Categoría: mujeres

TETAS

Hace unas semanas, el profesor Luciano Méndez, de la facultad de Económicas de la Universidade de Santiago de Compostela (USC), le pidió a una alumna que se pusiese en la última fila porque su escote lo desconcentraba. Entre las múltiples –y reiteradas– perlas que pudo escuchar toda la clase, el docente señaló no entender cómo uno no podía salir desnudo a la calle y, sin embargo, todavía no existía legislación alguna en España sobre la medida del escote de las mujeres. Lo cierto es que la indumentaria femenina sí está regulada en muchos países del mundo, de esos a los que habría que mandar a tipos como Luciano para que no tuviesen tetas cerca con las que desconcentrarse.

Ante las protestas del resto de alumnos y las acusaciones de machista, al troglodita de turno no se le ocurrió defenderse con otra expresión mejor que “si fuese machista te habría pegado una hostia”. Fue entonces, cuando varias estudiantes abandonaron la clase de matemáticas y seis de ellas presentaron denuncia ante la Secretaria Xeral de la Universidade de Santiago. A partir de entonces, la USC inició un procedimiento de investigación durante el cual se entrevistó con las partes para verificar la autenticidad de los hechos. Como medida cautelar, la Universidad trasladó a la alumna (la víctima) de grupo, y dejó que Méndez siguiese dando clase normalmente.

Tres semanas después del incidente, el 11 de marzo, Luciano Méndez, escribía en La Voz de Galicia un artículo con el objeto de manifestar públicamente su postura sobre la polémica, con un discurso en el que se autoproclamaba una persona valiente y con criterio, y se atrevía a compararse con Javier Krahe, en una extraña analogía por la búsqueda de la autenticidad en este mundo de mierda hiperpolíticamente correcto. Su artículo, en el que reconoce los hechos, es una bonita apología del machismo, el paternalismo, la violencia implícita contra las mujeres y nuestra posición como objetos sexuales al servicio de las hormonas masculinas: “La testosterona es una hormona complicada, puede ser una aliada que estimule y motive y puede ser también el peor de los enemigos, que haga al varón vulnerable y débil. Controlarla, manejarla en beneficio propio es labor de toda una vida”. No sé si os suena el discurso, pero es exactamente el mismo que utilizan los violadores y del que se difiere que los hombres son seres salvajes a los que hay que temer. Así que entiendo que si Méndez no estuviese dando clase y socializado dentro de los estrictos corsés de la convivencia democrática, tendría que violar a mujeres en las playas, las piscinas, las salas de lactancia o la consulta del ginecólogo mientras una teta es hecha sándwich por una máquina de mamografía.

El artículo del profesor Luciano Méndez es una bonita apología del machismo, el paternalismo, la violencia implícita contra las mujeres y nuestra posición como objetos sexuales al servicio de las hormonas masculinas

Un mes después, y con el proceso sin visos de ser resuelto con la premura exigible a una institución pública cuya función es, precisamente, educar a los ciudadanos y trasmitir valores de igualdad, varias estudiantes se presentaron en sujetador en la clase de Luciano. Al más puro estilo Femen, las jóvenes, estudiantes de un máster de Género, llevaron en sus pechos lemas escritos con frases como “te reeducamos de balde” o “antes frívola que machista”. Las acompañaba un chico sin camiseta con el lema “¿mi piel masculina no te gusta?”. Fue entonces cuando el profesor repitió la escena de machirulo lascivo e hiperhormonado, refiriéndose a que las pintadas no le dejaban ver suficientemente bien los atributos femeninos de las chicas y comentándole al chico que prefería el escote de sus compañeras al suyo. Las chicas aprovecharon el escrache para hacerse selfies y las imágenes de sus tetas circularon como la pólvora por las redes sociales. Al día siguiente, varios periódicos las llevaron a portada, recortando estratégicamente el torso desnudo de su compañero.

Horas después de esta protesta, la USC abrió expediente disciplinario contra Luciano Méndez, alegando que había causas más que probadas para hacerlo, y el proceso se encuentra ahora a la espera de un dictamen que podría bascular entre una simple sanción, un apercibimiento, hasta la suspensión de empleo y sueldo durante un máximo de seis años.

