de los resultados arrojaban titulares en los que el término se mezclaba con otros como: “PP”, “Bárcenas”, “Rajoy”, “Vaticano”, “Dolores de Cospedal”, “PSOE”, “Urdangarín” o “Vatileaks”. Por eso la gente le tiene tanta manía a la  palabra mentira. Cuando yo creo que en estos casos habría que utilizar otras más adecuadas como traición, seguida de perdón, dimisión, devolución, trabajos forzosos, cadena perpetua e inmolación pública. 
Los que mentimos para sobrevivir, sabemos que la sociedad necesita más Padres Nuestros y menos Hijos de Puta.

Me caes mal

Hay gente que merece una gran patada en el culo. ESA GENTE. La gente que me cae mal.

Kick Ass
– Me caes mal porque escupes en medio de la calle.
– Me caes mal porque cuando hablas por teléfono haces que se entere toda la comunidad.
– Me caes mal cuando no te callas la puta boca mientras veo/escucho algo en la tele/radio que me interesa.
– Me caes porque mal porque te he dejado meterte delante de mí en la cola del centro médico y cuando he salido seguías de cháchara en la sala de espera  (eso que tenías mucha prisa).
– Me caes mal porque tratas con desprecio a tus padres/abuelos. Cretino.- Me caes mal porque eres más choni que Belén Esteban y Leticia Sabater juntas.
– Me caes mal porque aparcas encima de la línea de mi plaza y luego tengo que salir arrastrándome, con el consiguiente riesgo de muerte por asfixia.
– Me caes mal porque te pasas 15 minutos en el baño del pub sacándote fotos con tu amiga mientras yo me estoy meando.
– Me caes mal porque me debes pasta y sabes que no te la voy a pedir. Por supuesto, tú nunca me la vas a devolver.
– Me caes mal porque desde que has vuelto de Londres no sabes cómo se dice “sartén” en español. Anda que…
– Me caes mal porque cuando bebes se te da por destrozar elmobiliario urbano.
– Me caes mal porque cuando bebes  -o no- acostumbras a ponerte chulo con la gente. Me caes bien cuando te dan dos bofetadas por listo.
– Me caes mal porque tienes faltas de ortografía y, además, parece no inportarte en avsoluto.
 
– Me caes mal porque me das luces para adelantarme cuando voy a la velocidad máxima permitida para ese tipo de vía.
– Me caes peor cuando “te cansas” y me adelantas por la derecha. Gilipollas.
– Me caes mal porque eres machista.
– Me caes mal porque eres machista, y eres mujer. Me caes fatal cuando haces comentarios del tipo “a mí me gusta que mi novio me diga lo que tengo que hacer” o “mi objetivo en la vida es casarme y ser madre”. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza…
– Me caes mal porque te has comprado una réflex y ahora te crees “fotógrafo freelance”.

Tyr & Mysis leker 4
-Me caes mal desde que te reíste de mí cuando llevé mi aparato de dientes al cole en Cuarto de Primaria. Llevo años esperando tu lenta y dolorosa muerte.
– Me caes mal porque te huele el aliento. Cerdo.
– Me caes mal porque estás todo el día lamentándote de lo mal que te va.
– Me caes mal porque estás todo el día jactándote de lo bien que te va.
– Me caes mal porque has publicado 300.000 tuits y en persona eres más soso que un tamagotchi sin pilas.
– Me caes mal porque sólo sabes hablar de los temas que controlas, demostrando una falta absoluta de empatía hacia el prójimo. Cansino.
– Me caes mal porque tienes 5000 fotos sacando la lengua y/o poniendo morritos. Pero qué imbécil eres.
– Me caes mal porque eres adolescente. No te preocupes, se te pasará.
– Me caes mal porque crees que le caes mal a la gente porque “te tiene envidia”. ¿Eres tonto o qué?
– Me caes mal porque antes ya me caían mal tu hermano mayor y tu prima. Es algo familiar, lo siento.
– Me caes mal porque yo te caigo mal. ¡Con lo maja que soy!
– Me caes mal porque así lo he decidido antes de llegar a conocerte. A veces he llegado a cambiar de opinión, puede que me caigas incluso peor después de conocerte.
photos by: &

