San Fermín o el crossfit de los salvajes

Como cada año, el 6 de julio al mediodía, da comienzo una de las fiestas más populares de España, los San Fermines de Pamplona. Una celebración de arraigada tradición que consiste en ocho días de encierros de dos minutos de duración y 24 horas de borrachera, suciedad, magreos, peleas, agresiones sexuales a mujeres de todas las edades y corridas. De toros y de gilipollas.

San Fermín es el crossfit de los salvajes. Durante los días de la celebración cualquiera puede poner a prueba su resistencia física con variados ejercicios que trabajan todos los grupos musculares al tiempo que deja su cerebro en fade out para meditar sobre si Hemingway escribió El viejo y el Mar después de pasar el día bebiendo kalitmoxo y vomitando en los portales de la capital Navarra. (Sólo podía escribir Fiesta, obvio.)

Los encierros, ejercicio cardiovascular

Nada mejor para empezar el día que una carrera de buena mañana delante de varios toros y cabestros a los que nadie les pidió permiso, por las resbaladizas calles de Pamplona –donde sufrirán golpes y caídas- hasta llevarlos al lugar donde serán sacrificados públicamente como muestra y orgullo de la tradición patria por excelencia: el toreo. Unas 20.000 personas corren los encierros, más de la mitad son extranjeros y dos de cada tres, lo hacen por primera vez.

En la web de las fiestas sanfermin.com se incluye una guía práctica para que cualquier energúmeno corra delante de los animales. Todo el mundo puede correr y, aunque prohíben ir borrachos, dudo seriamente que realicen tests de alcoholemia a cada uno de los miles de corredores. Entre los consejos está el “comenzar despacio, acelerar cuando se acercan, buscar buen sitio y acelerar cuando están encima”. Lo que viene siendo salir por patas.

De la tortura y posterior muerte que se les da a los animales ante aplausos y vítores de los asistentes deduzco que en España mucha gente todavía no ha salido del circo romano.

San Fermín o el Crossfit de los salvajes encierro
Cada vez que veo estas imágenes pienso en lo mucho que deben estar disfrutando los toros.

Violaciones y agresiones sexuales, pilates

Ejercicios estáticos y dinámicos para fortalecer el tren inferior y superior del cuerpo mientras mantienes sexo no consentido con alguna asistente que se ha perdido de su grupo de amigos o está borracha y desorientada. Si es extranjera, mejor, son las que menos denuncian.

Este año una joven de 19 años denunció una violación en un local de copas de Pamplona, ejecutada por un hombre dentro del baño mientras sus amigos permanecían fuera riéndose con la hazaña. En 2011 se denunciaron hasta tres violaciones en bares y lugares nocturnos (una de ellas a una menor de edad). En 2008 la joven Nagore Laffage era asesinada. En 2010, una reportera de TVE fue morreada en directo por un espontáneo mientras sus compañeros de estudio insinuaban que ella lo había provocado (España. Siglo XXI).

Pero la alarma saltó definitivamente hace un par de años cuando el manoseo de pechos y culos desnudos en la plaza del ayuntamiento fue retransmitido por todas las televisiones y llevado a las portadas de los periódicos de medio mundo.

San Fermín o el crossfit de los salvajes. abuso

No se trata de hechos aislados, las Plataforma de Mujeres Contra la Violencia Sexista y el Colectivo Gora Iruñe, llevan años advirtiendo del peligro que esta gran concentración de personas en situación etílica y bajo el efecto de las drogas supone para las mujeres. Según las propias plataformas, las agresiones son muchas más que las que se denuncian. Por supuesto, siempre hay que escuchar las voces de los que consideran que una borracha –sí, una borracha- enseñando las tetas está deseando ser violada por varios mozos. El término mozo, ya nos pone sobreaviso de lo que en Pamplona se junta.

Peleas callejeras y caídas libres, resistencia y tonificación muscular

La población de Pamplona pasa en cuestión de días de 190.000 a 1.000.000 de habitantes. Por supuesto, la inmensa mayoría no tienen ningún interés ni en las gestas taurinas, ni en los festejos religiosos ni en nada que ver con evento cultural alguno (retirando de esta categoría toros y misas, obviamente).

