Categoría: mujeres

Odio el porno moderno

Cuando tenía 12 años tuve mi primer orgasmo yo solita. Es curioso que no recuerde exactamente el día en que perdí la virginidad con mi primer novio (hubo varios intentos) pero en cambio, tenga una lucidez exacta del día en que me masturbé en el recién estrenado baño de mi habitación y aquello se me fue de las manos hasta descubrir una sensación completamente desconocida y placentera. No tenía internet y la máxima maldad que había hecho era buscar con mi mejor amiga palabras en el diccionario como “vagina” “pene”, “sexo” o “puta” que intuía una profesión súper perversa. Mis padres, como la mayoría, no me hablaban de sexo. Y menos de masturbación. Y menos a los 12 años. Pero la realidad es que una nace con coño y como es suyo, se lo toca (o eso debería hacer). Por supuesto, no sabía qué hacía, sólo que me gustaba. Tampoco era la primera vez que le daba a la lámpara mágica, pero sí la primera en que tuve la suficiente paciencia para que se me apareciese Aladín con todo su séquito.

Después de correrme con la luz apagada y la puerta cerrada bajo llave –conteniendo la respiración y rezando para que ni mi madre ni mis hermanos vociferasen mi nombre al otro lado-, me quedé mirando el techo del baño: había pegado estrellitas fluorescentes que venían en el Colacao (¿o era Nesquik?) y que formaban constelaciones en la oscuridad. A pesar de ser horribles y estar colocadas sin ningún criterio astronómico, aquel día me parecieron preciosas y llenas de un significado simbólico: había tocado el cielo por primera vez. Después del subidón, vino el bajón, y me sentí enferma y desviada por lo que acababa de hacer. Tenía la sensación de que aquello no estaba bien. La represión sexual que sufrimos las mujeres desde la infancia se manifiesta en nuestra relación con nuestros propios cuerpos: sabemos que tocarnos está mal. Así que no le comenté a ninguna amiga el delito que acababa de cometer. Volví al cole, a las Barbies y a mandar notitas al chico que me gustaba para preguntarle si venía conmigo a montar en bici. Sin embargo, desde aquel día, no pude dejar de hacerlo de manera casi compulsiva –descubrí el chorro de la ducha-, y vinieron muchas otras veces en que me quedé mirando las estrellitas fluorescentes del baño de mi habitación mientras me mordía la mano para evitar pegar un grito.

Cuando me hice adulta descubrí que la masturbación en la infancia y preadolescencia es algo completamente normal, que forma del desarrollo y la madurez sexual de la mujer (y de los hombres, que curiosamente empiezan un poco más tarde a tocarse los genitales) y que la horquilla para la primera vez con una misma se sitúa entre los 12 y los 14 años. Supongo que fui adelantada en el interés hacia el sexo. Pero eso es algo que ya no me sorprende en absoluto.

También por aquella época se estrenó Titanic, la película de moda entre las niñas de mi edad, completamente enamoradas de Leonardo Dicaprio. Mis padres me compraron la cinta en el Continente cuando salió en VHS y no se podrían ni imaginar la cantidad indecorosa de veces que su hija pequeña rebobinó la cinta, para repasar la escena en que los protagonistas hacen el amor en el coche. Ver a Rose chupándole las yemas de los dedos a Jack y las manos de la primera escurriéndose contra el cristal empañado, es uno de los primeros recuerdos de excitación sexual inducida que tengo. Vamos, que me puso muy tonta. Desde aquel momento, Kate Winslet pasó a convertirse en en mi actriz preferida de todos los tiempos, algo que curiosamente, se afianzó con los años. El criterio de selección no sería el más refinado, pero no podéis negar que no haya escogido bien.

titanic sex hand

El recuerdo de aquella escena como lo MÁS EXCITANTE QUE HABÍA VISTO JAMÁS, me hizo repasarla para escribir este artículo. No se ve nada, apenas se intuye un trocito de pezón de Kate Winslet, y la espalda de Leonardo Dicaprio. No hay cuerpos desnudos, ni pollas erectas, ni violencia sexual, de hecho, es una escena completamente cursi y blanca, apta para todos los públicos y con un polvo que intuimos por el sudor de los amantes al acabar la elipsis que manda al espectador fuera del coche y que lo devuelve al interior, cuando ya han acabado. La escena es una de las más conocidas del cine comercial contemporáneo. James Cameron no pretendía hacer una escena porno, pero sí una escena erótica, y para ello optó por lo que Billy Wilder aprendió de su maestro, Ernst Lubitsch , “hacer más con una puerta cerrada, que con una bragueta abierta”. No vamos a mentar aquí 50 Sombras de Grey.

