Categoría: estilo de vida

Las prisas

Hace unos días me encontraba francamente mal, la congestión derivada de mi catarro apenas me dejaba respirar, y me había subido la fiebre. Era un día de semana por la mañana, y para evitar contribuir a la saturación de las urgencias hospitalarias, llamé por teléfono al Sergas, donde un amable contestador automático me informó de que hasta el día siguiente no tenía cita para mi médico. Como me hallaba entre la vida y la muerte, llamé directamente al centro médico para contarles mi dramática situación y me informaron que de no me preocupase, porque mi médico de cabecera tenía que atenderme de urgencias hasta las 15 horas. “Tú vienes, le dices a la gente que está esperando que es una urgencia y que te atienda el médico”. Ajá.

A las 10 de la mañana cogí el coche con toda mi buena fe y peor cara que la Veneno cuando salió de la cárcel, para dirigirme al ambulatorio. El funcionario de la ventanilla –el mismo que me había instado por teléfono a ir YA- me dijo ahora en tono condicional que “a ver” si me podía atender el médico y que en cuanto saliese alguien de la consulta yo tenía que colarme dentro porque lo mío era una urgencia y así funcionaban las cosas.

Estaba mintiendo, obviamente. Las salas de espera de los centros médicos están repletas de ancianos que pasan su jubilación apoltronados en las mismas sillas esperando su turno desde que despunta el alba. Pero no os llevéis a equívocos por su enorme previsión, es gente con prisa. La abuela Carmucha tiene cita para las 12.30 pero ha llegado a las 8 para ver si se puede colar a eso de las 11 y así acabar antes, y aprovechar la mañana. En la sala había una docena de abuelas Carmuchas y todas tenían mucha prisa porque el nieto les iba a comer y cada vez que yo levantaba el culo, una vieja coja y lisiada se había colado cual Usain Bolt dentro de la consulta de don Carlos y cerrado la puerta con pestillo. Como me enseñaron a respetar mucho a los ancianos rogué clemencia educadamente, mientras soportaba la mirada inquisidora de las abuelas que rápidamente iban a la lista colgada en la puerta (como ven sin gafas cuando quieren, las muy putas) para decirme que les tocaba ya, y que lo sentían, pero que claro, al ir sin cita…ya se sabe.

Mucho rato después, sin uñas y con los nudillos pelados, volví a bajar a junto el tipo de la ventanilla para llamarlo inepto y pedirle que viniese a escoltarme porque TENÍA QUE TRABAJAR Y NO PODÍA PERDER TODO EL DÍA ALLÍ. Él me dio un ticket que funciona como una especie de visado de asilo político y que tú debes enseñar en la sala mientras gritas “soy legal, soy legal” y empujas y pisas a viejos sin piedad. Más o menos. Con mi papel pegado en la frente, apretando los puños, y el sudor resbalándome por la nariz, finalmente una chica me dejó pasar. Eran las 12.05 y llevaba más de dos horas allí, sin embargo, a mis espaldas pude escuchar con desprecio “vaya morro, los demás también tenemos prisa”.

No sé en qué momento de la historia de la humanidad la gente sintió esa necesidad apremiante de actuar con prisa siempre, como si no tenerla fuese un síntoma de debacle vital. Hay personas expertas en contagiar de su prisa a los demás, hasta llevarlos a niveles de estrés próximos al infarto de miocardio.

Los conductores siempre son personas con prisa. En Vigo, además, son más peligrosos que los protagonistas del GTA. Hay una barrera física muy marcada para saber cuándo uno empieza a conducir en Vigo y, por tanto, con mucha prisa. Es el peaje de la AP9. Si tardas más de 10 segundos en pagar, la máquina se queda atrancada, o la barrera no sube, tendrás un coche detrás pitándote e increpándote pegado a tu culo (el del coche, se entiende). Pero ay, como se te caiga el papel o una moneda por fuera de la ventanilla, estás perdido. Porque el de atrás (vigués en potencia aunque sea de Coruña) ya estará pitando antes de que el objeto acaricie el suelo y sacando la cabeza por la ventanilla mientras te recuerda que tiene prisa y te regala bonitas palabras de amor que, además, suelen estar plagadas de comentarios machistas si eres una mujer al volante. Y si la barrera no sube por un problema técnico, da igual, el de atrás quiere que la arranques, la destroces, choques contra ella o prendas fuego al monte más cercano, con tal de que salgas de su camino.

Si llegas a Vigo con el parabrisas intacto, tendrás que sortear sus rotondas que allí funcionan como las tacitas de las atracciones de las ferias –la norma básica es esquivarse-, mientras cientos de cláxones suenan al unísono, haciendo imposible saber de dónde viene el peligro. Si, para aliviarte, decides meter el coche en el parking del Corte Inglés, los vigueses y los portugueses se juntarán allí para seguir acosándote, dándote luces, pitándote, con tal de que te apartes de sus caminos.

