Categoría: estilo de vida

Ser hipocondríaco es gracioso

Hola, me llamo Diana y soy hipocondríaca. Con demasiada frecuencia tengo la manía de creer estar padeciendo una grave y mortal enfermedad, lo que provoca que pierda tiempo vital en preocuparme por problemas que todavía no tengo. Todavía. Porque para un hipocondríaco el futuro es ése lugar en donde los horas se agotan dramáticamente mientras tu circuito vital se apaga al ritmo de una sonda por no haber sabido reconocer los síntomas del MAL a tiempo.

El problema básico del hipocondríaco es que tiene el oído demasiado desarrollado, pero hacia dentro. Me explico. Eso que recomiendan los médicos de escuchar a tu cuerpo, en mi caso es como estar metida en medio de las fallas con la caloret apretando y los petardos saltando por los aires a cada paso que doy. La relación de mi ansiedad con la hipocondría viene a ser algo similar a la de la gallina y con el huevo: qué más da quién haya sido cagado antes.

La cantidad de enfermedades que me he autodiagnosticado –con sus síntomas perfectamente estudiados y somatizados- me convierten, de facto (y de urgencias), en una especie de predicadora del sufrimiento y en una estudiosa de los últimos avances en Medicina, por lo que no descarto que la Facultade de Medicina de Santiago de Compostela decida hacerme Doctora Honoris Causa un día de estos.

La colección de mis enfermedades a lo largo de los últimos quince años ha sido extensa y variada. Muchas de ellas están directamente relacionadas con las desagradables sensaciones propias de un trastorno de ansiedad con crisis de pánico: infarto de miocardio, angina de pecho, ictus, trombo que empieza en un dedo menique para acabar colapsando dios sabe qué arteria, parálisis facial, posible infarto intestinal por diarrea o estreñimiento, ahogamiento espontáneo, simulación de desmayos con posibilidad de empotrarse con el coche o ser atropellada por un kamikaze, y muerte súbita. A veces me pasan cosas peores como rigidez muscular o calambres que me anuncian a gritos que estoy padeciendo una enfermedad neurodegenerativa como esclerosis múltiple, síndrome neuroléptico o cosillas menores como un parkinson juvenil o una insuficiencia renal aguda.

hipocondríaco
Si quieres acabarte esa copa, ni se te ocurra decirle a tu amigo que tiene mala cara.

Mis dolores musculares constantes, asociados a mi ansiedad y a alguna lesión deportiva –que sí tengo- consiguieron que me diagnosticasen fibromialgia con 21 años y me sacasen de una patada en el culo del hospital. Por supuesto, ahí empezó mi periplo hasta que conseguí que otros médicos me desdiagnosticasen esa “horrible enfermedad” para asegurarme que lo que yo tenía era espina bífida oculta y un trastorno inflamatorio en las articulaciones que prefiero no recordar. El hipocondríaco es un ser avaricioso: nunca está contento con lo que tiene.

El mundo globalizado no contribuye al descanso de la retorcida mente del hipocondríaco, que cree tener el poder de contagiarse de todo cuanto agente patógeno circule por el planeta tierra. Así es que yo, preventiva donde las haya, fui la primera mujer en vacunarme del virus del papiloma humano en mi ayuntamiento mientras el señor practicante me preguntaba para qué servían y cómo se ponían las inyecciones. Estaba muy contenta con mi inversión de 450 euros para preservar la salud de mi cuello uterino, hasta que me enteré de que la vacuna no cubría todas las cepas y, mucho peor, que existía un síndrome asociado a la vacuna que me podría matar de un momento a otro (sigo esperando, aunque yo me la haya puesto hace más de seis años).

Por supuesto, y aunque soy estricta en mis contactos sexuales, tuve que descartar una infección por VIH con un test en un centro especializado después de que me preguntasen amablemente si me dedicaba a la prostitución o me picaba heroína. Y todo porque la analítica completa de sangre que le pido a mi médico de cabecera cada seis meses, no incluye la serología. Ir a tu centro médico y pedirle al tipo que te pregunta cómo están tus padres que te haga la prueba del sida, es de todo menos discreto.

Este año, con el SIDA y el VPH descartados, aparecieron en mí unos síntomas similares a un brote tuberculoso y el médico no tuvo reparos en pedirme una prueba de infecciosas que incluía la diagnosis del ébola. Sólo decir la palabra y aparecieron ante mis ojos llagas sangrantes como si fuese yo el mismísimo Jesucristo atravesado por estacas viviendo mi muerte en slow motion. Tampoco tenía la tuberculosis. He de reconocer que es la tercera vez que me hacen la prueba en cinco años. De tanto tentar, ya verás tú.