Además de las cornadas, golpes y caídas, directamente derivados de los encierros, las autoridades y sanitarios reciben cada día a decenas de personas que han participado en peleas o batallas campales o han sido víctimas de agresiones, empujones, o caídas por propia inercia desde las murallas en donde se resguarda el público para ver los encierros. Entre 1997 y 2009 seis personas murieron al precipitarse desde las murallas. Conocida es también la afición de los salvajes que se tiran desde las fuentes para ser recogidos por sus amigos y que veces lo hacen pero sin amigos, con sus dientes como única amartiguición. Traumatismos, cortes, y puñetazos varios son atendidos cada día por los servicios de urgencias. Y luego nos reímos del balconing.

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Acampada libre y macrobotellón, estiramientos e hidratación

Además de los ejercicios específicos, algo que practican la casi totalidad de los asistentes y que tiene muy contentos a los vecinos –léase con ironía- es la acampada libre en cuanta plaza, jardín, portal o trozo de acera encuentren para beber, comer, follar y dormir la mona. Allí dejarán sus botellas y restos de comidas en el mejor de los casos, y meadas, vomitonas, excrementos, preservativos y cuanta inmundicia sea posible en el peor. La mayoría.

Esto me recuerda demasiado a la asquerosidad en que se ha convertido el San Xoán de A Coruña, en donde los perros tienen prohibido el acceso, y que durante la fiesta deviene en un auténtico ESTERCOLERO. Me encantan las fiestas y no creo que sea necesario convertir nuestras ciudades y entornos naturales en Chernóbil para poder disfrutar de ellas.

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La Ley de Playas de A Coruña apela “al sentido común” como norma principal para la utilización de los arenales.
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Cartel que informa de la prohibición de llevar perros en la playa de Oza, A Coruña.

En Pontevedra, existe una fiesta conocida como Peñas, que tiene lugar durante los dos primeros fines de semana de agosto, coincidiendo con las corridas de toros durante las Festas de A Peregrina. Un pequeño San Fermín. La fiesta, básicamente, consiste en llevar camisetas con nombre de tu peña –que en el 80 por ciento de los casos ni siquiera es taurina- y emborracharse en las plazas públicas al tiempo que la gente se tira vino. Es imposible recorrer la calle esos dos fines de semana sin ser atacado por pistolas que expulsan vino barato en el mejor de los casos, y una mezcla de aguaorinaveteasaberqué, en el peor, recogida directamente de las fuentes de la ciudad.

Reconozco que la cosa ha mejorado bastante en los últimos tiempos y no se desmadra tanto como cuando yo era una moza. o A lo mejor ésa es mi perspectiva desde que no me meto en según qué lugares. Obviamente, controlar a unos cientos de críos en un ciudad de 80.000 habitantes, no es lo mismo que poner coto al desfase de un millón de personas que acuden a Pamplona para convertirse en lo que realmente son: salvajes.

Pero, no nos engañemos, precisamente en esto reside la mejor publicidad de San Fermín.

San Fermín o el crossfit de los salvajes. chica acosada

Pontevedra no es una ciudad taurina. Lleva más de 15 años gobernada por un alcalde nacionalista de izquierdas que, o bien no tiene valor, o bien considera que la fiesta de los toros es de una importancia vital en la cultura de una ciudad en que lo más parecido que hemos visto a los cuernos de toros son los mariscos que sirven en los bares y reciben al comensal con las tenazas en posición de ataque.

Nos llevamos las manos a la cabeza cuando vemos las espantosas imágenes de la matanza de focas de Canadá, mientras el folclore español incluye el goce de torturar a un animal con la excusa de la tradición, el deporte y, lo que es peor, la cultura. No basta con no ir a los toros, hay que prohibirlos. Y es obligación nuestra exigirlo a los gobernantes. Prueba de que se puede es la decisión del alcalde de A Coruña, Xulio Ferreiro, de suspender las subvenciones públicas a la feria taurina que se iba a realizar en dos semanas.

Por cierto, en España se abandonan 300.000 animales de compañía al año. Uno cada tres minutos. Somos el número uno de este lamentable ranking en toda Europa. Y si como decía Ghandi, “La grandeza y el progreso moral de una nación se mide por cómo trata ésta a los animales”  España está a años luz de alcanzar tal excelencia moral.

La cuestión mística

*Místico, ca. Adj. Que incluye misterio o razón oculta. Perteneciente a la mística. Que se dedica a la vida espiritual.

Hay una cuestión mística que envuelve las relaciones de pareja y que pasada cierta edad sin “resolver” se convierte en eso que los ingleses llaman the elephant in the room: una verdad evidente, conscientemente ignorada para evitar ser discutida.

