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La terapia del odio

Al principio fue Dios, que colocó a Eva y a Adán en un paraíso claramente hecho para la gula, la cópula y la masturbación, y los castigó con la expulsión y el pecado original sobre todos sus descendientes por haberse comido una inocente manzana fiándose de una serpiente que hablaba en perfecto latín y no levantó las sospechas de nadie. A la mujer le dijo “Multiplicaré las molestias de tus embarazos; con dolor darás luz a tus hijos: tu deseo te arrastrará hacia tu marido y él te dominará”. Y al hombre “Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te había prohibido comer, ¡maldita sea la tierra por tu culpa! Con fatiga sacarás de ella tu sustento todos los días de tu vida. Ella te dará espinas y cardos y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado. Porque eres polvo y al polvo volverás”(Génesis).

Quizá por culpa de Adán y Eva, de la serpiente, o de las propias ansias de destrucción del Creador, no hay ningún ser humano intrínsecamente bueno. Ni siquiera Ghandi que invitaba a los judíos a sufrir el exterminio en pacífica indiferencia en busca de una especie de absurda salvación eterna. Ni, por supuesto, la madre Teresa, a quien Cristopher Hitchens retrató como una persona fraudulenta –además de malvada- que había especulado con la fe y la humildad de los devotos al tiempo que amasaba una inmensa fortuna. Pero sobre todo, porque ambos, sacaron réditos y se hicieron personajes célebres en su explotación de la compasión y la moralidad. Su altruismo incluía una llamada de atención sobre su propia persona, autoproclamados estrellas de rock de la bondad infinita que gozaban de pasearse en harapos ante una multitud sedienta de héroes a quien adular.

Los discursos de Ghandi, Teresa de Calcuta, o el actual Papa Francisco, invitan constantemente al amor al prójimo, al perdón, y al sacrificio en pro del otro y por amor al arte, y todo ello, desde la superioridad moral que supone que el sentimiento de aversión es una ofensa a los principios del género humano. Pero desde el principio de los principios, el ser humano ha depredado a otros humanos, y se ha movido en gran parte por el odio y las ansias de destrucción hacia otras personas, tribus, religiones, países y civilizaciones enteras. Los libros de historia están llenos de conflictos y revoluciones que han cambiado el devenir de los acontecimientos. Nada de lo que sucede actualmente en política se basa en el amor. El parlamento de cualquier país es una invitación a la confrontación y a la ridiculización del que piensa distinto, en donde representantes elegidos democráticamente por el pueblo, se ponen sus mejores trajes para descalificar como parte de su salario.

Pero más allá de los consejos de psicoterapeutas, religiosos y deudores en general sobre las inconveniencias de vivir atrapados en el odio, la manifestación verbal del desprecio hacia el prójimo es liberadora. No mata a nadie. No contamina. No engorda. Tampoco da cáncer. Y, sobre todo, no cansa. Nunca.

niña enfadada

Vivir sin odio es prácticamente imposible. Ni siquiera el amor puede sostenerse sin el odio, ya que ambos son dos caras de la misma moneda. Del amor al odio hay un paso. Y ese paso se llama EX.

Uno de los deportes más practicados en la civilizada civilización occidental es desear –en público y bien alto- lo mejor a tu ex pareja, como una muestra de nuestra exquisita cultura y corrección política y, seguramente, temiendo el embiste de un karma vengativo que –os aseguro- no existe. Pero en el fondo, son pocos los que realmente quieren que su ex pareja comparta lecho con una persona más lista, atractiva, interesante, culta, con mejor trabajo y más divertida que uno mismo. Si fuésemos bondadosos, esto sería desearle el bien: la compañía de alguien mejor que nosotros. Alguien que le recordase de inmediato lo afortunado que es por haber sido dejado o habernos abandonado. Pero la inmensa mayoría de los humanos somos egoístas, serpientes que queremos el paraíso y la gloria para nosotros solos. Así que deseamos que nuestras exs parejas estén con gente a la que –ya estudiaremos de qué manera- consideramos inferiores, como forma de darnos relevancia, subir nuestro ego y consumir menos psicofármacos. Se llama la terapia del odio, y funciona.

¿Estamos acaso cometiendo un crimen?

