LA FAUNA DEL GIMNASIO

El gimnasio es un hábitat que, como todos, consta de una fauna determinada. Se trata de un ecosistema de alegre colorido y clima tropical en el que conviven especímenes de los más variados tipos. Una suerte de zoológico humano en donde cohabitan especies que jamás entrarían en contacto de no encontrarse en cautividad. Algunas, peligrosas; otras, en peligro de extinción. Incluso las hay protegidas. Es tal su biodiversidad, que muchas salas de entrenamiento deberían ser declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y nunca deberían permitir a un Borbón meter un pezuño dentro.
Vayamos al grano. Son varios los grupos animalísticos que podemos encontrarnos en cualquier gimnasio que merezca tal calificativo:
          Los canes: Son los que siempre están allí, llueva, nieve o haya una plaga de langostas, da igual el día o la hora, porque ellos nunca abandonan su hogar. Guardan el gimnasio con una fidelidad perruna y nunca, nunca jamás, se separan de su amo: el entrenador.  Por supuesto, están en plena forma y su único objetivo es estar más y más “ciclaos”. Su tema de conversación gira en torno a la fuerte que se ha puesto Menganito y el pecho que ha sacado Fulanito. Llevan una dieta más bien monótona compuesta de huevos, pasta y pollo para desayunar; arroz, pollo y huevos para comer y pollo, huevos y plátano para cenar. A veces, introducen “complementos” alimenticios que compran en tiendas que, sospechosamente, suelen durar poco tiempo abiertas y a los propios entrenadores de extranjis. También se han encontrado estos suplementos en el locutorio donde se vendieron las tarjetas de los móviles del 11-M.
          La foca o ballena varada: Mamíferos de un peso y una talla considerable que van al gimnasio a perder “esos kilos de más”. Suelen estar en la zona de cardio: la cinta, la bici y la máquina elíptica son el castigo impuesto por el entrenador para conseguir que quemen calorías. Suelen llevar una goma o pañuelo alrededor de la frente (siempre insuficiente para recoger el sudor que se les cae a borbotones), pantalones cortos, botella de 2 litrosde agua, toalla al cuello y calcetines blancos altos. Conforme pasan los minutos aumenta su cara de agonía y abatimiento y, al contrario que los canes, les cuesta acudir a su cita con el gimnasio. Desgraciadamente, el entrenamiento les produce un hambre voraz.
          La tortuga centenaria: Señoras y señores de 75 años que aguantan más que tú en spinning. Invierten el tiempo de su jubilación en mantenerse en forma y suelen caer en la adicción más pronto que tarde. Debido a la falta de obras por la crisis y al cierre de los centros de día donde jugar al chinchón y a la petaca, cada vez son más y más los jubilados que copan las salas de entrenamiento, en donde suelen gozar de importantes descuentos. El siguiente paso de los superabueletes es la alta competición: atletismo, natación, escalada alpina e incluso triatlón. Nada puede con ellos.
          La cabra montesa: Ese tipo de canis más bien flacuchos que cogen 300 kilos el primer día para fardar y luego no son capaces de conducir el hunday coupé amarillo debido a la rotura de multitud de fibras musculares (las mentales nunca las tuvieron enteras). Llevan camisetas sin mangas con prints de tribales, pelo pincho con  mucha gomina y zapatillas de calle (mi no entender). Suelen ir en grupo, a última hora de la tarde y la discreción no es una de sus cualidades.
          La mofeta hijaputa: No hay un prototipo de mofeta maloliente, pero seguro que siempre te encontrarás a alguna. ¿Por qué hay gente que va sin duchar al gimnasio? ¿Por qué usan días y días la misma ropa y llevan la misma toalla asquerosamente sudada? Y, sobre todo, ¿se dan cuenta de su impacto en el ambiente o creen que, como la gente suda en el gimnasio, su aroma “cuela”? Qué asco me dais, marranos.
          El grupo de loros, canarios y demás bichos parlanchines: El cotilleo es su actividad estrella. Se trata de un deporte de equipo en el que, al contrario que en otras disciplinas deportivas, los miembros de cada equipo rotan según el día y los intereses a batir. Suele tratarse de un grupo de 3 ó 4 mujeres maduras que copan todas las bicis de semi-tumbados para dar cera/pulir cera, durante horas. Están particularmente interesadas en la vida del entrenador, en su tórax musculoso y su culo prieto. El deporte les interesa lo mismo que a mí el encaje de bolillos.
          Los felinos: Hembras y machos intentando capturar presa. Van divinos de la muerte al gimnasio. No sudan, no se despeinan, permanecen bronceados todo el año, y demuestran una amabilidad desmesurada con los nuevos miembros que se incorporan a la manada. Creo que son los responsables de que ninguna máquina funcione a la primera sin su ayuda. Lo creo sinceramente.
          Aves migratorias: Aves migratorias, aves de paso…aterrizan cada año en el gimnasio unos tres meses antes de la temporada de playa. Todos los años se prometen empezar el 2 de enero pero, aunque pagan la cuota, no suelen aparecer hasta marzo para volver a marcharse en junio, cuando ya el calor aprieta y la vida transcurre entre chiringuitos y terrazas. Viven siempre entre el remordimiento y la culpa, y se mienten a sí mismos con excusas de lo más variopintas: “Hoy hace mucho frío para salir a la calle, total por un día…”; “hoy hace demasiado calor para ir al gimnasio, aún me va a dar un mareo”; “el viernes no es día de ir al gimnasio, hay que ser friqui”; “los lunes estoy de resaca”… y así un largo etcétera. 
          Los tortolitos/caracoles: Van en pareja. Comparten tabla de entrenamiento, se ayudan y vigilan mutuamente para prevenir lesiones, se dan besitos y arrumacos entre ejercicio y ejercicio, hablan de la colada y las cacas del perro entre cada serie de sentadillas, discuten sobre la conveniencia o no de cambiar el mueble de salón durante los abdominales y se esperan delante de la puerta del vestuario antes y después de entrenar. No tengo nada que ver con este grupo.
          Los pavos reales: Los que se ponen en primera fila en todas las clases dirigidas. Les gusta pavonearse de lo bien que se mueven. Su coordinación, estilo, elegancia y dinamismo parecen gratuitos, pero estoy convencida de que son fruto de años de entrenamiento delante del espejo del baño. Sacan todo su arsenal para derribarte psicológicamente y demostrar que, por mucho que lo intentes, tu torpeza te mantendrá exiliado en la última fila donde pisarse y tropezarse con la gente como tú: la que no progresa, los losers. Por culpa de zorras como éstas, yo paso de demostrar mis dotes de perreo en público.