El elefante gigante que se sienta en nuestros pies e insiste en llamar nuestra atención mientras soportamos sus seis toneladas de peso apretando los dientes y mirando hacia otro lado, no es ni más ni menos que la maternidad y/o la paternidad.

La realidad es la que es. Las mujeres españolas hemos retrasado hasta diez años la edad para tener nuestro primer hijo en relación a la generación anterior, la de nuestras madres. Unos 5 años de media en 25 años. Por supuesto, también hemos reducido la cantidad de alumbramientos por fémina y ahora mismo estamos en 1,32 hijos por vagina: lo que viene siendo un hijo y un gato, un hijo y dos perros, o un hijo y un marido del PP o Ciudadanos (si fuese de UPyD ya nos pasaríamos de dos hijos y romperíamos la media, pero las estadísticas dicen que de esos cada vez quedan menos y por eso seguimos en el 1,32).

Las razones que esgrimen los expertos (para todo hay expertos y para saber por qué no parimos hasta los 32, también) son conocidas: falta de empleo, empleo a tiempo completo para ambos miembros de la pareja, sueldos precarios –sobre todo para nosotras-, movilidad laboral, inestabilidad conyugal, nefastas ayudas públicas a la procreación y mantenimiento de la criatura. Comparto todos estos motivos y añado otros: la gente ya no necesita casarse para independizarse, ni tiene hijos a granel (hola anticonceptivos), la gente se casa y tiene hijos controladamente para crear un vínculo de dependencia con algo que no sean sus padres, sus amigos, y el Candy Crush Saga.

Además, mi generación, instalada en la precariedad perpetua, ha aprendido a vivir al día y dentro de ese vivir al límite no solo están la desesperación y el cabreo general, también hemos encontrado el paraíso de la vida con pocas complicaciones, y es difícil abandonar el paraíso sin una razón de peso (de 9 a 15 kilos por embarazo, es peso suficiente). La mayoría de nuestros padres se lanzaron a la paternidad como a una piscina sin agua, nosotros, en cambio, necesitamos agua, flotadores, manguitos y un socorrista a 10 metros. Somos menos intrépidos en esto de traer hijos al mundo pero, por supuesto, también mucho más exigentes. Los nuevos padres se empeñan ahora en ser una especie de Bill Gates: ricos, intelectuales, comprometidos (pero ricos, tan ricos como para regalar lo que les sobra), y se preocupan por criar al retoño en un ambiente plurilingüe a la vez que rural, porque el contacto con la madre tierra es imprescindible para el buen desarrollo de las capacidades cognitivas del retoño. No dejan margen para la improvisación. Seguramente muchos de vosotros, como yo, seáis fruto de accidentes e improvisación, la fecundación como resultado del método científico de ensayo y error. Dado que yo soy la última de los tres hijos de mis padres, intuyo que los dos errores vinieron antes.

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Mamá, siempre quitándome peso de encima.

Y luego está twitter. Eso no lo dicen en ningún estudio oficial pero lo digo yo. Las redes sociales han hecho tanto daño a las relaciones de pareja que cualquiera se anima a tener un hijo con alguien que casi seguro buscará a otra alma con quién “confesarse” una noche de aburrimiento. Y de la paja al polvo, un pasito. Bendito el mundo analógico en que las despedidas de solteros y solteras eran el día del año en que todos sabíamos que nos la podían meter doblada. Ahora ya ni bodas tenemos: interné, interné, interné y la gente de interné. Liga por internet. Ten sexo por internet. Cásate por internet. Y divórciate en un juzgado abarrotado que tardará cinco años en resolver la separación. (Mientras tanto, mira cómo tu ex rehace su vida. Por internet).

Internet y las redes sociales influyen en el descenso de la natalidad, porque el hecho de que la gente crea que puede cambiar de pareja con mucha más facilidad que antes –nunca fue tan sencillo y cómodo conocer gente y contar nuestra épica e interesante vida por chat-, nos mantiene a todos en estados infantiloides durante más tiempo. Nunca se deja de ligar. Y así, los 30 son los nuevos 20. Los 20 son los nuevos 10. Y los 40, los 15. Internet está abarrotado de cuarentones en la edad del pavo. Cuarentones ligándose a veinteañeras en una especie de fiesta Erasmus non-stop. Y la típica frase de “yo es que no me siento de mi edad” se escucha ahora hasta en los clubs de jubilados. (No hace falta que aclaréis que nos os sentís de vuestra edad, se os nota).

