Categoría: menstruación

La depilación genital femenina es ETA

Dichosos los coños de los años 80 y primeros 90 que podían campar libres y en armonía con la naturaleza sin ser rechazados por ello. Coños poblados de vasto y esponjoso vello en el que enredar los dedos como los enredamos en la hierba fresca del campo. Coños peludos como felpudos y coños negros como una noche sin estrellas. Coños rubios y coños pelirrojos. Coños de mujer y no de Barbie estrella del porno.
Barbie Desnuda y su depilación genital
Desgraciadamente, la tendencia estética del coño lampiño ha imperado en los últimos años y nos ha hecho partícipes, a las mujeres, de una práctica absurda, insensata y peligrosa para la salud. Por supuesto, las fórmulas de mutilación velluda femenina han ido evolucionando y son muy amplias y variadas.
La tradicional: el rasurado con cuchilla. Es la más rápida y cómoda, cualquiera puede hacerla en su casa mientras se ducha. Evitando meterse en la delicada zona de los labios y depilándose sólo la franja del bikini, no debería tener grandes consecuencias para la salud. Lo peor del afeitado es el momento en que el vello cortado a machete empieza a brotar debajo de las bragas creando irritación. La incomodidad puede ir desde un ligero picor a la necesidad de rascarse como si te acabasen de pegar la sarna.
Crema depilatoria. Es similar a la anterior pero deja la piel más suave y un olor a cerdo chamuscado que es de todo, menos sexy.
Cera. Es la práctica más extendida y la más duradera dentro de los métodos tradicionales. Para los hombres y las mujeres que no hayan probado esta técnica, os la resumo: consiste en la aplicación de cera caliente derretida al punto de ebullición sobre la fina piel del pubis donde debe solidificarse para después retirarse de un tirón seco –si hay suerte- arrancando el pelo de raíz. La cera caliente ES PELIGROSA, tened cuidado con quien os aplica, os pueden quemar y dejar marcas de por vida. Además, favorece la aparición de pelitos enquistados que se infectan y los tirones propician la caída y el desgarramiento de los músculos y la piel de la pelvis. Vamos, el envejecimiento prematuro de nuestros amados coños.
 
 
Máquina eléctrica. Personalmente, alguna vez intenté acercar la Silk-épil a mi zona sagrada y los gritos se escucharon en Massachussets. En una escala de dolor de 1 a 10, la eléctrica es 110.
Láser o luz pulsada. Se está convirtiendo en la reina de la fiesta porque promete la erradicación del pelo DEFINITIVAMENTE. Reconozco que, hace un par de años, en un arrebato de gilipollez, decidí depilarme definitivamente con luz pulsada. Probé en las piernas y en las axilas y tuve que dejarlo después de tres sesiones porque el dolor era insoportable y además, me quemaron. Según la ‘especialista’ que me atendía las quemaduras eran algo habitual y se pasaban al cabo de unos días aplicando crema de aloe con regularidad. Afortunadamente, se pasaron, pero el tremendo agobio que sentí viendo mis piernas llenas de marcas no se lo recomiendo a nadie. Por supuesto, no soy la única que ha sufrido los desastrosas consecuencias del láser. Así que, si vais a depilaros con láser, hacedlo en un sitio con supervisión médica. Cuidado con las ofertas escandalosas porque igual de escandalosas pueden ser las consecuencias. Algunas manejan el láser como Darth Vader: a sablazos.

Darth VAder
La depilación genital femenina se ha convertido en una práctica tan extendida que es difícil encontrar un pubis totalmente peludo, más aún, entre las mujeres jóvenes. Y es que muchas de nosotras nos hemos tragado el cuento de que la depilación íntima es una cuestión de higiene y salud personal. Y todo, para que ellos se lo tragasen a gusto. Pero el vello genital cumple unas funciones que deberíamos respetar. El cometido del pelo de nuestras vulvas es similar a la de las espinas de un cactus: está ahí para protegernos. Y es que a ningún cactus en su sano juicio se le ocurriría recortarse las puntas.
Os voy a resumir sus virtudes.

