Categoría: mujer

Si los piropos molan, bájale al pilón a tu madre

Asisto estupefacta a la indignación de mucha gente que confiesa haberse escandalizado porque Ángeles Carmona, presidenta del Observatorio Contra la Violencia de Género, quiere prohibir los piropos. “Prohibir llamarle guapas a las niñas, hasta dónde vamos a llegar”, leí estos días por las redes. Como mucha gente defiende la inocencia y hasta la belleza del piropo os voy a explicar por qué estoy completamente de acuerdo con Carmona y creo que los piropos apestan y tienen lo mismo de poesía que ese pedo echado después de un maravilloso polvo.
La semana pasada, mientras corría por el paseo del río Lérez en mi ciudad, Pontevedra, algo interfirió en mi entrenamiento. Iba haciendo running animadamente, con mis auriculares, mi música, y mis historias mentales, cuando escucho que un coche está pitando. Obviamente, pensé que no me pitaban a mí, y seguí a lo mío. Entonces, me di cuenta de que el coche que hacía sonar el claxon había aminorado la marcha y se encontraba ahora a mi altura mientras seguía pitando. Presionada por la misteriosa presencia, paré de correr y me quité los cascos porque entendí que se trataba de un conocido intentando saludarme. Pues no. Cuando me di la vuelta había cuatro imberbes berreando y vacilándome con la cabeza por fuera de las ventanillas. Los miré, suspiré, me volví a girar, me puse los cascos, y seguí corriendo. Ellos, que no captaron el mensaje, continuaron haciendo sonar la bocina detrás de mí, hasta que yo, que no había molestado a nadie, me tuve que desviar por un sendero para que esos completos desconocidos no siguiesen acosándome. Aquí tenéis las consecuencias de un piropo. No recuerdo exactamente qué me dijeron, pero no era ninguna  de esas “cosas feas” que se debaten estos días, del tipo de que me van a comer la regla a cucharadas o me van a meter el palo por el culo para hacerme sudar como un pollo. No, no, era algo bonito y dulce, algo así como “guapa”, “princesa”, “cachonda”, o “morena”, seguido de un bramido de asnos indescriptible.
¿De verdad creéis que esto debería hacerme sentir bien?
 