Los balnearios no relajan, son los padres

Hace unos días me fui de fin de semana al conocido balneario de Cuntis (Pontevedra) para  disfrutar de sus aguas termales y conseguir un estado de relajación y sosiego próximo al nirvana.  Yo, mujer incrédula donde las haya, no hubiese pagado la pasta que valen el balneario y el hotel para relajarme, sin haber probado antes a meterme en la bañera de mi casa con cánticos gregorianos del Youtube de fondo y un palito de incienso humeante. En realidad, fue un regalo de mis padres, que piensan que soy una histérica redomada sólo por autodiagnosticarme varias enfermedades mortales durante el mismo año.
La cuestión, es que con ese dinero tan mal invertido hubiese quemado Ibiza antes de que la muerte me alcance de forma inesperada.
Os pongo en situación.
No fui sola, mi novio –mucho más optimista que yo en cuanto a los efectos terapéuticos de dichas aguas- me acompañó para disfrutar de tan ansiado pack vacacional para cualquier joven menor de 85 años. Llegamos sábado por la tarde, después de una copiosa comida con los amigos y un par de copas de vino encima -por supuesto, me paró Tráfico pero no me hicieron la prueba porque le dediqué la mejor de mis sonrisas al agente-.
En el hotel de cuatro estrellas en el que nos alojábamos  nos daban un albornoz para cruzar la calle hasta las Termas, adelantando 20 euros cada uno a efectos de alquiler. Así que decidimos vestirnos encima del traje de baño y cruzar en vaqueros. Yo lo hubiese hecho en bikini directamente, si no fuese por los 8 grados de temperatura.
Ya en la recepción, unas chicas muy amables nos instaron a colocarnos unas pantuflas azules como las de los quirófanos sobre nuestro calzado para caminar hasta la zona de vestuarios. Una vez allí, otro cordial muchacho nos informó de que debíamos ponernos el gorro y las chanclas, imprescindibles para acceder al AquaForm, previo pago de varios euros porque se les olvidó decirnos por teléfono que teníamos que traerlos de casa ya que allí cobran hasta por tirar de la cadena del váter.
Después de los episodios del albornoz, el gorro y las chanclas reconozco que empecé a alterarme ligeramente. Me metí en en los vestuarios con mis horribles chanclas azules y mi gorro de publicidad deseando sumergirme en las aguas termales para dejar mi mente vagar a través de las enseñanzas de Buda. Pero antes, tuve que meter un euro en la maldita taquilla.
Al entrar en la zona del “AquaForm” una nube de vapor me despeinó en la puerta. Dejamos nuestra toalla sobre las tumbonas y nos sumergimos en las caldosas aguas termales. No era lo que se dice una estampa relajante: había unos cuarenta ancianos, de los que calculo, la mitad, padecían incontinencia, ocupando todos los chorros desde las siete de la mañana y haciendo cola hasta las nueve de la noche. Las señoras que no se mojan el pelo y van maquilladas a la playa –esas SEÑORAS- charlaban animosamente en todos los accesos y salidas de la piscina, dificultando el paso a los niños gritones que jugaban y chapuceaban en las partes donde aún había algo de espacio para nadar o dejarse llevar por la corriente.
Con este panorama, quisimos probar suerte en la piscina exterior, donde tres parejas buscaban algo de intimidad para darse arrumacos y carantoñas. La verdad es que era un espacio encantador, donde podías disfrutar de silencio y una temperatura estupenda del agua mientras el viento fresco te daba en la cara. Lo que pasa es que a una de las parejas se le fue el cariño de las manos y empecé a temer que algún espermatozoide ajeno viniese a anidar en mis ovarios.
Más tarde, nos dirigimos a los jacuzzis externos que claramente cubrían la demanda de los usuarios: había dos. Ocupados, por supuesto, así que nos metimos en una de las saunas que se encontraban a 300 grados centígrados donde me quemé la espalda al apoyarla contra la pared sin ningún tipo de protección. Allí había una pareja también, que no hablaban entre ellos y se tocaban muy raro, buscando calor –más aún-, con las miradas perdidas en el infinito, como dos gatitos abandonados en la carretera.