Además de Rose y de Jack en aquel coche, no os imagináis la de veces que me tuve que tocar después de leer los relatos del Súper Pop titulados “Mi primera vez” o “Mi gran historia de Amor” que narraban las épicas aventuras de chicas súpernenamoradas la primera (y sangrante) vez que lo hacían con su novio. Cuando me aburrí, me pasé al Nuevo Vale, que incluía otros artículos más “hardcore” que hablaban directamente sobre sexo, petting, felaciones y masturbación, que compraba a escondidas al salir de gimnasia rítmica, y escondía entre los apuntes de Religión de la carpeta del colegio. Sí, siempre fui una hija de puta.

Así, que mi imaginario mental de la erótica y la sexualidad, fue construido sobre artículos escritos por redactoras treintañeras con ganas de tomar el pelo a adolescentes asustadas, los rollos de Al Salir de Clase, Quimi y Valle en Compañeros, las conversaciones con amigos más mayores que ya lo habían hecho –y que incluían, de nuevo, sangre- y la pura experimentación de campo. Llegué al sexo, como la mayor parte de la gente de mi generación, sabiendo claramente lo que era un orgasmo o en qué consistía follar, pero sin haber visto jamás una polla delante. La primera vez que metí las manos debajo del calzoncillo de un chico para tocarle el pito, tenía 16 años y ni la más remota idea de anatomía masculina. Cuando le pregunté si le gustaba, me aclaró que lo que tenía entre las manos era un huevo, y no su polla.

El primer recuerdo de cine porno que tengo –aparte del codificado de Canal Plus cuando era pequeña- eran las pelis que echaban a horas intempestivas en Telesalnés (la televisión local de mi pequeña comarca pontevedresa) y que veía a ráfagas y sin volumen porque 1)compartía sala con mis hermanos y era raro que estuviese sola 2) mis padres dormían en la habitación de al lado. Así que cuando pude ver una peli porno entera ya estaba en la universidad, en Santiago, y fue también en una cadena local que echaba porno cutre a las tantas de la madrugada, mi hora preferida para estudiar. Todo el mundo sabe que la audiencia de las teles locales subía como la espuma a partir de las 2 de la madrugada.

Esto quiere decir que consumí pornografía cuando ya había tenido sexo real con mi pareja y era mayor de edad. Recuerdo una ocasión, con 17 años, en que nos atrevimos a ver juntos Lucía y el Sexo y no pudimos terminarla de lo cachondos que nos pusimos (la calidad del cine no importaba mucho, ver sexo en una pantalla era muy excitante para dos adolescentes). Sin embargo, los niños y adolecentes de hoy adquieren su educación sexual del porno antes de tener ninguna experiencia de carne y hueso. En concreto, del porno duro, ése que se dispensa en internet gratuita y confidencialmente y que, obviamente, es un caramelo que ningún adolescente en su sano juicio e híper-hormonado, podría rechazar. Si en mi época todos hubiésemos tenido internet con banda ancha, os aseguro que le iban a dar mucho al torso desnudo y peludo de Quimi sobre Valle debajo de unas sábanas que nunca jamás dejaban ver nada, y, sobre todo, al hermano pequeño de ella que siempre aparecía para interrumpir cuando estaban a punto de echar un polvo. Maldito Lolo.

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La adolescencia es una época de plena eclosión sexual en donde se multiplica la curiosidad por el sexo. Yo me tenía que conformar recreándome con lo que María Asunción, de 16 años, escribía al Súper Pop al día siguiente en que su novio le bajase las bragas por primera vez en el baño del instituto. Me llevaba mi tiempo pero me lo pasaba pipa, imaginándome que ya era mayor y tenía un novio que notengoniideacómo me hacía el amor (salida sí, romántica siempre). Me imaginaba muchos besos y caricias, besos con lengua, húmedos, besos en la barriga, besos en las tetas, pensaba una y otra vez sobre el momento en que me metiesen la mano por debajo de las bragas para tocarme el culo, y si me imaginaba que me tocaban la vulva, ya me daba para excitarme bastante más que a día de hoy viendo una orgía de 20 penetraciones.

