Categoría: mujeres

Se escribe con el pene

Del 18 al 20 de octubre se celebra en León el II Congreso Capital del Columnismo. Treinta mujeres columnistas acudirán al encuentro, financiado con dinero público, y sin ningún hombre en el cartel. No se vayan a creer que es un congreso femenino o feminista. No. Se trata de una importante cita nacional a la que acuden las más prestigiosas firmas de todo el país y que se abarrota de estudiantes de periodismo y recién licenciadas y licenciados, ávidos de conocer el oficio –si es que así se le puede llamar- del columnismo patrio. El adelanto del cartel prendió como la pólvora por las redes sociales y una oleada de indignación masculina intentó boicotear el evento tildándolo de “feminazi”. Las organizadoras del Congreso (mujeres, todas ellas) se justificaron diciendo que no se habían dado cuenta de que no había señores en el cartel y que el criterio de elección había sido por pura meritocracia. ¿Quién podría criticar la elección de Rosa Montero, Soledad Gallego-Díaz, Lucia Etxevarría, Lucía Méndez Prada, Victoria Prego, Luz Sánchez-Mellado o Lidia Falcón como cabezas de cartel?. Todas ellas tienen libros publicados, escriben o han escrito en los principales medios de comunicación del país, y sus estanterías soportan el peso de importantes galardones nacionales e internacionales. Premios Nacionales de Periodismo, Doctoras Honoris Causa en diferentes universidades, Premios Nadal, Premios Planeta, Premios de la Asociación de Prensa de Madrid, Antenas de Oro y TP de Oro. Tantos, que no me caben en esta humilde columna. Por no hablar de las jóvenes Ana Requena Aguilar, Lorena G. Maldonado o Ana Isabel Bernal Triviño. Todas seguidísimas en redes y con artículos tuiteados y retuiteados hasta la saciedad.

Estando los ánimos como estaban, llenos de hombres histéricos que atacaban a las organizadoras -que, digo yo, podrán invitar a su evento a quien les salga del coño-, no se le ocurrió otra cosa a una conocida periodista jefa de opinión del segundo periódico más importante del país, que echar más leña al fuego escribiendo una columna en donde se burlaba de las reivindicaciones masculinas. Decía ella, Georgina Bustillo, que lo que les indignaba a los hombres no era la falta de paridad, sino “la falta de relevancia mitigada por la ilusión de una causa civil”. Todas las mujeres lo sabemos: si no saben ni poner una lavadora, cómo carajo van a saber escribir. Bustillo hilaba fino en su columna al apuntar lo que a los machinazis no les gusta oír, que las cuotas son una estúpida maniobra de corrección política que sólo sirven para tapar las carencias de talento masculinas. Bustillo hilaba también muchas frases subordinadas y hablaba de si misma en tercera persona, como Aída Nízar. Las lectoras no somos tontas. Los hombres no pueden evitar hablar de cuestiones íntimamente ligadas a su género como las tetas de la becaria o de Cristina Hendrix, y las copas que son capaces de tomarse sin que los detengan. Su visión de la realidad es por narices, o por cojones, absolutamente sesgada. Y es que tanta testosterona, les nubla el juicio.

Me encontraba yo al borde del orgasmo imaginando este futuro utópico, cuando la realidad me golpeó fuertemente en la cara, como si me abofetease una enorme polla de goma mucho más grande que la que guardo en mi cajón. Como ustedes imaginarán, lo que ha ocurrido esta semana es exactamente lo contrario de lo que les acabo de contar. Este ejercicio de ficción esconde la penosa realidad de que a los organizadores del II Congreso del Columnismo de León no se les había ocurrido llevar a ninguna mujer este año.

