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Tania y Pablo: lo personal es político

A las 22.31 de la noche del 22 de marzo de 2015, y con el 98 por ciento de los votos escrutados en las primeras elecciones a nivel nacional en que Podemos incurre como partido político, Tania Sánchez y Pablo Iglesias anunciaban su separación sentimental a través del Facebook de ella. Con un texto redactado con tal solemnidad que parecía escrito por el jefe de la Casa Real, y que superaba con creces en longitud y emotividad al escueto comunicado de Iglesias sobre los resultados electorales colgado apenas 15 minutos antes, se saltaban por el forro sus “aspiraciones de cambio político”, para rezongar en el barro del chismorreo del que supuestamente huyen.

“Ojalá no tuviéramos que escribir esto aquí. Ojalá nuestra vida privada pudiera ser sólo nuestra, pero, para nosotros, eso dejó de ser posible.

Escribimos esto para evitar rumores y debates mal intencionados, y os pedimos respeto: los asuntos personales no deberían ser objeto de debate público, aunque los protagonicen personas públicas.

Ya no somos pareja; nos queremos mucho, nos admiramos, nos respetamos, somos compañeros y compartimos las mismas aspiraciones de cambio político, por las que seguiremos trabajando. Simplemente ya no somos pareja.

Esta nota contiene las únicas declaraciones públicas que habrá por nuestra parte sobre este asunto.

Tania y Pablo

Tania, la mujer más valiente que conozco y a la que más admiro

Pablo

Pablo, el hombre que lo cambió todo y al que más admiro.

Tania”

Tania y Pablo: lo personal es político
“Se nos rompió el amor de tanto castarlo” Fuente: libertaddigital.com

Tania y Pablo se convirtieron el domingo en esa invitada que decide acudir a tu boda con un vestido blanco largo y no contenta con eso, saca a tu marido a bailar para joderte la fiesta. Eso debió pensar Teresa Rodríguez cuando vi el mensajito de desamor que su jefe firmaba en Facebook mientras ella celebraba los 15 escaños conseguidos para la formación en el parlamento andaluz.

Con todos los lugares comunes a los que recurren los personajes del papel couché, el comunicado de los jóvenes políticos parecía un copia-pega del que mi admirado Paquirrín colgó cuando rompió con Jessica Bueno: “Jessica y yo no estamos juntos. Es una pena pero así han venido las cosas. Espero lo entendáis y los medios de comunicación nos respeten. Ha sido de mutuo acuerdo. Nada que inventar”.

Por supuesto, Pablo y Tania recordaron con tristeza que son víctimas de una persecución mediática y justificaron el anuncio que nadie les había reclamado “para evitar rumores y debates mal intencionados”, aunque hace diez días ella concedía una entrevista a Yo Dona hablando de su relación y respondía preguntasTania y Pablo: lo personal es político acerca de cómo lo petaba en su juventud “Era alta y rubia. No me iba mal y ligaba, pero siempre he tenido una baja autoestima sobre mi aspecto físico que ha mejorado con los años. Me desarrollé muy pronto…” o sobre su instinto maternal “en este momento de mi vida no (me he planteado tener hijos)”.

El rollito de no queremos que nos molesten, no nos gusta llamar la atención, pedimos respeto para nuestra vida privada y tenemos la intención de seguir siendo amigos es muy moderno y progre, pero coincidiréis conmigo en que no cuaja mucho con el anuncio de ruptura en plan Shakira y Piqué. Está claro que lo que más llama la atención no es la ruptura en si, sino la urgencia por anunciarlo dadas las circunstancias: en plena noche electoral y con medio país pendiente de los resultados de Podemos. Si fue una estrategia para pasar desapercibidos, hay que reconocerles el mérito en conseguir exactamente lo contrario.

Sin ser yo la mal intencionada, esto me hace sospechar que las acusaciones de corrupción en las que está metida Tania Sánchez pueden convertirse en algo más gordo si se confirma que el cuñado cabrón se benefició de contratos públicos en el ayuntamiento de Rivas a sabiendas de ella, mientras era concejala. Con Monedero expulsando mierda en aspersión cada vez que abre la boca, Pablo Iglesias no necesita más frentes abiertos en su primera carrera electoral hacia la Moncloa.

