Categoría: mujeres

El drama del yogurín contemporáneo

Las mujeres, hijas del patriarcado –también las feministas-, tenemos la manía de juntarnos con hombres más mayores porque vemos en ellos ese halo de experiencia y poder (económico, social) que no encontramos en uno más joven que nosotras. La estabilidad y el cuidado de la cueva y de la prole, parece más posible en un maromo de edad respetable –supuestamente asentado- que en un alegre pimpollo. La búsqueda de un cierto referente paterno, como hombre que nos enseña, cuida y protege, también está detrás de la normalización de parejas de edades diferentes en que lo normal es, precisamente, que el mayor sea el varón.

Esta tendencia, lejos que desaparecer como un claro vestigio machista de tiempo pasados, sigue tan a la moda como la ropa interior negra. Las parejas populares y respetables reflejan la norma: mujer joven y bella pegada a madurito “interesante”–otra cosa que había que ver es por qué dan el carnet de interesante a todo hombre en cuanto cumple los 40-. Las relaciones conformadas por mujeres más mayores, son señaladas demasiado a menudo por ridículas o extravagantes. La dictadura de la eterna juventud a la que se nos somete a las mujeres también está detrás de esa predilección de los hombres por señoritas que podrían ser sus hijas. Una mujer joven representa para ellos la fertilidad, el sexo, la pasión y también el poder –de conseguir lo que quieren-; un hombre mayor parece sinónimo de saber estar, seguridad y prudencia; aunque no sean siempre ni los más maduros, ni prudentes, y la experiencia sea una simple consecuencia de los años vividos.

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Pareja normal: Johnny Deep y Amber Rose (23 años de diferencia)
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Pareja ridícula: Cayetana de Alba y Alfonso Díez (26 años de diferencia)

El principal afectado por esta tendencia es el yogurín, el hombre joven, que lo tiene mucho más difícil para ligar con sus contemporáneas si se aparece un madurito interesante en medio. Muchas mujeres mayores (aunque sean ridículamente mayores) verán en él, indefectiblemente, a un niño de teta. Las mujeres tenemos bastante complejo en ser la mayor de la relación, no se nos ha educado para vernos viejas. En primer lugar, es un ataque a nuestro ego sexual, aunque seamos mucho más atractivas que nuestra pareja, ser la mayor, pensamos en nuestro fuero interno, nos quita follabilidad: en cualquier momento puede venir otra más joven. ¿Qué les pasa a los chicos? Que temen que nos enamoremos del profe o de su hermano mayor en una breve salida al supermercado.

La obsesión es ridícula. Tengo amigas que en cuanto se enteran de que el chico con el que se han enrollado tiene tres años menos que ellas, montan un drama como si hubieran violado al hijo de su mejor amiga a la salida de Párvulos. En cuanto nos gusta un chico que nos parece joven vamos exigiendo la edad (a veces con documentos legales) y no nos cortamos en descartarlos por esta cuestión, aunque nos pongan los bajos dando palmitas. Los chicos jóvenes que mantienen un affaire con un mujer más mayor intentan mentir u ocultar su edad para no verse desmerecidos. Tengo un amigo cuyo ligue –chica siete años mayor- le confesó sentirse muy preocupada por la diferencia de edad.

Hay chicos jóvenes atraídos por mujeres INTERESANTES, a los que obligamos a permanecer en stand by hasta que cumplen los 30, y puedan así conquistar a chicas más jóvenes que se sientan atraídas por su experiencia. Al mismo tiempo, los hombres mayores que nos intentan conquistar con su perorata y su experiencia se afanan en cuidarse y nunca jamás, nunca jamás “se sienten de su edad”. El mundo al revés.

Es probable que los hombres mayores, en general, sean más maduros que los jóvenes. Exactamente lo mismo que nos pasa a las mujeres. Pero esto no quiere decir que no pueda haber hombres más jóvenes que nosotras, que sean maduros y nos resulten interesantes.  Del mismo modo, ni todos los maduritos son interesantes, aunque debería ser una exigencia -es asombrosa la cantidad de críos que rondan los 40-. Cuando nos toque ser la mayor de la relación, deberíamos aprovechar para iluminar con nuestras experiencias a ese joven incauto que ha venido a meterse en nuestras camas y que tiene una larga y dura vida sexual por delante.

