La cuestión mística

*Místico, ca. Adj. Que incluye misterio o razón oculta. Perteneciente a la mística. Que se dedica a la vida espiritual.

Hay una cuestión mística que envuelve las relaciones de pareja y que pasada cierta edad sin “resolver” se convierte en eso que los ingleses llaman the elephant in the room: una verdad evidente, conscientemente ignorada para evitar ser discutida.

El elefante gigante que se sienta en nuestros pies e insiste en llamar nuestra atención mientras soportamos sus seis toneladas de peso apretando los dientes y mirando hacia otro lado, no es ni más ni menos que la maternidad y/o la paternidad.

La realidad es la que es. Las mujeres españolas hemos retrasado hasta diez años la edad para tener nuestro primer hijo en relación a la generación anterior, la de nuestras madres. Unos 5 años de media en 25 años. Por supuesto, también hemos reducido la cantidad de alumbramientos por fémina y ahora mismo estamos en 1,32 hijos por vagina: lo que viene siendo un hijo y un gato, un hijo y dos perros, o un hijo y un marido del PP o Ciudadanos (si fuese de UPyD ya nos pasaríamos de dos hijos y romperíamos la media, pero las estadísticas dicen que de esos cada vez quedan menos y por eso seguimos en el 1,32).

Las razones que esgrimen los expertos (para todo hay expertos y para saber por qué no parimos hasta los 32, también) son conocidas: falta de empleo, empleo a tiempo completo para ambos miembros de la pareja, sueldos precarios –sobre todo para nosotras-, movilidad laboral, inestabilidad conyugal, nefastas ayudas públicas a la procreación y mantenimiento de la criatura. Comparto todos estos motivos y añado otros: la gente ya no necesita casarse para independizarse, ni tiene hijos a granel (hola anticonceptivos), la gente se casa y tiene hijos controladamente para crear un vínculo de dependencia con algo que no sean sus padres, sus amigos, y el Candy Crush Saga.

Además, mi generación, instalada en la precariedad perpetua, ha aprendido a vivir al día y dentro de ese vivir al límite no solo están la desesperación y el cabreo general, también hemos encontrado el paraíso de la vida con pocas complicaciones, y es difícil abandonar el paraíso sin una razón de peso (de 9 a 15 kilos por embarazo, es peso suficiente). La mayoría de nuestros padres se lanzaron a la paternidad como a una piscina sin agua, nosotros, en cambio, necesitamos agua, flotadores, manguitos y un socorrista a 10 metros. Somos menos intrépidos en esto de traer hijos al mundo pero, por supuesto, también mucho más exigentes. Los nuevos padres se empeñan ahora en ser una especie de Bill Gates: ricos, intelectuales, comprometidos (pero ricos, tan ricos como para regalar lo que les sobra), y se preocupan por criar al retoño en un ambiente plurilingüe a la vez que rural, porque el contacto con la madre tierra es imprescindible para el buen desarrollo de las capacidades cognitivas del retoño. No dejan margen para la improvisación. Seguramente muchos de vosotros, como yo, seáis fruto de accidentes e improvisación, la fecundación como resultado del método científico de ensayo y error. Dado que yo soy la última de los tres hijos de mis padres, intuyo que los dos errores vinieron antes.

madremebarazada
Mamá, siempre quitándome peso de encima.

Y luego está twitter. Eso no lo dicen en ningún estudio oficial pero lo digo yo. Las redes sociales han hecho tanto daño a las relaciones de pareja que cualquiera se anima a tener un hijo con alguien que casi seguro buscará a otra alma con quién “confesarse” una noche de aburrimiento. Y de la paja al polvo, un pasito. Bendito el mundo analógico en que las despedidas de solteros y solteras eran el día del año en que todos sabíamos que nos la podían meter doblada. Ahora ya ni bodas tenemos: interné, interné, interné y la gente de interné. Liga por internet. Ten sexo por internet. Cásate por internet. Y divórciate en un juzgado abarrotado que tardará cinco años en resolver la separación. (Mientras tanto, mira cómo tu ex rehace su vida. Por internet).

