Categoría: mujeres

En carnaval, todas somos cerdas

Este año me disfracé de cerda. Fue una elección fácil: la gran mayoría de los disfraces de mujer están hechos para que vayas como una marrana, así que que mejor manera de hacerlo que poniéndose hocico, orejas y rabo y llevarme a mis hijos Peppa Pig y George de paseo. Porque en cerda, no hay quien me gane.

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El problema es que yo quería ir lo más parecido a una cerda de verdad, con un traje de cuerpo entero, calentita, gordita y con muchas tetas colgantes a las que poder recurrir cuando las criaturas se me pusiesen revoltosas, pero resulta que los trajes de chica son todos “sexys” y tampoco contemplan la conciliación familiar. Y es que una no puede ir de cerda, ni de vaca, ni de cabra, ni de sucia rata, sin llevar minifalda y enseñar tetamen. Porque todo el mundo sabe que otra cosa no, pero a los animales hembra las faldas de tul y el push up les sientan que ni pintado.

disfraces animales mujer

Sin embargo, los machos son machos aquí y en Cabárceno, y sus disfraces de macho son abrigados, con pelo y algunos hasta incluyen un rabo bien largo.

disfraces animales hombre

La principal tienda online de disfraces en España califica los trajes de animales de mujer adulta así: “ratita sexy”,  “mariquita picante”, “mariquita sexy”, “ratita presumida”, “vaca novia” (una vaca con un puto vestido blanco y un velo en la cabeza que pondría en pie de guerra al colectivo ganadero de Galicia), “elefante sexy”, “conejita sexy” o “ratita lujo”. Semejante catálogo podría hacernos pensar que estamos en una página de contactos, pero este maravilloso material de la cosificación femenina está disponible en la web de Don Disfraz. La página, que también vende disfraces para los más pequeños, incluye una pestaña especial de “Princesas” para las niñas y otra de “Superhéroes” para los niños. Por supuesto, los disfraces de superheroína no se contemplan como una posibilidad para las dulces, delicadas, dependientes y sumisas niñas.

Resulta muy jugoso criticar la necesidad/ganas que tienen muchas mujeres, especialmente las más jóvenes, de utilizar su cuerpo como comparsa carnavalera, y yo, que siempre apelo a la responsabilidad individual y a que cada una enseñe lo que le plaza, tampoco lo olvido. Ahora bien, la presión comercial/social/patriarcal/machista se afana en dejarnos bien clarito, desde niñas, que somos un cuerpo al servicio del hombre. Las grandes marcas no venden disfraces de mujeres empoderadas, ni de personajes femeninos valientes. El primer resultado en google para los disfraces de niña es demoledor: una ratita sirvienta con escoba en mano y cofia en la cabeza. Le siguen las princesas, piratas, enfermeras (sexys) y una delirante spiderwoman con tutú.

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El pernicioso mensaje está claro: mujer, eres cuerpo y en cuerpo te convertirás. Y da igual que estemos en febrero porque tú, mujer sexy, reina del artificio porno, derretirías el hielo de la copa con tus calientes pezones de diablesa cachonda. Aprovecha el carnaval para darte el gusto de ser un bonito objeto sin que las amargadas mujeres feas que no follan te juzguen por ello. Tú, mujer, debes ir sensual, debes enseñar el cuerpo, debes lucirte como el trofeo que quieren que seas para que alguien, que te importa una mierda, se alegre la vista un rato. El disfraz es lo de menos, es obvio que no te pareces en nada a aquello de lo que supuestamente vas disfrazada, sino a una versión cutre y erótica salida de la fantasía que algún diseñador falto de sexo -y de referentes estéticos- imaginó.

Porque salvar el mundo y enseñar el coño, nunca fue tan fácil.

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En Carnaval, más que nunca, todas somos cerdas.