Con la mayor tasa de paro juvenil de toda Europa, es el momento de que las mujeres españolas les demos una oportunidad a nuestros jóvenes. Y a su cándida inocencia.

Odio el porno moderno

Cuando tenía 12 años tuve mi primer orgasmo yo solita. Es curioso que no recuerde exactamente el día en que perdí la virginidad con mi primer novio (hubo varios intentos) pero en cambio, tenga una lucidez exacta del día en que me masturbé en el recién estrenado baño de mi habitación y aquello se me fue de las manos hasta descubrir una sensación completamente desconocida y placentera. No tenía internet y la máxima maldad que había hecho era buscar con mi mejor amiga palabras en el diccionario como “vagina” “pene”, “sexo” o “puta” que intuía una profesión súper perversa. Mis padres, como la mayoría, no me hablaban de sexo. Y menos de masturbación. Y menos a los 12 años. Pero la realidad es que una nace con coño y como es suyo, se lo toca (o eso debería hacer). Por supuesto, no sabía qué hacía, sólo que me gustaba. Tampoco era la primera vez que le daba a la lámpara mágica, pero sí la primera en que tuve la suficiente paciencia para que se me apareciese Aladín con todo su séquito.

Después de correrme con la luz apagada y la puerta cerrada bajo llave –conteniendo la respiración y rezando para que ni mi madre ni mis hermanos vociferasen mi nombre al otro lado-, me quedé mirando el techo del baño: había pegado estrellitas fluorescentes que venían en el Colacao (¿o era Nesquik?) y que formaban constelaciones en la oscuridad. A pesar de ser horribles y estar colocadas sin ningún criterio astronómico, aquel día me parecieron preciosas y llenas de un significado simbólico: había tocado el cielo por primera vez. Después del subidón, vino el bajón, y me sentí enferma y desviada por lo que acababa de hacer. Tenía la sensación de que aquello no estaba bien. La represión sexual que sufrimos las mujeres desde la infancia se manifiesta en nuestra relación con nuestros propios cuerpos: sabemos que tocarnos está mal. Así que no le comenté a ninguna amiga el delito que acababa de cometer. Volví al cole, a las Barbies y a mandar notitas al chico que me gustaba para preguntarle si venía conmigo a montar en bici. Sin embargo, desde aquel día, no pude dejar de hacerlo de manera casi compulsiva –descubrí el chorro de la ducha-, y vinieron muchas otras veces en que me quedé mirando las estrellitas fluorescentes del baño de mi habitación mientras me mordía la mano para evitar pegar un grito.

Cuando me hice adulta descubrí que la masturbación en la infancia y preadolescencia es algo completamente normal, que forma del desarrollo y la madurez sexual de la mujer (y de los hombres, que curiosamente empiezan un poco más tarde a tocarse los genitales) y que la horquilla para la primera vez con una misma se sitúa entre los 12 y los 14 años. Supongo que fui adelantada en el interés hacia el sexo. Pero eso es algo que ya no me sorprende en absoluto.

También por aquella época se estrenó Titanic, la película de moda entre las niñas de mi edad, completamente enamoradas de Leonardo Dicaprio. Mis padres me compraron la cinta en el Continente cuando salió en VHS y no se podrían ni imaginar la cantidad indecorosa de veces que su hija pequeña rebobinó la cinta, para repasar la escena en que los protagonistas hacen el amor en el coche. Ver a Rose chupándole las yemas de los dedos a Jack y las manos de la primera escurriéndose contra el cristal empañado, es uno de los primeros recuerdos de excitación sexual inducida que tengo. Vamos, que me puso muy tonta. Desde aquel momento, Kate Winslet pasó a convertirse en en mi actriz preferida de todos los tiempos, algo que curiosamente, se afianzó con los años. El criterio de selección no sería el más refinado, pero no podéis negar que no haya escogido bien.

titanic sex hand

El recuerdo de aquella escena como lo MÁS EXCITANTE QUE HABÍA VISTO JAMÁS, me hizo repasarla para escribir este artículo. No se ve nada, apenas se intuye un trocito de pezón de Kate Winslet, y la espalda de Leonardo Dicaprio. No hay cuerpos desnudos, ni pollas erectas, ni violencia sexual, de hecho, es una escena completamente cursi y blanca, apta para todos los públicos y con un polvo que intuimos por el sudor de los amantes al acabar la elipsis que manda al espectador fuera del coche y que lo devuelve al interior, cuando ya han acabado. La escena es una de las más conocidas del cine comercial contemporáneo. James Cameron no pretendía hacer una escena porno, pero sí una escena erótica, y para ello optó por lo que Billy Wilder aprendió de su maestro, Ernst Lubitsch , “hacer más con una puerta cerrada, que con una bragueta abierta”. No vamos a mentar aquí 50 Sombras de Grey.