Yonkis del amor

La semana pasada estuve charlando con un amigo al que hacía poco tiempo lo había dejado su novia, a pesar de estar profundamente enamorada de él apenas unos días antes. Me leyó y releyó los correos tratando de que le ayudase a buscar algún indicio, una pista que aventurase el fatal desenlace, pero nada. Más bien, sonaban campanas de boda momentos antes de anunciarle, vía email, que lo suyo, no podía ser. “Eres demasiado para mí” “He intentado ser una cosa que no era, no te culpes, ambos lo hemos intentado”. Y así, como obligada por las circunstancias, la chica cerró una etapa a quemarropa, sin anestesia que aliviara el dolor del momento. Y a otra cosa.
La aplaudiría en su determinación y coraje si no fuese por el “te quiero” del final. Lo siento, pero es súper cutre. Como cuando una peli deja el “final abierto” invitando al espectador a que imagine su propio desenlace. Jode, eh? Es algo muy típico de los malos guionistas que no saben cómo terminar las historias o buscan una segunda parte para tratar de remendar el miserable fin de la primera. Pero con lo que cuesta hacer una película, o estás muy seguro de que será un éxito de taquilla –cosa bastante improbable- o definitivamente eres un pésimo cineasta. O matas al protagonista, o se casa con la chica. Pero haz algo, coño. Nada de puertas abiertas, de falsas esperanzas, de suicidios programados o infancias difíciles. Si te quieren como pareja –y de eso se trata- no te dejan. Porque NADIE quiere ver a la persona que ama del brazo de otra. Lo que pasa es que TODOS tenemos miedo a la soledad.


