Las edades del amor

“El amor no tiene edad” es una de las grandes grandes patrañas de la humanidad. No niego, por supuesto, que pueda haber parejas exitosas con una amplia diferencia en años. Pero la edad tiene que influir, y de hecho influye, en la manera de afrontar las relaciones sentimentales. Estoy convencida de la necesidad de vivir plenamente las diferentes etapas de la vida, de lo contrario, la presión de las experiencias no vividas podría hacer acto de presencia en el momento menos pensado y hacer saltar por los aires tu idílica relación sentimental. No hay nada más contraproducente que las cosas realizadas a destiempo. 
Todo empieza con la efervescencia hormonal.
En mi caso, conocí a mi primer novio con 14 años y me dio mi primer beso con lengua. Un morreo tan importante para mí que me prometí –nos prometimos- que siempre estaríamos juntos. Desgraciadamente, otros niños se cruzaron en mi camino, y como la indecisión es uno de los principales rasgos de los adolescentes, tuve que probar suerte con casi todos. Prácticamente con cada uno de ellos pensé yo que me iba a casar y tener hijos, pero siempre llegaba otro que lo mandaba todo al trasto y tenía que volver a empezar mi búsqueda de marido adolescente. Viví grandes momentos de alegría y furor desbordantes, seguidos de otras etapas de depresión y abatimiento cuando el amor se nos acababa. La adolescencia es como Gran Hermano: todo se magnifica. Y el amor mucho más. Sobre todo cuando se juntan dos individuos de la misma edad, que es lo normal. Con 15 años los de 18 suelen resultar “súper mayores” y para los de 18 los de 15 “son unos críos”. Había listillos, sí, excepciones, también, pilinguis provocadoras, pero en mi época lo normal eran los affaires entre críos de vello púbico incipiente.
Después de esta etapa teen, en la que hay gente que incluso se llega a comprometer y lo cumple, (Ojocuidao) llegan los 18, y la veintena. Una edad mucho más sensata, dónde va a parar. Hay gente que arrastra y conserva su novio o novia del instituto durante esta importante etapa de crecimiento interior. Si tienes 20 años, amigo, recuerda mi sabio consejo: disfruta, porque no los volverás a tener. Eres muy joven, pero oficialmente, adulto. Aunque intentes ser súper maduro, acabas de salir de la adolescencia y el virus sigue corriendo por tus venas.
Como diría Unamuno, la cultura (que no las noches de cerveza y despiporre)  nos hace más libres; las parejas, inevitablemente, más dependientes y sumisos. El universitario ideal debería abominar la idea de pasarse las vida colgado del brazo de alguien. Los padres o la beca están obligados a sustentar esta feliz vida de utópica independencia. Si encuentras a alguien en la Universidad –cuanto más bohemio y libre sea, mejor- lo más probable es que también se acabe, como todo en esta etapa de transición. Pero no importa, el sufrimiento es absolutamente necesario. Las ganas de seguir estudiando son inversamente proporcionales a las de tener pareja, por eso muchos prolongan esta etapa con innecesarios estudios de máster, prostgrado o segundas carreras. ¿Qué otra justificación puede tener este empeño de estudiar en España más allá de los 25 si no es irse de fiesta y FOLLAR COMO LOCOS?.
Superada esta etapa, llamémosla, de “Primera Madurez” uno entra en la última veintena y conforme los 30 se hacen más reales, también la repentina necesidad de emparejarse y hasta de perpetuar la especie. Posición que claramente contrasta con las posibilidades económicas y el alegre estilo de vida de nuestra insana juventud. Si eres de los rarunos, te diré que el dilema está servido: tú quieres seguir siendo guay y desde luego sacar la teta o el biberón en medio de una de las reuniones de porretas de tus colegas es, como poco, antiguay. Por lo que aconsejo posponer la experiencia maternal si no queréis olvidaros de la vida social. Sin embargo, los cambios pueden ir más allá si hay una cierta independencia económica del lecho familiar y las parejas pueden irse a vivir juntas. Mola más decirlo que hacerlo, aunque mola más hacerlo que vivir con tus padres. Y, desde luego, mola mucho más hacerlo que vivir con tus padres, hermanos y otras mascotas. La convivencia no es, en ningún caso idílica, pero tampoco lo es el sexo en el coche, y hay que probarlo. No huyáis de este paso, cobardes. Si lo hacéis, os advierto de que vuestro matrimonio estará condenado al fracaso. Podéis alargarlo sí, pero en algún momento la propuesta caerá sobre vuestros hombros con la fuerza de un devastador tsunami.
