Categoría: medios de comunicación

Salvador Sostres y la úlcera de estómago

En una de mis últimas visitas a la psicóloga por el tema de mi ansiedad, la terapeuta me preguntó dónde situaría la sensación física más intensa que acompañaba mis ataques de pánico. “En la boca del estómago”, dije sin dudarlo ni un momento. De hecho, es como si me arrancasen el estómago con un cuchara, me lo cosiesen sin anestesia y me obligasen a tragármelo de nuevo.

Nadie dijo que fuese agradable.

Entonces, me preguntó qué situaciones o pensamientos desencadenaban esa sensación. Después de hacer algunas referencias a ciertas personas y objetos contundentes, la psicóloga matizó que estaba confundida. Que la sensación que yo describía se correspondía más a la ira que a un ataque de pánico. Que lo que yo tenía, más bien, era una buena dosis de mala hostia contenida y no tanto miedo, la característica más notable de la ansiedad.

El resultado de aquella terapia es que después de haber verbalizado con ella mis pensamientos homicidas, la sensación se diluyó considerablemente. Afortunadamente, hace tiempo que no tengo un episodio tan desagradable y, si por casualidad asoma, me recreo pensando en la persona y en el objeto contundente, y le doy hasta en el carnet de identidad. Psicoterapia, lo llaman ahora.

Pero hace un par de días las molestias estomacales volvieron. Más que un dolor agudo se parecía a un ardor, y venía acompañado de náuseas y la sensación de combustión interna que empezaba en la tripa y subía en forma de rubor hacia mis mejillas. Los síntomas empezaron mientras buscaba documentación para mi libro –un ensayo sobre nuevo feminismo- acerca del sexismo en la ficción, la publicidad y los medios de comunicación. Y llegaron a su punto álgido cuando apareció él: Salvador Sostres Tarrida.

Hacía bastante tiempo que no sabía nada de este personaje y entonces encontré en El País un interesante artículo titulado “La inquietante invasión del tertuliano machista” de Noelia Ramírez. La lista aparecía encabezada por Sostres y le seguían otros señores de edad respetable y discurso misógino. Eduardo Inda, Paco Marhuenda, Alfonso Rojo o el exportavoz del gobierno de Aznar y borracho popular, Miguel Ángel Rodríguez, todo ellos habituales de las tertulias televisivas.

Pero fue al releer algunas de las perlas de Salvador Sostres cuando la bola en el estómago se hizo más y más intensa y se expandió como la infinidad del cosmos hasta colapsar mi intestino y manifestarse física y contundentemente en forma de una buena cagada. Las conexiones entre el sistema nervioso central y el sistema nervioso entérico (el aparato digestivo) son de sobra conocidas por la ciencia. De ahí, las consecuencias de nuestras emociones en la taza del váter.

Como no quiero ponerme enferma, ni irritar más mi aparato digestivo, conviene que me desahogue expulsando por la boca (en este caso por los dedos) todo lo que no he podido echar por el ano.

Hagamos un repaso a la biografía de este columnista de 40 años que se quedó en Primer curso de Periodismo (verídico) y tiene seis libros publicados que todos conocemos. ¿Verdad?

Una de las principales aficiones de Sostres es la buena gastronomía. Algo que se nota en la enorme barriga que contrasta con sus hombros estrechos y caídos, una gran papada en la que podría albergar alimento para una colonia de aves, ausencia absoluta de cuello, una también redonda, brillante y grasienta calva, dedos como morcillas de burgos, y unas nada despreciables tetillas que harían las delicias de Ortega Cano. Todo ello acompañado de un ligero estrabismo y dientes de castor, que no tendrán que ver con la obesidad, pero le da un aspecto más loser si cabe. Él mismo se jacta de haber ido más veces al Bulli que libros ha leído. En sus columnas –en las que básicamente habla de si mismo- abundan las referencias a este restaurante catalán que, o bien le paga para que lo publicite –allá ellos-, o bien debería pagarle para que dejase de hacerlo. Asco me daría a mí ir a un lugar en donde pueda coincidir con este mamarracho.