Enfermedades infecciosas, neurodegenerativas o fallos múltiples y súbitos del sistema orgánico, se unen en mi cabeza a la posibilidad diaria de padecer cáncer de ALGO. He tenido síntomas sospechosos de traer un tumor maligno en cada centímetro de mi cuerpo y he hecho cábalas con la posibilidad de que mi endeble sistema inmune (estudio mis analíticas con detenimiento y google chrome a mano) sea atacado por un ejército de células cancerosas que me lleven a la tumba antes de que pueda ver mi nombre en los créditos de mi primera película y pueda decir aquello de que dedico el premio a mi perro Coco y al resto de miembros de mi familia.

No sólo de enfermedades vive la hipocondría. Yo, además, tengo la manía de embarazarme. Con el dinero que llevo gastado en tests de embarazos mi hijo habría estudiado en Harvard. Tal es mi obsesión –pánico- de quedarme embarazada que soy la única persona que conozco que llegó a hacerse una prueba siendo virgen. Sí, probablemente es lo más humillante que he hecho nunca. Tenía 16 años y no había Wikipedia, cabrones. Cuando se me retrasó la regla después de aquel novio me hubiese tocado las partes bajas tras haberse tocado las suyas propias, se abrió ante mí la posibilidad de que un espermatozoide oculto bajo la uña de su dedo anular consiguiese llegar a mi óvulo y anidar allí un indeseado hijo. Para que os quedéis tranquilos, el resultado fue negativo.

El mejor antídoto del que me ha dotado la naturaleza para luchar contra mis miedos y mis demonios es el sentido del humor. Así que si tenéis hipocondría, o estáis cerca de alguien que la padezca, intentad reíros de las absurdas situaciones a las que os veréis abocados como visitar una sala de urgencias el día de la boda de un hermano por una apendicitis convertida en fulminante peritonitis. Porque la verdad, ser hipocondriaco, aparte de una putada, tiene bastante gracia.

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Excusas para NO hacer DEPORTE

