Categoría: mujeres

#ImNoAngel y la p*** corrección política

Desde que las redes sociales tienen el poder de convertir cualquier comentario bienintencionado –o simplemente, honesto- en un potente y exponencial cementerio de reputación social (“eres del PP, eres del PSOE, eres de Podemos, eres racista, eres fascista, eres homófobo, eres nacionalista, eres facha, odias a los gordos y BLABLABLÁ”), la gente se ha vuelto francamente GILIPOLLAS.

Primero y fundamental, #Imnoangel es una campaña publicitaria de una marca de ropa. No es el anuncio de una ONG, ni de ninguna organización sanitaria altruista que busque el bien común. Por lo tanto, como cualquier campaña publicitaria de una empresa privada, su cometido es, básicamente, vender sus productos. De manera paralela a este objetivo principal, está el de crear marca y que se hable de ellos. Exactamente lo mismo que la firma a la que critican velada y reiteradamente: Victoria Secret.

Hasta aquí muy lícito todo.

La firma en cuestión, Lane Bryant, vende lencería de tallas grandes (en su web lo pone muy claramente: Plus Size Clothing), y, por tanto, utiliza a modelos de tallas grandes en sus campañas. Las “mujeres reales” a las que se refiere toda la prensa estos días, basándose en dicha campaña, son mujeres con sobrepeso. O lo que es lo mismo, están por encima del peso que deberían de tener en relación a su talla. Esto es así. Y yo lo siento. Tener sobrepeso no es un delito, la campaña es muy bonita y espero que haga sentir bien a un montón de mujeres. Tal y como ha funcionado en Internet, sobra decir que ha conseguido su objetivo publicitario con creces.

#ImNoAngel

Por otra parte, las chicas que salen siguen siendo guapas y el lema repetido una y otra vez no difiere en absoluto de lo que nos dice la marca de los ángeles: sé sexy. Ante todo. Sé sexy, pon morritos y luce tu cuerpo. (El objetivo, como siempre, es convertirse en un ente deseable sexualmente).

Supongo que intentan transmitir la idea de que la belleza es una actitud, cosa bastante cierta; pero no menos cierto es que la belleza es de las cosas más subjetivas que hay, por eso mi abuelo estaba obsesionado con las tetas grandes que yo no tengo, y mis amigas y yo no acostumbramos a ligarnos a los mismos chicos a pesar de que las posibilidades que ofrece Pontevedra son como para abandonarse al terreno mancomunado.

No nos rasgamos las vestiduras para decir que alguien es bajito (mi caso) o muy alto; sin embargo, nos hemos vuelto tan correctos, tan cínicos y tan chupiguays todos, que decir públicamente que un niño está gordo o que una modelo tiene sobrepeso te lleva al mismo lugar en el escalafón social que el violador del espantapájaros. “Es un niño”, “Está preciosa, tiene curvas, no como las otras muertas de hambre”, “Estás loca”. Y, la que me toca mucho la moral, “están sanos”, como si viviéramos en el puñetero siglo XIX y ver a alguien lleno fuese síntoma de salud y riqueza. El niño es gordo, la modelo tiene sobrepeso y si la ciencia no miente, ambos tendrán más posibilidades de contraer enfermedades coronarias, diabetes y ciertos tipos de cáncer que una persona en su peso.

Anuncios aparte, el hecho objetivo e incuestionable es que la obesidad es una pandemia en el mundo occidental que provoca más enfermedades y mortandad que la anorexia – cuya promoción publicitaria todos criticamos fervientemente-, el tabaquismo o el alcoholismo –cuya publicidad ya está prohibida- y cualquier otro “ismo”. En 2015, 1500 millones de adultos serán obesos. MIL QUINIENTOS MILLONES. No hay más que fijarse en los niños por la calle: están mucho más gordos que hace 20 años. Sin paliativos.