Sin embargo, la cuestión de cómo solucionar en el mundo occidental –donde las niñas y las mujeres estamos hipersexualizadas– el problema de que sigamos siendo percibidas como objetos, es más complicada y profunda que enseñar las tetas en la universidad. Yo, que he sido muy crítica con Cristina Pedroche por fomentar la pornificación femenina bajo la bandera de la libertad, no estoy convencida de que la solución a la violencia y a la discriminación sexual sea mostrarle una vez más, la zanahoria al asno. Si mañana mi jefe me acosase, dudo que alguna compañera del trabajo se presentase en sujetador a la oficina como muestra de solidaridad. Ni siquiera tengo claro que eso es lo que querría yo. Desde luego preferiría que se ausentasen de su puesto, que firmasen una denuncia conjunta o incluso –y perdóname Ley Mordaza– que le pegasen un par de hostias. Como mujer, me empodera más la fuerza física contra el opresor (la violencia sexual también es violencia), que el encaje de la ropa interior de varias chicas de veinte años.

Los cuerpos son políticos y el feminismo lleva años manifestándose y creciendo gracias a esto, pero quizá es hora de entender que lo atrevido en nuestra sociedad posmoderna no es, precisamente, desnudarse. No creo que las divas del pop estén haciendo mucho favor al feminismo regalando su piel como objeto de excitación masculina y complejos femeninos.

Los cuerpos son políticos y el feminismo lleva años manifestándose y creciendo gracias a esto, pero quizá es hora de entender que lo atrevido en nuestra sociedad posmoderna no es, precisamente, desnudarse

Estoy convencida de que la acción de estas chicas consiguió movilizar los lentos mecanismos de la burocracia, pero me da pavor pensar que ésta sea la única solución posible. Femen lleva años utilizando la estrategia del desnudo, y cada vez que veo cómo sus cuerpos inertes son manipulados y arrastrados por hombres (policías, en su mayoría) me pongo enferma. Como feminista una de mis principales preocupaciones es reivindicar que mi cuerpo sólo me pertenece a mí, y que de mí depende con quién lo comparto.

Con motivo del 8 de marzo, un grupo de compañeras de la Plataforma Feminista Galega nos reunimos en una céntrica plaza de Pontevedra para hablar de la discriminación que seguíamos (y seguiremos) sufriendo las mujeres en el ámbito doméstico y laboral. También bailamos e hicimos una ginkana en la que un hombre tenía que pasar las pruebas que habitualmente pasamos las mujeres para acudir a nuestro puesto de trabajo. No me cabe duda de que si hubiésemos hecho la performance en tetas habría mucha más gente mirándonos, aunque no sé si escucharían nuestro discurso.

¿Por qué sólo seis alumnos denunciaron a Méndez cuando toda la clase lo escuchó y él mismo reconoció las acusaciones?¿Por qué ningún profesor o profesora se manifestó públicamente contra el machismo en las aulas? ¿Por qué la alumna que denunció fue cambiada de clase? ¿Por qué yo también tuve un profesor en la misma universidad que alababa el machismo en clase? ¿Por qué el periódico con más difusión de Galicia permite que este profesor publique su manifiesto machista en sus páginas? ¿Por qué para exigir que nos dejen de mirar las tetas, tenemos que seguir enseñando las tetas?

En conclusión: que las tetas nos dejen ver el bosque.

 

*Artículo publicado originalmente en http://www.elnacional.cat el 30/03/2016 – Aquí el enlace http://www.elnacional.cat/es/opinion/diana-lopez-feminista_101013_102.html

En carnaval, todas somos cerdas

Este año me disfracé de cerda. Fue una elección fácil: la gran mayoría de los disfraces de mujer están hechos para que vayas como una marrana, así que que mejor manera de hacerlo que poniéndose hocico, orejas y rabo y llevarme a mis hijos Peppa Pig y George de paseo. Porque en cerda, no hay quien me gane.

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El problema es que yo quería ir lo más parecido a una cerda de verdad, con un traje de cuerpo entero, calentita, gordita y con muchas tetas colgantes a las que poder recurrir cuando las criaturas se me pusiesen revoltosas, pero resulta que los trajes de chica son todos “sexys” y tampoco contemplan la conciliación familiar. Y es que una no puede ir de cerda, ni de vaca, ni de cabra, ni de sucia rata, sin llevar minifalda y enseñar tetamen. Porque todo el mundo sabe que otra cosa no, pero a los animales hembra las faldas de tul y el push up les sientan que ni pintado.

disfraces animales mujer

Sin embargo, los machos son machos aquí y en Cabárceno, y sus disfraces de macho son abrigados, con pelo y algunos hasta incluyen un rabo bien largo.