La influencia del consumo compulsivo de porno está haciendo estragos en la sexualidad. Nos cuesta muchísimo más excitarnos. Haber pasado del esfuerzo mental que suponía tener que recrear tu propia película al clic de video en video, con imágenes cada vez más salvajes –e irreales-, no puede ser positivo para la imaginación. El orgasmo, antes que en la piel, ocurre en el cerebro. Está demostrado que el consumo de porno en exceso atrofia nuestro umbral de excitación. La pornografía moderna está llena de violencia, prácticas extremas como el fisting, el sadomasoquismo hard, pises y fluidos variados, y agujeros inmensos se aparecen en nuestras pantallas como si la dilatación de vaginas y anos ocurriese automáticamente cuando un señor con un pene de 25 centímetros te llama zorra mientras te escupe en el suelo.

El consumo de porno no va a parar. Se trata de una de las industrias -junto a la prostitución y a las drogas- que más dinero mueve en el mundo. Y se calcula que cada segundo del día hay una media de 30.000 usuarios consultando porno online sólo en Estados Unidos, que generan, a su vez, 3000 dólares por segundo. Un tercio de los usuarios, son mujeres. Y cada vez más gente consume porno en el trabajo. En total, el porno representa un 30% del tráfico de datos en internet. A pesar de ello, el porno no debería ser un problema en los adultos, que, con cierta madurez sexual alcanzada, se pueden permitir el lujo de pasarse un ratito sacudiéndosela como monos esquizofrénicos delante de una pantalla, porque se supone que saben (sabemos) diferenciar lo que es el sexo de verdad de la pornografía.

El dilema está en el acceso libre de los menores de edad a la pornografía online. Según la investigadora Alexandra Katehakis, directora del Center for Healthy Sex de Los Ángeles, el porno ya es la fuente primaria de educación sexual en la mayoría de los adolescentes y niños. Según otro estudio realizado en España, “la mitad de los menores de edad han visto pornografía en internet, y un cuatro por ciento de los menores de 11 años han recibido contenidos sexuales en su móvil”. Las consecuencias del consumo de pornografía entre los adolescentes están siendo desastrosas. La plasticidad neuronal y la maleabilidad cerebral propia de la etapa adolescente provoca que el cerebro, aún en desarrollo, se amolde a las actitudes y escenas que está observando. Ya hay datos preocupantes sobre eyaculación precoz, disfunción eréctil y erecciones lentas en menores de veinte años. La media de duración de los usuarios en estas páginas es de poco más de 15 minutos, tiempo en el que probablemente un chico (varón) ya se haya corrido dos veces. Las chicas y chicos de 14 años ven vaginas lampiñas, estiradas, y lustrosas, con labios esculpidos a golpe de bisturí y que se parecen más a lo que tiene entre las piernas el Nenuco de mi sobrina que a un coño humano. Culos blanqueados. Penes más grandes y erectos que mi brazo. Supuestas eyaculaciones femeninas a chorro (squirting) que en realidad son orina. No tienen ni más remota idea de que el sexo huele, sabe y se siente. Y que quince minutos era el tiempo mínimo que necesitaba cualquier chico para desabrocharte el sujetador y llegar a tus bragas. Encontrar el clítoris podía dilatarse horas (y vaya si se dilataba). Aunque nos parezca mentira, nosotros sabíamos bastante más de sexo que los adolescentes de ahora.

Por todo esto, aquí empieza mi cruzada antiporno. Para empezar, anoche desconecté el wifi y le pedí disculpas al chorro de la ducha (necesitaba un baño, lo juro).

La cuestión mística

*Místico, ca. Adj. Que incluye misterio o razón oculta. Perteneciente a la mística. Que se dedica a la vida espiritual.

Hay una cuestión mística que envuelve las relaciones de pareja y que pasada cierta edad sin “resolver” se convierte en eso que los ingleses llaman the elephant in the room: una verdad evidente, conscientemente ignorada para evitar ser discutida.

