Categoría: salud

Vivir con mujeres

Leyendo “Solterona” de Kate Bolick me he dado cuenta de que muchas de sus despertadoras (las mujeres que la habían inspirado) tenían en común una cosa: habían vivido con otras mujeres. Durante los siglos XIX y XX las muchachas que se iban a estudiar dentro de los Estados Unidos o que trabajaban solas en grandes ciudades como Nueva York, compartían techo en residencias universitarias o en casas de señoritas antes de casarse. Lo curioso de estas despertadoras es que muchas nunca llegaron a casarse. Para las mujeres que no tuvimos hermanas la posibilidad de compartir casa con otras chicas y, por tanto, espacios vitales, comida, ropa y hasta cosméticos o productos de higiene personal, era la mejor manera de fraternizar con el sexo propio y de llegar a la vida adulta resolviendo algunas dudas existenciales.

El primer año de universidad en Santiago me fui a vivir a la Residencia Casa Julián de la calle Santiago de Chile. En la séptima planta, la Puri (esposa de Julián y legítima dueña de la residencia), me había preparado habitación en un piso con cuatro chicas más. Dos de ellas tenían mi edad y mi inocencia, 18 recién cumplidos, y otra tenía 24, estaba preparando la tesis, y no quería saber nada de nosotras. Sólo la veíamos en los momentos en los que salía o entraba de la habitación y ni siquiera dejaba comida en la cocina. Su alimentación nos preocupaba tanto que un fin de semana que ella no estaba descubrimos que guardaba los cereales, los chorizos y el aceite, debajo de la cama.

Pero la que despertó mi fascinación fue Ana, la estudiante argentina de cuarto de Medicina que dormía en la habitación contigua a la mía. Ana era una bohemia de pelo negro y ojos azabache que tenía la habitación llena de telas colgando y se pasaba el día bebiendo mate y fumando marihuana. Ana tenía un novio pero también muchos amantes que desfilaban cada mañana por delante de mi habitación antes de abandonar la casa del amor después de una noche de placer. Nunca escuché a nadie follar tanto como a mi compañera Ana. Prácticamente no había noche en que no estuviese acompañada, y cuando su último chico salía del piso venía a buscarme rápidamente para que me sentase en su cama a contarme los detalles. Yo no sabía cómo ponerme en aquella cama que adivinaba llena de fluidos y que siempre estaba llena de tabaco de liar y restos de hoja de mate. Una de las cosas que más me agobiaba es que Ana casi nunca cambiaba las sábanas y cada vez que veía al novio perderse en la habitación rezaba por ella y por la licuosidad del semen de sus amantes. A final de curso Ana se marchó de vuelta Buenos Aires, y al año siguiente me fui a vivir con una de aquellas compañeras de mi edad a otro piso de la residencia. A la tercera la habían separado de nosotras después de que la madre se enterase de la borrachera que la llevó directa a urgencias. A pesar de que la tarde de autos yo me encontraba estudiando en la habitación y que fui la única que se atrevió a llamar a la ambulancia para que su hija no falleciese en el baño del piso, la madre de aquella chica consideró que yo era una mala influencia.

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Fotograma de la serie GIRLS

Mi tercer año tuve otra compañera maravillosa que estaba en fin de carrera y se pasaba el día de fiesta con unos amigos súper simpáticos que venían mucho al piso y que fueron denunciados por los vecinos por arrancar unos renos de bronce que el Concello había puesto para decorar las calles en Navidad. El último año de carrera me cambié de piso y no sólo compartí casa, sino que estuve seis meses durmiendo con una amiga en la misma cama, en la que llegamos a repartirnos los días de uso y disfrute carnal.

Cuando me fui a vivir a Madrid a un piso de siete personas hice migas con María, una chica de Barcelona, y con Sofía, una chica inglesa de madre española. Me encantaba ir a la habitación de María y sentarme sobre su cama mientras ella se vestía o se maquillaba y escuchábamos Madonna a todo volumen. A veces cogíamos un vino o una cerveza y nos lo bebíamos en la habitación, y otras bajábamos a un bar horrible y nos pasábamos horas comprendiéndonos mutuamente.

Reconozco que a veces añoro vivir con mujeres. Cuando una vive con mujeres nunca se queda sin tampax ni sin mascarilla del pelo, la compresa nunca se nota con el vaquero, tienes quien te depile las dos cejas al mismo nivel y nunca, nunca, falta una buena conversación. Espero que cada vez más la convivencia entre mujeres adultas que no quieren vivir solas o prefieren repartir sus gastos sea una alternativa a la sociedad individualista y al “necesito una pareja para irme de casa de mis padres”, y no una excentricidad de las que seguimos añorando la sincronía de las reglas.