No nos engañemos. Los gordos no son la excepción. La sociedad occidental está sobrealimentada y, sin ir más lejos, la mitad de los españoles adultos tienen sobrepeso a día de hoy. Los ciudadanos están sometidos día y noche a anuncios de jugosos alimentos de fast food y los centros comerciales son parques de atracciones para el apetito.

En esta dictadura que duele reconocer, la publicidad se encarga de crear insatisfacción personal y frustraciones completamente necesarias para que los vendedores de motos sigan cebando nuestros estómagos y nuestros cerebros con distracciones que cuestan dinero: clínicas de estética invasiva y no invasiva, tratamientos adelgazantes, productos homeopáticos, cremas anticelulíticas, gimnasios, centros wellness, centros de dietética, ropa deportiva, complementos para hacer running, comida 0% y orgánica, ropa que hace que parezcas más delgado… Y si no lo consigues, mejor: más comida, más tallas grandes, más publicidad, más frustración y, en definitiva, más negocio.

No pretendo dar lecciones de moralidad: fumo y bebo esporádicamente, y estoy habitualmente tan ansiosa que unos kilos de más serían bastante más sanos que el nivel de estrés al que someto a mi cuerpo constantemente. Entiendo que haya personas que crean que un cuerpo esbelto y trabajado (no es mi caso) puede ser sinónimo de imbecilidad profunda: no hay más que encender la tele. Pero aún así pretendo poder expresar mis opiniones sin que me traten como una delgada-hijadeputaamargada o una persona superficial. Ser gordo no te hace más libre, ni más listo. Decir que ser delgado es estar bajo el yugo de los parámetros de la sociedad de consumo, es lo mismo que pensar que unos kilos de más te convertirán automáticamente en una persona alternativa, íntegra y feliz. La sociedad de consumo vive parasitando los estómagos de sus ciudadanos: Coca-Cola, Nestlè, McDonald´s o PepsiCo invierten cifras astronómicas en publicidad cada año. Infinitamente más que ninguna marca de ropa.

Lane Bryant ha conseguido viralizar un eslogan, el de #imnoangel con el que estoy de acuerdo: las mujeres no somos ángeles. Pero tengo presente que el botecito de felicidad publicitario, va asociado a una marca cuyo negocio es vender ropa a chicas con sobrepeso.

Ya sabemos que el prototipo de Victoria Secret es irreal, peligroso y no representa a la población femenina. ¿Pero de verdad es el de Lane Bryant el correcto?

Dicho esto, me voy con mi metro y medio a otra parte.

Cincuenta hostias a Grey (con la mano abierta)

Lo hice. Fui a verla. Y lo peor es que nadie me obligó.

Como el que se inmola a favor de la causa religiosa para alcanzar la salvación eterna, yo puse mi tiempo y mi dignidad a disposición de los fundamentos que rigen el feminismo, el arte, el erotismo, el buen gusto, y la inteligencia en general. Y cincuenta hostias no me hubiesen llegado para repartir entre todo el equipo que participó en semejante EXCREMENTO.

Empecemos por el principio. Cincuenta Sombras de Grey no es una película. No sé qué narices es, pero desde luego una película NO. Más bien se parece a un spot cutre y larguísimo que no cumple absolutamente ninguna norma de la correcta narrativa audiovisual. Como guionista, os puedo asegurar que ni hay conflicto, ni objetivos, ni pasa nada, ni se espera que pase, ni los personajes sufren cambio alguno; ni mucho menos, hay un atisbo de metáfora o poesía, a no ser que los pezones de Dakota estén intentando decirnos que el rosa palo va a ser el color de moda en la primavera de El Corte Inglés. Pese a los innumerables desnudos que se repiten cada 30 segundos, es bastante difícil no quedarse dormido ante el sopor que genera semejante concatenación de secuencias sin sentido.

Si os pasa eso, nada mejor para despertarse que reflexionar sobre la apología pura y dura de violencia machista que es Cincuenta Sombras de Grey. Y sobre cómo tamaña exposición de primitivismo, clasismo y maltrato hacia las mujeres, se puede colar bajo la etiqueta de “fenómeno de masas” y “oda a la liberación sexual femenina” en las pantallas del mundo civilizado sin que las autoridades muevan un dedo para impedirlo.

