Categoría: Uncategorised

Sanxenxo o el spin-off de Gamonal

Sanxenxo está que arde. Los vecinos de este pequeño pueblo costero de la provincia de Pontevedra llevan meses protestando contra la construcción de nuevos amarres para embarcaciones en las playas urbanas de A Panadeira y Os Barcos.
Todo empezó el verano pasado cuando la empresa gestora de estos trabajos, el Real Club Náutico de Sanxenxo, hizo uso de su licencia (aprobada por Portos de Galicia) para comenzar con los trabajos de instalación de los pantalanes y los pivotes que lo sostendrían en la playa de A Panadeira ante el pasmo de los vecinos y los turistas que veranean en este turístico enclave de las Rías Baixas. La reacción fue inmediata: la plataforma vecinal SOS Panadeira se encargó de boicotear las obras durante todo el verano consiguiendo que los trabajadores se viesen obligados a paralizar las tareas. Al menos, de manera temporal.
Playa de A Panadeira. Foto: Faro de Vigo
Asimismo, la presión ciudadana consiguió reducir notablemente las ambiciones del Club Náutico, que redujo prácticamente a la mitad el número de amarres previstos en el proyecto inicial (120) y se conformó con un solo pantalán, en lugar de dos.
Pese a los recursos interpuestos en el Juzgado de Pontevedra por parte de los vecinos y del propio Concello, Portos de Galicia no ve irregularidad alguna en la construcción de un embarcadero en la pequeña playa de A Panadeira, cuyos pivotes llegarían a la propia arena reduciendo considerablemente el espacio útil para los bañistas dentro de este arenal PÚBLICO. De construirse, los amarres estarían a muy pocos metros de la playa (se llegaría fácilmente a nado o a pie) y la profundidad máxima de baño se reduciría al extremo de tener el agua a la altura de la cintura durante las mareas bajas.
La administración local asegura que la construcción de esta instalación vulnera el Plan Especial de Ordenación del Puerto y su Plan de Utilización, a lo que se suma, según el ayuntamiento, el incumplimiento del Plan de Ordenación del Litoral al estar calificada la playa de Os Barcos como zona de protección intermareal. Y esto no es todo, según una empresa especializada en impacto ambiental, las obras podrían producir contaminación por mercurio y turbidez en las aguas, por no hablar de los combustibles y demás residuos que dejarían los barcos de los ricos que vayan a estacionar a la playa de los pobres. Porque no nos equivoquemos, se trata de eso: allí no van a amarrar las lanchitas de los vecinos, sino embarcaciones de los socios del Real Club Náutico de Sanxenxo, un exclusivo club de snobs que pretende hacer caja y contentar a sus afiliados con el patrimonio natural de todos.
Los pijos, y también la Cofradía de Pescadores Santa Rosalía que, casualmente, no ha alzado la voz, quizá porque el Náutico les cedió gratuitamente 20 de estos amarres para sus barquitos que se encuentran en la misma zona donde se pretende levantar el pantalán.
Los vecinos quieren A Panadeira por todos estos motivos, pero también porque ese pequeño arenal es un emblema de lo poco que queda virgen en Sanxenxo (no hagáis dobles lecturas, me refiero a la virginidad de la madre naturaleza) donde tradicionalmente han acudido decenas de familias a pasar los días de playa con los niños, lejos de las aglomeraciones de Silgar. Y que garantizaba la seguridad de los más pequeños gracias a sus calmadas aguas. Dudo que siga siendo igual de segura, cuando esas familias vean pasar lanchas a pocos metros de sus tobillos.
Tras la pequeña victoria de este verano, los trabajos se reanudaron hace unas semanas con un enorme camión guindastre que llegó a la zona para descargar el material de la obra. Una vez más, fueron los propios vecinos los que paralizaron esta aberración, poniéndose frente a los camiones, organizando vigilancias constantes en las playas y protestas en la plaza de Os Barcos para que se les escuche. Y se haga justicia.
Además de la demanda judicial que ya habían presentado, han vuelto a los tribunales para pedir la suspensión cautelar de los trabajos que afectan negativamente al contorno. También presentaron un escrito ante el propio Ayuntamiento para denunciar que la obra no cumple con los requisitos legales de señalización: no existe panel con las características de la licencia, las fechas de ejecución y el presupuesto destinado a tal fin.
El Real Club Náutico tiene esas licencias, al menos, así lo corroboró la adjudicataria Portos de Galicia, pero prefieren actuar en la absoluta clandestinidad para no despertar la ira de los vecinos de Sanxenxo. Afortunadamente, no lo han conseguido.
La guinda de este pastel ha sido el traslado por mar desde el puerto de Marín del pantalán y los principales materiales para la obra. Una maniobra cobarde que se producía el pasado domingo por la tarde, con un gran temporal de lluvia y que pretendía, una vez más, esquivar a los vecinos para que no intercediesen en el afán de la iniciativa privada de expoliar los recursos públicos. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, y a pesar del tiempo, fueron muchos los ciudadanos sanxenxinos que se presentaron el domingo en A Panadeira para impedir con sus propios cuerpos, el comienzo de las obras.
Playa de A Panadeira. Foto: La Voz de Galicia.
Ayer mismo, otro medio centenar de vecinos acudían al Pleno Municipal para seguir mostrando su rechazo frontal a estas obras y conseguir la paralización total de las mismas. De momento, el asunto “sigue en manos de la Justicia”, que en este país es un sinónimo de cuando le dejas un libro a un amigo y te dice “ya te lo devolveré”. Espero que cuando los tribunales decidan no sea demasiado tarde para que a la gente le devuelvan su playa.
Incuestionable es que cuando el pueblo saca la uñas, a los poderosos se les atraganta la arrogancia. Gamonal no era el primero ni será el último logro de esta sociedad, que poco a poco despierta de su letargo para defender lo que nos pertenece. Hoy mismo, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid rechazaba el recurso de la Comunidad y las concesionarias de seis hospitales públicos contra la paralización de las privatizaciones. Privatizaciones que llevan meses sacando a cientos de ciudadanos a las calles para defender la Sanidad pública, universal y “gratuita” (para algo pagamos impuestos).