El elefante gigante que se sienta en nuestros pies e insiste en llamar nuestra atención mientras soportamos sus seis toneladas de peso apretando los dientes y mirando hacia otro lado, no es ni más ni menos que la maternidad y/o la paternidad.

La realidad es la que es. Las mujeres españolas hemos retrasado hasta diez años la edad para tener nuestro primer hijo en relación a la generación anterior, la de nuestras madres. Unos 5 años de media en 25 años. Por supuesto, también hemos reducido la cantidad de alumbramientos por fémina y ahora mismo estamos en 1,32 hijos por vagina: lo que viene siendo un hijo y un gato, un hijo y dos perros, o un hijo y un marido del PP o Ciudadanos (si fuese de UPyD ya nos pasaríamos de dos hijos y romperíamos la media, pero las estadísticas dicen que de esos cada vez quedan menos y por eso seguimos en el 1,32).

Las razones que esgrimen los expertos (para todo hay expertos y para saber por qué no parimos hasta los 32, también) son conocidas: falta de empleo, empleo a tiempo completo para ambos miembros de la pareja, sueldos precarios –sobre todo para nosotras-, movilidad laboral, inestabilidad conyugal, nefastas ayudas públicas a la procreación y mantenimiento de la criatura. Comparto todos estos motivos y añado otros: la gente ya no necesita casarse para independizarse, ni tiene hijos a granel (hola anticonceptivos), la gente se casa y tiene hijos controladamente para crear un vínculo de dependencia con algo que no sean sus padres, sus amigos, y el Candy Crush Saga.

Además, mi generación, instalada en la precariedad perpetua, ha aprendido a vivir al día y dentro de ese vivir al límite no solo están la desesperación y el cabreo general, también hemos encontrado el paraíso de la vida con pocas complicaciones, y es difícil abandonar el paraíso sin una razón de peso (de 9 a 15 kilos por embarazo, es peso suficiente). La mayoría de nuestros padres se lanzaron a la paternidad como a una piscina sin agua, nosotros, en cambio, necesitamos agua, flotadores, manguitos y un socorrista a 10 metros. Somos menos intrépidos en esto de traer hijos al mundo pero, por supuesto, también mucho más exigentes. Los nuevos padres se empeñan ahora en ser una especie de Bill Gates: ricos, intelectuales, comprometidos (pero ricos, tan ricos como para regalar lo que les sobra), y se preocupan por criar al retoño en un ambiente plurilingüe a la vez que rural, porque el contacto con la madre tierra es imprescindible para el buen desarrollo de las capacidades cognitivas del retoño. No dejan margen para la improvisación. Seguramente muchos de vosotros, como yo, seáis fruto de accidentes e improvisación, la fecundación como resultado del método científico de ensayo y error. Dado que yo soy la última de los tres hijos de mis padres, intuyo que los dos errores vinieron antes.

madremebarazada
Mamá, siempre quitándome peso de encima.

Y luego está twitter. Eso no lo dicen en ningún estudio oficial pero lo digo yo. Las redes sociales han hecho tanto daño a las relaciones de pareja que cualquiera se anima a tener un hijo con alguien que casi seguro buscará a otra alma con quién “confesarse” una noche de aburrimiento. Y de la paja al polvo, un pasito. Bendito el mundo analógico en que las despedidas de solteros y solteras eran el día del año en que todos sabíamos que nos la podían meter doblada. Ahora ya ni bodas tenemos: interné, interné, interné y la gente de interné. Liga por internet. Ten sexo por internet. Cásate por internet. Y divórciate en un juzgado abarrotado que tardará cinco años en resolver la separación. (Mientras tanto, mira cómo tu ex rehace su vida. Por internet).

Internet y las redes sociales influyen en el descenso de la natalidad, porque el hecho de que la gente crea que puede cambiar de pareja con mucha más facilidad que antes –nunca fue tan sencillo y cómodo conocer gente y contar nuestra épica e interesante vida por chat-, nos mantiene a todos en estados infantiloides durante más tiempo. Nunca se deja de ligar. Y así, los 30 son los nuevos 20. Los 20 son los nuevos 10. Y los 40, los 15. Internet está abarrotado de cuarentones en la edad del pavo. Cuarentones ligándose a veinteañeras en una especie de fiesta Erasmus non-stop. Y la típica frase de “yo es que no me siento de mi edad” se escucha ahora hasta en los clubs de jubilados. (No hace falta que aclaréis que nos os sentís de vuestra edad, se os nota).