 

Instagram y adolescentes: una pistola en cada mano

Cuando a los 14 años enfermé de anorexia nerviosa no sabía lo afortunada que era por vivir en una época libre de redes sociales. La búsqueda de la aprobación –y el estrés derivado de ello- se limitaba entonces a mi círculo más cercano, básicamente compañeros de instituto y algunos amigos que veía los fines de semana. No podía hacerme fotos cada día para subir a una red social y sentir los aplausos de admiración de otras adolescentes carentes de autoestima, así que me conformaba con apuntar mis kilos perdidos en una libreta, junto a una tabla de ejercicios que llegaba a practicar hasta metida en cama. Las pocas fotos que me sacaban me daban auténtico asco, no podía mirarme antes de revelarlas, no podía ensayar la pose, ni practicar una mirada penetrante. Daba igual, las fotos reveladas estaban condenadas al álbum familiar o al corcho de la habitación. Con suerte, las verían mis mejores amigas el día que se quedasen en casa. Eran un recuerdo familiar que en aquella época (y durante los cuatro años siguientes) desbordaban tristeza. No hay nada de cool, ni de feliz, ni admirable, en una adolescente enferma y deprimida. Las únicas chicas que admiraban mi esfuerzo y fuerza de voluntad eran otras pacientes de la Unidade de Trastornos de la Alimentación de Santiago de Compostela. Chicas enfermas, verdaderamente enfermas, buscando aprobación social.

Essena O´Neill es una chica autraliana de 19 años que hasta hace unos días acumulaba las siguientes cifras de seguidores en redes sociales: más de 500.000 en Instagram, más de 250.000 seguidores en Youtube, otros tantos en Tumblr y unos 60.000 en Snapchat. Una auténtica social media star que vivía por y para los followers y los likes y ganaba cantidades nada despreciables por cada foto compartida (unos 1000 dólares) o por cada video subido a youtube (más de 2000). Una modelo de medidas espectaculares y apariencia angelical, que se hizo rica a costa de convertir su imagen en pornografía de las redes sociales desde que tenía 12 años, y que acaba de confesar haber padecido importantes problemas de autoestima, desórdenes alimentarios y obsesión con el deporte con el objeto de “gustar a los demás”.

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Una de las fotografías en las que Essena modificó el texto antes de cerrar su cuenta de Instagram.

Pero la noticia es otra: “La estrella de Instagram Essena O´neill abandona las redes sociales”. ¿Cómo puede hacer eso? ¡Señor, es una estrella de Instagram! El concepto “estrella de Instagram” me produce semejantes arcadas que me propongo a mí misma como candidata para dar un par de bofetadas con la mano abierta a cada seguidor convencido de que está admirando a una verdadera estrella. Sí, ya sé, quizá ésta sea una estrategia de marketing de la australiana para ser todavía más conocida, pero, teorías conspiranoicas aparte, Essena es una de muchas. Y ejemplos patrios tenemos unos cuantos que no reproduciré para que los fans no denuncien mi blog como hicieron cuando se me ocurrió mentar la afición de Cri***** Ped***** por enseñar las bragas a propios y extraños .

Después de pasarse toda su adolescencia con una cámara delante de las narices y cientos de miles de fans que la seguían e idolatraban por su belleza, delgadez y estilo, Essena ha hablado de las perversas consecuencias de su adicción a las redes sociales: la obsesión por los likes y los followers, el estrés de chequeo constante o el miedo a la crítica. Y también de la mentira que se esconde detrás de las pantallas. Una de las frases que más repite en su página web lestbegamechangers.com es “es ridículo”. Todo es ridículo: jóvenes atrapados en las redes sociales admirando a otros que a su vez están más atrapados que ellos, viviendo a través de pantallas, fotografiando cada paso que dan pero sin tiempo para vivir experiencias. Una generación entera encerrada en vidas virtuales, cuya inspiración son chicas y chicos con fotos irreales salpicadas por filtros y retoques, en posturas mil y una vez ensayadas, creando la peligrosa ilusión de que la perfección existe y además, es posible conseguirla.

Me dan un poco igual los consejos que Essena imparte ahora sobre la meditación, el veganismo, la lectura y la creatividad. Ella es –o ha sido- una de las muchas piezas del tratamiento como objetos ornamentales de las adolescentes  que, cada vez más, claudican y se prestan a contribuir a este sistema de ultrasexualización de sus cuerpos sin ningún tipo de control. Apoyando esto, la industria de la moda y la belleza, grandes empresas beneficiarias vendiendo cremas, maquillajes y harapos que te harán estar así de guapa. Muchas “estrellas” sufren ciberbulliyng, acoso, son insultadas y amenazadas hasta con la violación y, sin embargo, no dejan de exponerse una y otra vez. No es engañéis: eso no es autoestima, el amor propio no requiere de miradas ajenas. A la vez, las menos afortunadas físicamente se lamentan de no tener esa cantidad de seguidores, ni un físico bonito que mostrar al público.