Internet y las redes sociales influyen en el descenso de la natalidad, porque el hecho de que la gente crea que puede cambiar de pareja con mucha más facilidad que antes –nunca fue tan sencillo y cómodo conocer gente y contar nuestra épica e interesante vida por chat-, nos mantiene a todos en estados infantiloides durante más tiempo. Nunca se deja de ligar. Y así, los 30 son los nuevos 20. Los 20 son los nuevos 10. Y los 40, los 15. Internet está abarrotado de cuarentones en la edad del pavo. Cuarentones ligándose a veinteañeras en una especie de fiesta Erasmus non-stop. Y la típica frase de “yo es que no me siento de mi edad” se escucha ahora hasta en los clubs de jubilados. (No hace falta que aclaréis que nos os sentís de vuestra edad, se os nota).

Y con este panorama tan divertido –divertido lo es, un rato- llegamos las mujeres a esa edad en que lo de tener hijos ya empieza a ser una cuestión transversal en las conversaciones referidas al otro sexo. No es capricho, es una cuestión biológica. Vivimos muchos más años, pero la edad fértil no se ha incrementado significativamente en las tres últimas décadas, y cada vez hay más problemas de infertilidad derivados, principalmente, del retraso en la edad de la concepción. Yo soy feminista, pero la biología es machista. Lo siento, queridas.

Y entre las que no quieren tener hijos de ninguna manera, están las que lo quieren tener cuánto antes y sin plantearse ni muy bien con quién (ojocuidado), y las que pretenden salvar su relación a la deriva embarazándose (una estrategia muy inteligente que, por supuesto, también participa de hombres a la deriva), están las que esperan a que sea él el que decida lo que más le agrada (y fumando espero, ya si eso), las que esperan de un consenso con su pareja que consensue, obviamente, lo que nosotras queremos, y las que prefieren no tomar ninguna decisión al respecto porque para decidir cosas a día de hoy ya tenemos al Spotify y la puta publicidad personalizada de Google.

Creo que muchas mujeres de mi generación (que hemos buscado la independencia laboral, económica y emocional) estamos entre los dos últimos grupos: no tenemos ni puta idea de si queremos o no queremos ser madres y, en todo caso, lo decidiremos cuando estemos en pareja. Y cuando estamos en pareja –e incluso antes- la cuestión mística aparece. Como por arte de magia. Por eso sé que me he hecho mayor. No porque se me empiecen a dibujar las patas de gallo sin forzar la sonrisa–y me ofrezcan cremas “para esas marquitas” tocándome la cara sin rubor-, no porque ya no me pidan el carnet más que para pasar la tarjeta de crédito, tampoco porque mi madre se empeñe en repetirme una y otra vez eso de “yo a tu edad….” (pongan aquí marido, hijos, casa, y una falta absoluta de conciencia y vestidos de cabaretera en el armario). No. Me hago mayor porque la cuestión mística ME PERSIGUE.

kurtcourtneybebe. La cuestión mística
¿Hijo, qué hijo? Yo no veo ningún hijo.

Pongamos un ejemplo anónimo. La mujer D ha tenido dos relaciones largas y estables con menos de 30 años. En la primera, era demasiado joven y tenía pocas ganas de comprometerse. Nadie sensato tiene hijos con su primer amor (por favor, abstenerse románticos, que ayer vi una película de Ryan Gosling). En la segunda, todo iba bien, era joven -pero no demasiado-, pasó el tiempo suficiente para no hacer cosas a lo loco, pero la relación salió mal. Sumando ambas relaciones, la mujer D ha pasado diez años de su vida en pareja. La mujer D piensa ahora que la palabra definitivo es una estrategia del gobierno para hacernos creer que no volverá a subir los impuestos o algo que emplean los médicos como adjetivo de terminal “-tienes un cáncer –¿voy a morir, doctor? –es definitivo-” *

Hasta hace pocos años cuando empezaba una relación, hablaba con mi pareja de las cosas cuquis que nos gustaría hacer juntos: que si un spa cuando acabe el curso, que si un viaje al terminar la carrera, que si irnos de acampada y hacer el amor bajo la luz de la luna y sobre una cama de rastrojos y piedras porque somos jóvenes y el lumbago es para los mayores de 30. Que si un concierto de rock, que si nuestro primer trabajo, que si nos vamos a vivir juntos, que sí, que no, que caiga un chaparrón. Pero ya no. Ahora casi empiezas con alguien y por haches o por bés la puta cuestión mística estalla de un momento a otro: “¿tú quieres tener hijos?” Así, pum, sin vaselina.