“Lo personal es político” el eslogan que movilizó a las feministas en los años sesenta, es algo que deberían tener grabado a fuego Tania Sánchez y Pablo Iglesias. Es cierto que su relación tiene cierto interés mediático, pero conocedores como son de los medios de comunicación, debieran entender que el motivo va mucho más allá de las tertulias de anarosas y mariteres. Se trata de la relación entre dos políticos de formaciones progresistas con aspiraciones de gobierno (una para la comunidad de Madrid, el otro para el Gobierno de España) que merecen una especial vigilancia, exactamente igual de la que se les reclama a otros personajes públicos con responsabilidades políticas. Algo que se ha acrecentado desde que ella abandonara IU y su futuro político se relacionase recurrentemente con la formación de Iglesias. “Podemos, en principio, no quiere ir con nosotros”, comentaba ella hace menos de dos semanas.

El argumento de “los asuntos personales no deberían ser objeto de debate público, aunque los protagonicen personas públicas” no me vale en este caso, y es exactamente el mismo que podrían esgrimir Isabel Pantoja, Maite Zaldívar o Ana Mato cuando reclamaban su derecho a no enterarse de nada de lo que hacía su pareja mientras los Jaguar y las bolsas de billetes eran traídos por simpáticos enanitos a las puertas de sus casas.

Aunque a Tania no se la ha imputado todavía por ningún delito –ni parece haberse lucrado personalmente- y ellos dos ni siquiera se conocían cuando era concejala, puede que Pablo se haya acojonado ante la posibilidad de que un Urdangarín entre en su vida en el año más decisivo para su carrera política.

“Tania ha cometido dos pecados. El primero ser mi novia”, decía él hace unos meses. Absuelta del primer pecado por obra y gracia de las redes sociales, esperemos que no tenga que rendir cuentas ante otros más serios.

La historia de amor se acaba, pero ahora los medios de la casta tienen por delante una tarea mucho más gratificante: encontrar nueva pareja para Pablo Iglesias y encumbrarla a las portadas del corazón, mientras fotografían a Tania saliendo del Mercadona un lunes a las nueve, con la resaca del fin de semana, en chándal y sin maquillar “con gesto serio y apagado después de enterarse de la relación de su ex con la joven y guapa señorita X”.

Al tiempo.

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La falacia del amor incondicional

 