 

*Artículo publicado en A Revista de Diario de Pontevedra el sábado 9 de diciembre de 2017

Las prisas

Hace unos días me encontraba francamente mal, la congestión derivada de mi catarro apenas me dejaba respirar, y me había subido la fiebre. Era un día de semana por la mañana, y para evitar contribuir a la saturación de las urgencias hospitalarias, llamé por teléfono al Sergas, donde un amable contestador automático me informó de que hasta el día siguiente no tenía cita para mi médico. Como me hallaba entre la vida y la muerte, llamé directamente al centro médico para contarles mi dramática situación y me informaron que de no me preocupase, porque mi médico de cabecera tenía que atenderme de urgencias hasta las 15 horas. “Tú vienes, le dices a la gente que está esperando que es una urgencia y que te atienda el médico”. Ajá.

A las 10 de la mañana cogí el coche con toda mi buena fe y peor cara que la Veneno cuando salió de la cárcel, para dirigirme al ambulatorio. El funcionario de la ventanilla –el mismo que me había instado por teléfono a ir YA- me dijo ahora en tono condicional que “a ver” si me podía atender el médico y que en cuanto saliese alguien de la consulta yo tenía que colarme dentro porque lo mío era una urgencia y así funcionaban las cosas.

Estaba mintiendo, obviamente. Las salas de espera de los centros médicos están repletas de ancianos que pasan su jubilación apoltronados en las mismas sillas esperando su turno desde que despunta el alba. Pero no os llevéis a equívocos por su enorme previsión, es gente con prisa. La abuela Carmucha tiene cita para las 12.30 pero ha llegado a las 8 para ver si se puede colar a eso de las 11 y así acabar antes, y aprovechar la mañana. En la sala había una docena de abuelas Carmuchas y todas tenían mucha prisa porque el nieto les iba a comer y cada vez que yo levantaba el culo, una vieja coja y lisiada se había colado cual Usain Bolt dentro de la consulta de don Carlos y cerrado la puerta con pestillo. Como me enseñaron a respetar mucho a los ancianos rogué clemencia educadamente, mientras soportaba la mirada inquisidora de las abuelas que rápidamente iban a la lista colgada en la puerta (como ven sin gafas cuando quieren, las muy putas) para decirme que les tocaba ya, y que lo sentían, pero que claro, al ir sin cita…ya se sabe.

Mucho rato después, sin uñas y con los nudillos pelados, volví a bajar a junto el tipo de la ventanilla para llamarlo inepto y pedirle que viniese a escoltarme porque TENÍA QUE TRABAJAR Y NO PODÍA PERDER TODO EL DÍA ALLÍ. Él me dio un ticket que funciona como una especie de visado de asilo político y que tú debes enseñar en la sala mientras gritas “soy legal, soy legal” y empujas y pisas a viejos sin piedad. Más o menos. Con mi papel pegado en la frente, apretando los puños, y el sudor resbalándome por la nariz, finalmente una chica me dejó pasar. Eran las 12.05 y llevaba más de dos horas allí, sin embargo, a mis espaldas pude escuchar con desprecio “vaya morro, los demás también tenemos prisa”.

No sé en qué momento de la historia de la humanidad la gente sintió esa necesidad apremiante de actuar con prisa siempre, como si no tenerla fuese un síntoma de debacle vital. Hay personas expertas en contagiar de su prisa a los demás, hasta llevarlos a niveles de estrés próximos al infarto de miocardio.

Los conductores siempre son personas con prisa. En Vigo, además, son más peligrosos que los protagonistas del GTA. Hay una barrera física muy marcada para saber cuándo uno empieza a conducir en Vigo y, por tanto, con mucha prisa. Es el peaje de la AP9. Si tardas más de 10 segundos en pagar, la máquina se queda atrancada, o la barrera no sube, tendrás un coche detrás pitándote e increpándote pegado a tu culo (el del coche, se entiende). Pero ay, como se te caiga el papel o una moneda por fuera de la ventanilla, estás perdido. Porque el de atrás (vigués en potencia aunque sea de Coruña) ya estará pitando antes de que el objeto acaricie el suelo y sacando la cabeza por la ventanilla mientras te recuerda que tiene prisa y te regala bonitas palabras de amor que, además, suelen estar plagadas de comentarios machistas si eres una mujer al volante. Y si la barrera no sube por un problema técnico, da igual, el de atrás quiere que la arranques, la destroces, choques contra ella o prendas fuego al monte más cercano, con tal de que salgas de su camino.

Si llegas a Vigo con el parabrisas intacto, tendrás que sortear sus rotondas que allí funcionan como las tacitas de las atracciones de las ferias –la norma básica es esquivarse-, mientras cientos de cláxones suenan al unísono, haciendo imposible saber de dónde viene el peligro. Si, para aliviarte, decides meter el coche en el parking del Corte Inglés, los vigueses y los portugueses se juntarán allí para seguir acosándote, dándote luces, pitándote, con tal de que te apartes de sus caminos.