La vulva tiene una mucosa muy fina y el vello púbico sirve para crear una barrera que evita el contacto con virus o bacterias del exterior que pueden provocar infecciones vaginales. Entre ellas, las frecuentes –e incómodas- cándidas. Y mucho peor, la exposición de la zona genital está directamente relacionada con enfermedades de transmisión sexual como el virus del papiloma humano, que tantos estragos está haciendo en la población joven.
La barrera peluda impide, también, el contacto de la piel de nuestra vagina con salpicaduras de cualquier váter público, previene de infecciones urinarias y evita el pis en aspersión típico del coño recién depilado.
Asimismo, el pelito sirve para que los órganos genitales femeninos mantengan una temperatura cálida, garantizando así su correcto mantenimiento y funcionamiento. Además, el vello impide la irritación durante el coito, que puede causar enrojecimientos y afecciones en la piel.
Por último, y en contra de la opinión extendida de que un pubis depilado es más atractivo sexualmente, el vello participa en la retención de las feromonas que transmiten señales que aumentan el deseo sexual y la libido de la pareja. Por eso los fans de los coños lampiños deberíais saber que os estáis comiendo la tortilla sin cebolla. Pero, oye, que también hay quien disfruta escuchando la versión de Satisfaction de Britney Spears.
Pero no todo iba a ser drama. En medio de tanta masacre empieza a cuajar una corriente de sensatez entre mujeres famosas que -sin ser hippis, ni lesbianas, ni nada de eso que a los machos preocupa tanto- han puesto el grito en el cielo mostrando su desconformidad con la depilación integral. Entre ellas, Cameron Díaz. No estoy proponiendo yo aquí que criemos un campo de ladillas pero, como decía Aristóteles, “la virtud consiste en saber dar con el término medio entre dos extremos”. Y nuestra salud es lo primero.

 En esta foto podemos ver la depilación femenina es ETA

Por mi parte, os propongo que al próximo novio/amante que os pida que os depiléis todo porque así no le gusta, le aconsejéis, por favor, la depilación de los cojones con soplete.

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LAS BRAGAS DE REGLA

Cuando las bloggers de moda, empeñadas en enseñarnos a vestir bien –bien o como payasas, según lo miréis- hablan de las prendas básicas que TODA MUJER debe de tener para componer un buen fondo de armario (atención, las prendas pueden guardarse en cualquier lugar, algunas incluso en la parte alta del mueble) se olvidan, sistemáticamente, de la prenda más importante de todas: las bragas de regla.
La braga de regla es una prenda que, absolutamente toda mujer en edad fértil debe de tener en su cajón. De hecho, lo sensato es tener, al menos, media docena de bragas de regla. Aunque claro, siempre está tu preferida: la braga más vieja y chunga de todas. Ésa que deseas ponerte cuando las flores huelen a mierda de perro y las nubes se empeñan en cubrir el astro rey.
La braga de regla no nace, se hace. Cuando somos niñas, aprendemos a través de la tradición oral y la colada de nuestra madre, que las mujeres adultas usan ese tipo de prenda íntima. Como si se tratase de un club privado, a nosotras no se nos está permitido el acceso: tenemos bragas de Minnie y de Mafalda, bragas con estrellitas y con lacitos, bragas lisas y estampadas, pero NO TENEMOS BRAGAS DE REGLA.
Entonces, un buen día –qué cojones, un mal día- una mancha roja aparece en tus impolutas bragas blancas con estampado multifrutas, seguida de un dolor punzante que atraviesa tu espina dorsal y, dentro de la desgracia, sabes que, por fin, ha llegado el momento de crear tu fondo de armario de mujer menstruadora.
Esa primera braga manchada de sangre, será sometida por tu madre al proceso de aclarado-blanqueado-lavado-centrifugado-clareado hasta llegar de vuelta a tu cajón convertida en tu primera braga de regla: si todo ha salido bien, las frutitas se parecerán más a fantasmitas y las costuras habrán dado ligeramente de sí. Sí, además, el blanco ha adquirido cierto tono amarillento por el uso indiscriminado de lejía barata, estamos en el buen camino.
Los siguientes meses son los más duros: todavía no tienes bragas de regla, y, cada vez, te toca pelearte con unas nuevas costuras apretadas y picajosas, un color demasiado vivo, una cintura demasiado baja y estrecha. La compresa (ninguna niña virgen decente debería usar tampones) se sale por los lados y la braga tiene demasiada licra para que se adhiera bien y no se mueva durante la noche. Cada vez que estrenas bragas para la regla, luchas con todas tus fuerzas para adaptarlas a tus necesidades: las estiras hasta las orejas mientras escuchas satisfecha el ‘crack’ de las gomas dando de sí, las lavas y relavas a 50 grados centígrados, las tiendes en agosto a pleno sol del mediodía… porque sabes que cuanto menos sexy, más cómoda será.
Aquí una cuidadosa selección de mis bragas de regla. Desgraciadamente, mi madre ha tirado grandes tesoros precolombinos.
No solo de bragas vive la mujer menstruadora. Durante esta época, es donde la adolescente adquiere consciencia sobre la necesidad de crear su fondo de armario real: pijamas flojos y viejos, sujetadores sin aros, bolsa térmica de los pies de la abuela para poner sobre los ovarios y/o riñones y camisetas gigantescas de marcas de alcohol o fiestas populares en honor a borrachos célebres.
Nuestras prendas de regla son como el calzoncillo de repuesto de los chicos: aquello que sólo nos ponemos en situaciones de emergencia. En el caso de ellos, suele coincidir después de dos largas semanas sin poner la lavadora.
No hay ningún requisito para crear la braga de regla perfecta, cada mujer deberá escoger a sus candidatas –normalmente, tiramos de aquellas que nunca nos pondríamos para echar un polvo- y someterlas a un riguroso entrenamiento que nunca acaba.
Porque ahora, en la plenitud de tu vida, es cuando abres el cajón anestesiada de ibuprofenos y, desesperada, buscas por entre cientos de tangas de encaje y transparencias -vistos en los blogs más trendy– aquella primera braga de fantasmitas. Tu preferida.

