Categoría: hombres

DOCE RAZONES PARA ODIAR EL SEXO

El sexo mola. El sexo es bueno. El sexo es sano.
¿Cuántas veces habremos leído y escuchado acerca de las virtudes de mantener relaciones sexuales con regularidad? A diario aparecen nuevos artículos de prestigiosísimos psicólogos, sexólogos y terapeutas de todo tipo que engrandecen las virtudes de tener sexo: que si es bueno para la depresión, que si quita los granos, que si va genial para el dolor de regla, controla el sobrepeso y la hipertensión, o que el semen embellece el cutis.
Pero ¿quién –que no crea en dioses, ni fantasmas, ni vote al PP- se ha atrevido a hablar de lo malo del sexo en pareja? Nadie. Porque nos empeñamos en vivir en la mentira, en disfrazarlo todo una ingenua ilusión de que la próxima vez será mejor. En decirle a nuestro amigo que hemos echado el mejor polvo de nuestra vida, aunque acabásemos la noche delante del youporn masturbándonos como monos.
Os presento una lista de los inconvenientes más frecuentes con los que me he encontrado a la hora de tener sexo.
1.     EL SEXO NO ES COMO EN LAS PELÍCULAS
Lamentablemente, la realidad es que suele ser bastante peor. Es harto complicado para una mujer disfrutar plenamente del sexo con una pareja nueva que no conoce su cuerpo y sus ‘puntos’ fuertes. Si la pareja es implicada esto se resolverá en las siguientes citas, pero, entonces, nos encontramos con el siguiente problema.
Kiss The Rain
A todos nos encanta retozar bajo la lluvia. Y si es en diciembre, mejor,
2.     EL SEXO COMPROMETE
El sexo sin compromiso no existe. El primer compromiso del sexo es tener sexo. Lo habitual es que después de la primera cita, venga una, y otra, y otra, y otra. A veces, incluso puede que salga una relación de ahí y, entonces, es cuando se jode de veras el equilibrio sexual conseguido.
3.     EL SEXO QUITA HORAS DE SUEÑO
El sexo nocturno es un error. Para mí el sueño es sagrado. La hora de la siesta también hay que respetarla. Mucho mejor el sexo matinal y llegar tarde al trabajo.
4.     EL SEXO CUESTA DINERO
No me refiero a los servicios de pago –que también- sino a todo aquello que implica tener una cita con la intención de acabar teniendo sexo: que si ropa nueva, que si una cenita, que si un hotel bonito. Todo gasto.
5.     EL SEXO ES MALO PARA LA SALUD
En mi habitual investigación de campo, he llegado a la conclusión de que aproximadamente el 90 por ciento de las personas sin pareja tienen sexo después de una noche de alcohol. Sexo y resaca suelen ir de la mano. Cuanto más necesitado estés, más carne de cañón serás para la cirrosis.
Pero incluso el sexo sereno tiene nefastas consecuencias para tu salud. Una de las más habituales es el picor/escozor de zonas bajas tras una noche loca o la acumulación de gases en el interior del cuerpo del sujeto receptor.
6.     EL SEXO CANSA
Como cualquier otra actividad física, el sexo es cansado. Volvemos a las películas del principio: tampoco es que nos vayamos a deslomar con increíbles piruetas que asombren a nuestro amante, pero a no ser que pretendas ser una estrellita de mar, el sexo también cansa.
7.     EL SEXO TE QUITA TIEMPO
No solamente resta horas de sueño, quita horas a cualquier otra actividad y las mujeres somos seres muy ocupados que acostumbramos a hacer mil cosas a la vez y gozamos con la acumulación de tareas. Pero…
8.     EL SEXO REQUIERE DEDICACIÓN EXCLUSIVA
Uno de los grandes inconvenientes del sexo es que te impide hacer cualquier otra actividad mientras estás a ello. Por ejemplo, yo puedo ver una serie mientras plancho la ropa o poner la lavadora al tiempo que controlo el pollo que tengo en el horno. Sin embargo, la tarea se complica mucho más cuando lo que tienes es una polla y no en el horno precisamente.
Claramente él quiere ayudarla en la cocina. Le va a dar la salsa carbonara.
9.     EL SEXO REQUIERE DE CONCENTRACIÓN
Para conseguir el ansiado orgasmo y por respeto a tu pareja es importante poner los cinco sentidos en el acto amatorio. La vez que mi primer novio me pilló viendo Gran Hermano mientras lo hacíamos (era la final de una de las primeras temporadas, y sí, matadme, lo veía) se indignó bastante.
10. EL SEXO TE OBLIGA A DEPILARTE
Evidentemente esto punto es opcional. Yo todavía no lo he superado.
11. El SEXO NO SE PUEDE PRACTICAR EN CUALQUIER LUGAR
En este país es imposible tener sexo tranquilo en ningún lugar público y a veces, incluso privado. El clima del norte no es como para ponerse a hacerlo al aire libre y practicarlo en el coche puede animar a mirones pajilleros ávidos de parejas necesitadas. La intimidad y las ganas de tener sexo no suelen ir de la mano.
Aquí, posando para el Google Maps.
12. EL SEXO EMBARAZA
Sí, amigos, el sexo embaraza. Y lo que salga de ese embarazo no siempre recompensa el coito. Del polvo que echaron Pattie y Jeremy nació Justin Bieber. Un embarazo no deseado es como las películas de Almodóvar : una tragicomedia. Y evitarlo cuesta dinero (volver al punto cuatro): preservativos, anticonceptivos femeninos, esterilización del animal en cuestión o viajes turísticos a Londres en compañías de bajo coste.
Si, a pesar de todo esto, queréis seguir teniendo sexo, entonces, podemos seguir siendo amigos.
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Ni un paso más, maricones