Y con este panorama tan divertido –divertido lo es, un rato- llegamos las mujeres a esa edad en que lo de tener hijos ya empieza a ser una cuestión transversal en las conversaciones referidas al otro sexo. No es capricho, es una cuestión biológica. Vivimos muchos más años, pero la edad fértil no se ha incrementado significativamente en las tres últimas décadas, y cada vez hay más problemas de infertilidad derivados, principalmente, del retraso en la edad de la concepción. Yo soy feminista, pero la biología es machista. Lo siento, queridas.

Y entre las que no quieren tener hijos de ninguna manera, están las que lo quieren tener cuánto antes y sin plantearse ni muy bien con quién (ojocuidado), y las que pretenden salvar su relación a la deriva embarazándose (una estrategia muy inteligente que, por supuesto, también participa de hombres a la deriva), están las que esperan a que sea él el que decida lo que más le agrada (y fumando espero, ya si eso), las que esperan de un consenso con su pareja que consensue, obviamente, lo que nosotras queremos, y las que prefieren no tomar ninguna decisión al respecto porque para decidir cosas a día de hoy ya tenemos al Spotify y la puta publicidad personalizada de Google.

Creo que muchas mujeres de mi generación (que hemos buscado la independencia laboral, económica y emocional) estamos entre los dos últimos grupos: no tenemos ni puta idea de si queremos o no queremos ser madres y, en todo caso, lo decidiremos cuando estemos en pareja. Y cuando estamos en pareja –e incluso antes- la cuestión mística aparece. Como por arte de magia. Por eso sé que me he hecho mayor. No porque se me empiecen a dibujar las patas de gallo sin forzar la sonrisa–y me ofrezcan cremas “para esas marquitas” tocándome la cara sin rubor-, no porque ya no me pidan el carnet más que para pasar la tarjeta de crédito, tampoco porque mi madre se empeñe en repetirme una y otra vez eso de “yo a tu edad….” (pongan aquí marido, hijos, casa, y una falta absoluta de conciencia y vestidos de cabaretera en el armario). No. Me hago mayor porque la cuestión mística ME PERSIGUE.

kurtcourtneybebe. La cuestión mística
¿Hijo, qué hijo? Yo no veo ningún hijo.

Pongamos un ejemplo anónimo. La mujer D ha tenido dos relaciones largas y estables con menos de 30 años. En la primera, era demasiado joven y tenía pocas ganas de comprometerse. Nadie sensato tiene hijos con su primer amor (por favor, abstenerse románticos, que ayer vi una película de Ryan Gosling). En la segunda, todo iba bien, era joven -pero no demasiado-, pasó el tiempo suficiente para no hacer cosas a lo loco, pero la relación salió mal. Sumando ambas relaciones, la mujer D ha pasado diez años de su vida en pareja. La mujer D piensa ahora que la palabra definitivo es una estrategia del gobierno para hacernos creer que no volverá a subir los impuestos o algo que emplean los médicos como adjetivo de terminal “-tienes un cáncer –¿voy a morir, doctor? –es definitivo-” *

Hasta hace pocos años cuando empezaba una relación, hablaba con mi pareja de las cosas cuquis que nos gustaría hacer juntos: que si un spa cuando acabe el curso, que si un viaje al terminar la carrera, que si irnos de acampada y hacer el amor bajo la luz de la luna y sobre una cama de rastrojos y piedras porque somos jóvenes y el lumbago es para los mayores de 30. Que si un concierto de rock, que si nuestro primer trabajo, que si nos vamos a vivir juntos, que sí, que no, que caiga un chaparrón. Pero ya no. Ahora casi empiezas con alguien y por haches o por bés la puta cuestión mística estalla de un momento a otro: “¿tú quieres tener hijos?” Así, pum, sin vaselina.

Pero es que si el tema no se habla, mal también. Ves el elefante en todas partes, como si te tomases el tripi de la maternidad. Y mucho peor cuando tus amigas se empiezan a embarazar o están en proceso de, que ya no sabes si es un elefante o un tyrannosaurus rex lo que te persigue.