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Los organizadores, considerando lo masculino lo universal, lo neutro, la normalidad cultural, no habían reparado en la falta de mujeres entre los treinta asistentes. A pesar de que más de la mitad de los periodistas que trabajan en nuestro país son mujeres, y que más de la mitad de la población somos también mujeres, es increíble comprobar cómo muchos siguen pensando que las opinadoras son una especie exótica que sólo sirve para cubrir cuotas. Lo escribió con mucha soberbia Jorge Bustos al referirse a la “irrelevancia femenina” que se dirime del cartel del congreso. Porque qué les va a importar a estos señores que se nos niegue el espacio público, la autoridad, la relevancia, la voz propia y original si ellos escriben con el pene. Sería la primera vez que a un hombre se le ocurre reivindicar nuestros derechos. Y es que sólo los ladridos feministas consiguieron evidenciar esa situación y cambiar mínimamente el cartel que, de momento, ya cuenta con ¡cuatro mujeres!

Pero hay una revolución en marcha. Las mujeres, más que nunca, nos encontramos en espacios físicos y digitales, donde nos leemos, nos compartimos, honramos a las pioneras y escribimos nuestras propias historias. La Historia que los hombres nos han negado. Y es que como dice Irantzu Varela, no es sólo que las mujeres estemos infrarrepresentadas, es que los hombres están sobrerrepresentados. Díganme, ¿cuántas columnas escritas por hombres han leído sobre el último asesinato machista?

*Artículo publicado en A Revista de Diario de Pontevedra el 30/09/2017

La loca de Juana

Hace quinientos ocho años una mujer fue encerrada en un palacio por orden de su padre primero, y de su propio hijo después, para evitar que solicitase lo que legítimamente le correspondía, el reino de Aragón y Castilla. Desde joven había mostrado un orgullo desmedido para la época, llegando a arriesgar su vida por amor; un gran escepticismo religioso, y pocas ansias de poder. No quería el poder, pero luchó con dignidad por defender la Corona de Castilla, protegiéndola incluso del querido esposo por el que se supone, perdía la cabeza. A pesar de que defendió a todos los hombres de su vida, todos ellos la traicionaron, y se encargaron de incapacitarla una y otra vez y de negarle el ejercicio de su libertad. Subyugada y maltratada, permaneció 46 años aislada de la realidad con la única compañía de su hija pequeña durante los 15 primeros años de su cautiverio. Tras la partida de Catalina, sola en su escondite, tuvo que luchar contra la melancolía y los demonios de la injusticia en que se había convertido su vida.

Se llamaba Juana, y decían que estaba loca.

En nuestros días otra Juana permanece encerrada en algún lugar junto a sus dos hijos, desobedeciendo unas leyes injustas que la obligan a entregárselos al padre maltratador. Juana Rivas, granadina de 38 años, sufrió varias palizas y violencia psicológica durante su relación con Francesco Arcuri, italiano de 50, que llegó a ser condenado por un delito de lesiones en el ámbito familiar.El año pasado Juana decidió terminar su calvario en Italia trayéndose definitivamente a sus hijos a España. Creyendo que la justicia de su país la protegería.

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A pesar del cambio legislativo del año 2015, gracias al que ya se contempla a los hijos de mujeres maltratadas como posibles víctimas de la violencia de género, y que permite la supresión de las visitas con el maltratador, el juez y la fiscal no hicieron nada para impedir que los niños se viesen con Arcuri. Hace unos días Juana tendría que haber entregado a sus pequeños, de 3 y 11 años, en el punto de encuentro de Granada. Pero no lo hizo. En lugar de eso, se ha escapado con ellos y permanece en paradero desconocido. Obligada a huir de la injusticia.

Pero antes de irse la madre dejó claras sus intenciones ante los medios de comunicación “me los tienen que quitar a palos”. Ahora, la Guardia Civil busca a la víctima mientras el abogado del agresor se pasea por los medios reclamando justicia. El letrado de Francesco Arcuri ya ha pedido una orden internacional de detención para Juana por el secuestro de sus hijos. Adolfo Alonso, abogado de profesión , ve claros síntomas de enajenación mental en la madre de los niños que se encuentra en un estado psicológico de desequilibrio emocional” y que presenta “un riesgo para su hijos, ya que sus comportamiento son imprevisibles y puede dirigirlos contra éstos”. Juana. La loca.