Además de Rose y de Jack en aquel coche, no os imagináis la de veces que me tuve que tocar después de leer los relatos del Súper Pop titulados “Mi primera vez” o “Mi gran historia de Amor” que narraban las épicas aventuras de chicas súpernenamoradas la primera (y sangrante) vez que lo hacían con su novio. Cuando me aburrí, me pasé al Nuevo Vale, que incluía otros artículos más “hardcore” que hablaban directamente sobre sexo, petting, felaciones y masturbación, que compraba a escondidas al salir de gimnasia rítmica, y escondía entre los apuntes de Religión de la carpeta del colegio. Sí, siempre fui una hija de puta.

Así, que mi imaginario mental de la erótica y la sexualidad, fue construido sobre artículos escritos por redactoras treintañeras con ganas de tomar el pelo a adolescentes asustadas, los rollos de Al Salir de Clase, Quimi y Valle en Compañeros, las conversaciones con amigos más mayores que ya lo habían hecho –y que incluían, de nuevo, sangre- y la pura experimentación de campo. Llegué al sexo, como la mayor parte de la gente de mi generación, sabiendo claramente lo que era un orgasmo o en qué consistía follar, pero sin haber visto jamás una polla delante. La primera vez que metí las manos debajo del calzoncillo de un chico para tocarle el pito, tenía 16 años y ni la más remota idea de anatomía masculina. Cuando le pregunté si le gustaba, me aclaró que lo que tenía entre las manos era un huevo, y no su polla.

El primer recuerdo de cine porno que tengo –aparte del codificado de Canal Plus cuando era pequeña- eran las pelis que echaban a horas intempestivas en Telesalnés (la televisión local de mi pequeña comarca pontevedresa) y que veía a ráfagas y sin volumen porque 1)compartía sala con mis hermanos y era raro que estuviese sola 2) mis padres dormían en la habitación de al lado. Así que cuando pude ver una peli porno entera ya estaba en la universidad, en Santiago, y fue también en una cadena local que echaba porno cutre a las tantas de la madrugada, mi hora preferida para estudiar. Todo el mundo sabe que la audiencia de las teles locales subía como la espuma a partir de las 2 de la madrugada.

Esto quiere decir que consumí pornografía cuando ya había tenido sexo real con mi pareja y era mayor de edad. Recuerdo una ocasión, con 17 años, en que nos atrevimos a ver juntos Lucía y el Sexo y no pudimos terminarla de lo cachondos que nos pusimos (la calidad del cine no importaba mucho, ver sexo en una pantalla era muy excitante para dos adolescentes). Sin embargo, los niños y adolecentes de hoy adquieren su educación sexual del porno antes de tener ninguna experiencia de carne y hueso. En concreto, del porno duro, ése que se dispensa en internet gratuita y confidencialmente y que, obviamente, es un caramelo que ningún adolescente en su sano juicio e híper-hormonado, podría rechazar. Si en mi época todos hubiésemos tenido internet con banda ancha, os aseguro que le iban a dar mucho al torso desnudo y peludo de Quimi sobre Valle debajo de unas sábanas que nunca jamás dejaban ver nada, y, sobre todo, al hermano pequeño de ella que siempre aparecía para interrumpir cuando estaban a punto de echar un polvo. Maldito Lolo.

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La adolescencia es una época de plena eclosión sexual en donde se multiplica la curiosidad por el sexo. Yo me tenía que conformar recreándome con lo que María Asunción, de 16 años, escribía al Súper Pop al día siguiente en que su novio le bajase las bragas por primera vez en el baño del instituto. Me llevaba mi tiempo pero me lo pasaba pipa, imaginándome que ya era mayor y tenía un novio que notengoniideacómo me hacía el amor (salida sí, romántica siempre). Me imaginaba muchos besos y caricias, besos con lengua, húmedos, besos en la barriga, besos en las tetas, pensaba una y otra vez sobre el momento en que me metiesen la mano por debajo de las bragas para tocarme el culo, y si me imaginaba que me tocaban la vulva, ya me daba para excitarme bastante más que a día de hoy viendo una orgía de 20 penetraciones.