No sé en qué momento de la historia de la humanidad se nos imbuyó en el cerebro la teoría del amor incondicional, como si eso fuese la panacea del sentimiento romántico. La misma Iglesia Católica, en su liturgia del matrimonio, hace suscribir a los novios un contrato bajo los términos de entrega y fidelidad en cualquier circunstancia hasta el fin de sus días. Pero la realidad es más fuerte que los santísimos sacramentos: el número de separaciones en el mundo y en España (en el TOP FIVE del ránking) no deja de aumentar, de hecho, en el primer trimestre de este año casi 35.000 parejas se han separado o divorciado en nuestro país (se incluyen en la lista los “sí quiero” de aquellos que se juraron amor eterno bajo la inquisidora mirada de Dios Todopoderoso). Eso, sin incluir a las parejas no casadas que se separan cada día.
Te quiero incondicionalmente’ es una mentira al nivel de “no me voy a quedar calvo, sólo son entradas”. Yo no quiero incondicionalmente a nadie, si acaso, a mis padres. Pero por el racional hecho de que considero que se lo merecen y mi sentimiento se nutre, en parte, de la reciprocidad del amor que ellos sienten hacia mí (qué bonito). Supongo que si fuese madre creería más en la perpetuidad del amor. Pero hay padres malos e hijos malos que, desde mi punto de vista, no son merecedores de ese amor incondicional que viene dado por el azaroso vínculo de sangre.
Del mismo modo en que reivindico la condicionalidad del amor, también practico y exijo la autenticidad del mismo. Cuando quiero, quiero de verdad, e intento demostrarlo en mis relaciones de amistad, las más sinceras y duraderas que he tenido. Ahora bien, si un amigo empieza a hacerme faenas, a utilizarme a su antojo según convenga o, sencillamente, a ignorarme, es más que probable que deje de quererlo incondicionalmente.
Pues este absurdo, que a la postre se ve bastante claro en las relaciones de amistad (somos amigos porque las dos partes nos aportamos algo y la compañía del otro nos agrada y resulta placentera), no es siempre evidente en las relaciones de pareja. Qué sentido tiene si no aguantar a alguien que te hace infeliz, no comparte tus ambiciones y objetivos o cuya compañía te lastra irremediablemente.
La creencia absurda de que la amistad y el amor son incompatibles tiene gran parte de culpa en esto. Empezar una relación con un amigo es llevar parte del trabajo hecho. Y lo bueno, es que conoces sus antecedentes –otra cosa es que en los efluvios del amor decidas olvidarlos selectivamente-. Cuántas veces habré escuchado yo eso de “No quiero enamorarme de fulanito porque somos amigos” o “si empezamos a salir entonces lo perderé como amig@”. Bien, ¿acaso hay mejor manera de empezar una relación que desde una amistad sincera y fuerte? ¿A alguien le gustaría salir con un persona a la que no soportaría ni cinco minutos tomándose una cerveza el viernes por la tarde a la salida del trabajo? Desgraciadamente, este tipo de parejas existen. Son aquellas que parecen vivir en una contienda constante en la cada uno, pertenece a bandos enemigos. No se soportan, no se respetan, no se apoyan y algunos, incluso se odian. Pero es probable que su unión esté basada en la falacia del amor incondicional.
Aunque lo parezca, no se están sacando un moco.
Mi teoría, es que el amor incondicional es fruto del miedo, la cobardía y la horrible ‘comodidad’ en la que muchas parejas viven instaladas de por vida negándose mutuamente el derecho a la felicidad.