Grey

La historia es la siguiente: un chico rico, pijo y triunfador se divierte sodomizando, secuestrando y humillando a una joven inocente, sumisa, pobre y VIRGEN. La joven es tonta profunda y está, por supuesto, perdidamente enamorada de él, por lo que se entrega a la causa de la sodomía con el objeto de conseguir su amor. Pero, aunque él no la ama (de hecho, la desprecia) a ella le da igual con tal de sentir sus varoniles azotes que dotan de sentido su existencia como ser humano en general, y mujer en particular. Gracias a esta compra-venta de dolor físico y emocional ella es premiada de vez en cuando con la compañía del señor Grey en modo pareja, además de innumerables regalos de lujo, entre los que se encuentran los coches de alta gama y los paseos en helicóptero.

La “película” hace especial incidencia en la relación de dominador-dominado mucho más allá del tema sexual y se recrea mostrando situaciones en las que ella aparece como una víctima de la tiranía de él, con una alegría y una naturalidad que ya quisieran para sí el ladrón del Códice Calixtino. Además, esta moderna y liberal exposición del sadismo muestra (y hasta justifica) el enfado del señor Grey si su putita se resiste a sus encantos, caso en que la acosará y perseguirá con total impunidad, porque es un chico rico y guapo y mola mogollón.

El universo femenino reflejado a través de las mujeres que pululan alrededor de la protagonista (la amiga, la madre, las empleadas de él, o las compañeras de clase de ella) no hace sino empeorar el panorama. Todas apoyan y buscan activamente la dependencia hacia los hombres, y, por supuesto, sienten envidia y admiración de que Anastasia esté con un tipo tan malote y deseable.

Además, no escatiman en escenas vomitivas, como ésa en que el señor Grey la lleva en brazos después de haberle dado de hostias, enfatizando la fragilidad de ella que aparece una y otra vez retratada como una princesita que espera paciente a que el príncipe azul venga a liberarla de su castillo, y no como una folladora nata que se lo pasa pipa jugando al sadomaso. Lo que viene siendo esclavitud mezclada con dependencia emocional hacia el líder/amo.

Con respecto al erotismo, sentir algún tipo de excitación viendo Cincuenta Sombras de Grey merece el Premio de Honor al Empalmamiento del Año, porque después de ver al Señor Grey “follando” -como él dice-, mi clítoris sufrió tal regresión que casi vuelve a su estado fetal. Desde anoche se niega a salir temeroso de que me lo lleve a ver la segunda parte.

Como tratamiento, hoy le prometí ponerle a Brad Pitt en Fight Club, y parece que empieza a asomar la cabecita.

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Si los piropos molan, bájale al pilón a tu madre

Asisto estupefacta a la indignación de mucha gente que confiesa haberse escandalizado porque Ángeles Carmona, presidenta del Observatorio Contra la Violencia de Género, quiere prohibir los piropos. “Prohibir llamarle guapas a las niñas, hasta dónde vamos a llegar”, leí estos días por las redes. Como mucha gente defiende la inocencia y hasta la belleza del piropo os voy a explicar por qué estoy completamente de acuerdo con Carmona y creo que los piropos apestan y tienen lo mismo de poesía que ese pedo echado después de un maravilloso polvo.
La semana pasada, mientras corría por el paseo del río Lérez en mi ciudad, Pontevedra, algo interfirió en mi entrenamiento. Iba haciendo running animadamente, con mis auriculares, mi música, y mis historias mentales, cuando escucho que un coche está pitando. Obviamente, pensé que no me pitaban a mí, y seguí a lo mío. Entonces, me di cuenta de que el coche que hacía sonar el claxon había aminorado la marcha y se encontraba ahora a mi altura mientras seguía pitando. Presionada por la misteriosa presencia, paré de correr y me quité los cascos porque entendí que se trataba de un conocido intentando saludarme. Pues no. Cuando me di la vuelta había cuatro imberbes berreando y vacilándome con la cabeza por fuera de las ventanillas. Los miré, suspiré, me volví a girar, me puse los cascos, y seguí corriendo. Ellos, que no captaron el mensaje, continuaron haciendo sonar la bocina detrás de mí, hasta que yo, que no había molestado a nadie, me tuve que desviar por un sendero para que esos completos desconocidos no siguiesen acosándome. Aquí tenéis las consecuencias de un piropo. No recuerdo exactamente qué me dijeron, pero no era ninguna  de esas “cosas feas” que se debaten estos días, del tipo de que me van a comer la regla a cucharadas o me van a meter el palo por el culo para hacerme sudar como un pollo. No, no, era algo bonito y dulce, algo así como “guapa”, “princesa”, “cachonda”, o “morena”, seguido de un bramido de asnos indescriptible.
¿De verdad creéis que esto debería hacerme sentir bien?
 