La influencia del consumo compulsivo de porno está haciendo estragos en la sexualidad. Nos cuesta muchísimo más excitarnos. Haber pasado del esfuerzo mental que suponía tener que recrear tu propia película al clic de video en video, con imágenes cada vez más salvajes –e irreales-, no puede ser positivo para la imaginación. El orgasmo, antes que en la piel, ocurre en el cerebro. Está demostrado que el consumo de porno en exceso atrofia nuestro umbral de excitación. La pornografía moderna está llena de violencia, prácticas extremas como el fisting, el sadomasoquismo hard, pises y fluidos variados, y agujeros inmensos se aparecen en nuestras pantallas como si la dilatación de vaginas y anos ocurriese automáticamente cuando un señor con un pene de 25 centímetros te llama zorra mientras te escupe en el suelo.

El consumo de porno no va a parar. Se trata de una de las industrias -junto a la prostitución y a las drogas- que más dinero mueve en el mundo. Y se calcula que cada segundo del día hay una media de 30.000 usuarios consultando porno online sólo en Estados Unidos, que generan, a su vez, 3000 dólares por segundo. Un tercio de los usuarios, son mujeres. Y cada vez más gente consume porno en el trabajo. En total, el porno representa un 30% del tráfico de datos en internet. A pesar de ello, el porno no debería ser un problema en los adultos, que, con cierta madurez sexual alcanzada, se pueden permitir el lujo de pasarse un ratito sacudiéndosela como monos esquizofrénicos delante de una pantalla, porque se supone que saben (sabemos) diferenciar lo que es el sexo de verdad de la pornografía.

El dilema está en el acceso libre de los menores de edad a la pornografía online. Según la investigadora Alexandra Katehakis, directora del Center for Healthy Sex de Los Ángeles, el porno ya es la fuente primaria de educación sexual en la mayoría de los adolescentes y niños. Según otro estudio realizado en España, “la mitad de los menores de edad han visto pornografía en internet, y un cuatro por ciento de los menores de 11 años han recibido contenidos sexuales en su móvil”. Las consecuencias del consumo de pornografía entre los adolescentes están siendo desastrosas. La plasticidad neuronal y la maleabilidad cerebral propia de la etapa adolescente provoca que el cerebro, aún en desarrollo, se amolde a las actitudes y escenas que está observando. Ya hay datos preocupantes sobre eyaculación precoz, disfunción eréctil y erecciones lentas en menores de veinte años. La media de duración de los usuarios en estas páginas es de poco más de 15 minutos, tiempo en el que probablemente un chico (varón) ya se haya corrido dos veces. Las chicas y chicos de 14 años ven vaginas lampiñas, estiradas, y lustrosas, con labios esculpidos a golpe de bisturí y que se parecen más a lo que tiene entre las piernas el Nenuco de mi sobrina que a un coño humano. Culos blanqueados. Penes más grandes y erectos que mi brazo. Supuestas eyaculaciones femeninas a chorro (squirting) que en realidad son orina. No tienen ni más remota idea de que el sexo huele, sabe y se siente. Y que quince minutos era el tiempo mínimo que necesitaba cualquier chico para desabrocharte el sujetador y llegar a tus bragas. Encontrar el clítoris podía dilatarse horas (y vaya si se dilataba). Aunque nos parezca mentira, nosotros sabíamos bastante más de sexo que los adolescentes de ahora.

Por todo esto, aquí empieza mi cruzada antiporno. Para empezar, anoche desconecté el wifi y le pedí disculpas al chorro de la ducha (necesitaba un baño, lo juro).

La cuestión mística

*Místico, ca. Adj. Que incluye misterio o razón oculta. Perteneciente a la mística. Que se dedica a la vida espiritual.

Hay una cuestión mística que envuelve las relaciones de pareja y que pasada cierta edad sin “resolver” se convierte en eso que los ingleses llaman the elephant in the room: una verdad evidente, conscientemente ignorada para evitar ser discutida.

El elefante gigante que se sienta en nuestros pies e insiste en llamar nuestra atención mientras soportamos sus seis toneladas de peso apretando los dientes y mirando hacia otro lado, no es ni más ni menos que la maternidad y/o la paternidad.