Pero es que si el tema no se habla, mal también. Ves el elefante en todas partes, como si te tomases el tripi de la maternidad. Y mucho peor cuando tus amigas se empiezan a embarazar o están en proceso de, que ya no sabes si es un elefante o un tyrannosaurus rex lo que te persigue.

Por más que os empeñéis en obviarla, la cuestión mística nunca desaparece. Es como Esperanza Aguirre, cuando la creías al borde de la muerte con un cáncer definitivo, se te presenta a alcaldesa.

 

*Humor negro perseguido por el gobierno del PP y denunciable a la Fiscalía. Ah no, que los enfermos de oncología, no entran en la lista de chistes prohibidos.

No soy tu “cielo”

Pocas cosas me producen semejante repugnancia como la manía de ciertos individuos de llamar a propios y extraños con palabras tan cursis como “cari”, “cielo” o “bebé”. Cuando escucho a una pareja en la calle referirse a su partenaire con uno de esos calificativos siento que un gatito muere atropellado en algún lugar del mundo.

Y lo peor no es que se lo digan las parejas entre sí, que yo llevo años inventándome motes para mis parejas que causarían vergüenza al mismísimo Aless Gibaja, y que, por supuesto, no reproduciría en público ni aunque me amenacen con quemar todas mis cómodas bragas de regla en el próximo San Juan. No. Lo peor es que uno de ellos te diga a ti que hoy ha quedado con su “cari”, con su “cielo” o su “bebé”, cuando obviamente ésa es una información que no necesitas saber. Entonces, me dan ganas de ser yo la que atropella el gatito y cuelga el cadáver en el parabrisas de su coche cuando va a buscar a bebé. ¿Por qué no te apiadas de mí y me dices, simplemente, que has quedado con tu novio o con Marta? ¿Tan poco respeto te merezco para hacerme partícipe de tus ñoñerías sentimentales?

Y también están los que convierten su vida en el máximo monguerismo edulcorado y a pesar de tener más de 16 años son capaces de registrar el número de su pareja con uno de esos términos para que cuando lo llamen al móvil se vea bien claro, y a toda pantalla, lo muy enamorados que están. O lo graban en la chapa de la cadena de oro o en el collar del inocente perro. Cuánto daño han hecho las dependientas del Bershka al imaginario colectivo.

Pero resulta que todavía hay algo que me enciende más, que me hace combustionar y me convierte, de hecho, en una persona potencialmente peligrosa. Y es cuando un desconocido o desconocida, osa llamarme con una palabra empalagosa para requerir mi atención. A MÍ. Y precisamente, la mayor parte de las veces se trata de una dependienta que, aún por encima, pretende que le compre algo. Que imagino que en su pequeño cerebro llamar a una clienta “amor” y “cari” es tope guay y vende mogollón, pero es que nuestra relación comercial no llega tan allá para tomarse esas confianzas. Vamos, que ni tú eres mi puta, ni yo te voy a pagar para que me des el amor que no me dan en casa.

Todo esto se puede llevar también al plano del flirteo, porque no faltan personajes que entran a ligar y de buenas a primeras y sin anestesia te sueltan un “princesa” cuando estabas a punto de desatarte y clavarle la lengua en la boca. Justo ése es el instante en el que comprendes que Dios existe porque ha intercedido para evitar que lo tuyo con el señor soy-un-lerdo vaya a más. Entonces se te pasa la borrachera y eres consciente de que lleva más escote que tú. Y que aún por encima, tiene más tetas. ¿Qué podrá llegar a hacer una persona que te llama princesa cuando ni siquiera os habéis liado? Son el tipo de psicópatas que aparecen con su madre para presentártela el día en el que quedas “para hablar” después de descubrir que tiene el disco de Pablo Alborán guardado en el cajón de la mesilla, justo al lado del último número de Súper Pop.

Y es hoy me pasó una cosa muy curiosa, un tipo me mandó la foto de una polla gigantesca por chat de Facebook y cuando le pregunté si era imbécil -una pregunta retórica, se entiende-, me llamó “cielo” para disculparse. Y hombre, lo de la polla lo paso, pero cielo, cielo su puta madre.