La ciencia de las vaginas

Soy mujer desde que he nacido, al menos, desde que yo recuerde, y las pruebas documentales de las que dispongo parecen atestiguar este hecho. Por tanto, me veo en la obligación de denunciar que los adelantos tecnológicos no se han preocupado especialmente por la anatomía y los problemas que tenemos las mujeres, por el simple hecho de serlo.
Empecemos por la infancia. Algo que debemos hacer desde la niñez es vestirnos. El nudismo no está bien visto y en el norte, además, es peligroso. Aquí ya podemos comprobar la tortura a la que son sometidas las niñas con respecto a sus amiguitos varones. El principal problema en esta etapa de la vida es la obsesión de las madres por poner vestidos y faldas que limitan claramente los movimientos o los convierten en “no elegantes”.  Desde jugar al fútbol, a hacer el pino, correr libremente por el campo o sentarse con las piernas separadas: casi todo está vetado con falda. Las mujeres tienen que aprender a cruzar las piernas desde la más tierna infancia para que no se les vean las bragas. Terrorismo de vestuario.
“Qué bien estoy haciéndome la princesita mientras mi hermano se llena de mierda en el barro”
Luego está el pelo. Que tenemos que dominar con pinzas de clip, cintas, diademas, coletas y otras fórmulas absurdas y dolorosas como las trenzas que se inician a ras de la frente y acaban en la nuca, provocando unas tiranteces y un picor en la cabeza horribles. Pero claro, a las niñas hay que dejarles el pelo largo y, una vez conseguida la ansiada melena, nada de tenerla delante de la cara o meterla dentro del plato de spaguettis. Eso tampoco es elegante.
En la adolescencia, las cosas lejos de mejorar, empeoran. La ropa sigue siendo una fuente constante de problemas. Aparte de las falditas, que se quedan más relegadas al fin de semana y se supone que ya tenemos controladas para que no se nos vea la entrepierna, llegan otros cambios importantes en la indumentaria . Los pantalones se estrechan hasta cotas inverosímiles, produciendo problemas en el riego sanguíneo. Yo tengo unos tan pitillo que temo que se me gangrenen los pies por los tobillos en cualquier momento. Pero lo peor, es que aprietan en otras zonas más delicadas y una puede llegar a sentirse ligeramente mancillada por la costura del vaquero cuando roza violentamente sus indefensos labios vaginales.
Los sujetadores también provocan ciertos contratiempos. Hay que empezar por tener un master en copas tetiles para entender los tallajes que van desde la A a la D.  Creo que la más habitual es la B, y yo de ahí no me muevo. Y luego están las diferentes formas y características de los sostenes capaces de hacer de todo: reducir, aumentar, subir, bajar, facilitar la lactancia o la práctica de deporte. Si la gran revolución de los 90 fueron los wonder-bra, está claro que desde que comenzara el milenio, lo que mola es el push-up. Ciertamente, es una maravilla de la tecnología que hace que cualquier escote, por pobre que sea, luzca digno. Sin embargo, de un tiempo a esta parte creo que el uso continuado de estos sostenes puede ser contraproducente para el tamaño del seno de su portadora. Después de años de investigación, he llegado a la conclusión de que la capa de grueso relleno puede hacer efecto faja térmica en nuestro pecho y provocar una reducción de dimensiones. Lo cierto, amigos, es que las tetas también sudan. Y yo no querría que las mías se viesen menguadas por el uso de un peligroso sujetador calefactor que, a fin de cuentas, alguien podría invitarme a sacar en cualquier momento, dejando a mis pobres tetas en evidencia.