La realidad es la que es. Las mujeres españolas hemos retrasado hasta diez años la edad para tener nuestro primer hijo en relación a la generación anterior, la de nuestras madres. Unos 5 años de media en 25 años. Por supuesto, también hemos reducido la cantidad de alumbramientos por fémina y ahora mismo estamos en 1,32 hijos por vagina: lo que viene siendo un hijo y un gato, un hijo y dos perros, o un hijo y un marido del PP o Ciudadanos (si fuese de UPyD ya nos pasaríamos de dos hijos y romperíamos la media, pero las estadísticas dicen que de esos cada vez quedan menos y por eso seguimos en el 1,32).

Las razones que esgrimen los expertos (para todo hay expertos y para saber por qué no parimos hasta los 32, también) son conocidas: falta de empleo, empleo a tiempo completo para ambos miembros de la pareja, sueldos precarios –sobre todo para nosotras-, movilidad laboral, inestabilidad conyugal, nefastas ayudas públicas a la procreación y mantenimiento de la criatura. Comparto todos estos motivos y añado otros: la gente ya no necesita casarse para independizarse, ni tiene hijos a granel (hola anticonceptivos), la gente se casa y tiene hijos controladamente para crear un vínculo de dependencia con algo que no sean sus padres, sus amigos, y el Candy Crush Saga.

Además, mi generación, instalada en la precariedad perpetua, ha aprendido a vivir al día y dentro de ese vivir al límite no solo están la desesperación y el cabreo general, también hemos encontrado el paraíso de la vida con pocas complicaciones, y es difícil abandonar el paraíso sin una razón de peso (de 9 a 15 kilos por embarazo, es peso suficiente). La mayoría de nuestros padres se lanzaron a la paternidad como a una piscina sin agua, nosotros, en cambio, necesitamos agua, flotadores, manguitos y un socorrista a 10 metros. Somos menos intrépidos en esto de traer hijos al mundo pero, por supuesto, también mucho más exigentes. Los nuevos padres se empeñan ahora en ser una especie de Bill Gates: ricos, intelectuales, comprometidos (pero ricos, tan ricos como para regalar lo que les sobra), y se preocupan por criar al retoño en un ambiente plurilingüe a la vez que rural, porque el contacto con la madre tierra es imprescindible para el buen desarrollo de las capacidades cognitivas del retoño. No dejan margen para la improvisación. Seguramente muchos de vosotros, como yo, seáis fruto de accidentes e improvisación, la fecundación como resultado del método científico de ensayo y error. Dado que yo soy la última de los tres hijos de mis padres, intuyo que los dos errores vinieron antes.

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Mamá, siempre quitándome peso de encima.

Y luego está twitter. Eso no lo dicen en ningún estudio oficial pero lo digo yo. Las redes sociales han hecho tanto daño a las relaciones de pareja que cualquiera se anima a tener un hijo con alguien que casi seguro buscará a otra alma con quién “confesarse” una noche de aburrimiento. Y de la paja al polvo, un pasito. Bendito el mundo analógico en que las despedidas de solteros y solteras eran el día del año en que todos sabíamos que nos la podían meter doblada. Ahora ya ni bodas tenemos: interné, interné, interné y la gente de interné. Liga por internet. Ten sexo por internet. Cásate por internet. Y divórciate en un juzgado abarrotado que tardará cinco años en resolver la separación. (Mientras tanto, mira cómo tu ex rehace su vida. Por internet).

Internet y las redes sociales influyen en el descenso de la natalidad, porque el hecho de que la gente crea que puede cambiar de pareja con mucha más facilidad que antes –nunca fue tan sencillo y cómodo conocer gente y contar nuestra épica e interesante vida por chat-, nos mantiene a todos en estados infantiloides durante más tiempo. Nunca se deja de ligar. Y así, los 30 son los nuevos 20. Los 20 son los nuevos 10. Y los 40, los 15. Internet está abarrotado de cuarentones en la edad del pavo. Cuarentones ligándose a veinteañeras en una especie de fiesta Erasmus non-stop. Y la típica frase de “yo es que no me siento de mi edad” se escucha ahora hasta en los clubs de jubilados. (No hace falta que aclaréis que nos os sentís de vuestra edad, se os nota).