Tras esta fase de casi asentamiento, llega la locura, la perdición: la treintena. Pero ya os podéis ahorrar las lamentaciones derivadas de la expresión “la crisis de los 30”porque estudios científicos basados en mis propias investigaciones empíricas demuestran que los 30 son los nuevos 20. Puede que las cremas antiarrugas y el gimnasio hayan dejado de ser un vicio para convertirse en una primera necesidad (en tu caso, se entiende) pero aún así estás pletórico y radiante. Joder, no sé que pasa a los 30 pero la gente empieza a estar bastante más buena que antes. Excepto casos aislados como el desgraciado Macauly Culkin o la incomprensible Belén Esteban, la gente se encuentra sensiblemente más follable a partir de los 30. Además, los solteros parecen estar mucho menos preocupados por su situación sentimental que cinco años antes, y los casados/emparejados no se pierden una cena de empresa, gimnasio o coro parroquial. No obstante, se advierte un absentismo en las comidas con los suegros.
Claro que las bodas son cada vez más frecuentes, pero los que se casan parecen no tenerlas todas consigo. Si no fuese por mi fe ciega en el amor, diría incluso que algunos y algunas lo hacen obligados por las circunstancias. Los amigos solteros, pésima compañía para un recién casado, te animan a salir de fiesta y hacer planes sin tu pareja. Pararelamente, aumenta de forma drástica la natalidad, hasta el punto de convertir una animada reunión de amigas en una especie de babysecta en donde las no madres no encuentran cabida. Y claro, es el momento de que los espíritus libres cierren los bares.
Viéndolo con distancia podría parecer que a los 40 ya tienes que gozar de una estabilidad familiar y sentimental y disfrutar viendo a los niños jugar el partido del domingo. Lo que pasa a los 40 es curioso. Si viviésemos en un país medianamente civilizado, los trabajadores tendrían que estar en su mejor momento laboral: con la suficiente experiencia para medrar y la fuerza para pelear por mejores posiciones. O para emprender un proyecto de éxito. Afortunadamente, algunos casos hay. Y es aquí cuándo volvemos a un dilema parecido al de la Universidad. Cuánto más trabaja y triunfa uno más exigente se vuelve, y muchas parejas, pasan a mejor vida. Algunas personas se dan cuenta de que no necesitan la compañía de alguien como complemento permanente y optan por la soltería como estilo de vida. Si en los 30 se celebraban bodas, los 40 son la edad ideal para las despedidas de casados. El momento en que, como siempre, los hombres corren detrás de las minifaldas y las mujeres pasan de los maduritos “interesantes” para buscar alegrías en los brazos de jóvenes promesas fáciles de domesticar. Evidentemente, hay muchas parejas que se establecen, pero es que eso no tiene gracia alguna. 
Eso sí, a partir de los 50 las personas son definitiva y absolutamente normales. Por lo tanto, no tienen mayor objetivo en la vida que cuidar de la prole. Nada de tonterías ni búsqueda de amores. Serenidad, paz y sosiego. Como mis padres.

El arte de la pedantería (y cómo reconocerla)

Hace algunas semanas, un viernes de esos que se me dio por no salir (mal hecho), me tiré cómodamente en el sofá preparada para ingerir un poco de telemierder acompañada de uno de sus máximos exponentes en este país: Jorge Javier Vázquez. Todo trascurría con relativa normalidad –peleas, insultos, cotilleos, comentarios vulgares, palabras soeces…- hasta que el héroe de la telebasura espetó con gran vehemencia uno de sus comentarios pedantes para demostrar al personal cuán culto es. Una manía muy arraigada en este personaje y en otros de sus compañeros de circo, como la señora Mercedes Milá, que lo mismo habla de pajas a cuatro manos y orines en la ducha como te da una recomendación literaria o teatral al tiempo que chupa pezones ajenos. Vázquez, además, es un entusiasta de poner en evidencia a sus compañeros (cuanto más borregos, mejor), en particular a la pobre Belén Esteban, a la que más de una vez –y sin venir absolutamente al caso- preguntó cuestiones relativas a la vida política o cultural con la única intención de mofarse de ella y colgarse la medalla de tipo más culto del programa. Que, por otra parte, tampoco creo yo que el nivel sea, precisamente, inalcanzable.