Sin embargo, lo que más me llamó la atención de esta historia –una ruptura más, diréis vosotros, despechados lectores- fue la reacción de mi amigo. Sí, estaba enfadado, decepcionado, bastante cabreado y puede que un pelín alterado, pero pronunció la frase más franca que he escuchado nunca de boca de alguien que acaba de terminar una relación: “Me muero de ganas de volver a enamorarme, es lo único que quiero ahora”. Bravo.
Y es que en cuanto acabamos una relación, la mayor parte de los seres humanos vamos buscando enamorarnos de nuevo (aunque no lo hagamos a conciencia). No tiene nada de malo, al contrario, el amor actúa como una potente droga química que te deja el cerebro más a gustito que una sobredosis de Lexatines. Y los que han estado enamorados hace poco necesitan de esa dosis más que nadie. Son yonkis del amor.
No obstante, nos empeñamos en fingir y repetir el mismo esquema: te dejan o dejas –da igual los años o días que hubieses pasado con alguien- y necesitas estar solo. Es como el libro de estilo de la dignidad: tienes que demostrarle al mundo que puedes estar solo. ¡Claro que puedes! Tú, yo, y Marujita Díaz. Otra cosa es que reniegues del placer que supone enamorarse (ojo, e-na-mo-rar-se no es lo mismo que em-pa-re-jar-se, aunque todo se andará).
El amor anula las emociones negativas, ya que está científicamente demostrado que el estado inicial del amor romántico, aquello que se conoce como enamoramiento, es el resultado de complejas reacciones químicas del organismo que desencadenan una oleada de felicidad y positivismo muy parecida a un colocón de cocaína*. El verdadero enamoramiento, lo que comúnmente identificamos las seguidoras de Sexo en Nueva York como “el suave aleteo de mariposas en el estómago”, sobreviene cuando se produce en el cerebro la feniletilamina, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas. Al inundarse el cerebro de esta sustancia, éste responde mediante la secreción de dopamina (neurotransmisor responsable de los mecanismos para desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer), norepinefrina y oxiticina y comienza el trabajo de los neurotransmisores que dan lugar a los arrebatos sentimentales. Estos compuestos combinados explican que los recién enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o hambre.
En este estadio inicial el amor es una enfermedad, muy parecido a un trastorno obsesivo, que nos impide pensar en cosas negativas y debilita mucho nuestro razonamieno crítico, en particular, cuando se trata de analizar a nuestro ser amado.
Sin embargo, esta fase no se puede mantener bioquímicamente por mucho tiempo. Al cabo de unos meses, dos o tres años a lo sumo, el estado de “imbecilidad transitoria” -que diría Otega y Gasset- maravillosamente insensato e irresponsable, da lugar a un amor más cómodo, relajado, de confianza y necesidad mutua. Entran en juego otros planes: formar una familia, apoyarse en las decisiones importantes, viajar en agosto a Valencia en autocaravana intentando no matar a los niños o jugar juntos al Euromillones cada domingo como dos pobres desgraciados. Si todo va bien, podréis ir todos los fines de semana a casa de vuestros padres intentando rapiñar de aquí y de allá porque sus platos “son los mejores del mundo”. No suena muy atractivo, pero que levante la mano el que crea que pasarse meses aguantando los gases y fingiendo que has nacido depilada resulta súper cómodo.
Hay diferentes tipos de yonkis del amor: los que aceptan esta etapa de asentamiento y aguardan con ilusión (o resignación) esa vida en común y los que van buscando mariposas en una primavera de felicidad y decepción constante. Los segundos, no pueden mantener una pareja por mucho tiempo, aunque probablemente, sientan el amor más descarnado e intenso que se pueda experimentar jamás. Cada una de las personas con las que están la convierten en el amor de su vida, con esquizofrénica devoción, hasta que las mariposas vuelan y se quedan solos ante el jardín de su vida. Si son valientes, terminan aquí la relación y al menos, pueden recordar lo mejor de cualquier relación: el principio. Sí no lo son, se atascarán en broncas y reconciliaciones constantes que siempre terminan de la misma manera: mal.
Este tipo de relación es tan buena como una relación sosegada y estable si los dos miembros de la pareja la viven así. El problema, es cuando uno de los dos queda “colgado” del otro, quien no parece tener planes de convertir su idilio en el definitivo. O no lo tiene muy claro. Y eso es mucho peor.
Aunque también es patético embarcarse en una relación de pareja sin haber experimentado esa fase previa de desbordante locura y pasión desenfrenada. Será lo que recordéis cuando os paséis noches enteras cambiando pañales o escapando de pedos pegajosos y pies helados bajo las sábanas.
* Mensaje patrocinado por el Ministerio de Sanidad, Ana Mato, los distribuidores de confeti y el DJ del Madrid Arena.