Hoy leo en la prensa como una pareja homosexual ha sido agredida en una playa de Almería al grito de “¡ni un paso más, maricones!”. El gañán en cuestión sufría lo que yo he bautizado como el ‘Complejo del Maricón Latente’, un tipo de individuo preocupado en exceso por la vida sexual o amorosa de los demás porque se avergüenza de su condición de homosexual reprimido.
El típico homófobo de toda la vida, vamos. El que se desquita de su hambre de sexo placentero a base de hostias e insultos a los que no padecen esa terrible enfermedad mental. El tonto de la clase. El votante de la ultraderecha. El cura pervertido. El maltratador. El envidioso. El reprimido. El puto acomplejado.
Y de acomplejados está el mundo lleno. Los golpes son el último recurso que encuentran cuando su pequeña psique no soporta más la felicidad de las personas a las que su presencia y opinión se la trae al pairo. Ellos son el enemigo: lo encuentran en todas partes. El que tiene la piel de otro color, la que defiende el derecho a decidir sobre su propio cuerpo, el cree en la igualdad, los que se aman a cara descubierta.
maricones
El mayor problema de estos infelices es tener un hijo maricón. Por encima, incluso, de que padezca una grave enfermedad.
Un hijo maricón o una hija bollera es lo peor que le puede pasar al que gritaba “ni un paso más, maricones”. Supongo que debe de pensar que intentando asustar o agredir a todos los homosexuales con los que se cruce su descendencia no se contagiará de mariconismo.
Pues anda que no le queda trabajo al imbécil. Porque los maricones existen desde que el mundo es mundo, los hay en muchas especies animales y se reproducen –sorprendentemente- como una plaga bíblica. Siento deciros que el manido argumento de que “va contra natura” no encaja mucho en el reino animal, donde los animales son poco dados a la castidad y la abstinencia.
En el mundo humano, los podemos encontrar en cualquier ciudad, en cualquier pueblo, en cualquier lugar del mundo, incluso donde la homosexualidad está penada con muerte.
La homosexualidad no se cura. La estupidez absoluta, difícilmente.
Pero hay una gran diferencia entre el maricón, que nace, y el acomplejado, que  se hace. Y aquí, como casi siempre, la culpa es de los padres. Y de los educadores.
Desde el momento en que un padre o madre le prohíbe a su hijo o hija jugar con ciertas cosas porque “son de chica” o “son de niño”, evita determinados colores con supuesta carga de género en su vestuario, lo obliga a comportarse como una mujer (que limpie, abrillante y de esplendor) o como un hombre (que mire como su hermana limpia, abrillanta y da esplendor) o reprime sus sentimientos “llorar es de niñas”, están creando el germen de la homofobia, del odio entre sexos y de la represión sexual.
 New Year Photo Shoot
Solo una buena disposición a la cultura, una correcta educación en las aulas y sensibilidad, puede librar a los futuros adultos criados en estas circunstancias de no seguir con la penosa tradición de la homofobia, indiscutiblemente ligada también al machismo.
A lo que hay que añadir, casi siempre, un preocupante gusto por el regaeton, ‘Gran Hermano’, los coches de alta cilindrada y ‘Mujeres Hombres y Viceversa’.
Pero no os equivoquéis, los homosexuales no solo existen en Barcelona y Madrid. En cada pueblo, en cada pequeña ciudad hay gays. Lo que ocurre es que la intolerancia y el paletismo de mucha gente ha obligado a este colectivo a emigrar a las grandes urbes donde puedan actuar con libertad, sin ser juzgados por ello.
El éxodo gay es un drama invisible para los medios de comunicación.  Sin embargo, miles de personas han ido abandonando sus lugares de procedencia –con unas u otras excusas- para poder vivir alejados de las miradas inquisidoras de sus vecinos que no aceptan que la gente se ame como le salga de sus respectivos órganos sexuales.
maricones