Y con este panorama tan divertido –divertido lo es, un rato- llegamos las mujeres a esa edad en que lo de tener hijos ya empieza a ser una cuestión transversal en las conversaciones referidas al otro sexo. No es capricho, es una cuestión biológica. Vivimos muchos más años, pero la edad fértil no se ha incrementado significativamente en las tres últimas décadas, y cada vez hay más problemas de infertilidad derivados, principalmente, del retraso en la edad de la concepción. Yo soy feminista, pero la biología es machista. Lo siento, queridas.

Y entre las que no quieren tener hijos de ninguna manera, están las que lo quieren tener cuánto antes y sin plantearse ni muy bien con quién (ojocuidado), y las que pretenden salvar su relación a la deriva embarazándose (una estrategia muy inteligente que, por supuesto, también participa de hombres a la deriva), están las que esperan a que sea él el que decida lo que más le agrada (y fumando espero, ya si eso), las que esperan de un consenso con su pareja que consensue, obviamente, lo que nosotras queremos, y las que prefieren no tomar ninguna decisión al respecto porque para decidir cosas a día de hoy ya tenemos al Spotify y la puta publicidad personalizada de Google.

Creo que muchas mujeres de mi generación (que hemos buscado la independencia laboral, económica y emocional) estamos entre los dos últimos grupos: no tenemos ni puta idea de si queremos o no queremos ser madres y, en todo caso, lo decidiremos cuando estemos en pareja. Y cuando estamos en pareja –e incluso antes- la cuestión mística aparece. Como por arte de magia. Por eso sé que me he hecho mayor. No porque se me empiecen a dibujar las patas de gallo sin forzar la sonrisa–y me ofrezcan cremas “para esas marquitas” tocándome la cara sin rubor-, no porque ya no me pidan el carnet más que para pasar la tarjeta de crédito, tampoco porque mi madre se empeñe en repetirme una y otra vez eso de “yo a tu edad….” (pongan aquí marido, hijos, casa, y una falta absoluta de conciencia y vestidos de cabaretera en el armario). No. Me hago mayor porque la cuestión mística ME PERSIGUE.

kurtcourtneybebe. La cuestión mística
¿Hijo, qué hijo? Yo no veo ningún hijo.

Pongamos un ejemplo anónimo. La mujer D ha tenido dos relaciones largas y estables con menos de 30 años. En la primera, era demasiado joven y tenía pocas ganas de comprometerse. Nadie sensato tiene hijos con su primer amor (por favor, abstenerse románticos, que ayer vi una película de Ryan Gosling). En la segunda, todo iba bien, era joven -pero no demasiado-, pasó el tiempo suficiente para no hacer cosas a lo loco, pero la relación salió mal. Sumando ambas relaciones, la mujer D ha pasado diez años de su vida en pareja. La mujer D piensa ahora que la palabra definitivo es una estrategia del gobierno para hacernos creer que no volverá a subir los impuestos o algo que emplean los médicos como adjetivo de terminal “-tienes un cáncer –¿voy a morir, doctor? –es definitivo-” *

Hasta hace pocos años cuando empezaba una relación, hablaba con mi pareja de las cosas cuquis que nos gustaría hacer juntos: que si un spa cuando acabe el curso, que si un viaje al terminar la carrera, que si irnos de acampada y hacer el amor bajo la luz de la luna y sobre una cama de rastrojos y piedras porque somos jóvenes y el lumbago es para los mayores de 30. Que si un concierto de rock, que si nuestro primer trabajo, que si nos vamos a vivir juntos, que sí, que no, que caiga un chaparrón. Pero ya no. Ahora casi empiezas con alguien y por haches o por bés la puta cuestión mística estalla de un momento a otro: “¿tú quieres tener hijos?” Así, pum, sin vaselina.

Pero es que si el tema no se habla, mal también. Ves el elefante en todas partes, como si te tomases el tripi de la maternidad. Y mucho peor cuando tus amigas se empiezan a embarazar o están en proceso de, que ya no sabes si es un elefante o un tyrannosaurus rex lo que te persigue.

Por más que os empeñéis en obviarla, la cuestión mística nunca desaparece. Es como Esperanza Aguirre, cuando la creías al borde de la muerte con un cáncer definitivo, se te presenta a alcaldesa.

 

*Humor negro perseguido por el gobierno del PP y denunciable a la Fiscalía. Ah no, que los enfermos de oncología, no entran en la lista de chistes prohibidos.