Y mientras medio país reclama justicia para Juana, se anuncia, entre fuegos de artificio, el flamante pacto de Estado contra la Violencia de Género después de meses de trabajo de todos los grupos políticos. Pero las leyes son papel mojado si no la ejecutan órganos especializados y con sensibilidad en violencia machista. Los casos que han acabado de manera desgraciada son innumerables, y tenemos varios sólo este año: la bebé asesinada por su padre que se tiró por la ventana del hospital madrileño de La Paz. O Javier, el niño de 11 años de A Coruña, al que mató su padre que tenía una orden de alejamiento de su expareja, después de recogerlo en uno de esos puntos de encuentro en donde Juana debía haber dejado a sus hijos. Dos años después del asesinato de las niñas de Moraña, Rocío Viéitez, la madre de Amaia y Candela, inició hace unas semanas una recogida de firmas en change.org para pedir la no derogación de la prisión permanente revisable que debería mantener encerrado a David Oubel el resto de sus días.

Pero ni siquiera hace falta que los maten. Porque los niños que conviven con la violencia son siempre víctimas. Tienen muchas probabilidades de sufrir depresión, problemas de conducta, fracaso escolar o aislamiento. Tienen también una alarmante predisposición a perpetuar la violencia machista en el caso de los chicos, y a desarrollar patrones de sumisión en el de las chicas.

El pacto de Estado no puede ser un documento de maquillaje político. No puede olvidar las principales reivindicaciones de los colectivos feministas. Porque no nos cansaremos de decir que un maltratador nunca es un buen padre. Mientras una oleada ciudadana de solidaridad aplaude la insumisión de Juana, muchas personas le abrimos las puertas de nuestra casa a ella y a sus hijos. Ni loca ni sola, compañera.

 

*Artículo publicado en a Revista de Diario de Pontevedra el 29/07/2017

La zorra de mi ex

Me llama mi madre por teléfono para contarme la historia de un señor que supuestamente tiene que pagar una pensión compensatoria a su ex mujer que equivale a la mitad de lo que cobra él -una miseria- por una ayuda de desempleo. Pongamos que él cobra 400 y que paga 200. En el fragor del cotilleo descubro que los hijos son mayores de edad y, supuestamente, a ellos no está obligado a pagarles nada a pesar de haberse ido de casa con otra señora con la que felizmente ha rehecho su vida. No sabemos si los hijos trabajan ni tampoco de qué viven. Obviamente, la vida de este señor es una desgracia. Su ex se ha ensañado con él y está dispuesta a llevarle a la ruina mientras sus hijos – conchabados con su madre- no le hablan. Nos encontramos ante el típico caso de la ex mujer arpía y aprovechada que ha conseguido engañar a jueces y fiscales, modificar el Código Civil a su antojo, y conseguir una sentencia absolutamente injusta, con la frialdad de quien se pasa la vida rascándose el coño delante del Sálvame, mientras el pobre hombre trabaja como un desgraciado para sacar a su familia adelante. ¿Qué familia? Pasapalabra. El señor lo cuenta por ahí y claro, los otros posibles y futuribles desgraciados se lo creen. Su drama es el drama de todos.

En España existen dos pensiones fundamentales en caso de separación o divorcio, la alimenticia y la compensatoria, y cualquiera de ellas puede ser pagada y/o percibida indistintamente por el hombre o la mujer en caso de parejas heterosexuales. La pensión alimenticia la paga el progenitor que no convive con sus hijos para hacerse cargo de la manutención de los mismos que, según el artículo 142 del Código Civil, se entiende por todo lo que es indispensable para el sustento, habitación, vestido y asistencia médica, además de la educación e instrucción de los mismos hasta que consigan la independencia económica. Se suele rescindir cuando los hijos alcanzan unos ingresos equiparables al salario mínimo interprofesional y no suele extenderse más allá de los 25 años. Antes de que alguien saque el argumento de que claro, los jueces siempre dan la custodia a las madres y así los pobres hombres se quedan sin familia y sin dineros, conviene resaltar que no se puede dar la custodia al que no la pide. Sólo el 8% de los padres españoles solicitan la custodia de sus hijos en exclusiva. Obviamente, se valoran muchas cosas a la hora de entregar la custodia a uno de los progenitores, principalmente, quién se ha encargado de su cuidado durante el matrimonio y hacia cuál de ellos demuestran los hijos más apego emocional. También hay hombres que piden la custodia para no tener que pagar – o para dañar a su ex- y después encasquetan el cuidado de los hijos a sus propios padres, pero éste es otro asunto. El 80 por ciento de los hijos se quedan con las mujeres que asumen mayormente la crianza, la responsabilidad y las dificultades laborales, en un mercado que castiga cada vez más a las madres. Afortunadamente, cada vez hay más padres que solicitan la compartida y más sentencias favorables para dividir al 50 por ciento el cuidado de los hijos. Pero no, no son la mayoría de los hombres, por mucho que se quejen un miércoles por la noche en la barra del bar a la que su ex no puede ir porque está acostando a los niños.