Si los piropos molan, bajale al pilón a tu madre
                                                                                                                                                                                                                     
Los que defienden la cultura del piropo defienden que es correcto que el cuerpo de las mujeres sea un espacio público sobre el que cualquiera tiene derecho a opinar en voz alta. No ven claro que una mujer se sienta ofendida, molestada, intimidada o incluso agredida, porque alguien la intercepte para hacerle saber que acaba de tener una erección pensando en su tanga. El piropo es, por defecto, una intromisión en la intimidad de alguien a quien no conoces, no le interesas y no tiene por qué escuchar tu opinión acerca de su físico. Punto.
A mí también me gustan los hombres guapos. En ocasiones, voy por la calle y veo a un tipo guapísimo y claro, como ser sexuado que soy, yo también pienso que tiene un polvazo. La diferencia es que yo no voy detrás de él, le toco el culo y le digo que se me acaban de saltar las gomas de las bragas. Sinceramente, no conozco a ninguna mujer que lo haga. Que sí, que alguna habrá, pero, por favor, no hagáis norma de la excepción: el emisor suelen ser uno o varios hombres y las receptoras una o varias mujeres. Y esto es así desde que Jordi Hurtado existe.
Ayer discutía con unos amigos acerca de los “límites” de los piropos, como si hubiese que poner límites a una práctica tan vergonzante y fuera de lugar en una sociedad civilizada. Que tú le digas a tu mujer, tu ligue, tu amiga, tu hermana o tu madre, lo guapa que está o el culazo que le hacen esos pantalones, se entiende perfectamente como un cumplido que haces a una persona a la que quieres o respetas y de la que se supone que tienes el permiso tácito para tomarte esas libertades. Yo halago a mis amigos, me fijo en su ropa, en su pelo y me resulta agradable que lo hagan conmigo.
 “A muchas mujeres les gustan los piropos”, leí por ahí también. Claro, a mí también me gusta que el hombre con el que estoy ligando o enrollándome me regale los oídos, me diga que soy guapísima aunque me mienta como un condenado, y en determinadas circunstancias, me susurre todas las guarradas inimaginables acerca de mi culo y mis tetas. Ahora bien, cuando un tipo que no conozco de nada o tiene una relación de poder hacia mí (caso típico del jefe) hace referencias a mi físico gratuitamente me pone en una posición violenta y desagradable que NO me apetece vivir.
Y hablo del piropo en el trabajo porque es uno de las formas más casposas de machismo que sufrimos las mujeres con cotidianeidad. Recuerdo cuando con 21 años empecé a trabajar en un periódico y me encontré con un individuo que, aunque no era directamente mi jefe, si era uno de los jefes del diario en cuestión. Un buen día me tocó hacer algo para su sección y entonces tuve que hablar con él para preguntarle qué era lo que tenía que hacer. El tipo no estaba conforme aquel día con mi vestuario, y me lo hizo saber negándome la palabra porque no le gustaba nada aquel color que yo llevaba. Me quedé de una pieza, pero él no se amilanó y decidió que no, que no hablaría conmigo dadas las circunstancias: que era supersticioso a ese color. Me dijo que, si al día siguiente necesitaba hablar con él, usase otra en mi indumentaria. Puede parecer una broma, pero desgraciadamente es verdad. Así que dejé aquel encargo y me volví a mi mesa mientras sus súbditos lloraban de risa y a mí me ardían las mejillas. Al día siguiente, vestida muy conscientemente de otro color, fui a hablar con él. Absolutamente abochornada por lo del día anterior, me acerqué a su mesa y entonces él se dignó a hablarme. Se pasó cinco minutos diciéndome lo guapa que estaba vestida mientras yo permanecía de pie, con una libreta y un boli en la mano: “hoy si que estás guapa, coño”, “mira que a veces os empeñáis en ir feas, con lo bonita que eres”. Comprenderéis que lo que a mí me apetecía en ese momento era escupirle entre ceja y ceja a ese retrasado, pero yo era la becaria y él el jefe, así que ya sabéis, a joderse.
Pero lo del trabajo va mucho más allá, porque existe también otro tipo de acoso, silencioso, que se manifiesta a través de miradas indiscretas, suspiros y comentarios al paso. En esa misma empresa (que por todo lo demás me hizo muy feliz) daba la casualidad de que la impresora estaba al final de la redacción, justo al pasar la sección de deportes. Así que cada vez que teníamos que imprimir algo, yo o mi compañera, había que levantarse para pasar por delante de los compañeros de deportes. En realidad, debíamos de ser un poco exageradas, porque nunca nos dijeron nada a la cara, pero la situación de cachondeo llegó a tal punto que acabábamos apostando entre nosotras a quién le tocaba ir para intentar zafarnos de las miradas y el murmullo de los compañeros. Habrá quien lo vea bonito, pero a mí me parece un claro síntoma del machismo y de la cosificación constante a la que estamos sometidas las mujeres en este país, sólo por acudir a nuestros puestos de trabajo como cualquier hombre que, por supuesto, nunca viven algo así.
 
 
Es difícil hacerle entender a un hombre cómo se siente una mujer cuando lleva a un desconocido tras de sí por la calle diciéndole babosadas. Es difícil hacerle ver que a todos nos gusta pasar desapercibidos y que, cuando alguien te dice algo, muchas miradas se centran en ti esperando, cruelmente, tu reacción. Es difícil incluso hacerle entender que por inocente que sea, podemos llegar a pasar miedo. Pero puedo intentarlo haciéndole pensar en su mujer, su hermana, o su hija adolescente.
 