Las prisas en los parking son de lo más habitual. Desde que entras en uno de esos recintos infernales hasta que sales, sabes que tienes que comportarte con premura. Prisa de que no te pillen el sitio de delante, prisa de que alguien te deje hueco para salir, prisa para no quedarte atrancado en la puta cuesta que da a a la calle cuando la barrera suba y el de atrás ya esté acariciando el claxon con los dedos.

Y prisa por pagar. Acabas de compartir terraza con esa pareja que lleva horas aprovechando el café enfrente del parking y has escuchado perfectamente que su próximo destino es ir a recoger a los niños a casa de unos amigos lo más tarde posible, para meterlos inconscientes en cama y poder echar un polvo. Sabes que no tienen prisa. Pero aceleran el paso detrás de ti cuando te diriges al único cajero de pago que hay libre. Haciendo un quiebro, consigues zafarte de ellos y metes el ticket antes, casi lanzándolo, con tanta prisa que lo introduces en la ranura equivocada, la de la tarjeta de crédito, y tienes que sacarlo clavando las uñas o los dientes. Cuando llega el momento del pago, querrías aprovechar para deshacerte de todas esas monedas pequeñas, pero sientes el aliento de tus enemigos en el cogote. Y tienes miedo. Así que sacas un billete de 10, que la máquina escupe varias veces hasta que se lo entregas más planchado que la pancarta de ganadores del PP en las elecciones del 20D. Y una retahíla de monedas de todos los tamaños son vomitadas mientras te afanas por guardar cada una de ellas en tu cartera. La pareja, impaciente, ya ha metido su tarjeta en la ranura, y están pagando mientras tú permaneces agachado intentando recoger las vueltas. Tienen tantísima prisa, que ya ha metido las monedas sin darte tiempo a sacar las tuyas, así que no te queda más opción que arañar el acero del hueco intentando pillar una última moneda, y largarte rápido para impedir que esos cabrones se te cuelen delante en la salida. Porque tú sí que tienes prisa, y los peces de colores son muy de comer a su hora.

Y es que las prisas afectan a nuestra vida en todos los niveles. Nos queremos enamorar rápido y a poder ser, sin mucho esfuerzo. Estudiarnos el temario entero la noche anterior al examen. Emborracharnos rápido y no pensar en la pasta que nos estamos gastando ni en la resaca de mañana. Adelgazar lo antes posible para meternos en el traje de fin de año. Tener un orgasmo rápido, o fingir que lo hemos hecho.

Pero las cosas, hechas con prisa, nunca salen bien. Nos enamoramos mal, no recordamos la lección, vomitamos los domingos por la mañana, recuperamos los kilos la misma noche de fin de año y establecemos horribles precedentes sexuales. Se nos caen las monedas por fuera de la ventanilla, rascamos el coche de nuestro padre contra la columna y nos olvidamos el paraguas en casa.

Todos deberíamos aprender del modo zen de proceder de los funcionarios de Hacienda, del Inem, del tío de la ventanilla de mi centro médico. Andar sin prisa, y que se joda el otro.

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Instagram y adolescentes: una pistola en cada mano

Cuando a los 14 años enfermé de anorexia nerviosa no sabía lo afortunada que era por vivir en una época libre de redes sociales. La búsqueda de la aprobación –y el estrés derivado de ello- se limitaba entonces a mi círculo más cercano, básicamente compañeros de instituto y algunos amigos que veía los fines de semana. No podía hacerme fotos cada día para subir a una red social y sentir los aplausos de admiración de otras adolescentes carentes de autoestima, así que me conformaba con apuntar mis kilos perdidos en una libreta, junto a una tabla de ejercicios que llegaba a practicar hasta metida en cama. Las pocas fotos que me sacaban me daban auténtico asco, no podía mirarme antes de revelarlas, no podía ensayar la pose, ni practicar una mirada penetrante. Daba igual, las fotos reveladas estaban condenadas al álbum familiar o al corcho de la habitación. Con suerte, las verían mis mejores amigas el día que se quedasen en casa. Eran un recuerdo familiar que en aquella época (y durante los cuatro años siguientes) desbordaban tristeza. No hay nada de cool, ni de feliz, ni admirable, en una adolescente enferma y deprimida. Las únicas chicas que admiraban mi esfuerzo y fuerza de voluntad eran otras pacientes de la Unidade de Trastornos de la Alimentación de Santiago de Compostela. Chicas enfermas, verdaderamente enfermas, buscando aprobación social.