Del mismo modo, la mejor manera para animar a una amiga o amigo a superar su traumática ruptura es incitándole al odio. Si quieres aconsejar a tu colega despechado animándolo a alegrarse por la felicidad del ex, ten en cuenta que al que odiará será a ti. Te aseguro que lo mejor que puedes hacer en ese momento es sacar toda la artillería contra el ex, la madre, el perro, las amigas y, sí, el señor ése con el que la ex de tu amigo se acuesta desde que lo han dejado. ¿Acaso ha pasado desapercibida su alopecia? Juega sucio: tu amigo te lo agradecerá.

En el seno de las familias, el sentimiento del odio es tanto o más frecuente que el del amor. No conozco familia alguna que no tenga rencillas importantes, sobre todo, fuera del núcleo duro (con los que cohabita). Habituales son las peleas en donde tíos, primos, cuñados, suegros e incluso hermanos, no se hablan desde hace años. En cuanto el árbol genealógico se divida más y más, tanto más el amor que, de continuar intacto, acabará por joderse en cuanto una herencia, por insignificante que ésta sea, haga acto de presencia. Observarás entonces cómo familiares, antes objeto de adoración, pasarán a ser odiados con la misma o mayor intensidad con que fueron amados en su día. Familias enteras rotas por la apropiación de casas al borde del derrumbe, televisiones sin tdt, ropa de cama con profusa puntilla, o antiguas vajillas hurtadas con los cuerpos todavía calientes.

No me malinterpretéis, yo también creo que existen personas que hacen el bien de manera desinteresada. Al menos, más desinteresadamente que la media. Pero también considero que, incluso en ellos, el odio y la mala fe existen en algún rincón, porque la maldad forma parte de nuestro ADN como especie. Somos únicos en hacer el mal sin una necesidad vital que lo justifique, como alimentarnos o proteger a la prole. Tenemos fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y órganos judiciales para protegernos de nosotros mismos. Religiones que nos prometen el paraíso a cambio de ser pacíficos y amorosos –aunque luego se pierdan un poco en sus principios-. Y un hijo de cuatro años que disfruta sacando al pececillo de colores fuera del agua cada vez que nos damos la vuelta.

No pasa nada. Digamos bien alto que todos, en cierta medida, somos malos. Que es posible que odiemos a alguien. Que en realidad no queremos que le vaya bien a todo el mundo y que, en el fondo de nuestro corazón, que nuestro jefe se parta las piernas esquiando en Baqueira Beret mientras nos deja sin vacaciones por 800 euros al mes, es una idea que nos ilusiona.

En cambio, lo contrario, la continencia, es agotadora, y aún más, podría esconder oscuras intenciones. Como las del amable vecino que siempre saludaba, hasta que cometió aquel espantoso crimen que puso el rellano perdido de sangre y aumentó la partida de derramas. Id a las hemerotecas, ¿desde cuándo el vecino borde e hijo de puta ha asesinado a alguien?

Internet se ha convertido en la cloaca de las malas pulsiones humanas. Amparados en el anonimato o el simple cobijo que brindan las pantallas, millones de personas demuestran su falta de ética escupiendo su odio hacia el prójimo en cada oportunidad que se les presenta. Los apartados de comentarios de cualquier periódico o blog son una especie de zoológico de los bajos instintos, en donde desconocidos entrenados en el arte de odiar pueden hacerte trizas por el simple hecho olvidar un acento diacrítico, defenestrar un gusto musical, o defender el derecho al aborto. Sobre todo, defendiendo el derecho al aborto. Reconozco que el odio me hace feliz.

Como dice David Sainz: Hater ven, te quiero ayudar.

 

“Me llamo Ángela. Me van a matar”

Anoche Televisión Española emitía Tesis, la ópera prima de Alejandro Amenábar rodada en 1996. El logline que aparecía en el cartel de la película está considerado por los expertos cinéfilos como uno de los grandes aciertos comerciales del cine español “Me llamo Ángela. Me van a matar”. Pocas frases resumen tan bien y tan descarnadamente el miedo, el terror y la psicosis del que sabe que va a morir. Como estrategia de venta fue un éxito: después de ver el tráiler es difícil no querer saber qué pasa con Ángela. A todos nos invade el deseo humano de querer trascender la pantalla para poder ayudarla. Sentimos el miedo en los ojos de Ángela.