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Uno de los momentos más top de Salva (¿te puedo llamar Salva, verdad?) fue aquel en que durante la pausa previa a la emisión del programa Alto y Claro de Telemadrid, en noviembre de 2010, hizo gala de sus preferencias sexuales hacia las menores. Explicó que lo que a él le gustaban eran “las chicas jóvenes, de 17, 18, 19 años, que es donde está la tensión de la carne, ese punto mágico”. Y, añadió –cojan un cubo para vomitar- que le gustaban porque “esas vaginas que no aún no huelen a ácido úrico, que están limpias.” Hago un inciso, pretendiendo imaginar que este pervertido haya visto un coño delante en su vida: ¿Desde cuándo las vaginas huelen a ácido úrico? ¿Cómo huele el ácido úrico, Salvador?. Y sigue con su epopeya a favor de las vaginas adolescentes “Que tienen ese olor a santidad d primer rasurado, que aún no pican”, y de las chicas en general “Esta carne que rebota, joven. Y ese entusiasmo, que te quieren enseñar que están liberadas, que ya son mayores”. “Parecen lionesas de crema, limpias, todo dulce”.

La conductora del programa, Isabel San Sebastián –popular estos días por comparar el aborto con el abandono de un bebé en un contenedor- lo invita a hablar de otras cosas entre risas, e incluso le dice “eres un cerdo”. Cuando le pide que se calle de una vez porque hay niños entre el público de Cádiz y de Marruecos, añade: “¿De Cádiz y Marruecos, pero qué es esto un colegio o una ONG?”.

Después de que le sigan insistiendo sobre la presencia de niños, Sostres sigue con su discurso: “El matrimonio es el sexo por obligación, el sexo a la fuerza: ahora se folla”. Y añade –por la presencia de niños marroquís- “Son de Rabat, no te preocupes, ahí llevan todo suelto”.

Los trabajadores, que tenían las cámaras pinchadas, difundieron el video por internet y pidieron que no se volviese a pagar con dinero público los delirios de este personaje. Ante la petición expresa de los sindicatos de Telemadrid de no volver a invitarlo, la entonces presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, salió en defensa de la libertad de expresión “esto de inmiscuirse en las conversaciones privadas de los demás será propio de otro gobierno, no del mío”. Sostres volvió a Telemadrid después de aquello. Y durante cinco años y medio deleitó a propios y extraños con sus artículos de opinión escritos en El Mundo, el segundo periódico generalista con más difusión de España.

El machismo, el sexismo, la misoginia, el racismo, la defensa a ultranza de las clases sociales y el apoyo expreso a varios delitos penados por la Ley, son algunas de sus señas de identidad.

Una mujer es su cuerpo (agosto de 2010, El Mundo) “Pueden hacer, las mujeres la propaganda feminista que deseen. Y todo cuanto discurso igualitario. Pero luego llega el sol y alumbra la verdad, indiferente a la retórica de marimachos y camioneras.” “Llega el sol y las chicas muestran con total descaro cuáles son sus prioridades y su principal esplendor. La belleza es una característica femenina tal como el talento es una característica masculina.” “Yo quiero que me valoren por mi inteligencia”, dice la chica que no ha escrito nunca ningún libro y toma el sol en tetas. Una mujer es su cuerpo.”

Nos debéis un respeto (noviembre de 2010, El Mundo). “Pero lo mínimo que nos deben ellas a cambio es esa lencería conjuntada, y jamás del tan horrible color carne.” “Muy frecuentemente, la ropa interior no conjuntada esconde rasurados poco trabajados, una higiene dudosa, y ese aliento que huele a porro”. “Hay una idea de orden y civilización que se desvanece cuando todo se descubre y ves un tanga verde y unos sujetadores amarillos, un hedor a ácido úrico -de dónde habrá sacado éste la experiencia del ácido úrico es algo que me tiene desconcertada- que inevitablemente notas cuando te dispones a la atención oral y ese pelillo suelto y de más, que siempre te acabas comiendo, como algún guisante de la paella, por mucho que los apartes.” “Ya que vamos a tener que esforzarnos, que la bienvenida sea como Dios manda, limpia y ordenada. Piénsalo bien: tampoco pedimos demasiado.” 