Esto es lo que yo considero pedantismo elevado al cubo. Hacer alarde de erudición totalmente en vano, fuera de lugar, de contexto, con la intención evidente de quedar por encima del otro: sus compañeros de trabajo, sus invitados y la mayoría de la audiencia a la que se dirigen este tipo de espacios televisivos (lo mío es pura investigación sociológica). Más patético aún, si cabe, es que habrá gente que crea realmente que la telebasura está hecha por (y para)  mentes privilegiadas e instruidas y que lleguen a tomarse en serio algunos de sus comentarios.
El pedante es una persona con baja autoestima, que teme quedar en evidencia delante de los demás y que habla con gran arrogancia de asuntos en los que él se considera experto. Utiliza expresiones grandilocuentes para impresionar, saltándose lo que yo denomino “protocolo del bar”, con una falta de discreción que dice bastante poco a favor de sus intenciones de intercambiar información de forma sana y amigable.
Os pongo un ejemplo: 4 de la madrugada, sales a fumar a la puerta del pub con gran elegancia, después de haberte bebido hasta el agua de los floreros. Se te acerca un tipo (el ejemplo también es válido con mujeres). Te pide fuego, se pone a tu lado. Tú ya sabes que está intentando ligar, pero te haces la despistada. Te hace preguntas absurdas de las que mañana no se acordará: de dónde eres, a qué te dedicas y bla bla bla. ¿Para qué necesita saber que estás en el paro si lo único que quiere es llevarte a la cama? Pero piensas “qué mono, quizá le he gustado de verdad… quizá me invite a un cena romántica el finde que viene, quizá sea uno de esos hombres sensatos que valoran tu formación, tu profesión, que comprende tu precaria situación que en absoluto te mereces”…quizá, quizá, quizá. Ay, incauta, porque ahora él, sin esperar a que tú se lo preguntes, ya tiene la excusa perfecta para decirte que es cirujano cardiovascular especialista en tratamientos experimentales con células madre. “Él país, va mal, sí, pero tengo que reconocer que soy un hombre afortunado. Éramos pocos en mi especialidad. De hecho, después de mi interinidad en Cambridge, puedo decir que soy el único español capacitado para realizar una intervención no invasiva percutánea sin bypass en pacientes menores de 3 años.” Te quedas perpleja,, pensando en cómo ese tipo tan interesante pudo haberse fijado en una pordiosera como tú, mientras él te sigue soltando la chapa sobre sus investigaciones con el mono enano titi. Los cigarros se acaban pero él, ni corto ni perezoso, te pide otro porque se ha dejado la cartera en el ropero. “Ya ves, de todas formas, las cosas están fatal para todos, cada vez es más caro conseguir monos enanos titi y hemos tenido que empezar a investigar con ratas de laboratorio”. “Qué tragedia”, dirás tú, visiblemente angustiada, mientras piensas que lo mejor es irte a por otra copa y perderte entre la muchedumbre antes de que al pedante de turno se le de por hablar de sus notas en Primaria.
Si hay un grupo social especialmente propenso a la pedantería ése es el de los literatos, periodistas, guionistas y artistas en general, tales como diseñadores o músicos. Grupo al que, por cierto, tengo el honor de pertenecer.
La gente del mundo de las letras acostumbra a hablar demasiado, lanzar largas peroratas para decir algo insignificante y aburrir al personal con su pose pseudointelectual y sus expresiones ingeniosas aprendidas de muchos de los diálogos de las series de televisión de la HBO, a las que tantos polvos deben. Pueden sufrir el “Síndrome de las Citas” que consiste en emplear frases y referencias bibliográficas de escritores e intelectuales en cualquier conversación insustancial con una audacia que roza la imbecilidad profunda.
Supongo que no todo el mundo que padece de pedantería es consciente de esta tara. Por eso, hay que saber pararle los pies antes de llegar al hartazgo y odiar a esa persona para siempre. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo decirle a alguien que corte el rollo antes de que te mueras del aburrimiento allí mismo? ¿Cómo hacerle entender que en este preciso momento conocer las razones de Cervantes para escribir el Quijote te importa una puta mierda, sin que se sienta ofendido? Es complicado. Lo reconozco. Es como decirle a alguien que tiene un moco. Tú lo ves, no puedes pensar en otra cosa, por importante que sea lo que te está contando: el moco es más fuerte. Pues cuando el pedante se pasa de rosca pasa exactamente lo mismo: claro que puede ser muy interesante lo que te esté contando, pero ha sobrepasado los límites de la fanfarronería y la vanidad, y mientras te suelta el sermón como si fueras un escolar tú sólo piensas en partirle la boca de una patada voladora, huir despavorido o dejarlo en evidencia hasta hacerlo llorar. Esto último es muy recomendable. Es terapia de choque.