La obsesión también afecta a mujeres de otra edades. No tengo Instagram pero conozco unas cuantas páginas de famosas que son auténticas instastars. Mujeres que tienen mi edad o más, y que aparecen sin una sola arruga, ni un rastro de celulitis o una sola imperfección. Con 29 años y tras haber padecido un trastorno alimentario, conozco el precio de esa ilusión. Pero si hace 15 años yo hubiese tenido redes sociales, estoy segura de que habría caído y, mi obsesión, enfermiza entonces, lo sería todavía más. No puedo ni imaginarme el sufrimiento que me acarrearían las redes sociales, ni el tiempo que perdería arreglándome, preocupada por mi aspecto, obsesionada con los “me gusta” y viendo los perfiles de otras a las que envidiaría por su perfección. Cada crítica, por nimia que fuese, me deprimiría más y, muy probablemente, retrasaría mi recuperación (eso por no hablar de las páginas proanorexia y probulimia). La aprobación de los demás, antes limitada a unos pocos, se muestra ahora abierta a todos los psicópatas de internet, personas envidiosas, obsesos sexuales, pederastas, y gente mala en general.

Muchos recordamos que hasta hace no demasiado se podía beber alcohol con 16 años, y nos vendían tabaco a los 14 en el mismo sitio donde comprábamos gominolas. Entonces, alguien, con buen juicio, pensó que aquello era peligroso para la juventud y puso límites legales. Espero que no tardemos demasiado en preguntarnos cómo pudimos permitir que niñas de 12, 13, 15 ó 16 años compartiesen fotos semidesnudas a todo el planeta.

Cosas de hombres

Muchos de vosotros habréis visto el domingo el primer cara a cara televisado entre Albert Rivera y Pablo Iglesias. El bar El Tío Cuco, en Nou Barris (Barcelona), fue el escenario para el debate, con un Jordi Évole que ejerció de árbitro y sacó unos cuantos titulares. El primero, es que la conversación en si misma, se convirtió en líder de audiencia con más de un 25% de share y trendig topic en la noche del domingo, algo nada sencillo teniendo en cuenta que había una gala de Gran Hermano e Ylenia de Benidorm es más conocida en este país que la Pasionaria.

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Los jóvenes políticos de las nuevas formaciones llamadas a cambiar el panorama del bipartidismo español hablaron de sus propuestas acerca del paro, la corrupción, el IRPF, la edad de jubilación, los salarios mínimos, la inmigración y Cataluña, claro. Apenas una mención sobre las cuotas de las mujeres.

Nada más. Lo esperable. Lo de siempre.

Si se hubiesen leído bien los datos de paro y pobreza se habrían dado cuenta de que la mayor desigualdad social –por número de personas afectadas- recae, precisamente, sobre nosotras, pero ni Iglesias ni Rivera ni los guionistas del programa, o el propio conductor, se acordaron de mencionarnos. Ayer mismo, la revista Papel, publicaba unos datos preocupantes respecto a la situación de las mujeres en España. Soportamos tres puntos más de paro que los hombres (la segunda tasa de paro femenino más alta de Europa), cobramos un 24% menos, tenemos peores contratos –el 70% son temporales-, condiciones laborales penosas, y vivimos parapetadas bajo techos de cristal que nos impiden llegar a altos cargos. Ser mujer en España incrementa un 12% el riesgo de ser pobre.

Además, la crisis nos ha adherido todavía más a los tentáculos pegajosos del hogar. Digámoslo ya, el Estado del Bienestar con el que se les llena la boca, somos nosotras. Un Estado de Bienestar que no se mantendría sin el sacrifico de las mujeres y que funciona gracias a la red de cuidados a personas dependientes que sigue recayendo, cómo no, sobre los hombros de las sufridoras, como tan bien titula el suplemento de El Mundo. Tampoco hubo un solo minuto –a diferencia de esos de silencio con los que acaparan fotos y portadas- para la violencia machista, aunque este año acumulemos ya 40 asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas. Un total de 800 desde que se empezaron a recoger datos oficiales, en 2003. La inversión en la lucha contra el terrorismo machista se ha visto mermada un 26% en cinco años, pero nuestros nuevos políticos están demasiado ocupados hablando de cosas de hombres.