Muchas mujeres, de carne y hueso, viven cada día con la misma sensación que Ángela. El horror de que las pueden matar en cualquier momento.

Ayer fue un día negro para la violencia machista en España. Dos adultas y dos niñas eran asesinadas a manos de su expareja, su hijo y de su propio padre. Las mataron hombres por el hecho de ser mujeres o para hacer daño a una mujer. No busquéis más explicaciones: ni arrebatos pasionales, ni locura transitoria, ni efectos de las drogas, ni “era un tipo encantador y a saber qué le habrá hecho ella”. Como cualquier grupo terrorista, el machismo, aparte de matarnos, nos aniquila psicológicamente, nos humilla, nos anula, nos llena de miedo, y pone al hombre –y al género masculino, en general- en una dimensión de superioridad sistemática -“si no haces lo que yo quiero, ya sabes lo que te puede pasar”- que nada tiene que ver con un crimen puntual.

La “violencia de género” no es una excepción, ni se trata de casos aislados, ni de locos psicópatas que ayer por la mañana saludaban y a primera hora de la tarde son capaces de llamar la policía para decir tranquilamente que van a matar a sus dos hijas para luego suicidarse y, después de asesinar a las niñas de la forma más espeluznante posible, la locura transitoria se les pasa y se olvidan de rebanarse el pescuezo.

También ayer, 31 de julio de 2015, una mujer de 33 años era asesinada por su expareja en Palma de Mallorca. El hijo de puta cobarde la apuñaló y degolló y tuvo que estar borracho para hacerlo, a ver si cuela el estado de ebriedad como atenuante de su poco valor y síndrome de inferioridad como deshecho humano. Hace sólo unos días, el 10 de julio de 2015, Laura González, de 27 años fue quemada viva por su expareja en Santa Cruz de Tenerife. El asesino decidió acabar con la vida de su ex en plena calle, para dar ejemplo o otros hijos de puta de lo que cualquiera es capaz de hacer. No hace falta tener mucha fuerza física para rociar a nadie con líquido inflamable, ni para degollarlo, ni siquiera para asestarle varias puñaladas. Mucho menos si son dos niñas de 4 y 9 años. Sólo hace falta una cosa: mezquindad.

En lo que va de año, 45 mujeres, 3 niñas y 7 hombres fueron asesinados por otros hombres que se creían dueños de mujeres de las que no merecían su amor. El año pasado murieron 102. Entre 2010 y 2013, 460 mujeres fueron víctimas de la violencia patriarcal. Más de 800 desde que empezaron a registrarse datos estadísticos oficiales, en 2003.

Esto se llama feminicidio. Y es el asesinato sistemático de mujeres por el hecho mismo de serlo. Y, a pesar de no estar tipificado juridícamente como delito, es LA PRINCIPAL causa de muerte de mujeres de entre 14 y 55 años en todo el mundo. Y, por ello, es incomprensible que el terrorismo machista no haya alcanzado la misma categoría penal que el terrorismo de ETA o el yihadismo, y no exista un pacto de Estado para acabar con esta lacra que lleva siglos oprimiendo a la mitad de la población.

En los atentados del 11M murieron 193 personas. ETA tuvo 36 años para asesinar a 829 personas, entre 1975 y 2011. A este paso, las cifras de asesinadas a manos de hombres en España será de 2400 en el mismo período. Multiplicando por tres los crímenes de ETA. A nadie se le ocurría decir en los medios de comunicación que un etarra tuvo un mal día o el concejal de turno lo había provocado con sus políticas antinacionalistas. A ver si tenemos el mismo respeto por nuestras muertas y dejamos de insinuar que se lo merecían.

“Te has enamorado del malo, imbécil”, le decía Chema a Ángela en Tesis. Desgraciadamente, y sin que sirva de justificación, ni la madre de las niñas, ni la joven rociada con gasolina –madre también de una niña, que pasará a engrosar la larga lista de huérfanos por violencia machista-, ni la degollada por su ex, habían presentado denuncia previa. Si os enamoráis del malo, denunciadlo. Si conocéis algún caso, no seáis cobardes. Hacedlo.