Cuando salimos de allí, yo, completamente mareada, busqué la “sala del hielo” de la que nos había hablado el monitor y la encontré guardada en una cubitera metálica al lado de la puerta de la sauna.
No todo estaba tan mal: en las duchas del vestuario podías regular la temperatura del agua.
Nos fuimos para el hotel, un poco decepcionados, pero con todas las esperanzas puestas en el día siguiente, cuando teníamos cita para dos envolvimientos relajantes de algas con dos masajes hidrojet en una zona exclusiva y resguardada para los clientes del hotel. Por un día en mi vida, sería VIP.
El domingo sí nos dieron albornoz en las Termas y nos metieron en la misma sala a los dos, en un par de camillas separadas por un corazón de pétalos hecho con rosas rojas. Qué romántico.
Todo iba bien, hasta el momento del tanga de papel transparente. A ver, masajistas del mundo, si queréis relajar a la gente ¿por qué les hacéis pasar por el bochorno del tanga de papel?… no me vale la excusa de que así no se nos mancha la ropa interior. Llamadme tiquimisquis pero yo soy de las que se cambia las bragas todos los días, así que no me hacéis ningún favor. Es más, a saber cuántos árboles se están cargando las empresas fabricantes de tangas de papel para abastecer a todos los centros de estética del mundo.
Con nuestra ropa interior desechable colocada, las “masajistas” nos mandaron tumbarnos a cada uno en nuestras respectivas camillas de azulejo azul combinado, muy al estilo de Sargadelos y sin colchón, para proceder a envolvernos con las algas. Serán muy depurativas, pero huelen a muerto que te cagas. El hedor es  una mezcla de pescado podrido, heces de gallina y tubería de piso de la época de la RDA. Nos cubrieron con semejante pasta hasta la barbilla y nos envolvieron –brazos y piernas incluidos- con un plástico y una manta térmica, evitando toda posibilidad de fuga. Os podéis imaginar el efecto invernadero de las algas calientes sobre el cuerpo… muy desagradable.  Al cabo de pocos minutos, se habían convertido en una pasta viscosa y uniforme que era imposible de despegar.
Así, que me eché a dormir. Los ronquidos despertaron a mi novio y él a mí de muy malas maneras. Entonces, ante la imposibilidad de movernos, empezamos a zafarnos de los escupitajos del contrario como dos auténticos tullidos. En ese momento, llegaron nuestras torturadoras.
Primero fue mi turno, y tengo que decir que cuando me metieron en aquella sala blanca y fría me sentí protagonista de alguno de los reportajes de Cárceles del Mundo. Envuelta en esa cobertura maloliente, me pusieron contra la pared. La comandante en jefe abrió fuego disparándome agua a presión desde una distancia inferior a dos metros. Pedazos de aquel amasijo verde saltaron por el aire hacia todas las direcciones, mientras yo giraba sobre mí misma para que la psicópata pudiese quitármelo todo, hasta la piel. El momento más crítico tuvo lugar cuando me mandó ponerme de frente y levantar los brazos, que era lo único que protegía mis endebles glándulas mamarias. Sigo sin poder tumbarme boca abajo.
Después, le tocó a mi novio que había estado escuchando mis lamentos desde la sala del lado. Para él tampoco hubo misericordia. Cuando me sacaron de allí pude escuchar “los huevos no, por favor”.
Convertidos en dos despojos humanos, limpios, pero rotos, nos mandaron a otra sala para disfrutar del hidrojet.  Según ellas, habíamos tenido mucha suerte porque el tratamiento que habíamos contratado incluía otras bañeras que estaban estropeadas y éstas a las que ahora nos mandaban, eran la joya de la corona. No pude sacar foto porque además de desnudarnos nos quitaron nuestras pertenencias. Pero creo que eran lo más parecido a las bañeras de los geriátricos, con un taburete para meterse y sujeciones por todas partes. La verdad que esto último no nos mató, pero me ponía nerviosa el pensar que después de la ducha vendrían a colocarme el pañal y la sonda.
Por este tipo de cosas (y por el estado de mi cuenta corriente) prefiero emborracharme los fines de semana y dormir plácidamente en los portales. Los balnearios no relajan, son los padres.