Pero la joya de la corona en la industria de la moda, es la extensa oferta de bragas que nos ofrecen las tiendas de lencería. Cuando yo tenía 13 años había dos tipos de slips para mujeres: braga y tanga y, sus derivados, bragas de señora y tangas de señora. Pero, con la explosión del mercado bragático, impulsado, en parte, por unas tías que se pasean con alas gigantes en ropa interior, llegó la locura. En estos momentos el mercado ofrece, al menos, seis tipos de tangas diferentes según la anchura: algunos demasiados amplios para ser considerados tangas y otros tan estrechos, que podrían hacer dudar a su portadora sobre si ha salido de casa sin nada si se le da por meter la mano por la parte trasera del pantalón. Algo a todas luces imposible, si se trata de un vaquero pitillo del Bershka.  Después están las bragas: la normal, la brasileña, la braga faja o la tipo bikini. Y los culotes, también con sus diferentes largos y anchos. Y por supuesto, las texturas: cuanto más bonita es una braga más perjudicial será para nuestra salud vaginal: los médicos recomiendan usar sólo ropa interior de algodón y evitar formas que propicien los roces. Ya podéis ir quemando esos tangas de licra y encajes, y sorprender a vuestro amante con una braga blanca de algodón y puntilla en la cintura de las que venden en todos los Carrefour de España.
Pero lo más cruel, lo que menos atención ha requerido por parte de los institutos de investigación que mucho se preocupan por las arrugas y la celulitis, son los métodos de contención menstrual.
Empecemos por el clásico: la típica compresa de toda la vida, ésa que no te puedes poner ni con tanga, ni con pantalones pitillo. Ésa que se mueve por las noches, se te pega a las bragas y al culo y escuece tus partes íntimas a todas horas por el contacto contra el plástico impermeable recubierto de gasa. Y que, además, puede provocar problemas en la delicada flora de la zona por el exceso de humedad. Ésa que te recuerda lo que has menstruado cada vez que vas al baño y que no puedes tirar, de ningún modo, en un wc, en cuyo caso tendrás que enrollarla en un trozo de papel gigante si el propietario de la vivienda no tiene papelera en el baño. Cosa bastante frecuente.  Llegada a estas alturas de mi vida, sospecho que el ingenio salió de un concilio vaticano.
Así es cómo me siento yo con una compresa puesta.
Después están los tampones, mucho más prácticos, pero menos absorbentes, y que requieren de un cambio constante para que no se escape nada. Los que inventaron los tampones tienen la teoría de que una sabe el momento justo en que hay que cambiárselo mirando solamente el hilo que cuelga en la parte externa. A pesar de mi elasticidad, todavía no he conseguido ver el principio del hilo y tengo que cambiarme cuando mi intuición o la humedad, me lo dictan. Los tampones, además, provocan un montón de problemas en la mucosa vaginal, tan delicada y a la vez, tan maltratada por la industria menstrual. El algodón del tampón está químicamente blanqueado y os aseguro que eso no es bueno. Además, el abuso de ellos genera sequedad, picores y otras cosas horribles que las mujeres tenemos que padecer.
Así que, por fin, alguien se ha dignado en inventar un aparatito llamado copa menstrual. Una especie de vasito de silicona que se introduce dentro de la vagina para recogerlo todo –garantizan el no escape- y que, una vez lleno, hay que vaciar y limpiar con agua para volver a introducir. No es tóxico, es ecológico y resulta mucho más barato que cualquier otro método: puede reutilizarse durante años. He leído bastante sobre el asunto y creo, sinceramente, que se trata de una invención fabulosa. Como todo, tiene sus pequeños inconvenientes. Primero, qué hacer con el contenido de la copa si te encuentras fuera de casa y, lo peor, cómo lavarla (será divertido salir del baño de la discoteca con otro tipo de copa en la mano).  Además, no hay asesoramiento personalizado. Me niego a que mi vagina sea igual a la de María Dolores de Cospedal. Mi vagina es única e irrepetible y requiere orientación exclusiva. En las páginas webs que he visitado, aparece una gama tan amplia de texturas y tamaños que no tengo claro por cuál decidirme.
Desde aquí, reivindico la formación de especialistas en estructuras vaginales que puedan recomendarte la más adecuada con solo escuchar tu voz, mediante una discreta llamada telefónica. Los Sandro Rey de las vaginas.

“Tú lo que necesitas es una copa menstrual soft en color morado. Bendiciones.”