El sibaritismo manifiesto sobre el físico de las mujeres y la lencería femenina por parte de un ser tan grotesco, deja bastante margen a la cuestión de si este tipo ha mantenido alguna relación sexual en su vida sin pagar -mucho- dinero.

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Un chico normal (abril de 2011, El Mundo) en donde JUSTIFICÓ el asesinato de una joven embarazada por parte de su novio que había mostrado, además, el cadáver de la chica por la webcam. “Un chico normal de 21 años que está enamorado de su novia embarazada, es normal que pierda el corazón y la cabeza, si un día llega a su casa y su chica le dice que le va a dejar y que además el bebé que espera no es suyo”. 

Después de su publicación en la edición impresa y online, un aluvión de críticas por parte de los lectores y la propia plantilla, provocó la retirada del artículo en la web. El director del diario Pedro J. Ramírez, declaró su rechazo al artículo y se justificó diciendo que un periódico era una maquinaria muy difícil de controlar ¿? Gran parte de los periodistas firmaron un manifiesto para exigir a Pedro J. que Sostres dejase de colaborar en el periódico. El director pidió disculpas y Sostres siguió en el diario hasta el 1 de junio de 2015.

La segunda vida, (agosto de 2013, El Mundo) sobre las muestras de apoyo a una trabajadora de Fnac que había tuiteado lo siguiente “No sé cómo de asqueroso ha sido vuestro día, pero yo hoy he atendido a @SalvadorSostres”. Las muestras de apoyo y vaciles varios al personaje, fueron respondidos con una columna en su blog de El Mundo. Atención, amigos “Me atendió una de estas dependientas que ya ves por su manera de comportarse que a pesar de que ella cree que el mundo le debe algo, ha tocado ya techo profesional haciendo de dependienta de cuarta clase.” “Una mezcla de falsa modernidad y auténtica vulgaridad. Lo más parecido a una chacha new age, noveluchas en lugar de Fairy.” “Fue, más que servicial, servil, se esforzó aunque sin ningún resultado, y cuando me quejé de la catástrofe bajó la cabeza y no dijo nada.”

Cuatro días después, el perfil de Sostres desaparecía de Twitter.

Pero también se ha referido la supuesta sodomía a la que sometió a una política socialista después de realizarle sexo anal (artículo que retiró de su blog), a las estudiantes que se van de Erasmus sin su novio “¿No te da vergüenza, desalmada?”, en contra del feminismo y a favor de la supremacía del hombre sobre la mujer, al terremoto de Haití como una menstruación de la tierra para deshacerse de “los pobres muertos de hambre”, a la pederastia en la Iglesia “estas anécdotas, aunque graves y aunque deban ser castigadas, no pueden ser una enmienda a la totalidad a la mayor oenegé del mundo”, a que en Barcelona hablar castellano era de clases bajas “yo sólo lo hablo -español- con la criada y con algunos empleados. Es de pobres y de horteras, de analfabetos y de gente de poco nivel hablar un idioma que hace un ruido tan espantoso para pronunciar la jota”.

El problema de Salvador Sostres no acaba en que defienda argumentos que sobrepasan claramente la legalidad democrática. El principal problema de Sostres es su falta absoluta de talento para la escritura, su mediocridad aplastante, su necesidad de tapar sus obvias carencias físicas e intelectuales recordándonos que pertenece a un linaje superior porque es de familia adinerada -fortuna a la que obviamente no puede contribuir con el sueldo de colaborador de esos programas sobre gatos-, y su necesidad constante de llamar la atención para que nos demos cuenta que ese repugnante niño malcriado y tonto al que le debieron de dar en su juventud unas cuantas somantas de hostias, sigue entre nosotros. Encuentro cierta similitud con los hijos de los alcohólicos o los maltratadores y las dos vías entre las que suelen moverse en su edad adulta: o bien copian patrones o, afortunadamente, muchos los repudian hasta la saciedad. Es poco probable que un ser tan repugnante tuviese amigos o novias sin dinero de por medio.