Y con este panorama tan divertido –divertido lo es, un rato- llegamos las mujeres a esa edad en que lo de tener hijos ya empieza a ser una cuestión transversal en las conversaciones referidas al otro sexo. No es capricho, es una cuestión biológica. Vivimos muchos más años, pero la edad fértil no se ha incrementado significativamente en las tres últimas décadas, y cada vez hay más problemas de infertilidad derivados, principalmente, del retraso en la edad de la concepción. Yo soy feminista, pero la biología es machista. Lo siento, queridas.

Y entre las que no quieren tener hijos de ninguna manera, están las que lo quieren tener cuánto antes y sin plantearse ni muy bien con quién (ojocuidado), y las que pretenden salvar su relación a la deriva embarazándose (una estrategia muy inteligente que, por supuesto, también participa de hombres a la deriva), están las que esperan a que sea él el que decida lo que más le agrada (y fumando espero, ya si eso), las que esperan de un consenso con su pareja que consensue, obviamente, lo que nosotras queremos, y las que prefieren no tomar ninguna decisión al respecto porque para decidir cosas a día de hoy ya tenemos al Spotify y la puta publicidad personalizada de Google.

Creo que muchas mujeres de mi generación (que hemos buscado la independencia laboral, económica y emocional) estamos entre los dos últimos grupos: no tenemos ni puta idea de si queremos o no queremos ser madres y, en todo caso, lo decidiremos cuando estemos en pareja. Y cuando estamos en pareja –e incluso antes- la cuestión mística aparece. Como por arte de magia. Por eso sé que me he hecho mayor. No porque se me empiecen a dibujar las patas de gallo sin forzar la sonrisa–y me ofrezcan cremas “para esas marquitas” tocándome la cara sin rubor-, no porque ya no me pidan el carnet más que para pasar la tarjeta de crédito, tampoco porque mi madre se empeñe en repetirme una y otra vez eso de “yo a tu edad….” (pongan aquí marido, hijos, casa, y una falta absoluta de conciencia y vestidos de cabaretera en el armario). No. Me hago mayor porque la cuestión mística ME PERSIGUE.

kurtcourtneybebe. La cuestión mística
¿Hijo, qué hijo? Yo no veo ningún hijo.

Pongamos un ejemplo anónimo. La mujer D ha tenido dos relaciones largas y estables con menos de 30 años. En la primera, era demasiado joven y tenía pocas ganas de comprometerse. Nadie sensato tiene hijos con su primer amor (por favor, abstenerse románticos, que ayer vi una película de Ryan Gosling). En la segunda, todo iba bien, era joven -pero no demasiado-, pasó el tiempo suficiente para no hacer cosas a lo loco, pero la relación salió mal. Sumando ambas relaciones, la mujer D ha pasado diez años de su vida en pareja. La mujer D piensa ahora que la palabra definitivo es una estrategia del gobierno para hacernos creer que no volverá a subir los impuestos o algo que emplean los médicos como adjetivo de terminal “-tienes un cáncer –¿voy a morir, doctor? –es definitivo-” *

Hasta hace pocos años cuando empezaba una relación, hablaba con mi pareja de las cosas cuquis que nos gustaría hacer juntos: que si un spa cuando acabe el curso, que si un viaje al terminar la carrera, que si irnos de acampada y hacer el amor bajo la luz de la luna y sobre una cama de rastrojos y piedras porque somos jóvenes y el lumbago es para los mayores de 30. Que si un concierto de rock, que si nuestro primer trabajo, que si nos vamos a vivir juntos, que sí, que no, que caiga un chaparrón. Pero ya no. Ahora casi empiezas con alguien y por haches o por bés la puta cuestión mística estalla de un momento a otro: “¿tú quieres tener hijos?” Así, pum, sin vaselina.

Pero es que si el tema no se habla, mal también. Ves el elefante en todas partes, como si te tomases el tripi de la maternidad. Y mucho peor cuando tus amigas se empiezan a embarazar o están en proceso de, que ya no sabes si es un elefante o un tyrannosaurus rex lo que te persigue.

Por más que os empeñéis en obviarla, la cuestión mística nunca desaparece. Es como Esperanza Aguirre, cuando la creías al borde de la muerte con un cáncer definitivo, se te presenta a alcaldesa.