Eso es lo que tenemos que hacer todas y todos, a partir de ahora, desde el momento en que un atisbo de violencia machista se presenta en ese chico encantador que siempre saluda en el ascensor por las mañanas. Por ellas, por nosotras, por nuestras madres y por nuestras hijas. Hasta que se colapsen los juzgados de este país. Hasta que dejen de matarnos.

Yo también me llamo Ángela. Y tengo miedo.

Tesis-1996

Donde metas (te metan) la polla, mete la olla

Para todo en esta vida hay que cumplir ciertas reglas del decoro y la buena educación, también para intentar tener sexo con alguien. Aunque seamos muy modernos y liberales –sobre todo si somos muy modernos y liberales- hay unas cuantas líneas rojas que BAJO NINGÚN CONCEPTO nos deberíamos saltar por un polvo. A no ser que sea el último polvo de nuestra vida. A no ser que sea para acostarnos con el amor de nuestra vida. A no ser que seamos unos hijos de puta redomados, que entonces sí se puede, pero en plan mal.

Para empezar, el gran pecado capital, lo nunca jamás se debe follar uno por muy follable que sea, es al ex de una amiga o de un amigo. Parece obvio, pero el mundo está lleno de gente que intenta acostarse con tu ex en cuanto te das la vuelta. Personalmente, el ex de cualquiera de mis amigas (aunque sea el exrollo o el examante, es decir, una persona con la que han estado un cierto tiempo para entender que ha habido una implicación emocional) deja de existir como hombre copulable en mi radar sexual. Simplemente no está. A dios pongo por testigo que jamás me he acostado (ni me acostaré) con el ex de nadie a quien aprecie mínimamente porque sería lo mismo que compartir vibrador con una amiga. Que yo las quiero, pero lo que entra en el chochamen de una no entra en el chochamen de la otra. Te dejo mis tampax pero no me los devuelvas usados, por favor. Si, por causa de las drogas, el alcohol o un exceso de alegría puntual, te acuestas -o intentas acostarte con- el ex de tu amiga/amigo al menos ten el coraje de contarlo. Los cambios que se producen en una persona con respecto a otra en cuanto se acuestan son tan obvios para el resto del círculo social que hablarán por sí mismos. Es mucho mejor confesar a que te pillen. Si das con una amiga o amigo reincidente, replantéate vuestra relación. Si eres reincidente, háztelo mirar. Igual consigues unos cuantos polvos a costa de quedarte sin amigos. Tú misma.

Donde metas (te metan) la polla, mete la olla. hay un momento

Tampoco vayas a levantarle el objeto de deseo a tu amigo o amiga. Que se te ocurra acostarte con esa persona por la que pierde el culo tu colega es casi de la misma gravedad que lo anterior. Eso no se hace, coño. Y si resulta que te has enamorado y es recíproco, sólo te queda dar la cara. De lo contrario, piensa que acabar con esa persona en la cama puede acabar con tu relación de amistad. ¿De verdad compensa?

No te acuestes con el amigo/a o el hermano/a de tu ex. Sé que si te han puteado/engañado/lastimado cualquier idea para devolvérsela al otro parece buena pero, créeme, tu estilo y tu clase están por encima de eso (y si no, lo disimulas). Si la cosa se vuelve “inevitable” y la relación con tu ex es buena, es hora de que te plantees decirle lo que pasa por tu cabeza antes de que se entere de lo que pasa entre tus piernas. Pecador sí, pero cobarder nunca.

Luego están los que son infieles con el amigo de su pareja, o con su cuñada o cuñado. Que no habrá gente en el mundo para echar el polvete de desahogo que vas tú y decides dejarlo en familia. Así empezaron los Borbones.

No te acuestes con tu jefe o jefa. Nunca. Jamás. Es una malísima idea que cambiará para siempre vuestra relación profesional y personal. El sexo con un jefe es un arma de doble filo. Que tenéis mucha química y todo eso, pues piensa en Hiroshima y razona las consecuencias. Y oye, que si tu jefe insiste y tú no quieres, lo mismo lo puedes mandar a la mierda y trabajar dignamente en el Carrefour sin aguantar a un gilipollas extorsionador. Que ya no estamos en la época de ir intercambiando ascensos por favores sexuales, por favor.