El deporte es ese sano amigo con el que tanto nos cuesta mantener vínculos estables y duraderos. El deporte es como un amante esporádico: lo disfrutamos pocas veces, pero, cuando lo hacemos, tiene la facultad de dejarnos exhaustos. A diferencia de lo que ocurre con el placentero sexo, son pocos los osados que repiten el esfuerzo físico que conlleva hacer deporte. No haré un manifiesto a favor del deporte porque creo que hay mucho yonki al que se le ha ido de las manos. Afortunadamente, entre tanto fanático, siguen quedando cientos de miles de personas que, día tras día, luchan por mantenerse alejados de los hábitos de vida saludables. Incluso en plena operación bikini.
Pero no es equivoquéis, lo difícil de hacer deporte no es tanto practicarlo, como pensar en que tenemos que hacerlo. Es algo parecido a lo que cuentan los ex fumadores sobre los días previos a dejar el tabaco. Los momentos anteriores a la práctica deportiva son un tormento si no estamos acostumbrados a quemar calorías con relativa frecuencia. La PEREZA se apodera de nuestros cuerpos y nuestras almas y lucha por mantenernos alejados del esfuerzo físico, las pulsaciones elevadas y el sudor empapando nuestras camisetas-souvenir de Tenerife. Por eso, el ser humano, ha desarrollado la facultad de tirar de mano de una interminable lista de excusas que lo eximan de mover el culo.  Estos pretextos, transmitidos por vía oral generación tras generación, forman ya parte del patrimonio de la humanidad de las milongas, justo al lado de “se murió mi abuela”, “había atasco”, y “se murió mi abuela (después de haber resucitado milagrosamente)”. Os hago una relación de las evasivas más tradicionales y funcionales, para que podáis echar mano de ellas cuando os encontréis ante la desagradable tesitura de tener que calzaros unas zapatillas deportivas y echaros a la calle. Son excusas válidas para ofrecer a los demás pero, ante todo, para autoconvenceros y liberaros de cualquier incómodo sentimiento de culpa en este mundo lleno de runners, cyclists, swimmers y monguers varios.
–       Condiciones climatológicas adversas: Puede que haga mucho frío o todo lo contrario, demasiado calor. A nadie le gusta practicar deporte al aire libre con temperaturas extremas, ni tampoco cruzar la calle para ir al gimnasio más cercano envuelto en un pesado anorak de invierno. La lluvia también es un factor de riesgo ya que nos podemos resfriar y, ¿acaso no hacemos deporte para estar más sanos? Entre los factores externos incontrolables por el ser humano también se encuentran el polen del campo, la polución de la ciudad, la humedad de las zonas costeras, la sequía del sur, o, incluso, la nocturnidad a la que salimos del trabajo, franja horaria donde todos somos carne de violación, atracos y desgracias varias.
Grupo haciendo deporte
–       No te encuentras bien. ¿Quién no ha dicho eso de “hoy paso de ir a correr que estoy mal”? Las enfermedades pueden variar desde las de tipo muscular-articular (espalda, rodillas, tobillos, lumbago, artrosis juvenil, arterioesclerosis y reuma) al dolor de cabeza, las afecciones respiratorias (mocos, alergia, tos, asma), las digestivas (acidez de estómago, ardor, gases, digestiones pesadas, gastroenteritis, diarrea, estreñimiento) la diabetes, los pólipos intestinales, el dolor de muelas, la tensión baja, la hipertensión, la tensión normal -que precede inequívocamente a cualquiera de las malas- o las típicamente femeninas como la regla, la ovulación o los calores menopáusicos. Y las masculinas: la masturbación ES deporte.
El individuo que se apoya en sus compañeros no consiguió poner excusas para no hacer deporte
–       No tienes tiempo. Trabajas muchas horas al día o estar en el paro te mantiene atado al ordenador por si recibes un correo milagroso con una oferta de empleo a la que nunca has aplicado. Tienes tiempo para ver la tele, estar en Facebook y Twitter durante horas, ver seis series simultáneamente (y comentarlas en Facebook y Twitter), jugar a la consola (y comentarlo en Facebook y Twitter), salir los fines de semana, ver el fútbol, la Fórmula 1 o el Moto GP (y comentarlo en Facebook y Twitter) y para buscar a amigas de la infancia en Badoo, pero nunca para hacer deporte.
–       Has decidido que primero tienes que adelgazar. Hacer deporte con sobrepeso puede ser peligroso para tus articulaciones. La salud es lo primero.
Este hombre ha sido capaz de estar 15 años poniendo excusas para no hacer deporte
–       No tienes dinero para pagar un gimnasio. Y ya dijimos que el deporte al aire libre conlleva una serie de riesgos para la vida derivados de los factores climatológicos extremos propios de Siberia, la Antártida, Oklahoma, el desierto de Atakama, Death Valley y la Península Ibérica.
–       Eres de los pocos españoles que tiene dinero, pero te aburres en el gimnasio. Y además, ver a la Roja con los colegas en el bar de al lado mientras te bajas cuatro cervecitas convalida como deporte de equipo.
–       No tienes la ropa de hacer deporte limpia. Desde hace dos meses. La gente tiene la manía de poner lavadoras a lo loco y después nos quejamos del cambio climático.
–       Justo el día en que ibas a empezar eres víctima de un GRAN drama personal: ingresan de urgencia a tu gato por una intoxicación de bolas de pelo, tu novia te deja por el entrenador cani de su gimnasio, has visto al hombre del que estás enamorada con camiseta de licra y escote o se te ha aparecido la mismísima Virgen de Fátima para revelarte el último misterio después de una sobredosis de LSD en una fiesta rave.
La virgen pone excusas para no hacer deporte
“Y recuerda: has de estar siempre disponible para mí, pues sobre ti y tu barriga recae el futuro de la humanidad.”
–       Estás de resaca. De lunes a domingo.
–       No puedes ir a nadar porque no te has depilado. Podrías hacer otra cosa pero entre los dolores articulares, el mal tiempo y la reposición de los Vigilantes de la Playa, el cuerpo hoy te pide agua.
–       Empiezas el lunes. El lunes que viene. No, el siguiente. El otro. Lo importante es no especificar JAMÁS de qué lunes estamos hablando.
–       Tienes que estudiar: para la ESO, la selectividad, la Universidad, el Master, el Posgrado o el psicotécnico del carnet de conducir. Estudiar es algo tan digno que nadie podrá reprocharte que elijas formarte en lugar de esculpir tu cuerpo. (Si lo hacen, tú háblales de Aznar, los abdominales, la Guerra de Irak y que ellos saquen sus conclusiones).
–       Tu problema es la soledad. No tienes con quién ir a hacer deporte y es por eso que tienes que quedarte en casa zampando donuts mientras lamentas tu poca vida social.
–       Ten cuidado con la excusa anterior. Solo es válida para exponerle a una persona no practicante. En caso de que se animen a acompañarte, vuelve a cualquiera de los anteriores puntos.

Con estos sencillos consejos, la conexión de whatsapp oculta, el buzón de Movistar activado y el carnet de colaborador de Cruz Roja, puedes ir tirando de aquí a septiembre. Suerte.
Homer no hace deporte
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