Los dos varones llamados a renovar el país no hablaron tampoco de las ayudas a la maternidad, ni las mal llamadas Políticas de Conciliación, ni tocaron el tema del aborto en las menores de edad, ese detalle que nos encasquetó el gobierno del PP después de la retirada de la Ley de Protección del Concebido y de los derechos de la Mujer Embarazada.

Antes de poner el debate de la Sexta, también vi la previsión del tiempo en la Televisión de Galicia, que anunciaba más de 20 grados de máximas para Pontevedra a lo largo de toda la semana. 20 grados en Galicia, a mediados de octubre, y después de un fin de semana de completo bochorno con noches igual de calurosas a las de agosto. El adelanto del programa electoral de los nuevos políticos me ha dejado con la duda de que alguno de ellos contemple planes específicos para reducir emisiones y gestionar eficientemente los recursos ecológicos, cumplir los tratados medioambientales y promover y facilitar el uso de energías limpias. Ni el entrevistador ni los entrevistados, hicieron mención alguna el cambio climático, el mayor reto de la humanidad en este siglo, que golpeará fuertemente a España, y que ya está cambiando nuestro paisaje geográfico, agrícola y demográfico.

En relación a las mujeres, al cuidado del medio ambiente y a la propia economía, la semana pasada se cumplieron cuatro años de la entrada en vigor de Ley de Titularidad Compartida de las Explotaciones Agrarias, cuyo nulo impulso y promoción por parte de las administraciones, se traduce en un incremento de 136 mujeres copropietarias desde 2011. Para que os hagáis una idea de lo bochornoso de la cifra la ley esperaba beneficiar a unas 30.000 mujeres del campo. ¿El resultado? Más del 70% de la propiedad de las tierras sigue recayendo en los hombres, aunque el trabajo se reparta en los dos cónyuges por igual. El 43% del trabajo no retribuido en el campo le toca a las mujeres. Mujeres que se pasan toda la vida cuidando las tierras y los animales, además de la casa, los niños y los ancianos y que cotizan, exactamente, cero euros por su labor. No aparecen tampoco en las estadísticas de paro y, por supuesto, dependen económicamente de su maridos. Son cosas de chicas.

Rosa Montero publicaba el otro día en El País un artículo titulado “Una granja en el Ártico” y que, a pesar de su innegable interés, no recomiendo a corazones frágiles. Montero, citaba, a su vez, un artículo de Teguayco Pinto que señala que el cambio climático ha sido uno de los factores determinantes en el desarrollo de la guerra y posterior migración en Siria. “Científicos de la Universidad de California, demostraron cómo cinco años de sequía habían acabado con casi el 60% de la agricultura y matado a más del 80% del ganado en la región del Creciente Fértil del norte de Siria. Este colapso y la mala gestión de los gobernantes provocaron una migración de más de millón y medio de habitantes del campo a las ciudades y, a raíz de eso, conflictos y levantamientos que cristalizaron en una guerra. Los refugiados, en fin, no han hecho más que empezar.” La periodista nos traslada la escalofriante realidad: este mes de agosto ha sido el más caluroso en toda la Tierra desde que se guardan los registros. El anterior, fue el año pasado. Aunque no nos lo queremos creer, lo de la granja en el ártico es más una realidad plausible que ciencia ficción. ¿Pero de verdad a alguien le importa el aumento de las temperaturas, la desertización de la tierra, la polución en las grandes ciudades, la subida del nivel del mar o los desastres ecológicos? No seáis histéricas, eso son cosas de chicas.

El cambio climático no vende. Las mujeres no vendemos. A nadie le preocupa nuestra casa, ni las cuidadoras de la misma. No estamos en la agenda política, ni en las tertulias televisivas. Nos matan, y no protestamos. La tierra y la mujer. Hogar y patria destruidas. Pero ellos están demasiado ocupados hablando de cosas de hombres.
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