Sus ansias de polémica histérica lo convierten en una especie princesa del pueblo sin su Jesulín.

Agradezco a David Jiménez, nuevo director de El Mundo, haberlo echado del periódico y ruego a ABC, que no mantenga en su plantilla –mientras recortan sueldos de los trabajadores y a los propios trabajadores- a alguien que demuestra semejante falta de sensibilidad y sentido común día a día. Si no lo hacen por mí ni por la dignidad humana, les pido que lo hagan por coherencia con su linea editorial y por los lectores amantes del buen castellano y la patria española.

Hoy el terrorismo machista que bebe de todos estos argumentos trasnochados, se ha llevado por delante la vida de dos mujeres y dos niñas.

No gano para Almax.

Cincuenta hostias a Grey (con la mano abierta)

Lo hice. Fui a verla. Y lo peor es que nadie me obligó.

Como el que se inmola a favor de la causa religiosa para alcanzar la salvación eterna, yo puse mi tiempo y mi dignidad a disposición de los fundamentos que rigen el feminismo, el arte, el erotismo, el buen gusto, y la inteligencia en general. Y cincuenta hostias no me hubiesen llegado para repartir entre todo el equipo que participó en semejante EXCREMENTO.

Empecemos por el principio. Cincuenta Sombras de Grey no es una película. No sé qué narices es, pero desde luego una película NO. Más bien se parece a un spot cutre y larguísimo que no cumple absolutamente ninguna norma de la correcta narrativa audiovisual. Como guionista, os puedo asegurar que ni hay conflicto, ni objetivos, ni pasa nada, ni se espera que pase, ni los personajes sufren cambio alguno; ni mucho menos, hay un atisbo de metáfora o poesía, a no ser que los pezones de Dakota estén intentando decirnos que el rosa palo va a ser el color de moda en la primavera de El Corte Inglés. Pese a los innumerables desnudos que se repiten cada 30 segundos, es bastante difícil no quedarse dormido ante el sopor que genera semejante concatenación de secuencias sin sentido.

Si os pasa eso, nada mejor para despertarse que reflexionar sobre la apología pura y dura de violencia machista que es Cincuenta Sombras de Grey. Y sobre cómo tamaña exposición de primitivismo, clasismo y maltrato hacia las mujeres, se puede colar bajo la etiqueta de “fenómeno de masas” y “oda a la liberación sexual femenina” en las pantallas del mundo civilizado sin que las autoridades muevan un dedo para impedirlo.

Grey

La historia es la siguiente: un chico rico, pijo y triunfador se divierte sodomizando, secuestrando y humillando a una joven inocente, sumisa, pobre y VIRGEN. La joven es tonta profunda y está, por supuesto, perdidamente enamorada de él, por lo que se entrega a la causa de la sodomía con el objeto de conseguir su amor. Pero, aunque él no la ama (de hecho, la desprecia) a ella le da igual con tal de sentir sus varoniles azotes que dotan de sentido su existencia como ser humano en general, y mujer en particular. Gracias a esta compra-venta de dolor físico y emocional ella es premiada de vez en cuando con la compañía del señor Grey en modo pareja, además de innumerables regalos de lujo, entre los que se encuentran los coches de alta gama y los paseos en helicóptero.

La “película” hace especial incidencia en la relación de dominador-dominado mucho más allá del tema sexual y se recrea mostrando situaciones en las que ella aparece como una víctima de la tiranía de él, con una alegría y una naturalidad que ya quisieran para sí el ladrón del Códice Calixtino. Además, esta moderna y liberal exposición del sadismo muestra (y hasta justifica) el enfado del señor Grey si su putita se resiste a sus encantos, caso en que la acosará y perseguirá con total impunidad, porque es un chico rico y guapo y mola mogollón.