El mundo sería un lugar mucho más dulce si los contratos de hipoteca se firmasen entre el banco CARI que cede al cliente SU BEBÉ cien mil euros en concepto de SÚPER AMOR con un cinco por cierto de interés deducible en ABRACITOS. Ninguna carta del banco nos produciría escalofríos, porque serían como las de San Valentín del instituto, llenas de corazones y palabras de amor. Y ningún desahucio sería un drama si el director te dijese que te echa de tu casa porque eres su bebé y prefiere tenerte más cerca, por ejemplo, en el cajero automático que no te da billetes, pero tiene un botón para pobres con el emoticono del corazón que recita a Paulo Coelho cuando lo presionas con tus sucios deditos de azúcar. En plan #cerodramas.

Un beso, bebés.

gibaja- no soy tu cielo

 

Donde metas (te metan) la polla, mete la olla

Para todo en esta vida hay que cumplir ciertas reglas del decoro y la buena educación, también para intentar tener sexo con alguien. Aunque seamos muy modernos y liberales –sobre todo si somos muy modernos y liberales- hay unas cuantas líneas rojas que BAJO NINGÚN CONCEPTO nos deberíamos saltar por un polvo. A no ser que sea el último polvo de nuestra vida. A no ser que sea para acostarnos con el amor de nuestra vida. A no ser que seamos unos hijos de puta redomados, que entonces sí se puede, pero en plan mal.

Para empezar, el gran pecado capital, lo nunca jamás se debe follar uno por muy follable que sea, es al ex de una amiga o de un amigo. Parece obvio, pero el mundo está lleno de gente que intenta acostarse con tu ex en cuanto te das la vuelta. Personalmente, el ex de cualquiera de mis amigas (aunque sea el exrollo o el examante, es decir, una persona con la que han estado un cierto tiempo para entender que ha habido una implicación emocional) deja de existir como hombre copulable en mi radar sexual. Simplemente no está. A dios pongo por testigo que jamás me he acostado (ni me acostaré) con el ex de nadie a quien aprecie mínimamente porque sería lo mismo que compartir vibrador con una amiga. Que yo las quiero, pero lo que entra en el chochamen de una no entra en el chochamen de la otra. Te dejo mis tampax pero no me los devuelvas usados, por favor. Si, por causa de las drogas, el alcohol o un exceso de alegría puntual, te acuestas -o intentas acostarte con- el ex de tu amiga/amigo al menos ten el coraje de contarlo. Los cambios que se producen en una persona con respecto a otra en cuanto se acuestan son tan obvios para el resto del círculo social que hablarán por sí mismos. Es mucho mejor confesar a que te pillen. Si das con una amiga o amigo reincidente, replantéate vuestra relación. Si eres reincidente, háztelo mirar. Igual consigues unos cuantos polvos a costa de quedarte sin amigos. Tú misma.

Donde metas (te metan) la polla, mete la olla. hay un momento

Tampoco vayas a levantarle el objeto de deseo a tu amigo o amiga. Que se te ocurra acostarte con esa persona por la que pierde el culo tu colega es casi de la misma gravedad que lo anterior. Eso no se hace, coño. Y si resulta que te has enamorado y es recíproco, sólo te queda dar la cara. De lo contrario, piensa que acabar con esa persona en la cama puede acabar con tu relación de amistad. ¿De verdad compensa?

No te acuestes con el amigo/a o el hermano/a de tu ex. Sé que si te han puteado/engañado/lastimado cualquier idea para devolvérsela al otro parece buena pero, créeme, tu estilo y tu clase están por encima de eso (y si no, lo disimulas). Si la cosa se vuelve “inevitable” y la relación con tu ex es buena, es hora de que te plantees decirle lo que pasa por tu cabeza antes de que se entere de lo que pasa entre tus piernas. Pecador sí, pero cobarder nunca.

Luego están los que son infieles con el amigo de su pareja, o con su cuñada o cuñado. Que no habrá gente en el mundo para echar el polvete de desahogo que vas tú y decides dejarlo en familia. Así empezaron los Borbones.

No te acuestes con tu jefe o jefa. Nunca. Jamás. Es una malísima idea que cambiará para siempre vuestra relación profesional y personal. El sexo con un jefe es un arma de doble filo. Que tenéis mucha química y todo eso, pues piensa en Hiroshima y razona las consecuencias. Y oye, que si tu jefe insiste y tú no quieres, lo mismo lo puedes mandar a la mierda y trabajar dignamente en el Carrefour sin aguantar a un gilipollas extorsionador. Que ya no estamos en la época de ir intercambiando ascensos por favores sexuales, por favor.