Que el pedante te sale con las últimas fluctuaciones bursátiles y la subida de la prima de riesgo, pues tú le hablas de tu película preferida procurando, eso sí, que esté fuera de los circuitos comerciales. Y sino te la inventas, que hasta es capaz de decir que la conoce. Que intenta impresionarte con su última visita al Thyssen, pues tú, muy digno, le dices que te parece un asco todo lo que se cuelga en el Museo de esa pija capitalista y que para ti el arte verdadero es el de los creadores callejeros que pintan en las paredes del metro de Londres. Que utiliza expresiones en latín cada dos por tres, pues le dices que el latín está muerto por algo, y que emplearlo en el siglo XXI demuestra una falta total de conexión con la vanguardia cultural y cierto tufillo eclesiástico que, por supuesto, te repele. Y aprovechas, de paso, para salirte por la tangente hablando de los comentarios machistas del Papa Francisco y la necesidad de modernizar la Iglesia.
Sobra decir que la diferencia entre ser pedante y ser interesante es abismal. A mí me encanta compartir charla con personas cultas, inteligentes, ingeniosas y de las que pueda aprender algo. De hecho, procuro hacerlo a menudo, pues albergo la esperanza de que se me pegue algo. Como todo en la vida, hay que conocer la mesura y el equilibrio. El que es inteligente no necesita demostrarlo. La inteligencia sin educación, es como la Duquesa de Alba sin photoshop. No resulta agradable.
Cayetana Fitz-James Stuart, la duchessa di Alba, era anche contessa di Modica

 

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EL APASIONANTE -Y COMPLICADO- MUNDO INTERIOR DE LAS MUJERES. (O POR QUÉ A VECES ENVIDIAMOS TUS HORRIBLES TESTÍCULOS)

Estamos inmersos en plena astenia primaveral y mis amigas y yo celebramos, como cada año, el aniversario de la locura femenina. Lo celebramos porque, a pesar de sus dificultades, estamos orgullosas de nuestro género, nuestra condición de hembras nos acerca más a la Madre Tierra, nos conecta más con nuestros semejantes y… nos convierte en caldo de cultivo de diversos trastornos mentales.
A ver, lo que nos pasa no es sencillo. Al principio, siendo niñas, cuando nuestros ovarios estaban de vacaciones todo era más fácil. Podíamos divertirnos tirando piedras a la cabeza de un niño sin más pretensión que ésa: tirarle piedras. Parece ser que la locura se desató en la adolescencia, cuando las hormonas hicieron que nuestro cerebro se inundase de sustancias chungas mientras el de los hombres seguía pensando en tirar piedras a la cabeza de otro niño. Nos convertimos en expertas en la percepción de emociones, la empatía, la rumiación, la metafísica y la filosofía de vida. Nuestro leiv motiv ya no era disfrutar lo que nos pasaba sin más -como haría cualquier hombre-, sino que, además, empezamos a preguntarnos TODO: las causas y las consecuencias de lo que hacíamos o lo que pensábamos ocuparon gran parte de nuestro cerebro. Esto, sumado a los cambios fisiológicos y sociales establecidos en torno a nuestro género, nos convirtió en esclavas de nuestros sentimientos. Para la bueno y para lo malo (hasta que la muerte nos separe).
Es como si en nuestra mente todo estuviese más conectado, por eso nos cuesta mucho deshacernos mentalmente de los problemas incluso cuando lo estamos pasando bien. También por eso podemos hacer varias cosas a la vez. Follar contigo y pensar en la peluquería del perro no es incompatible. Sin embargo, las parcelitas mentales de los hombres, bien separadas y definidas, no pueden más que encargarse de una sola cosa: sexo-jugar a la play-comer-beber-sexo-jugar a la play-sexo.  Sé que jode que no te hagan ni puñetero caso cuando juegan a la play, pero no los culpéis, no es que no quieran, es que están concentrando TODA su energía mental en coordinar los movimientos de sus dedos con las piernas de Cristiano. No tienen más, no les pidas que mantengan una conversación racional a la vez. De hecho, el asentimiento automático con la cabeza es un mecanismo de defensa que han desarrollado para no perder la bola mientras hacen como que te escuchan.