El universo femenino reflejado a través de las mujeres que pululan alrededor de la protagonista (la amiga, la madre, las empleadas de él, o las compañeras de clase de ella) no hace sino empeorar el panorama. Todas apoyan y buscan activamente la dependencia hacia los hombres, y, por supuesto, sienten envidia y admiración de que Anastasia esté con un tipo tan malote y deseable.

Además, no escatiman en escenas vomitivas, como ésa en que el señor Grey la lleva en brazos después de haberle dado de hostias, enfatizando la fragilidad de ella que aparece una y otra vez retratada como una princesita que espera paciente a que el príncipe azul venga a liberarla de su castillo, y no como una folladora nata que se lo pasa pipa jugando al sadomaso. Lo que viene siendo esclavitud mezclada con dependencia emocional hacia el líder/amo.

Con respecto al erotismo, sentir algún tipo de excitación viendo Cincuenta Sombras de Grey merece el Premio de Honor al Empalmamiento del Año, porque después de ver al Señor Grey “follando” -como él dice-, mi clítoris sufrió tal regresión que casi vuelve a su estado fetal. Desde anoche se niega a salir temeroso de que me lo lleve a ver la segunda parte.

Como tratamiento, hoy le prometí ponerle a Brad Pitt en Fight Club, y parece que empieza a asomar la cabecita.

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¿ Para eso estudiaste ?

Toda la vida criando callo en los codos para que luego mis padres vean a Cristina Pedroche en bragas saliendo one more time por la televisión y me digan “mira a ésa, ¿ para eso estudiaste ? ” Mis padres están indignados porque las presentadoras salen medio desnudas, los programas del corazón copan las parrillas y el frikismo ha llegado a niveles de arrancarse los ojos con la pinza de depilar.  Deberían estar tranquilos, hace mucho tiempo que no veo la presentación de programas como una salida profesional.
El problema no es que Cristina Pedroche enseñe las tetas, las bragas o lo que le de la real gana. El verdadero problema es que Cristina Pedroche hace de tonta del culo. Concretamente, de tonta del culo enseñando las bragas. Y de esos ejemplos tenemos demasiado en los últimos años: Patricia Conde, Pilar Rubio, Berta Collado o, en su versión más fina, Sara Carbonero. El marketing televisivo necesita de tontas del culo guapas dispuestas a enseñarlo todo por la gloria del pantallazo. Ellas ya se encargan de poner el altavoz en sus redes sociales regalando desnudos al mayor número de followers posibles.  Y eso, amigos, es muy peligroso. 
No se trata ya de mercantilización del cuerpo de la mujer –cosa obvia- porque tontos del culo también los hacen a ellos (“Quién quiere casarse con mi hijo”, “Adán y Eva”, “HMV”), sino, y por encima de todo, de un mal común a nuestro tiempo: el empacho de ego con el que estos personajes necesitan vivir cada día. Y el impacto que eso tiene en las personas que se encuentran al otro lado de las pantallas (adolescentes, en la mayoría de los casos) recibiendo esta sobredosis de tontos del culo hedonistas todo el puto día.
chico desnudo playa
No dudo de la inteligencia de esta chica, y no creo que enseñar las bragas exima a nadie de ser una persona lista. Lo que sí puedo hacer es analizar sus actos, porque lo que ella hace como ídolo de masas repercute en su público. Desde que la jovencísima Cristina apareciera en televisión allá por 2011 de la mano de una conocida cantera de tontas del culo, no ha dejado de interpretar el papel que tan lamentablemente diseñaron para ella por ser guapa. Lejos de reconducirse con los años, lo que la presentadora ha hecho ha sido explotar hasta la saciedad su imagen en pro de papeles de lo más casposos en televisión y radio. Los miles de seguidores que acumula en RRSS reciben cada día el regalo del visionado de su cuerpo y su intimidad expuestos como un bonito regalo de Navidad en el escaparate de una juguetería. Cientos de comentarios machistas y violentos (del tipo “quiero violarte”) se acumulan bajo cada foto junto a otros que juzgan su peso o sus habilidades profesionales. Todo eso no es más que el reflejo de lo que muchas mujeres sufren a diario en la calle: ser tratadas como pedazos de carne sobre la que todo el mundo tiene derecho a opinar.
Cristina, Miley y cada vez más chicas famosas, han picado en el anzuelo de que enseñarlo todo es sinónimo de transgresión. Mucho me temo que los selfies y los desnudos darán paso a una dolorosa travesía del desierto cuando todas ellas dejen de soplar las velas del patito. Y llegarán las nuevas hornadas para seguir haciendo lo mismo. El mensaje es claro: para qué coño estudiar pudiendo enseñar.
¿ Para eso estudiaste ? MILEY CYRUS
Obviamente, cada uno elige hacer con su cuerpo lo que le de la gana (para algo es suyo) pero la intrascendencia/banalidad con la que se trata la piel de uno mismo merece ser criticada. Es como si nuestro cuerpo ya no valiese nada. Sin embargo, cada vez vemos más noticias de chicas que son extorsionadas por alguien que accedió -en la mayor parte de los casos con consentimiento previo- a sus fotos íntimas. A veces pienso que lo que les lleva a hacer esto es una cuestión de inconsciencia, de infantilismo, o de puro ego, porque estoy convencida de que si la mayoría de esas chicas se encontrasen a solas en una habitación con las personas que están detrás de las pantallas se lo pensarían mucho antes de quitarse la ropa.
 