Yo para ser feliz quiero una Thermomix

A lo largo del pasado viernes, 8 de marzo, Día de la Mujer, tuve algunas acaloradas (e interesantes) conversaciones sobre el significado del feminismo en la actualidad, el uso del lenguaje como herramienta para la mayor integración de las mujeres, el trabajo femenino -y su remuneración- y blablablabla. Me apena saber que, aunque estamos avanzando en la dirección correcta, algunos hombres siguen pensando que hay ciertas áreas laborales, sociales o culturales de las que debemos seguir exentas. Sin ir más lejos, estos días se escoge nuevo Papa y ¿qué me decís del fútbol mixto? ¿Nos lo tomamos de coña, verdad?.

Por lo menos, sé que puedo discutir con un hombre de tú a tú, respetándonos mutuamente, sin que nadie me calle la boca. Parece una chorrada, pero la mayoría de nuestras abuelas no podían. Y, lamentablemente, todavía sigue habiendo muchas chicas que, o no pueden, o no quieren. Una auténtica tragedia.

Lo que sigue siendo digno de “arrancarse los ojos” es el sexismo en la publicidad. Y sin embargo, los publicistas parecen tan chic y tan modernos que cualquiera lo entiende…quiero creer que son unos mandados. Y por cierto, muy poco originales.
Por centrarme en algo –lo más entretenido- me centraré en la televisión. Los spots de televisión dirigidos al público femenino dan ASCO y VERGÜENZA en su gran mayoría. Básicamente, se centran en resaltar tres “cualidades” de las mujeres:
1)      La mujer como maruja y ama de casa. La mujer pone la colada, el lavavajillas, friega el suelo, el baño, la cocina (bueno cuando se atasca el lavabo viene el hombre porque debemos de ser subnormales), además de cuidar felizmente de los niños y tener la casa perfectamente desinfectada para proteger a su familia.
– Aquí tenemos a una amiga en problemas por su mancha. Tranquilas, una limpiadora del futuro vestida de rosita le trae Vanish:
– Don Limpio, ese calvo que lleva 30 años ayudando a las mujeres en el hogar:
– Finsih Quatum, te desvela “la receta de la felicidad”. Y ponte el mandilón de flores, bonita.
2)      La mujer menstruadora o menopáusica. La regla la deben de tener sólo las adolescentes que llevan bragas de colores y bailan contoneando el culo todo el santo día. Lo fundamental es que no se note el olor, pecado capital que pone en evidencia la pureza con la hemos venido a este mundo, por eso todo tiene “odor control”.No vaya a ser que algún hombre se dé cuenta de que estamos menstruando y se desmaye. Por otra parte, está la pobre mujer menopáusica, que tiene que usar megacompresas para las pérdidas de orina. Correcto. ¿Qué pasa? ¿Acaso no hay hombres mayores que tienen pérdidas?
 – ¿Qué cojones es esto, señores de Evax? Se nota que nunca habéis tenido la regla.
– Patricia Conde te ayuda a ponerte un tampón. Y de paso te enseña su colección de bragas.
-Pero antes ya fue Shaila Dúrcal, volviendo al mundo rosa de las nubes y las flores:
-Para las maduritas está Concha Velasco, aunque con bastante más estilo que las otras dos:
-Aunque, sin duda, el premio se lo lleva Chilly Gel. Unos graciosos estos anunciantes. Y como siempre, hablemos de lo que hablemos, A ENSEÑAR CACHA:

 

-Felicito a Ausonia porque sus anuncios no tienen nada que ver con lo que os acabo de enseñar. Olé.
3)      La mujer siempre bella, joven y cuidada. Además de la limpieza y de la regla, lo que más nos importa es estar guapas y sentirnos jóvenes. Por eso, los anuncios de cosméticos destinados a las mujeres de 60 o más años prometen un cutis de una de 40; los que van dirigidos a las de 40 de una de 30 y los que van para las de 30 garantizan la tez de una de niña de 15 años embalsamada, sin granos, ni puntos negros, ni rastro alguno de expresividad. Por supuesto, si lo que queremos son resultados inmediatos, también tenemos una amplia oferta de operaciones de cirugía estética (pechos, culo, tripa) y a vivir que son días, muñecas.-Paz Vega, actriz conocida por enseñarnos hasta el DNI en cada una de sus interpretaciones, conservada así de estupenda a base de una crema de 15 euros. Qué suerte.

-Otra  multioperada, la modelo Eugenia Silva, aportando su granito de arena en esta carrera por la eterna juventud. ¿Y esta chorrada del medidor antiarrugas? ¿¿Hola???
– Y Jane Fonda, que tampoco se ha hecho ningún retoque, vendiendo salvia de juventud.
Lo obsesión por la piel de naranja y la celulitis había que mirársela, teniendo en cuenta que es algo que tenemos el 95 por ciento de las mujeres (incluso las muy delgadas).
– Y para eso están las marcas que tienen el santo morro de adjudicarse investigaciones científicas o médicas para vendernos sus productos:
– Este spot de Corporación Dermoestética nos dibuja una sociedad en que los tratamientos de cirugía parecen tan normales como ir a ponerse las mechas:
Sin embargo, otros como Dove, saben vender sus productos de una forma mucho más digna:
Además, de los productos cosméticos, están los dietéticos. A pesar de que el 45,5% de los varones españoles tienen sobrepeso (frente al 29.9% de las mujeres)* la práctica totalidad de los anuncios de productos “bajos en” o “light” están protagonizados por mujeres: mahonesas, yogures, quesos de untar, refrescos, barritas, cereales, leches desnatadas, leches sin leche y qué se yo qué demonios más.
Pero si hay algo con lo que no puedo, que me supera y me llena de indignación, son los sports destinados a las niñas. Por favor, os pido que, aparte de con las jóvenes madres protagonistas, os quedéis con la letra de la canción. No tiene desperdicio:

 

No puedo negar que, en cierta dosis, yo también me siento atraída por la moda y la belleza, y no creo que sea en absoluto incompatible con ser feminista. Pero también me gustan muchas otras cosas, igual que a los hombres, los perros y las musarañas. Por eso, no soporto que los anunciantes utilicen siempre a las mujeres como esclavas de su cuerpo, su hogar, o su familia para vender sus productos.
Porque, independientemente del éxito de ventas que pueda justificar esta publicidad ENGAÑOSA, está el daño irreversible que se hace a muchas mujeres, jóvenes y niñas. Contribuyendo, dicho sea de paso, a que demasiados hombres nos sigan viendo como ciudadanos de segunda, amas de casa histéricas, personas obsesionadas con la limpieza y la estética, a las que, aún por encima, tienen que soportar “cuando están con la regla”. Si algún día tengo una hija le cortaré piernas y brazos al primero que le regale un carrito con un Nenuco.Yo para ser feliz quiero una Thermomix! (Y no cocinar nunca jamás)

*FUENTE: Instituto Médico Europeo de la Obesidad