Essena O´Neill es una chica autraliana de 19 años que hasta hace unos días acumulaba las siguientes cifras de seguidores en redes sociales: más de 500.000 en Instagram, más de 250.000 seguidores en Youtube, otros tantos en Tumblr y unos 60.000 en Snapchat. Una auténtica social media star que vivía por y para los followers y los likes y ganaba cantidades nada despreciables por cada foto compartida (unos 1000 dólares) o por cada video subido a youtube (más de 2000). Una modelo de medidas espectaculares y apariencia angelical, que se hizo rica a costa de convertir su imagen en pornografía de las redes sociales desde que tenía 12 años, y que acaba de confesar haber padecido importantes problemas de autoestima, desórdenes alimentarios y obsesión con el deporte con el objeto de “gustar a los demás”.

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Una de las fotografías en las que Essena modificó el texto antes de cerrar su cuenta de Instagram.

Pero la noticia es otra: “La estrella de Instagram Essena O´neill abandona las redes sociales”. ¿Cómo puede hacer eso? ¡Señor, es una estrella de Instagram! El concepto “estrella de Instagram” me produce semejantes arcadas que me propongo a mí misma como candidata para dar un par de bofetadas con la mano abierta a cada seguidor convencido de que está admirando a una verdadera estrella. Sí, ya sé, quizá ésta sea una estrategia de marketing de la australiana para ser todavía más conocida, pero, teorías conspiranoicas aparte, Essena es una de muchas. Y ejemplos patrios tenemos unos cuantos que no reproduciré para que los fans no denuncien mi blog como hicieron cuando se me ocurrió mentar la afición de Cri***** Ped***** por enseñar las bragas a propios y extraños .

Después de pasarse toda su adolescencia con una cámara delante de las narices y cientos de miles de fans que la seguían e idolatraban por su belleza, delgadez y estilo, Essena ha hablado de las perversas consecuencias de su adicción a las redes sociales: la obsesión por los likes y los followers, el estrés de chequeo constante o el miedo a la crítica. Y también de la mentira que se esconde detrás de las pantallas. Una de las frases que más repite en su página web lestbegamechangers.com es “es ridículo”. Todo es ridículo: jóvenes atrapados en las redes sociales admirando a otros que a su vez están más atrapados que ellos, viviendo a través de pantallas, fotografiando cada paso que dan pero sin tiempo para vivir experiencias. Una generación entera encerrada en vidas virtuales, cuya inspiración son chicas y chicos con fotos irreales salpicadas por filtros y retoques, en posturas mil y una vez ensayadas, creando la peligrosa ilusión de que la perfección existe y además, es posible conseguirla.

Me dan un poco igual los consejos que Essena imparte ahora sobre la meditación, el veganismo, la lectura y la creatividad. Ella es –o ha sido- una de las muchas piezas del tratamiento como objetos ornamentales de las adolescentes  que, cada vez más, claudican y se prestan a contribuir a este sistema de ultrasexualización de sus cuerpos sin ningún tipo de control. Apoyando esto, la industria de la moda y la belleza, grandes empresas beneficiarias vendiendo cremas, maquillajes y harapos que te harán estar así de guapa. Muchas “estrellas” sufren ciberbulliyng, acoso, son insultadas y amenazadas hasta con la violación y, sin embargo, no dejan de exponerse una y otra vez. No es engañéis: eso no es autoestima, el amor propio no requiere de miradas ajenas. A la vez, las menos afortunadas físicamente se lamentan de no tener esa cantidad de seguidores, ni un físico bonito que mostrar al público.

La obsesión también afecta a mujeres de otra edades. No tengo Instagram pero conozco unas cuantas páginas de famosas que son auténticas instastars. Mujeres que tienen mi edad o más, y que aparecen sin una sola arruga, ni un rastro de celulitis o una sola imperfección. Con 29 años y tras haber padecido un trastorno alimentario, conozco el precio de esa ilusión. Pero si hace 15 años yo hubiese tenido redes sociales, estoy segura de que habría caído y, mi obsesión, enfermiza entonces, lo sería todavía más. No puedo ni imaginarme el sufrimiento que me acarrearían las redes sociales, ni el tiempo que perdería arreglándome, preocupada por mi aspecto, obsesionada con los “me gusta” y viendo los perfiles de otras a las que envidiaría por su perfección. Cada crítica, por nimia que fuese, me deprimiría más y, muy probablemente, retrasaría mi recuperación (eso por no hablar de las páginas proanorexia y probulimia). La aprobación de los demás, antes limitada a unos pocos, se muestra ahora abierta a todos los psicópatas de internet, personas envidiosas, obsesos sexuales, pederastas, y gente mala en general.

Muchos recordamos que hasta hace no demasiado se podía beber alcohol con 16 años, y nos vendían tabaco a los 14 en el mismo sitio donde comprábamos gominolas. Entonces, alguien, con buen juicio, pensó que aquello era peligroso para la juventud y puso límites legales. Espero que no tardemos demasiado en preguntarnos cómo pudimos permitir que niñas de 12, 13, 15 ó 16 años compartiesen fotos semidesnudas a todo el planeta.