Otro de los problemas que acarrea la sobreexposición de cuerpos en las redes sociales es que crea el binomio perfecto entre belleza y falta de cerebro. Es una fórmula que a la televisión y al entretenimiento lleva años funcionándole. La inmensa mayoría de las mujeres bellas que aparecen en los programas y los videoclips cumplen el papel de comparsa y tonta-del-culo, lo que incide tanto en la autoestima de las chicas “feas”, como en la de las guapas que desean dedicarse al espectáculo.
Por supuesto, la belleza no está reñida con la inteligencia. Ni Ana Pastor, ni Mamen Mendizábal (o incluso Susanna Griso) tienen que hacer de tontas para salir en la tele. Y tampoco hay que ponerles una manta en la cabeza y obviar su belleza. Todas ellas en diferente modo han sabido priorizar su carrera profesional sobre su belleza, aprovechando también que el medio les es agradecido. Supongo que no es fácil lidiar con todo cuando tus compañeros hombres que se dedican a la información ni son guapos, ni son juzgados por ello.
Cuando Lena Dunhan sale desnuda en Girls (una y otra vez) no nos cuestionamos la inteligencia de Hannah porque el desnudo no está pensado para poner a nadie cachondo. La serie está dirigida básicamente a un público femenino, conocemos a la protagonista y sabemos que es una mujer con ambiciones. Lo que Lena busca es hacernos reflexionar sobre las muchas realidades del cuerpo de la mujer que rara vez se exponen más allá que de una manera puramente marginal. El autohomenaje que se hace Lena en casi todos los capítulos (teniendo sexo, duchándose o simplemente paseándose desnuda) no saca al espectador de la trama sino, más bien, lo pone en la piel de la protagonista.
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Cuando todo el rato vemos a chicas bonitas sin nada que decir, mostrándose como mercancía obviamos la mayoría de las realidades femeninas que nunca saldrán si no es para hacer mofa (la amiga graciosa), mientras que convertimos a las guapas en esclavas de algo que no debería ser negativo. La infame invasión de tontas y tontos del culo no sólo esta pervirtiendo la belleza, sino, y lo que es peor, la inteligencia.

(Ojalá un papel en Girls antes que unas campanadas)

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