Por más que os empeñéis en obviarla, la cuestión mística nunca desaparece. Es como Esperanza Aguirre, cuando la creías al borde de la muerte con un cáncer definitivo, se te presenta a alcaldesa.

 

*Humor negro perseguido por el gobierno del PP y denunciable a la Fiscalía. Ah no, que los enfermos de oncología, no entran en la lista de chistes prohibidos.

Nuestros coños, sus votos

España es ese lugar en donde desde hace algún tiempo se ha cambiado el sentido de las agujas del reloj y Cuéntame cómo Pasó es ahora un reality contemporáneo en el que los derechos sociales no se conquistan, sino que se pierden cada día ante el cansancio de los que están demasiado ocupados buscándose el pan y el pasmo de los que creíamos que hay cosas que de sagradas, no se tocan.

Nuestros coños son sagrados, aunque vuestra Biblia se haya olvidado de ellos.

Con el Partido Popular en la Moncloa podemos enseñar a nuestros hijos cómo son y cómo funcionan los gobernantes sádicos y sin escrúpulos de la era del plasma y el mundo 3.0. Tenemos planes educativos que no educan, pero atormentan. La moral católica ensalzando la culpa y pervirtiendo el significado de la palabra ética. Y machistas, misóginos, y cerdos ignorantes que legislan hoy sobre el cuerpo y el destino de las mujeres, olvidando que somos la mitad y que nos sobran agallas para echarlos. Pobres hombres que os escondéis detrás de una cobarde votación parlamentaria; aunque algunos parezcáis mujeres, no lo sois. No merecéis serlo.

Nuestros coños, sus votos

La absurda e innecesaria ley a la que pretendéis someter a las jóvenes de 16 y 17 años para que informen a sus padres o tutores en caso de querer abortar, no está avalada por justificación médica, ética o económica alguna. En España, casi 9 de cada 10 de esas chicas ya informan a sus padres para interrumpir un embarazo no deseado sin que nadie las obligue. El 13 por ciento restante, no lo hace porque vive situaciones de violencia familiar, desarraigo y puro miedo. No lo hacen porque hacerlo complicaría todavía más su precaria situación. Gracias por no protegerlas.

Obligarlas a tener que enfrentarse a una situación que pone en riesgo su salud física y emocional y que compromete su futuro de por vida, no tiene otra definición que la de hijoputismo y machismo apestoso. Cito textualmente el comunicado del Movimiento Feminista de Madrid que comparto al cien por cien: “La implantación de esta contrarreforma supondría el incumplimiento de los tratados internacionales que España ha firmado y ratificado y que obligan a los gobiernos a garantizar la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres”. El aborto y la protección de la infancia todavía son derechos en esta república del terror que queréis imponer.

En lugar de prevenir este tipo de embarazos con planes de educación sexual y proteger a las chicas que quieran abortar para que lo hagan en las condiciones sanitarias y emocionales seguras, el Gobierno del PP nos sorprende una vez más y promueve (música de trompetas) la maternidad low cost. Se trata de una modalidad de maternidad que los expertos consideran peligrosa para la madre, el hijo y el conjunto de la sociedad, pero que hace ganar unos miles de votos de la ultraderecha católica que mantiene al Partido Popular cómodamente asentado en su mayoría absoluta, mientras la izquierda de este país se divide como las cuentas bancarias de Rodrigo Rato, y la Iglesia mantiene sus privilegios medievales.

Estadísticamente, está demostrado que los hijos nacidos de madres adolescentes aumentan sus posibilidades de padecer enfermedades físicas y mentales por el desarrollo incompleto de la madre (mayor riesgo de muerte intrauterina, bajo peso, prematuridad, mayor incidencia de enfermedades cardiológicas, mayor riesgo de sufrir accidentes por una falta de cuidados adecuada), multiplican las probabilidades de fracasar en la escuela y de ser excluidos socialmente y de convertirse en padres adolescentes como sus progenitores, y, tanto ellos, como sus jóvenes madres, corren el riesgo de entrar en una espiral interminable de pobreza. Exigir la autorización de los padres puede aumentar el estrés, la depresión, los intentos suicidas, el retraso y las complicaciones en el aborto y el florecimiento de abortos ilegales. La muerte materna durante el parto en menores de 18 años es hasta cinco veces mayor que en el caso de las adultas. Por no hablar de los casos de placenta previa, hipertensión, anemia grave, rotura prematura de aguas y una mayor dificultad en el parto.