Gracias Gamonal. Gracias Madrid. Ánimo Sanxenxo!

Pánico en el avión

Desde el 9 de enero de 2014 la Agencia Estatal de Seguridad Aérea española permite el uso de teléfonos móviles y otros dispositivos durante todo el vuelo. Decisión que, en último caso, dependerá de la compañía aérea con la que viajemos.
Si os habéis puesto contentos, como yo, olvidadlo. La única novedad por el momento, es que los dispositivos electrónicos podrán utilizarse también durante las fases críticas (despegue y aterrizaje) y en modo avión. No se podrán hacer llamadas ni utilizar la conexión a Internet. Algo que, por otra parte, resulta imposible a más de 10.000  pies de altura con los satélites que utilizan las compañías telefónicas y cuyos receptores se encuentran apuntando a la tierra. Esta opción sólo es posible en el caso de que la aeronave tenga incorporado un servicio de Internet para permitir la conexión vía wi-fi (y apuesto que previo pago, también). Algo que ya permiten algunas aerolíneas internacionales en las fases tranquilas del vuelo.
La prohibición del uso de los teléfonos móviles y otros dispositivos está fundamentada en el peligro -real- de que las señales de alta y baja frecuencia de estos aparatos interfieran en las comunicaciones con tierra del avión (especialmente de los aviones antiguos que no están tan protegidos para soportar estas frecuencias), pudiendo desviar su ruta e incluso, provocando que aterrice como un gallo sin cabeza.
 