Afortunadamente para los ciudadanos de Pontevedra, nuestro ayuntamiento apoya visiblemente al colectivo homosexual. Este año, ha montado una exposición callejera con frases de escritores y periodistas entre los que tengo el Orgullo de estar.

maricones

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Cuando Alberto Ruíz Gallardón, ex alcalde de Madrid –que llegó a ser portada de la revista Zero- casó a la primera pareja homosexual en la capital, pocos sospechábamos que el moderado se convertiría en el ministro de Justicia del partido que quiere derogar el matrimonio homosexual para llamarle “otra cosa”.
El cinismo del Partido Popular no tiene techo.
Por si fuera poco, el ayuntamiento de Madrid, comandado por la ultraderechista Ana Botella, pretende silenciar los festejos del Orgullo Gay en la capital, con restricciones sonoras de todo tipo, castigadas con importantes multas para seguir civilizadamente la normativa municipal. Ésa que tanto se tuvo en cuenta a la hora de homenajear a Felipe VI, la misma que se usa para racionalizar el ruido durante las celebraciones futbolísticas del Real Madrid o de La Roja.
El Orgullo es, sin embargo, una de las fiestas más importantes de la capital, que deja, cada año, unos 110 millones de euros en la ciudad. Puestos a ser coherentes, bien podrían prohibir semejante algarabía homosexual. Los maricones no les gustan, su dinero les encanta.
Los acomplejados deberían entender que la homosexualidad no es un problema de ‘vicio’ sexual.
El sexo anal es una práctica muy extendida entre parejas heterosexuales y la diferencia entre metérsela a una mujer por el culo o a un hombre es, a efectos prácticos, más bien poca. Incluso hay hombres heterosexuales (viciosos endemoniados hijos de Lucifer) que disfrutan con su pareja de las virtudes anales.
Por no hablar de la cantidad de mujeres heterosexuales a las que les gusta hacer la tijerita. O de los hombres a los que les gusta mirar (creo que no me equivoco al afirmar que el porno lésbico triunfa como la Coca-Cola entre los hombres heterosexuales). O la repanocha: hay a quien le gusta un poco de todo.
Para que quede claro, la homosexualidad es mucho más que eso. Es amor. Es deseo. Es atracción. Del mismo modo que a los heterosexuales nadie nos pregunta por qué nos gusta una persona del sexo opuesto por qué cojones tiene nadie que cuestionar los gustos del otro: carne, pescado o revuelto de grelos y gambas.

Cada uno en su cama, y Dios en la de ninguno.
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COMPRAR CONDONES