Si los piropos molan, bajale al pilón a tu madre
                                                                                                                                                                                                                     
Los que defienden la cultura del piropo defienden que es correcto que el cuerpo de las mujeres sea un espacio público sobre el que cualquiera tiene derecho a opinar en voz alta. No ven claro que una mujer se sienta ofendida, molestada, intimidada o incluso agredida, porque alguien la intercepte para hacerle saber que acaba de tener una erección pensando en su tanga. El piropo es, por defecto, una intromisión en la intimidad de alguien a quien no conoces, no le interesas y no tiene por qué escuchar tu opinión acerca de su físico. Punto.
A mí también me gustan los hombres guapos. En ocasiones, voy por la calle y veo a un tipo guapísimo y claro, como ser sexuado que soy, yo también pienso que tiene un polvazo. La diferencia es que yo no voy detrás de él, le toco el culo y le digo que se me acaban de saltar las gomas de las bragas. Sinceramente, no conozco a ninguna mujer que lo haga. Que sí, que alguna habrá, pero, por favor, no hagáis norma de la excepción: el emisor suelen ser uno o varios hombres y las receptoras una o varias mujeres. Y esto es así desde que Jordi Hurtado existe.
Ayer discutía con unos amigos acerca de los “límites” de los piropos, como si hubiese que poner límites a una práctica tan vergonzante y fuera de lugar en una sociedad civilizada. Que tú le digas a tu mujer, tu ligue, tu amiga, tu hermana o tu madre, lo guapa que está o el culazo que le hacen esos pantalones, se entiende perfectamente como un cumplido que haces a una persona a la que quieres o respetas y de la que se supone que tienes el permiso tácito para tomarte esas libertades. Yo halago a mis amigos, me fijo en su ropa, en su pelo y me resulta agradable que lo hagan conmigo.
 “A muchas mujeres les gustan los piropos”, leí por ahí también. Claro, a mí también me gusta que el hombre con el que estoy ligando o enrollándome me regale los oídos, me diga que soy guapísima aunque me mienta como un condenado, y en determinadas circunstancias, me susurre todas las guarradas inimaginables acerca de mi culo y mis tetas. Ahora bien, cuando un tipo que no conozco de nada o tiene una relación de poder hacia mí (caso típico del jefe) hace referencias a mi físico gratuitamente me pone en una posición violenta y desagradable que NO me apetece vivir.
Y hablo del piropo en el trabajo porque es uno de las formas más casposas de machismo que sufrimos las mujeres con cotidianeidad. Recuerdo cuando con 21 años empecé a trabajar en un periódico y me encontré con un individuo que, aunque no era directamente mi jefe, si era uno de los jefes del diario en cuestión. Un buen día me tocó hacer algo para su sección y entonces tuve que hablar con él para preguntarle qué era lo que tenía que hacer. El tipo no estaba conforme aquel día con mi vestuario, y me lo hizo saber negándome la palabra porque no le gustaba nada aquel color que yo llevaba. Me quedé de una pieza, pero él no se amilanó y decidió que no, que no hablaría conmigo dadas las circunstancias: que era supersticioso a ese color. Me dijo que, si al día siguiente necesitaba hablar con él, usase otra en mi indumentaria. Puede parecer una broma, pero desgraciadamente es verdad. Así que dejé aquel encargo y me volví a mi mesa mientras sus súbditos lloraban de risa y a mí me ardían las mejillas. Al día siguiente, vestida muy conscientemente de otro color, fui a hablar con él. Absolutamente abochornada por lo del día anterior, me acerqué a su mesa y entonces él se dignó a hablarme. Se pasó cinco minutos diciéndome lo guapa que estaba vestida mientras yo permanecía de pie, con una libreta y un boli en la mano: “hoy si que estás guapa, coño”, “mira que a veces os empeñáis en ir feas, con lo bonita que eres”. Comprenderéis que lo que a mí me apetecía en ese momento era escupirle entre ceja y ceja a ese retrasado, pero yo era la becaria y él el jefe, así que ya sabéis, a joderse.
Pero lo del trabajo va mucho más allá, porque existe también otro tipo de acoso, silencioso, que se manifiesta a través de miradas indiscretas, suspiros y comentarios al paso. En esa misma empresa (que por todo lo demás me hizo muy feliz) daba la casualidad de que la impresora estaba al final de la redacción, justo al pasar la sección de deportes. Así que cada vez que teníamos que imprimir algo, yo o mi compañera, había que levantarse para pasar por delante de los compañeros de deportes. En realidad, debíamos de ser un poco exageradas, porque nunca nos dijeron nada a la cara, pero la situación de cachondeo llegó a tal punto que acabábamos apostando entre nosotras a quién le tocaba ir para intentar zafarnos de las miradas y el murmullo de los compañeros. Habrá quien lo vea bonito, pero a mí me parece un claro síntoma del machismo y de la cosificación constante a la que estamos sometidas las mujeres en este país, sólo por acudir a nuestros puestos de trabajo como cualquier hombre que, por supuesto, nunca viven algo así.
 