Uno de los pasajeros puso Cantajuegos en youtube y así acabó la historia.
Como sufridora de la conocida enfermedad mental del “miedo a volar” este anuncio había creado en mí ciertas esperanzas: la posibilidad de ir hablando con mis seres queridos (o cualquier tipo de ser que quisiese escucharme) en cada despegue me tranquilizaba. Ya empezaba a hacerme la idea de poder contarle a mi madre qué tiempo hace en pista y por encima de las nubes antes de llegar a mi destino.
Lamentablemente, de momento, lo único que podré ir haciendo es poner la música a todo volumen desde que atraviese la puerta del cacharro. Es bastante complicado recordar las letras de las canciones mientras te tapas los oídos para no escuchar el rugido del motor y crees, fielmente, que morirás en los siguientes minutos.
Si ponéis en Google “cómo superar el miedo a volar” los consejos son de los más variopintos. Queda súper profesional recomendar que lo mejor es “tranquilizarse”, “pensar en un bonito paisaje”, “relajar los músculos” o “ser agradable con la tripulación y sonreír mucho” (éste último debe de ser por si te castigan con estrenar el tobogán hinchable en caso de emergencia).
Como la gran mayoría de los miedos, el miedo a volar es irracional. No se le puede pedir a una persona que se encuentra atravesando una fase ilógica de su ánimo que “sonría a la tripulación y sea amable” mientras imagina trozos de fuselaje rebanando las cabezas de las maquilladísimas azafatas. La máxima aspiración de cualquier persona en ese momento –y somos muchos, aunque lo disimuléis- es que le dejen el cerebro en stand-by hasta llegar al maldito destino.
Mi fórmula mágica para conseguir ese estado de desconexión consiste en una mezcla de alcohol y ansiolíticos en dosis lo suficientemente altas como para no ser yo la que arranque la cabeza de la azafata cuando pronuncia, con una enorme y blanquísima sonrisa, eso de “en caso de una pérdida de presión en cabina” o “en caso de aterrizaje en el agua”   En caso de que vayamos a morirnos empotrándonos contra el puto océano a mí me dará un infarto y no necesitaré seguir tus inútiles indicaciones de secta aviadora.
¿No sería más sincero, más bonito, y más rápido decir “en caso de que esto se joda tenéis una pistola debajo del asiento. Es importante que os aseguréis de matar primero a los niños, a los ancianos y a las señoras embarazadas. Si os quedáis sin balas tendréis que disfrutar del Apocalipsis en vuestras propias carnes.// In cause of this fluflu is crash  you have a gun over the seat. Is important you´re sure that kill first child, oldest, and pregnants. If you don´t have more bullets you are very f*****”

Mariano Rajoy, benefactor de la patria, a punto estuvo de perder la vida en un accidente aéreo.
El miedo a volar, como miedo irracional que es, debe de estar albergado en alguna parte primitiva de nuestro cerebro que impide a los que lo padecemos superarlo de modo alguno. Yo llevo unos cuantos vuelos encima y, aunque es verdad que ya no lloro ni me hago pis encima, el hecho de haber vivido un montón de situaciones “turbulentas” no me quita, precisamente, el pánico.
Defensores de la seguridad de la aviación comercial no pretendáis decirme que los aviones son “el medio de transporte más seguro” cuando se encuentran a seis malditos kilómetros de altura sobre la tierra y las posibilidades de palmarla si al pájaro se le da por estornudar son infinitas.
La tranquilizadora afirmación de que “hay muy pocos accidentes”, no es del todo correcta si tenemos en cuenta que hay muchos menos aviones en el aire que coches, trenes, autobuses, metros, tranvías, motocicletas y bicis en la tierra.
La cuestión aquí es: ¿cuántos sobreviven a un piñazo en avión? Además, en ese supuesto –supuestísimo- caso, si yo fuese una de las supervivientes del accidente de los Andes me abriría la cabeza con un bloque de hielo antes que comerme a un amigo. Un amigo sin cocinar. En crudo. Qué asco.
Y peor, incluso, que el propio vuelo son esas largas horas de espera en el aeropuerto en las que el sudor frío baja por tu espalda y empapa tu camiseta mientras imaginas que una huelga de controladores tampoco estaría tan mal. Y que los viajes de más de ocho horas en autobús pueden ser muy entretenidos si los compartes con señores gordos que roncan durante todo el trayecto mientras la china que tienes al lado se corta las uñas y te saltan astillas a las piernas (situación real vivida por mí en un Alsa Lugo-Madrid).
Odio volar y, sin embargo, hace unos años que lo hago con relativa frecuencia. Volar no me gusta, pero viajar sí. Mucho. Así que volar se ha convertido en mi pequeña condena para poder vivir la vida que me gusta. Es un mal menor dentro del gran mal que supondría tener que quedarse en tierra mirando el mundo desde el tranquilo sofá.
Eso sí, si os encontráis conmigo en un avión dejaos de soplapolleces e invitadme a una copa. Cargada. ¿Os imagináis al coronel Hannibal explicándole a M.A que debía alejarse de los pensamientos negativos mientras llenaba lentamente el diafragma y era amable con todos sus compañeros? No aceptamos bromas. Tened cuidado.