disfraces animales hombre

La principal tienda online de disfraces en España califica los trajes de animales de mujer adulta así: “ratita sexy”,  “mariquita picante”, “mariquita sexy”, “ratita presumida”, “vaca novia” (una vaca con un puto vestido blanco y un velo en la cabeza que pondría en pie de guerra al colectivo ganadero de Galicia), “elefante sexy”, “conejita sexy” o “ratita lujo”. Semejante catálogo podría hacernos pensar que estamos en una página de contactos, pero este maravilloso material de la cosificación femenina está disponible en la web de Don Disfraz. La página, que también vende disfraces para los más pequeños, incluye una pestaña especial de “Princesas” para las niñas y otra de “Superhéroes” para los niños. Por supuesto, los disfraces de superheroína no se contemplan como una posibilidad para las dulces, delicadas, dependientes y sumisas niñas.

Resulta muy jugoso criticar la necesidad/ganas que tienen muchas mujeres, especialmente las más jóvenes, de utilizar su cuerpo como comparsa carnavalera, y yo, que siempre apelo a la responsabilidad individual y a que cada una enseñe lo que le plaza, tampoco lo olvido. Ahora bien, la presión comercial/social/patriarcal/machista se afana en dejarnos bien clarito, desde niñas, que somos un cuerpo al servicio del hombre. Las grandes marcas no venden disfraces de mujeres empoderadas, ni de personajes femeninos valientes. El primer resultado en google para los disfraces de niña es demoledor: una ratita sirvienta con escoba en mano y cofia en la cabeza. Le siguen las princesas, piratas, enfermeras (sexys) y una delirante spiderwoman con tutú.

disfraces niña

El pernicioso mensaje está claro: mujer, eres cuerpo y en cuerpo te convertirás. Y da igual que estemos en febrero porque tú, mujer sexy, reina del artificio porno, derretirías el hielo de la copa con tus calientes pezones de diablesa cachonda. Aprovecha el carnaval para darte el gusto de ser un bonito objeto sin que las amargadas mujeres feas que no follan te juzguen por ello. Tú, mujer, debes ir sensual, debes enseñar el cuerpo, debes lucirte como el trofeo que quieren que seas para que alguien, que te importa una mierda, se alegre la vista un rato. El disfraz es lo de menos, es obvio que no te pareces en nada a aquello de lo que supuestamente vas disfrazada, sino a una versión cutre y erótica salida de la fantasía que algún diseñador falto de sexo -y de referentes estéticos- imaginó.

Porque salvar el mundo y enseñar el coño, nunca fue tan fácil.

superheroinas

En Carnaval, más que nunca, todas somos cerdas.

 

Instagram y adolescentes: una pistola en cada mano

Cuando a los 14 años enfermé de anorexia nerviosa no sabía lo afortunada que era por vivir en una época libre de redes sociales. La búsqueda de la aprobación –y el estrés derivado de ello- se limitaba entonces a mi círculo más cercano, básicamente compañeros de instituto y algunos amigos que veía los fines de semana. No podía hacerme fotos cada día para subir a una red social y sentir los aplausos de admiración de otras adolescentes carentes de autoestima, así que me conformaba con apuntar mis kilos perdidos en una libreta, junto a una tabla de ejercicios que llegaba a practicar hasta metida en cama. Las pocas fotos que me sacaban me daban auténtico asco, no podía mirarme antes de revelarlas, no podía ensayar la pose, ni practicar una mirada penetrante. Daba igual, las fotos reveladas estaban condenadas al álbum familiar o al corcho de la habitación. Con suerte, las verían mis mejores amigas el día que se quedasen en casa. Eran un recuerdo familiar que en aquella época (y durante los cuatro años siguientes) desbordaban tristeza. No hay nada de cool, ni de feliz, ni admirable, en una adolescente enferma y deprimida. Las únicas chicas que admiraban mi esfuerzo y fuerza de voluntad eran otras pacientes de la Unidade de Trastornos de la Alimentación de Santiago de Compostela. Chicas enfermas, verdaderamente enfermas, buscando aprobación social.

Essena O´Neill es una chica autraliana de 19 años que hasta hace unos días acumulaba las siguientes cifras de seguidores en redes sociales: más de 500.000 en Instagram, más de 250.000 seguidores en Youtube, otros tantos en Tumblr y unos 60.000 en Snapchat. Una auténtica social media star que vivía por y para los followers y los likes y ganaba cantidades nada despreciables por cada foto compartida (unos 1000 dólares) o por cada video subido a youtube (más de 2000). Una modelo de medidas espectaculares y apariencia angelical, que se hizo rica a costa de convertir su imagen en pornografía de las redes sociales desde que tenía 12 años, y que acaba de confesar haber padecido importantes problemas de autoestima, desórdenes alimentarios y obsesión con el deporte con el objeto de “gustar a los demás”.