Imaginaos a una chica de 14 años saliendo al encerado a hacer un ejercicio de matemáticas un día que lleva un pantalón apretado y un tanga. Pensad en esos niños haciendo comentarios de mal gusto que ella escuchará mientras está en el encerado. Imaginaos después a la chica en el recreo, paseando con sus amigas y teniendo que evitar lugares porque ya todo el instituto sabe que se puso tanga y es un tema de debate que merece ser expuesto en voz alta y con la interesada presente. Imaginárosla luego saliendo de tarde para quedar con su primer novio, e imaginárosla volviendo a las 11 de la noche un día de semana sola por la calle mientras un coche la sigue y alguien desde el interior le echa piropos. Imaginaos a esa chica acelerando el paso. Imaginaos que, intentando zafarse del coche, se cruza por una calle con un grupo de cuatro chicos que la interceptan y la llegan a manosear mientras le dicen lo buena que está y le preguntan por qué está solita y dónde están sus papás. Imaginaos que la chica se defiende, los manda a la mierda y sigue su camino. Imaginad a esa pandilla que hace cinco minutos la llamaba guapa llamándola ahora cerda, puta y amenazando con violarla. Imaginaos que es vuestra hija.

Cuando terminéis de imaginarlo, preguntaros si los piropos os siguen pareciendo tan buena idea.
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¿ Para eso estudiaste ?

Toda la vida criando callo en los codos para que luego mis padres vean a Cristina Pedroche en bragas saliendo one more time por la televisión y me digan “mira a ésa, ¿ para eso estudiaste ? ” Mis padres están indignados porque las presentadoras salen medio desnudas, los programas del corazón copan las parrillas y el frikismo ha llegado a niveles de arrancarse los ojos con la pinza de depilar.  Deberían estar tranquilos, hace mucho tiempo que no veo la presentación de programas como una salida profesional.
El problema no es que Cristina Pedroche enseñe las tetas, las bragas o lo que le de la real gana. El verdadero problema es que Cristina Pedroche hace de tonta del culo. Concretamente, de tonta del culo enseñando las bragas. Y de esos ejemplos tenemos demasiado en los últimos años: Patricia Conde, Pilar Rubio, Berta Collado o, en su versión más fina, Sara Carbonero. El marketing televisivo necesita de tontas del culo guapas dispuestas a enseñarlo todo por la gloria del pantallazo. Ellas ya se encargan de poner el altavoz en sus redes sociales regalando desnudos al mayor número de followers posibles.  Y eso, amigos, es muy peligroso. 
No se trata ya de mercantilización del cuerpo de la mujer –cosa obvia- porque tontos del culo también los hacen a ellos (“Quién quiere casarse con mi hijo”, “Adán y Eva”, “HMV”), sino, y por encima de todo, de un mal común a nuestro tiempo: el empacho de ego con el que estos personajes necesitan vivir cada día. Y el impacto que eso tiene en las personas que se encuentran al otro lado de las pantallas (adolescentes, en la mayoría de los casos) recibiendo esta sobredosis de tontos del culo hedonistas todo el puto día.
chico desnudo playa
No dudo de la inteligencia de esta chica, y no creo que enseñar las bragas exima a nadie de ser una persona lista. Lo que sí puedo hacer es analizar sus actos, porque lo que ella hace como ídolo de masas repercute en su público. Desde que la jovencísima Cristina apareciera en televisión allá por 2011 de la mano de una conocida cantera de tontas del culo, no ha dejado de interpretar el papel que tan lamentablemente diseñaron para ella por ser guapa. Lejos de reconducirse con los años, lo que la presentadora ha hecho ha sido explotar hasta la saciedad su imagen en pro de papeles de lo más casposos en televisión y radio. Los miles de seguidores que acumula en RRSS reciben cada día el regalo del visionado de su cuerpo y su intimidad expuestos como un bonito regalo de Navidad en el escaparate de una juguetería. Cientos de comentarios machistas y violentos (del tipo “quiero violarte”) se acumulan bajo cada foto junto a otros que juzgan su peso o sus habilidades profesionales. Todo eso no es más que el reflejo de lo que muchas mujeres sufren a diario en la calle: ser tratadas como pedazos de carne sobre la que todo el mundo tiene derecho a opinar.
Cristina, Miley y cada vez más chicas famosas, han picado en el anzuelo de que enseñarlo todo es sinónimo de transgresión. Mucho me temo que los selfies y los desnudos darán paso a una dolorosa travesía del desierto cuando todas ellas dejen de soplar las velas del patito. Y llegarán las nuevas hornadas para seguir haciendo lo mismo. El mensaje es claro: para qué coño estudiar pudiendo enseñar.
¿ Para eso estudiaste ? MILEY CYRUS
Obviamente, cada uno elige hacer con su cuerpo lo que le de la gana (para algo es suyo) pero la intrascendencia/banalidad con la que se trata la piel de uno mismo merece ser criticada. Es como si nuestro cuerpo ya no valiese nada. Sin embargo, cada vez vemos más noticias de chicas que son extorsionadas por alguien que accedió -en la mayor parte de los casos con consentimiento previo- a sus fotos íntimas. A veces pienso que lo que les lleva a hacer esto es una cuestión de inconsciencia, de infantilismo, o de puro ego, porque estoy convencida de que si la mayoría de esas chicas se encontrasen a solas en una habitación con las personas que están detrás de las pantallas se lo pensarían mucho antes de quitarse la ropa.
 