No te acuestes con un perrito, gatito o un menor de edad (menor de edad es 21 si tú tienes más de 30). El sexo entre adultos inteligentes y libres, y entre adultos sin más, y muebles, está permitido; pero sé consciente de que lo demás es desviación, trastorno mental y delito penado por ley.

Olvídate del profesor buenorro, al menos, mientras te esté dando clase. Saca ese cinco por méritos propios. Una vez que hayas acabado la carrera, el master, o la ESO en sesión nocturna, pues oye, que tirarse al profe tiene su morbo.

No te acuestes con alguien que te caiga mal. Es increíble descubrir la cantidad de personas que cada día se acuestan con otros sujetos a los que no tragan (descartamos elementos líquidos). Si no te irías a tomar unas cañas o no pasarías un día al sol con el individuo en cuestión porque te resulta insoportable, ¿qué sentido tiene tirárselo? Pues con todo esto bien claro, sales un día de fiesta y te encuentras al tío-baboso-gilipollas al que nunca has soportado, y en medio de esa discusión en la que le sueltas lo estúpido y chulo que te parece, pero a la vez animada por los efluvios etílicos, decides empotrarlo contra la barra del bar para luego salir de allí e ir directos al picadero. No olvides que por la mañana, cuando te levantes, “melofó,” va a ser siendo el mismo cretino de siempre. Échalo cuanto antes.

Nada de follarse a alguien que te debe pasta. Éste es el típico caso de que, indignado, vas a pedir que te devuelvan tu dinero y sin saber ni cómo ni por qué te acaban metiendo la lengua en la boca y bajando los pantalones en el baño del Carrefour en el que ahora trabajas después de acabar la carrera y liarte con el profesor que siempre te suspendía, para después conseguir un trabajo de la tuyo y tener que dejarlo para evitar follarte a tu antiguo jefe. Un drama.

No te acuestes con alguien que te dice que está muy rallado con su ex. No eres psicólogo, y si lo fueres, no estás ejerciendo en estos momentos (o eso espero). Todos los que hablan amargamente de sus exs cuando están flirteando con alguien es que no lo han superado. Nunca sabes cuándo se va a producir el momento depresivo en que tendrás que sacar tu paquete de pañuelos de papel celosamente guardados para limpiarte los bajos en los baños de los bares, donde nunca jamás hay papel. Tu noche puede acabar dando palmaditas en la espalda y palabras de aliento a alguien que, en realidad, quiere follarse a otro que le gusta DE VERDAD. Tú eres la sacarina de su diabetes. La insulina anda por ahí suelta. Que se muera de hiperglucemia.

Sé que esto es lo más difícil, pero no te acuestes con tu propio ex a no ser que quieras que deje de serlo y el otro esté enterado. El refranero popular lo tiene muy claro “donde hubo fuego siempre quedan cenizas”. Tan cierto es esto que a veces las cenizas podrían prender, generar un incendio forestal y atraparos a los dos dentro. Aquí hay varias opciones posibles:

a) Te mola pero tú a él/ella ya no=ERROR. Esto va a multiplicar tu duelo por mil.

b)Le molas pero él/ella a ti ya no=ERROR. Lo mismo pero al revés. Ese mal cuerpo que tienes por la mañana se llama CULPA.

c) Os moláis mutuamente. ACIERTO. Bien, entonces ¿por qué no estáis juntos? *Discutir este punto con serenidad, e intentando evitar las expresiones “la zorra”, “el payaso”, “tu madre” y/o “tu padre”.

d) Eran más de las 5 de la madrugada, mezclasteis vino con ron, ginebra y chupitos de tequila. Estás solo y no has pillado. A la otra persona le pasa exactamente lo mismo. Para qué te vas a molestar en buscar presa cuando ya tienes a alguien de confianza a mano. Puede parecer triste, pero sin duda, es el mejor y más sencillo ACIERTO.

Donde metas (te metan) la polla, mete la olla. Barra

Por mucho que os diga Paulo Coelho, la realidad es que en el sexo, como en casi todo, querer no es poder.