Según la ciencia, una mujer usa 25.000 palabras de media al día, frente a las 12.000 de un hombre. Aunque yo no conozco a ninguno que use más de 500. Más del doble de palabras implican más del doble de pensamientos –sin contar con todos los que no verbalizamos, y son muchos-. Por lo tanto, necesitamos que nos escuchen. Es un rollo canalizar ese torrente de pensamientos y emociones diarias sin poder compartirlo, es vuestra responsabilidad escucharnos porque para eso os hemos traído al mundo. Cuando tu chica te diga que necesita que la escuches es que necesita eso: que la escuches y te calles la puta boca. No te ha pedido que le hables, ¿verdad? Te ha pedido que LA ESCUCHES. No queremos oír tus consejos porque siempre sabemos lo que tenemos que hacer, pero necesitamos compartirlo antes de que nos estallen los circuitos neuronales, entremos en cólera y te partamos el palo de la escoba en la cabeza mientras disfrutas de un cerveza con los pies puestos encima de la mesa del salón.
¿Por qué demonios no os dais cuenta de que necesitamos hablar? Las mujeres percibimos cuando nuestras amigas están de bajón. Sabemos exactamente lo que tenemos que decirle: “Tía, ya sabes que estoy aquí para escucharte”. “Cuéntame ¿qué te pasó con Pedrito? Dime que no ha vuelto a joder la colada mezclando la ropa de color con la blanca”. Y a partir de ahí, nuestra función es escuchar. Dar kleenex, servir otra copa, rajar de Pedrito, de su ex, sus amigos y su santísima madre. Lleva su tiempo, es una ardua tarea, pero para nosotras lo importante es disfrutar del viaje: incidir en cada pequeño defecto de Pedrito nos hace más fuertes. Al cabo de tres horas de desahogo, no habremos tomado ninguna decisión concluyente acerca de Pedrito pero tendremos tan estudiada su biografía que podríamos hacer un Sálvame Deluxe y un polígrafo en la misma noche.
Amiguitos, el hecho de que nos gastemos la mitad del sueldo en psicoterapia también es vuestra culpa: si os hubieseis molestado en escucharnos podríamos haber invertido todo ese dinero en un fondo de armario mucho más completo. O en un viaje. O en una colección de libros de autoayuda. O en la hipoteca. O en un coche nuevo. En una entrada para ver el Barça- Madrid. En llevarte al campeonato mundial de play en Australia o al de bebedores de cerveza de Berlín Este.
Pero si hay algo que me saca de quicio es cuando te ven agobiada con múltiples preocupaciones –reales o imaginarias- y te sueltan: “no lo pienses” “deja de preocuparte”. Chicos, ¿cómo cojones deja uno de pensar en algo que le molesta? ¿No veis que en el momento en que hemos decidido dejar de pensarlo, vamos  a pensarlo mil veces más???
Sin embargo, la mayoría de los hombres tienen la capacidad de no pensar absolutamente en nada. ¿Cómo lo consiguen? Por la testosterona que guardan en sus testículos como oro en paño. El hecho de llevar colgando todo el día su masculinidad, les recuerda que no están hechos para preocuparse, porque una mujer lo hará por ellos. ¿Qué hacen cuando les pasa algo difícil? Recurren a su madre, su pareja, su hermana o su amiga para que se lo solucione. Toman el consejo, lo aplican y a otra cosa. Son prácticos, simples, saben disfrutar el momento, y cortar con las preocupaciones.
Lo cierto es que todos tenemos la capacidad de sentir lo mismo. Por eso hay mujeres que saben controlar sus emociones mucho mejor que algunos hombres; y hay hombres con una capacidad empática y de comprensión mucho más amplia que la mayoría de las mujeres. Se me ocurren, por ejemplo, Leiva, Quique González, Iván Ferreiro, Kurt Cobain y demás artistas cortavenas que escuchamos cuando nos apetece regodearnos en nuestras miserias.
He llegado a la conclusión de que el mundo irá mejor cuando las mujeres podamos desconectar el chip y los hombres puedan conectarlo de vez en cuando. No hay mejor manera de aprender que copiando comportamientos: este viernes empiezo con el Pro, pinta de cerveza en mano. Y que él aguante a mi madre.