500 days of Summer
Cuando tu ex pasa de ti, y te recreas en el sufrimiento romántico.

La pensión compensatoria no tiene nada que ver con los hijos, y está regulada por el artículo 97 del Código Civil. Ésta es la que supuestamente paga nuestro amigo el arruinado y también puede ser pagada y/o percibida por cualquiera de los sexos. ¿Qué sentido tiene pagarle a una persona con la que ya no estás casado o emparejado? ¿Estamos todos locos o qué? Veamos qué dice la ley al respecto. El artículo 97 del Código Civil establece: “el cónyuge al que la separación o divorcio produzca desequilibrio económico, en relación con la posición del otro, que implique un empeoramiento en su situación anterior en el matrimonio, tendrá derecho a una compensación que podrá consistir en una pensión temporal o por tiempo indefinido, o en una prestación única, según se determine en el convenio regulador o en la sentencia (…)”. Es decir, tal como su propio nombre indica, la compensatoria sirve para compensar a la parte de la pareja más desfavorecida económicamente tras un divorcio y suele recaer en el cónyuge que por diversos motivos -cuidado de los hijos y del hogar o connivencia con la pareja- no ha podido gozar de una carrera laboral, ni de una independencia económica que le permitan engancharse al mercado tras la separación. Pongamos de ejemplo un matrimonio tipo de 15 años de duración con dos hijos. Por razones que mucha gente sigue considerando obvias, durante la mitad de la vida de sus hijos la madre, Fulanita, se encargó del cuidado de los mismos en exclusiva -lo que ha ahorrado guarderías, cuidadores y hasta profesores particulares- además de la puesta a punto del hogar del que ha disfrutado toda la familia. Más tarde, sólo ha conseguido trabajos temporales, a tiempo parcial y mal pagados. Mientras tanto, su ex, cosechó una buena carrera laboral. Fulanita tiene ahora 50 años, una vida laboral raquítica (¿quién la va a contratar?) y unos ahorros nimios. Pues es ahí en donde la ley podría exigir una compensación económica para que Fulanita no se quede con una mano delante y otra detrás. Fulanita, también puede reclamar un nivel de vida similar al que tenía en su matrimonio y al que contribuyó activamente gracias a su trabajo no remunerado.

En general, la cantidad y la duración de la pensión va en relación a los ingresos del pagador (nunca más de un 20-30% de sus ingresos) y el tiempo que se paga depende también de la duración del matrimonio y de los cambios económicos que se produzcan en la pareja. Por ejemplo, que Fulanita cobre una herencia o se vuelva a casar, o que su ex pareja se quede sin trabajo, son motivos objetivos para rescindir la compensatoria.

La invisibilización del trabajo de las mujeres convertidas por obra del Espíritu Santo en deidades maternales y cuidadoras a tiempo completo, convierte a muchas señoras en la zorra de mi ex cuando hay un divorcio. Cada vez que una persona pone el grito en el cielo porque una mujer cobra una compensatoria o se ha quedado con la casa en la que cohabita con sus hijos (historias muchas veces tergiversadas y legalmente imposibles), estamos estigmatizándola y creando el caldo de cultivo en el que se justifican todo tipo de violencias

Otra día ya hablamos de todos esos padres maravillosos que no pagan la pensión de sus hijos por culpa de la zorra de su ex.