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Una de las fotografías en las que Essena modificó el texto antes de cerrar su cuenta de Instagram.

Pero la noticia es otra: “La estrella de Instagram Essena O´neill abandona las redes sociales”. ¿Cómo puede hacer eso? ¡Señor, es una estrella de Instagram! El concepto “estrella de Instagram” me produce semejantes arcadas que me propongo a mí misma como candidata para dar un par de bofetadas con la mano abierta a cada seguidor convencido de que está admirando a una verdadera estrella. Sí, ya sé, quizá ésta sea una estrategia de marketing de la australiana para ser todavía más conocida, pero, teorías conspiranoicas aparte, Essena es una de muchas. Y ejemplos patrios tenemos unos cuantos que no reproduciré para que los fans no denuncien mi blog como hicieron cuando se me ocurrió mentar la afición de Cri***** Ped***** por enseñar las bragas a propios y extraños .

Después de pasarse toda su adolescencia con una cámara delante de las narices y cientos de miles de fans que la seguían e idolatraban por su belleza, delgadez y estilo, Essena ha hablado de las perversas consecuencias de su adicción a las redes sociales: la obsesión por los likes y los followers, el estrés de chequeo constante o el miedo a la crítica. Y también de la mentira que se esconde detrás de las pantallas. Una de las frases que más repite en su página web lestbegamechangers.com es “es ridículo”. Todo es ridículo: jóvenes atrapados en las redes sociales admirando a otros que a su vez están más atrapados que ellos, viviendo a través de pantallas, fotografiando cada paso que dan pero sin tiempo para vivir experiencias. Una generación entera encerrada en vidas virtuales, cuya inspiración son chicas y chicos con fotos irreales salpicadas por filtros y retoques, en posturas mil y una vez ensayadas, creando la peligrosa ilusión de que la perfección existe y además, es posible conseguirla.

Me dan un poco igual los consejos que Essena imparte ahora sobre la meditación, el veganismo, la lectura y la creatividad. Ella es –o ha sido- una de las muchas piezas del tratamiento como objetos ornamentales de las adolescentes  que, cada vez más, claudican y se prestan a contribuir a este sistema de ultrasexualización de sus cuerpos sin ningún tipo de control. Apoyando esto, la industria de la moda y la belleza, grandes empresas beneficiarias vendiendo cremas, maquillajes y harapos que te harán estar así de guapa. Muchas “estrellas” sufren ciberbulliyng, acoso, son insultadas y amenazadas hasta con la violación y, sin embargo, no dejan de exponerse una y otra vez. No es engañéis: eso no es autoestima, el amor propio no requiere de miradas ajenas. A la vez, las menos afortunadas físicamente se lamentan de no tener esa cantidad de seguidores, ni un físico bonito que mostrar al público.

La obsesión también afecta a mujeres de otra edades. No tengo Instagram pero conozco unas cuantas páginas de famosas que son auténticas instastars. Mujeres que tienen mi edad o más, y que aparecen sin una sola arruga, ni un rastro de celulitis o una sola imperfección. Con 29 años y tras haber padecido un trastorno alimentario, conozco el precio de esa ilusión. Pero si hace 15 años yo hubiese tenido redes sociales, estoy segura de que habría caído y, mi obsesión, enfermiza entonces, lo sería todavía más. No puedo ni imaginarme el sufrimiento que me acarrearían las redes sociales, ni el tiempo que perdería arreglándome, preocupada por mi aspecto, obsesionada con los “me gusta” y viendo los perfiles de otras a las que envidiaría por su perfección. Cada crítica, por nimia que fuese, me deprimiría más y, muy probablemente, retrasaría mi recuperación (eso por no hablar de las páginas proanorexia y probulimia). La aprobación de los demás, antes limitada a unos pocos, se muestra ahora abierta a todos los psicópatas de internet, personas envidiosas, obsesos sexuales, pederastas, y gente mala en general.

Muchos recordamos que hasta hace no demasiado se podía beber alcohol con 16 años, y nos vendían tabaco a los 14 en el mismo sitio donde comprábamos gominolas. Entonces, alguien, con buen juicio, pensó que aquello era peligroso para la juventud y puso límites legales. Espero que no tardemos demasiado en preguntarnos cómo pudimos permitir que niñas de 12, 13, 15 ó 16 años compartiesen fotos semidesnudas a todo el planeta.