Según nos hacemos mayores, cada vez tenemos una actitud más escéptica hacia el amor. Los romances adolescentes y juveniles se viven con una magnitud de 8 en la escala Ritcher: idealizamos hasta donde nuestra imaginación nos permite, y nos regodeamos en cada uno de los detalles de nuestro objeto de deseo. Las rupturas son vividas de forma desgarradora y dolorosísima, pero la verdad es que la rápida reproducción celular de esos años hace que te olvides de tu amado en cuanto otro chico más guapo te invita a dar una vuelta en su nueva moto. (Cambiamos esto por en cuanto otra se ofrece a subirse atrás en tu nueva moto, y ya tenemos la cura a los males de amores en los chicos púberes).
Para ilustrar mi teoría acerca del amor adolescente suelo contar una tierna anécdota acerca de esto. Cuando tenía 14 años me eché un novio en el instituto del que me cansé exactamente, a los 7 días. Como el chaval se puso muy pesadito y coaccionaba horriblemente mi decisión haciéndome sentir una mala persona le propuse un trato: “yo te dejo, pero, a cambio de que no te enfades conmigo, te presento a mi amiga X que tiene las tetas más grandes que yo y, además, se las deja tocar”. Gracias a mi pericia en el arte de dejar, ellos dos disfrutaron de una bonita relación que duró más de dos años.
Un banco, sobredosis de hormonas, y ya tenemos la fiesta montada.
La visión idealista del amor cambia en la madurez, una etapa que es –o debería de ser- más sensata y menos ansiosa. A partir de una determinada edad (más/menos diez años según seas hombre o mujer) las personas buscamos más la sinergia y formar un equipo con la pareja que solamente –aunque evidentemente también- una atracción sexual y apasionada. El problema de tanta sensatez es que realmente empiezas a darte cuenta de que cada vez es más complicado encontrar a alguien que cumpla con tus exigencias. Mi visión del amor de verdad exige una serie de condiciones que deben revisarse temporalmente como los contratos de los futbolistas: o rindes en la pareja o revocamos nuestro convenio.
Nuestras madres –por nuestras, me refiero especialmente a las de las chicas- siempre a la vanguardia de los consejos agoreros (“como sigas así te vas a quedar S O L A”), pretenden enseñarnos cómo enfrentarnos al amor y a las relaciones de pareja, pero poco hay que hacer contra las nuevas tendencias sociales y los objetivos vitales –irremediablemente unidos a la emancipación económica e intelectual de la mujer- de nuestros días.
Nada tiene esto que ver con aguantar ciertas cosas por amor, que ya sabemos que las relaciones no son siempre ese primer polvo de mierda en el coche que uno recuerda como “el más especial de su vida”. Los contratos son flexibles y los términos pueden variar según las necesidades de las partes. Lo fundamental es saber hasta cuándo aguantar y ser conscientes que nuestras decisiones en cualquier sentido, tienen consecuencias. El adulterio, que cada vez se practica con más alegría y frecuencia, es una de las principales consecuencias del desentendimiento en pareja: a muchos les resulta más excitante poner los cuernos que acostarse con su pareja a la que, por supuesto, quiere incondicionalmente.
La condicionalidad es para mí, una exigencia y una obligación. Del mismo modo en que amar incondicionalmente es una gilipollez, tampoco deberíamos de buscar parejas que estén con nosotros a toda costa, independientemente de cómo actuemos. Yo también quiero que me quieran por mi singularidad y porque algo aporto a esa persona que la hace más feliz conmigo. Mi descreimiento respecto a la gente que se enamora enseguida y que jura amor eterno al segundo día aumenta con los años: a saber cuánt@s van antes.
Lo fundamental, amigos, es que no digáis cosas que puedan ser utilizadas en vuestra contra. No vaya a ser que acabéis encarcelados en uno de esos amores incondicionales, tortuosos y sin derecho a fianza.