Y Dios creó a Adán y a Eva y a él le puso un falo y a ella una vagina. Y, evidentemente (¿?), les prohibió follar. Pero ellos desobedecieron al Gran Creador para morder de la manzana prohibida y en el Paraíso no había condones.
Pues por culpa de Adán y Eva ahora somos 7000 millones más y en Pontevedra nunca hay donde aparcar.
Ven aquí Adán, que te voy a dar de lo tuyo.
Desde el principio de los tiempos no ha habido hombre ni mujer capaz de ir a comprar condones sin pasar cierto sonrojo. Como hijos que somos del pecado original cargamos con la culpa primigenia del folleteo, y los trabajadores de las farmacias son los representantes en la tierra que Dios ha elegido para recordarnos lo malvados e impuros que somos.
Ni la revolución sexual, ni la liberalización femenina, ni Zapatero, han conseguido redimir este sentimiento de vergüenza o embarazo (aunque se trate, precisamente, de evitarlo) que tenemos cuando vamos a comprar preservativos. Los farmacéuticos lo saben, y gozan con nuestro sufrimiento.
Pero veamos los antecedentes históricos.
Después de Adán y Eva, todo era muy bonito para los hombres que podían tener sexo a doquier. No tanto para las mujeres, que acostumbraban a embarazarse cuando el hombre eyaculaba dentro de ella. Preocupados por tanto embarazo y buscando nuevas experiencias, los romanos fueron un paso más allá y decidieron que las prácticas homosexuales eran una maravilla (eso sí, sólo entre machos). Al descubrir la relación entre el sexo y la concepción y las enfermedades venéreas, los hombres empezaron a utilizar métodos de protección más o menos artesanales. Se cree que los egipcios desde 1000 años A.C ya utilizaban fundas de tela para cubrir sus penes. Después vinieron las tripas de animales atadas y bonitas vegijas de pescado o de cabra para retener el semen. Fue a partir de finales del siglo XIX cuando los ingleses empezaron a fabricar preservativos de látex indio. Hasta la segunda mitad del siglo XX –antes de la aparición de la anticoncepción hormonal- el preservativo fue el rey en anticoncepción en el mundo, contando, cómo no, con la oposición de la Iglesia Católica y los moralistas, que no follan, pero bien que joden.
Y ahora os quejáis…ni que tuvieseis que usarlos de esparto 
Con la llegada de la píldora anticonceptiva femenina –a finales de los años 50 del pasado siglo- y la consecuente revolución sexual de la década de los 60 la anticoncepción hormonal se convirtió en la reina del amor (sexo) libre. Miles de mujeres empezaron a disfrutar de su sexualidad sin temor a un embarazo y se generalizó el sexo prematrimonial. Además de la libertad sexual de las mujeres, el amor libre trajo reformas muy importantes como legislación sobre el aborto, control de la natalidad, aceptación de la homosexualidad o el transgénero. Curiosamente –y sin querer ser yo conspiranoica- cuando todo parecía tan sencillo aparece en plena década de los 80 la pandemia del siglo XX: el SIDA. Homosexuales, prostitutas, promiscuos y cantantes de rock en general, se contagiaron del VIH. Enfermedad que a día de hoy ha alcanzado cotas de plaga en muchos países del África subsahariana y que mata a más de 6000 personas al día en todo el mundo, especialmente, en las zonas donde la Iglesia controla a la población local prohibiéndoles el uso del preservativo.
Los hippies, pasándoselo pipa. Buenos tiempos para la lírica.
Para nuestra desgracia, decenas de enfermedades de transmisión sexual conviven con el SIDA a día de hoy, algunas relativamente recientes, como el VPH. Así pues, nos jodemos y volvemos al principio: el preservativo. Independientemente del uso de anticonceptivos hormonales por parte de muchas mujeres, lo más sensato sigue siendo utilizar el preservativo con parejas esporádicas. Y, si la cosa cuaja, pedir un analítica completa (y no, no estoy de broma).
Es curioso comprobar cómo la sensación de corte a la hora de comprar condones es independiente de la edad de los hombres (*más abajo aclararé lo de hombres). Evidentemente, un chaval de 18 años lo pasará peor que uno de 40, aunque el de 40 desearía tener 18 para no parecer gilipollas comprando condones. ¿Por qué? Pues porque la sociedad no está preparada para que la gente adulta tenga sexo con diferentes parejas y lo vaya soltando a los cuatro vientos con toda la desfachatez del mundo de farmacia en farmacia. Y porque quizá la comunidad científica ha asumido que las parejas estables utilizan siempre métodos de anticoncepción femeninos. Ingentes cargas hormonales que regulan nuestro ciclo menstrual de manera artificial para que los hombres (y las mujeres) podamos disfrutar del sexo natural.