 

*Humor negro perseguido por el gobierno del PP y denunciable a la Fiscalía. Ah no, que los enfermos de oncología, no entran en la lista de chistes prohibidos.

No soy tu “cielo”

Pocas cosas me producen semejante repugnancia como la manía de ciertos individuos de llamar a propios y extraños con palabras tan cursis como “cari”, “cielo” o “bebé”. Cuando escucho a una pareja en la calle referirse a su partenaire con uno de esos calificativos siento que un gatito muere atropellado en algún lugar del mundo.

Y lo peor no es que se lo digan las parejas entre sí, que yo llevo años inventándome motes para mis parejas que causarían vergüenza al mismísimo Aless Gibaja, y que, por supuesto, no reproduciría en público ni aunque me amenacen con quemar todas mis cómodas bragas de regla en el próximo San Juan. No. Lo peor es que uno de ellos te diga a ti que hoy ha quedado con su “cari”, con su “cielo” o su “bebé”, cuando obviamente ésa es una información que no necesitas saber. Entonces, me dan ganas de ser yo la que atropella el gatito y cuelga el cadáver en el parabrisas de su coche cuando va a buscar a bebé. ¿Por qué no te apiadas de mí y me dices, simplemente, que has quedado con tu novio o con Marta? ¿Tan poco respeto te merezco para hacerme partícipe de tus ñoñerías sentimentales?

Y también están los que convierten su vida en el máximo monguerismo edulcorado y a pesar de tener más de 16 años son capaces de registrar el número de su pareja con uno de esos términos para que cuando lo llamen al móvil se vea bien claro, y a toda pantalla, lo muy enamorados que están. O lo graban en la chapa de la cadena de oro o en el collar del inocente perro. Cuánto daño han hecho las dependientas del Bershka al imaginario colectivo.

Pero resulta que todavía hay algo que me enciende más, que me hace combustionar y me convierte, de hecho, en una persona potencialmente peligrosa. Y es cuando un desconocido o desconocida, osa llamarme con una palabra empalagosa para requerir mi atención. A MÍ. Y precisamente, la mayor parte de las veces se trata de una dependienta que, aún por encima, pretende que le compre algo. Que imagino que en su pequeño cerebro llamar a una clienta “amor” y “cari” es tope guay y vende mogollón, pero es que nuestra relación comercial no llega tan allá para tomarse esas confianzas. Vamos, que ni tú eres mi puta, ni yo te voy a pagar para que me des el amor que no me dan en casa.

Todo esto se puede llevar también al plano del flirteo, porque no faltan personajes que entran a ligar y de buenas a primeras y sin anestesia te sueltan un “princesa” cuando estabas a punto de desatarte y clavarle la lengua en la boca. Justo ése es el instante en el que comprendes que Dios existe porque ha intercedido para evitar que lo tuyo con el señor soy-un-lerdo vaya a más. Entonces se te pasa la borrachera y eres consciente de que lleva más escote que tú. Y que aún por encima, tiene más tetas. ¿Qué podrá llegar a hacer una persona que te llama princesa cuando ni siquiera os habéis liado? Son el tipo de psicópatas que aparecen con su madre para presentártela el día en el que quedas “para hablar” después de descubrir que tiene el disco de Pablo Alborán guardado en el cajón de la mesilla, justo al lado del último número de Súper Pop.

Y es hoy me pasó una cosa muy curiosa, un tipo me mandó la foto de una polla gigantesca por chat de Facebook y cuando le pregunté si era imbécil -una pregunta retórica, se entiende-, me llamó “cielo” para disculparse. Y hombre, lo de la polla lo paso, pero cielo, cielo su puta madre.

El mundo sería un lugar mucho más dulce si los contratos de hipoteca se firmasen entre el banco CARI que cede al cliente SU BEBÉ cien mil euros en concepto de SÚPER AMOR con un cinco por cierto de interés deducible en ABRACITOS. Ninguna carta del banco nos produciría escalofríos, porque serían como las de San Valentín del instituto, llenas de corazones y palabras de amor. Y ningún desahucio sería un drama si el director te dijese que te echa de tu casa porque eres su bebé y prefiere tenerte más cerca, por ejemplo, en el cajero automático que no te da billetes, pero tiene un botón para pobres con el emoticono del corazón que recita a Paulo Coelho cuando lo presionas con tus sucios deditos de azúcar. En plan #cerodramas.

Un beso, bebés.

gibaja- no soy tu cielo