Que me disculpen los policías de la moral pero no veo absolutamente ningún beneficio social en el incremento de la maternidad en adolescentes. Ni uno solo. Promover (sí, obstaculizar los abortos deseados, es lo mismo que promover los embarazos no deseados) la maternidad en chicas que no están formadas física ni intelectualmente es una falta de responsabilidad y una trasgresión a los derechos de confidencialidad y autonomía que viola los principios bioéticos más elementales. De hecho, permitir que las adolescentes tengan hijos –aún siendo deseados- me parece bastante más peligroso que lo contrario. Llamadme asesina, pero yo también tuve 16 años. Lo que una chica piensa a los 16 ó 17 años está directamente relacionado con la crisis propia de la edad, el torbellino de hormonas que recorren su cuerpo, los amores eternos que duran dos meses, la aceptación social, la necesidad de sentirse importante o de tener alguien a quien querer, las idealizaciones constantes, las etapas depresivas y las ganas de llamar la atención. Se llama adolescencia y, creedme, no es el mejor momento para ser madre.

pregnant

Las madres adolescentes que conozco han tenido una vida de mierda. Antes de que alguien me cuelgue le video de la maravillosa vida de la niña-madre, os voy a contar lo que yo vi con mis ojos. Una compañera de colegio se quedó embarazada a los 15 años y a los 17, ya tenía dos hijos, de padres diferentes. Abandonó los estudios antes de llegar al instituto y consumía drogas embarazada. Mientras yo me debatía entre pintarme el pelo de rosa o de morado, ella buscaba trabajo de camarera en algún pub para mantener a sus hijos. Otra chica del colegio también tenía dos hijos cuando le perdí la pista, hará unos diez años. Los criaba sola con ayuda de su madre, porque el padre no se hizo responsable. Empezó a trabajar en el negocio familiar, cuando yo todavía estaba en el instituto. La última madre adolescente a la que conocí, sí estaba con el padre de su hijo, que la maltrataba. En mi primer año de universidad, cuando me preocupaba por no dejar asignaturas para septiembre que me fastidiasen el verano y preparaba el trabajo de fin de curso entre salidas y fiestas de Erasmus, ella lloraba porque su pareja le pegaba y no podía dejarlo: no tenía cómo mantener a su hijo y no quería volver a casa de sus padres para que no la viesen como una fracasada. Sé que después de dejarlo varias veces con aquel energúmeno, finalmente, se casó. Esta semana volví a cruzármela, y, al menos, tiene un hijo más: salía de la guardería. Ser madre adolescente multiplica las posibilidades de tener varios hijos. La pobreza llama a la pobreza.

¿Y qué pasa con los chicos? ¿Quién les exige a ellos que informen a sus padres de que han dejado embarazada a una chica? ¿Son ellos conscientes de las consecuencias de sus actos cuando deciden tener sexo sin protección? ¿Alguien tiene en cuenta las presiones –para tener un hijo o para abortar- a las que someten a sus parejas? La realidad es que tener pene los libra de cualquier tipo de responsabilidad ante la Ley, sus padres y Dios. Me temo que la insolvencia a la que se acogerán en caso de reconocer a sus hijos, les evitará tener que hacerse también cargo de ellos si les sale de los cojones. Ellos podrán seguir con sus estudios y sus nuevas novias, mientras la chica a la que han embarazado hipoteca su futuro por un hijo no deseado que un gobierno inútil le obliga a tener. Bienaventurados los que creéis que el Partido Popular promueve la igualdad porque vuestro será el reino de la imbecilidad eterna.

Las mujeres estamos hartas de tutores y padres de la moral, hartas de pedir perdón, hartas de agachar la cabeza y sentir vergüenza, hartas de escondernos para complacer a los demás. Hartas de cargar con el castigo, hartas de no poder disponer de nuestros cuerpos y hartas, muy hartas, de que legisladores insensatos jueguen con nuestras libertades por un puñado de votos.

Dejad de meteros en nuestros coños, porque aparte de parir, también saben ir a las urnas.

Enfadada e Indignada defiende sus derechos

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