 
Es difícil hacerle entender a un hombre cómo se siente una mujer cuando lleva a un desconocido tras de sí por la calle diciéndole babosadas. Es difícil hacerle ver que a todos nos gusta pasar desapercibidos y que, cuando alguien te dice algo, muchas miradas se centran en ti esperando, cruelmente, tu reacción. Es difícil incluso hacerle entender que por inocente que sea, podemos llegar a pasar miedo. Pero puedo intentarlo haciéndole pensar en su mujer, su hermana, o su hija adolescente.
 
Imaginaos a una chica de 14 años saliendo al encerado a hacer un ejercicio de matemáticas un día que lleva un pantalón apretado y un tanga. Pensad en esos niños haciendo comentarios de mal gusto que ella escuchará mientras está en el encerado. Imaginaos después a la chica en el recreo, paseando con sus amigas y teniendo que evitar lugares porque ya todo el instituto sabe que se puso tanga y es un tema de debate que merece ser expuesto en voz alta y con la interesada presente. Imaginárosla luego saliendo de tarde para quedar con su primer novio, e imaginárosla volviendo a las 11 de la noche un día de semana sola por la calle mientras un coche la sigue y alguien desde el interior le echa piropos. Imaginaos a esa chica acelerando el paso. Imaginaos que, intentando zafarse del coche, se cruza por una calle con un grupo de cuatro chicos que la interceptan y la llegan a manosear mientras le dicen lo buena que está y le preguntan por qué está solita y dónde están sus papás. Imaginaos que la chica se defiende, los manda a la mierda y sigue su camino. Imaginad a esa pandilla que hace cinco minutos la llamaba guapa llamándola ahora cerda, puta y amenazando con violarla. Imaginaos que es vuestra hija.

Cuando terminéis de imaginarlo, preguntaros si los piropos os siguen pareciendo tan buena idea.
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