Otro de los problemas que acarrea la sobreexposición de cuerpos en las redes sociales es que crea el binomio perfecto entre belleza y falta de cerebro. Es una fórmula que a la televisión y al entretenimiento lleva años funcionándole. La inmensa mayoría de las mujeres bellas que aparecen en los programas y los videoclips cumplen el papel de comparsa y tonta-del-culo, lo que incide tanto en la autoestima de las chicas “feas”, como en la de las guapas que desean dedicarse al espectáculo.
Por supuesto, la belleza no está reñida con la inteligencia. Ni Ana Pastor, ni Mamen Mendizábal (o incluso Susanna Griso) tienen que hacer de tontas para salir en la tele. Y tampoco hay que ponerles una manta en la cabeza y obviar su belleza. Todas ellas en diferente modo han sabido priorizar su carrera profesional sobre su belleza, aprovechando también que el medio les es agradecido. Supongo que no es fácil lidiar con todo cuando tus compañeros hombres que se dedican a la información ni son guapos, ni son juzgados por ello.
Cuando Lena Dunhan sale desnuda en Girls (una y otra vez) no nos cuestionamos la inteligencia de Hannah porque el desnudo no está pensado para poner a nadie cachondo. La serie está dirigida básicamente a un público femenino, conocemos a la protagonista y sabemos que es una mujer con ambiciones. Lo que Lena busca es hacernos reflexionar sobre las muchas realidades del cuerpo de la mujer que rara vez se exponen más allá que de una manera puramente marginal. El autohomenaje que se hace Lena en casi todos los capítulos (teniendo sexo, duchándose o simplemente paseándose desnuda) no saca al espectador de la trama sino, más bien, lo pone en la piel de la protagonista.
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Cuando todo el rato vemos a chicas bonitas sin nada que decir, mostrándose como mercancía obviamos la mayoría de las realidades femeninas que nunca saldrán si no es para hacer mofa (la amiga graciosa), mientras que convertimos a las guapas en esclavas de algo que no debería ser negativo. La infame invasión de tontas y tontos del culo no sólo esta pervirtiendo la belleza, sino, y lo que es peor, la inteligencia.

(Ojalá un papel en Girls antes que unas campanadas)