Un amigo me dijo hace poco que cuando era jovencillo se recorrió medio Coruña intentando entrar en una farmacia para comprar preservativos. Cada vez que veía gente dentro de una, iba a la siguiente. Y así se pateó la ciudad entera para comprar unos putos preservativos. Lo más curioso, es que muchos años después, sigue sin resultarle cómodo esto de ir a comprar condones a la farmacia. Él está convencido de que las farmacéuticas (sí, mujeres, en su mayoría) lo observan y cuchichean cuando se los pide. Sabiendo además el apuro por el que está pasando, sacan el muestrario de marcas, formas, texturas, colores y sabores para hacer el trámite más entretenido. O, si no, señalan el gigante stand donde cientos de coloridas cajas de condones conviven con sprays de placer, gel frío y caliente, y cremas de masaje de plátano y kiwi que recuerdan más a una exhibición del Cirque du Soleil que de profilácticos. Parece que lo hacen para ponerlo fácil, pero a ver quién es el guapo que se acerca a la puta estantería sin silbar y hacer como que mira el repertorio de enjuagues Oral-B de al lado (que van fenomenal para después del sexo oral).
ATENCIÓN PADRES: Los videojuegos y los expositores de condones pueden causar epilepsia.
A las farmacéuticas y farmacéuticos les da absolutamente igual –aparte de las risas- que él, tú o yo, vayamos a comprar preservativos, puesto que debe de ser una compra bastante habitual en este tipo de establecimientos. Sin embargo, nosotros, pecadores, adanes y evas todos, pensamos que comprando una caja de Durex Sensitivo Contacto Total –cualquier semejanza con la realidad es pura casualidad- estamos cometiendo un tremendo PECADO. Estoy segura de que los yonkis que van a por metadona pasan menos apuro que muchos de los que van a por condones. Un apunte: además de en las farmacias y parafarmacias, los preservativos también se venden en los hipermercados y podemos meterlos en la compra junto al fuet y el Don Limpio. Y aún nos quedan gasolineras y dispensadores de la calle, para un apuro.
Pero para no ponernos dramáticos volvamos a lo de los *hombres. El condón, es ese plástico con forma de pene goteante que el varón debe colocarse en su miembro erecto antes de comenzar la penetración y que actúa como escudo y bolsita recogedora del tan valioso semen masculino. Ese instrumento que el HOMBRE se tiene que poner en su POLLA . Está bien, soy feminista, he comprado preservativos muchas veces en mi vida y aunque, sorprendentemente, a mí también me parece una situación algo violenta, puedo hacerlo mil veces más. La cuestión, amigos, es que cuando las mujeres tenemos que comprar la píldora u otro método femenino, somos nosotras las que vamos, solitas, en el noventa y nueve por ciento de los casos. Y no os quiero ni contar si tenemos que ir a comprar UNA PRUEBA DE EMBARAZO.
El test de embarazo, es, en grado de bochorno femenino, lo que al hombre el preservativo, pero multiplicado por mil. Cuando una pide discretamente una prueba de embarazo en una farmacia, inevitablemente, toda la atención recae sobre ella. LA MUY PUTA. Lo veo en los ojos de esos cabrones que se ponen a explicarte en voz alta cómo tienes que utilizar el complicadísimo dispositivo: “mira, bonita, lo mejor es que cojas un vasito y orines dentro de él para después, introducir el extremo absorbente durante 10 segundos y cuando acabes, dejarlo en posición horizontal entre 3 y 5 minutos antes de comprobar si ESTÁS EMBARAZADA”. Ése es el momento en que la abuela que va a por el Sintrom te mira con reprobación mientras sacude la cabeza. Tú, allí sola, sin tu marido, y comprando una prueba de embarazo. Si en el mismo pack aprovechas para pedir la píldora de día después para tu amiga, es probable que la señora de antes sujete su bolso con fuerza y murmulle en voz -cada vez menos baja-: “pero qué pena de juventud, qué pena” seguido de un “esto con Franco no pasaba”.
Así pues, amiguitos heterosexuales, por solidaridad con vuestras compañeras hembras, vamos a hacer un pacto: vosotros traéis los condones de casa y, si algo sale mal, nosotras nos encargamos de la píldora del día después y de la (voz de terror) prueba de embarazo.

Ojalá las vendiesen en el Carrefour.