No te acuestes con un perrito, gatito o un menor de edad (menor de edad es 21 si tú tienes más de 30). El sexo entre adultos inteligentes y libres, y entre adultos sin más, y muebles, está permitido; pero sé consciente de que lo demás es desviación, trastorno mental y delito penado por ley.

Olvídate del profesor buenorro, al menos, mientras te esté dando clase. Saca ese cinco por méritos propios. Una vez que hayas acabado la carrera, el master, o la ESO en sesión nocturna, pues oye, que tirarse al profe tiene su morbo.

No te acuestes con alguien que te caiga mal. Es increíble descubrir la cantidad de personas que cada día se acuestan con otros sujetos a los que no tragan (descartamos elementos líquidos). Si no te irías a tomar unas cañas o no pasarías un día al sol con el individuo en cuestión porque te resulta insoportable, ¿qué sentido tiene tirárselo? Pues con todo esto bien claro, sales un día de fiesta y te encuentras al tío-baboso-gilipollas al que nunca has soportado, y en medio de esa discusión en la que le sueltas lo estúpido y chulo que te parece, pero a la vez animada por los efluvios etílicos, decides empotrarlo contra la barra del bar para luego salir de allí e ir directos al picadero. No olvides que por la mañana, cuando te levantes, “melofó,” va a ser siendo el mismo cretino de siempre. Échalo cuanto antes.

Nada de follarse a alguien que te debe pasta. Éste es el típico caso de que, indignado, vas a pedir que te devuelvan tu dinero y sin saber ni cómo ni por qué te acaban metiendo la lengua en la boca y bajando los pantalones en el baño del Carrefour en el que ahora trabajas después de acabar la carrera y liarte con el profesor que siempre te suspendía, para después conseguir un trabajo de la tuyo y tener que dejarlo para evitar follarte a tu antiguo jefe. Un drama.

No te acuestes con alguien que te dice que está muy rallado con su ex. No eres psicólogo, y si lo fueres, no estás ejerciendo en estos momentos (o eso espero). Todos los que hablan amargamente de sus exs cuando están flirteando con alguien es que no lo han superado. Nunca sabes cuándo se va a producir el momento depresivo en que tendrás que sacar tu paquete de pañuelos de papel celosamente guardados para limpiarte los bajos en los baños de los bares, donde nunca jamás hay papel. Tu noche puede acabar dando palmaditas en la espalda y palabras de aliento a alguien que, en realidad, quiere follarse a otro que le gusta DE VERDAD. Tú eres la sacarina de su diabetes. La insulina anda por ahí suelta. Que se muera de hiperglucemia.

Sé que esto es lo más difícil, pero no te acuestes con tu propio ex a no ser que quieras que deje de serlo y el otro esté enterado. El refranero popular lo tiene muy claro “donde hubo fuego siempre quedan cenizas”. Tan cierto es esto que a veces las cenizas podrían prender, generar un incendio forestal y atraparos a los dos dentro. Aquí hay varias opciones posibles:

a) Te mola pero tú a él/ella ya no=ERROR. Esto va a multiplicar tu duelo por mil.

b)Le molas pero él/ella a ti ya no=ERROR. Lo mismo pero al revés. Ese mal cuerpo que tienes por la mañana se llama CULPA.

c) Os moláis mutuamente. ACIERTO. Bien, entonces ¿por qué no estáis juntos? *Discutir este punto con serenidad, e intentando evitar las expresiones “la zorra”, “el payaso”, “tu madre” y/o “tu padre”.

d) Eran más de las 5 de la madrugada, mezclasteis vino con ron, ginebra y chupitos de tequila. Estás solo y no has pillado. A la otra persona le pasa exactamente lo mismo. Para qué te vas a molestar en buscar presa cuando ya tienes a alguien de confianza a mano. Puede parecer triste, pero sin duda, es el mejor y más sencillo ACIERTO.

Donde metas (te metan) la polla, mete la olla. Barra

Por mucho que os diga Paulo Coelho, la realidad es que en el sexo, como en casi todo, querer no es poder.