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Un novio feo

El valor de un novio feo (marido, pareja, acompañante de verbena o amante ocasional) está muy por encima del de un novio guapo, el cual con su belleza parece dar por sentado que merece el privilegiado lugar que ocupa en nuestras vidas. No obstante, un novio feo representa el paroxismo del amor, la verdadera esencia de la profundidad de los sentimientos, el triunfo de la oruga sobre la petulante mariposa.
Vivimos una época de sobrevalorización de la belleza masculina (la femenina siempre ha sido objeto de adulación y explotación) lo que ha provocado que muchos hombres sientan la necesidad acuciante de ser más atractivos que sus compañeros de gimnasio, de trabajo, incluso que las mujeres a las que pretenden conquistar. Por eso, lo que es realmente hipster, alternativo y molón que te mueres, es echarse un novio feo.
En Galicia, donde estamos acostumbrados a crear tendencias que después todo el Reino asume como propias (empezamos con Franco, después vino la cocaína y ahora tenéis a Rajoy hasta que no probéis el licor café)  al novio poco agraciado lo llamamos “riquiño”, que es una palabra mucho más bonita y que además rima con otras como “pobriño” y “feitiño”. “Riquiño” es un adjetivo polisémico que significa buena persona, simpático, enrollado, majete… vamos, el feo de toda la vida. 
En un par de años los riquiños lo petarán en el Hombres, Mujeres y Viceversa.
Una de las principales ventajas de un novio feo es que la fidelidad, aún sin estar garantizada del todo, es más difícil de quebrantar. Un novio guapo es como el jamón de la tómbola: todas se lo quieren comer. El feo, en cambio, es ese peluche gigante que tienes que arrastrar toda la noche mientras las demás te miran con compasión. No os engañéis: la fidelidad masculina no es un asunto de sentimientos, es, ante todo, una cuestión de oportunidades.
Pero no sólo de fidelidad vive la mujer. El novio feo es también mucho más agradecido. A un novio guapo parece que hay que premiarlo por estar ahí, sin embargo, el feo sabrá ver quién de los dos es el afortunado. Esto es muy positivo para la correcta autoestima femenina, ya que garantiza una cierta seguridad mental muy importante para el equilibrio de la pareja.
El novio feo tiene la obligación moral de ser más listo y divertido de lo habitual. Un tipo poco atractivo debe ser culto y educado, refinado en los modales, inteligente y divertido. Oscar Wilde ya lo sabía cuando escribió El Retrato de Dorian Gray: “El intelecto es una forma de exageración en sí mismo y destruye la armonía de cualquier rostro. En el momento en que uno se sienta a pensar, se vuelve todo nariz, o todo frente, o cualquier otro espanto. Mira a los hombres de éxito en cualquier tema del saber.”
Puede incluso que sea apestosamente rico, lo que nunca está de más en la escala de follabilidad. Si todavía no lo es, investiga sus contactos, sus ambiciones y su curriculum: nunca se sabe cuando el feo puede dar el gran salto.
 
NOvio Feo
El sexo con un feo es mucho más placentero, porque en lugar de perder el tiempo eclipsándote en su belleza como una náufraga enamorada, prefieres que meta la cabeza entre tus piernas y que no salga de allí hasta haber cumplido su misión con éxito. El guapo tiene tendencia al cansancio precoz y, mucho peor, a follarse a sí mismo cuando lo hace contigo. TODOS los guapos saben que lo son, para algo han tenido abuela, madre y novias. El feo sólo tiene abuela y lleva años enterrada.
 
El feo no vive obsesionado con su físico ni te da la turra día sí y día también ,con la dieta de los cojones. El día que le dices a tu novio no-guapo que va guapo no tiene más remedio que creérselo: asunto zanjado. El feo sabe valorar tu sinceridad siempre que le convenga. El feo te ama.
 
La genética es selectiva y quiere mejorar la especie. La genética también te ama. (Es importante que te creas esto a la hora de ponerse con el apareamiento).
Pero, lo mejor de todo, es que la belleza y la inteligencia son dos constantes que evolucionan de forma totalmente opuesta. Mientras la belleza física se la tragan los años, la cultura y la riqueza espiritual no dejan de aumentar para el que ha sabido alimentarlas. Cuando te aburras como una ostra mirando como tu marido guapo se ha convertido en un viejo amargado, piensa que quizá el friki del colegio al que no quisiste besar, ha publicado varios de esos libros que ahora te emocionan cuando lees a solas. O igual es el tipo con más jeta de España y se hace platós como para comprarte el Zara de tu pueblo durante el Black Friday ése.
Y oye, que si el feo te sale gilipollas, tampoco hace falta que pierdas el tiempo pensando en sus bonitas facciones antes de mandarlo a la mierda y enrollarte con el cachondo del gimnasio.
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