CICATRICES

Nos pasamos la vida tejiendo cicatrices con las que nos presentamos ante el espejo para que nos devuelva, aunque no nos guste, el recuerdo albergado en cada una de ellas. En cada batalla, en cada derrota. Todos deberíamos de tener en cuenta nuestras cicatrices cuando nos preguntamos a nosotros mismos cómo diseñar mejor la próxima jugada. Pero en realidad, las miramos poco, nos parecen feas, y preferimos ignorarlas a examinar las causas que nos llevaron a hacernos esas heridas algún día. ¿Insensatez, premura, orgullo desmedido, exceso de confianza o un poco de masoquismo?
Los adultos de mi generación, los nacidos en los 80, todavía tenemos la suerte (sí, suerte) de tener en nuestro cuerpo las marcas de guerra de aquellos parques infantiles más bien poco seguros en los que nuestros padres nos entretenían como bestias salvajes mientras ellos fumaban Ducados negro a escasos metros de nuestros pequeños e incorruptos pulmones.
El último columpio libre era el reclamo preferido de todos los niños. Ése, que siempre tenía varios clavos hacia arriba con los que rajarte una pierna y renovar tu vacuna anual del tétanos. Ése, cuyas tablas astilladas te exfoliaban el culo y cuyas cadenas oxidadas te pintaban las manos de un degradado marrón anaranjado que luego limpiabas a tus vaqueros con parches. Los parches de Spiderman, Súper Mario y las Tortugas Ninja con los que mi madre customizaba de igual modo mi ropa y la de mis hermanos chicos. Ella fue pionera en introducir la tendencia “boyfriend” en el mercado textil español con vaqueros revestidos de personajes de ficción. Y yo fui de las primeras en vestir como un chico. Que lo sepas, Bimba Bosé.
Las señales del cuerpo se distinguen de las del alma en que las primeras pueden verse sin necesidad de psicoanalizarse en el diván de algún psiquiatra atormentado que relacione tus heridas emocionales con algún problema (=abuso sexual) ocurrido en la infancia. Freud ha hecho más daño a la salud mental de la humanidad que todos los médicos de cabecera que recetan psicofármacos a doquier con la misma facilidad con que diagnostican, concluyentemente, “es un virus”.
Cuando decidí taparme mi primer tatuaje (que me hice a los 15 años) con otro más acorde a mis gustos, me dolió horrores soportar el raspado de la aguja introduciéndome tinta nueva sobre mi antiguo tatuaje con forma de gnomo alelado. Creo que fue la sensación más parecida a que te quemen con un soplete la mitad de la espalda. Cuando le pregunté al experto tatuador que cómo podía dolerme tanto (yo ya tenía unos cuantos) me dijo que era porque durante la realización de un “cover” (término técnico para definir la ocultación de un tattoo con otro) se abría una herida encima de una vieja cicatriz.
Si extrapolamos el símil físico de los tatuajes al plano emocional no podría estar más de acuerdo con ese tipo que vestía la piel del color más heterogéneo que he visto en mi vida. Las cicatrices son el son resultado de las heridas que vinieron primero y es necesario dejarlas curar para que dejen de sangrar y no duelan. Las marcas de la piel no duelen si no hacemos una herida encima de ellas, y herir una cicatriz emocional es como meter la cabeza en un volcán escupiendo lava ardiente. Te quema vivo.
Tengo la sensación de que somos demasiados los que vamos por la vida dispuestos a quemarnos una y otra vez y a exponer las cicatrices del pasado a un acuchillamiento perpetuo sin anestesia. Lo de ser “emocionalmente fuerte” es un embuste del tamaño de la Cidade da Cultura de Santiago. Simplemente, hay quien oculta mejor las cicatrices, del mismo modo en que hay quien negará eternamente usar push-up mientras sujeta el gin-tonic con las tetas. Pues bien cómodo que es.
No soy partidaria de enseñar mis cicatrices al primero que pasa, pero cuando alguien las encuentra es difícil ocultarlas bajo kilos cinismo y risas enlatadas como en una reposición eterna de Aída. Además, creo que tengo cierta facilidad para encontrar las cicatrices ajenas. 
Lo cierto es que las cicatrices contienen la información más valiosa de nuestras vidas y deberíamos de examinarlas con esmero antes de dar palos de ciego alrededor de un volcán hirviente: nos dicen de dónde venimos, nos recuerdan quiénes somos (y quiénes hemos sido) y –deberían- ayudarnos a conseguir aquello que queremos ser.
Las marcas de las rodillas, la de apendicitis, la quemadura hecha cuando probaste a inventar cócteles molotov en tu época pandillera y los tatuajes estúpidos se tapan con ropa y maquillaje, pero las heridas emocionales no pueden ocultarse de modo alguno cuando alguien o algo escarba tan profundo que las deja al descubierto. La puñetera vida es así. Sí salís por la puerta dispuestos a vivir, preparaos para destapar vuestras marcas.

Que las heridas os cicatricen. Que las cicatrices os permitan vivir.