Deja de llorar porque no tienes novio. Sonríe porque estás solo.

Que si te han dejado, que si no pillas, que si el amor de tu vida se ha ido con un triste funcionario de sueldo fijo e hipoteca a cuarenta años. BASTA. Aprende a disfrutar de tu soltería, la echarás de menos.
No es un asunto menor vivir en una sociedad donde –sobre todo a las mujeres- se nos sigue criando para pasar del hogar familiar al hogar matrimonial, Dios mediante. Aunque por fortuna yo evité la incursión de Dios en mi vida de pareja, bien es cierto que desde muy joven creí que estar con un chico al lado me haría más feliz. No es algo que uno piensa conscientemente, pero me he dejado arrastrar –sin oponer apenas resistencia- por los encantos de un enamoramiento prematuro. La sensación arrolladora de que podría completar mi vida con la de otro ser y alcanzar el súmmum de la felicidad. Pues bueno, aunque es cierto que estar en pareja tiene cosas maravillosas –de lo contrario, nadie lo haría- cada vez estoy más segura que la comodidad y el miedo a la soledad son dos de esas “cosas maravillosas”.
Estoy bastante harta de leer artículos que prodigan la vida en pareja como la repanocha y que aconsejan a sus lectores (más bien lectoras) infalibles métodos para conquistar al chico de sus sueños y para mantener al ser amado al lado. La regla es simple: cuando dos personas se quieren lo suficiente y apuestan por la pareja (con los sacrificios y renuncias que eso conlleva, y no son pocos) no hacen falta fórmulas mágicas. Remendar las costuras de un amor roto es peor que fumarse las colillas de los ceniceros cuando te has quedado sin tabaco.
Para que veáis que el celibato es un estado tan digno (o más) que la vida en pareja y que son infinitas sus ventajas y comodidades, he elaborado una detallada lista de las cosas que podéis hacer siendo unos felices célibes al servicio de vuestros destinos.
          Puedes irte a la cama cuando te apetezca. No tienes que esperar a nadie ni nadie ha de esperarte a ti.
          Además, puedes levantarte cuando quieras los fines de semana sin que nadie te reproche que madrugas un montón o que duermes demasiado.
          Puedes quedar con quien te de la gana sin tener que dar explicaciones.
          Te puedes tomar la libertad de pasarte una semana entera viendo las películas y series que A TI me gustan, por frikis o empalagosas que éstas sean.
          No has de pelearte por el mejor lado del sofá, ni por el cojín más mullidito.
          Por supuesto, puedes mantener la luz de tu mesita encendida hasta las tantas si te apetece leer.
          Evitas las relaciones por compromiso. Ni familia política, ni amigos de. Quedas con quien tú quieres, cuando tú lo deseas. ¿Domingo de resaca? Que le den a la suegra.
          Puedes tirarte un pedo tranquilamente sin que nadie se queje de la peste. Y además, no deja de ser un poco humillante.
          Y hacer caca con la tranquilidad de no oír pasos al otro lado de la puerta que te desconcentran de tu importante tarea vital.
          Si eres chica, no tienes que depilarte las piernas hasta cuando te apetezca echar un polvo. Y si eres hombre, puedes llevar las cejas juntas. Y pelo en la espalda. Y tan pichis.
          Puedes masturbarte cuando te entren ganas: en cama, en el baño o encima de la mesa de la cocina. Y ver porno sin tener que borrar después el historial del navegador (pillines).
          Cuando decides follar, lo haces simplemente por placer. O por necesidad. Pero en ningún caso por compromiso.
          No tienes techo laboral: si eres listo, te volverás mucho más ambicioso. Puedes viajar y cambiar de residencia siempre que lo necesites.
          Conoces a mucha más gente. Ya no tendrás que volver a casa a las 3 de la mano de tu querido o querida.
          La cama es para ti solo/a.
          Si roncas, no tienes a nadie que te lo reproche. Y que te grabe para ponértelo al día siguiente mientras te tomas tu Colacao.
          Cocinas la comida que a ti te gusta. O no cocinas. ¿A quién tienes que darle explicaciones?
          Practicas tus hobbies y te juntas con personas con las que compartirlos.
          Vives sin la sombra de la boda. Y peor, la de los hijos.
          Tus padres te tratan mejor porque “estás solito”. Les das como penilla.
          Tus amigos siempre cuentan contigo (a veces demasiado, lo cual acaba siendo perjudicial para la salud).
          La casa está a tu gusto. Hecha un asco. Pero a tu gusto.
          Como buen egoísta, sólo tienes que preocuparte por tus problemas. Ya no tendrás que intentar solucionarle la vida al otro.
          Un buen amante es más generoso en el sexo que muchas parejas.
          Vistes como te da la real gana. Sí, ya puedes sacar tus deportivas del insti del armario. Y la falda-cinturón de cuero rojo.
          Como la casa es sólo para ti puedes llevar allí a quién te de la gana. Y montar fiestas. Y orgías. Y llorar por las esquinas porque nadie te hace caso. Esto nunca le sucederá a un español de bien que se rasca el bolsillo. Invita si es necesario. Lo importante es tener compañía.
          Tus gastos se reducen drásticamente: evitas hacer regalos a toda la familia de tu pareja. Y a tu pareja, que sale bastante más cara que cualquier amigo.
          Muy importante: se acabaron las discusiones por el despilfarro. Si quieres poner la calefacción como si vivieses en el mismo Moscú es tu puto problema. Eso sí, intenta tener con qué pagarla.
          Nadie controla tu dieta. Adelante, obstruye tus arterias zampándote quilos de chocolate y dulce.
          Ni tu actividad física. ¿Te apetece hibernar sobre tu cómodo sofá tragándote toda la basura que echan en la tele? Éste es tu momento.
          Puedes fumar en la habitación. Ahumar las cortinas. Despiezar el pollo directamente encima de la mesa de madera de la cocina, cambiar las sábanas una vez al mes… tú y tus normas.
          ¿Que te sientes solo? Pues vas a dormir unos días a casa de mamá. ¿Quién te lo va a reprochar, eh? 
          Ya no te sentirás culpable si por error una zorra introduce su lengua en tu boca durante una noche de excesos. O si un amable hombre te invita a conocer la decoración de su nuevo apartamento.

–     No tienes que inventarte preguntas estúpidas para llenar los incómodos silencios. ¿A ti qué carajo te importa cómo quedó la clasificación de Fórmula 1?

          Y, lo mejor: ya no tienes que preocuparte de dejar a nadie ni de ser la próxima víctima de un abandono. O pensar en tramitar un divorcio. O una custodia compartida. Se acabaron tus problemas. Ya puedes dormir tranquilo.

Repito, estar en pareja tiene muchas cosas buenas. Por ejemplo, una barriga calentita en que introducir tus helados pies de reptil. El abrazo de la mañana. O el beso de buenas noches. Pero es que de eso, ya estáis hartos de leer.