Las prisas en los parking son de lo más habitual. Desde que entras en uno de esos recintos infernales hasta que sales, sabes que tienes que comportarte con premura. Prisa de que no te pillen el sitio de delante, prisa de que alguien te deje hueco para salir, prisa para no quedarte atrancado en la puta cuesta que da a a la calle cuando la barrera suba y el de atrás ya esté acariciando el claxon con los dedos.

Y prisa por pagar. Acabas de compartir terraza con esa pareja que lleva horas aprovechando el café enfrente del parking y has escuchado perfectamente que su próximo destino es ir a recoger a los niños a casa de unos amigos lo más tarde posible, para meterlos inconscientes en cama y poder echar un polvo. Sabes que no tienen prisa. Pero aceleran el paso detrás de ti cuando te diriges al único cajero de pago que hay libre. Haciendo un quiebro, consigues zafarte de ellos y metes el ticket antes, casi lanzándolo, con tanta prisa que lo introduces en la ranura equivocada, la de la tarjeta de crédito, y tienes que sacarlo clavando las uñas o los dientes. Cuando llega el momento del pago, querrías aprovechar para deshacerte de todas esas monedas pequeñas, pero sientes el aliento de tus enemigos en el cogote. Y tienes miedo. Así que sacas un billete de 10, que la máquina escupe varias veces hasta que se lo entregas más planchado que la pancarta de ganadores del PP en las elecciones del 20D. Y una retahíla de monedas de todos los tamaños son vomitadas mientras te afanas por guardar cada una de ellas en tu cartera. La pareja, impaciente, ya ha metido su tarjeta en la ranura, y están pagando mientras tú permaneces agachado intentando recoger las vueltas. Tienen tantísima prisa, que ya ha metido las monedas sin darte tiempo a sacar las tuyas, así que no te queda más opción que arañar el acero del hueco intentando pillar una última moneda, y largarte rápido para impedir que esos cabrones se te cuelen delante en la salida. Porque tú sí que tienes prisa, y los peces de colores son muy de comer a su hora.

Y es que las prisas afectan a nuestra vida en todos los niveles. Nos queremos enamorar rápido y a poder ser, sin mucho esfuerzo. Estudiarnos el temario entero la noche anterior al examen. Emborracharnos rápido y no pensar en la pasta que nos estamos gastando ni en la resaca de mañana. Adelgazar lo antes posible para meternos en el traje de fin de año. Tener un orgasmo rápido, o fingir que lo hemos hecho.

Pero las cosas, hechas con prisa, nunca salen bien. Nos enamoramos mal, no recordamos la lección, vomitamos los domingos por la mañana, recuperamos los kilos la misma noche de fin de año y establecemos horribles precedentes sexuales. Se nos caen las monedas por fuera de la ventanilla, rascamos el coche de nuestro padre contra la columna y nos olvidamos el paraguas en casa.

Todos deberíamos aprender del modo zen de proceder de los funcionarios de Hacienda, del Inem, del tío de la ventanilla de mi centro médico. Andar sin prisa, y que se joda el otro.

rie prisa

Instagram y adolescentes: una pistola en cada mano

Cuando a los 14 años enfermé de anorexia nerviosa no sabía lo afortunada que era por vivir en una época libre de redes sociales. La búsqueda de la aprobación –y el estrés derivado de ello- se limitaba entonces a mi círculo más cercano, básicamente compañeros de instituto y algunos amigos que veía los fines de semana. No podía hacerme fotos cada día para subir a una red social y sentir los aplausos de admiración de otras adolescentes carentes de autoestima, así que me conformaba con apuntar mis kilos perdidos en una libreta, junto a una tabla de ejercicios que llegaba a practicar hasta metida en cama. Las pocas fotos que me sacaban me daban auténtico asco, no podía mirarme antes de revelarlas, no podía ensayar la pose, ni practicar una mirada penetrante. Daba igual, las fotos reveladas estaban condenadas al álbum familiar o al corcho de la habitación. Con suerte, las verían mis mejores amigas el día que se quedasen en casa. Eran un recuerdo familiar que en aquella época (y durante los cuatro años siguientes) desbordaban tristeza. No hay nada de cool, ni de feliz, ni admirable, en una adolescente enferma y deprimida. Las únicas chicas que admiraban mi esfuerzo y fuerza de voluntad eran otras pacientes de la Unidade de Trastornos de la Alimentación de Santiago de Compostela. Chicas enfermas, verdaderamente enfermas, buscando aprobación social.

Essena O´Neill es una chica autraliana de 19 años que hasta hace unos días acumulaba las siguientes cifras de seguidores en redes sociales: más de 500.000 en Instagram, más de 250.000 seguidores en Youtube, otros tantos en Tumblr y unos 60.000 en Snapchat. Una auténtica social media star que vivía por y para los followers y los likes y ganaba cantidades nada despreciables por cada foto compartida (unos 1000 dólares) o por cada video subido a youtube (más de 2000). Una modelo de medidas espectaculares y apariencia angelical, que se hizo rica a costa de convertir su imagen en pornografía de las redes sociales desde que tenía 12 años, y que acaba de confesar haber padecido importantes problemas de autoestima, desórdenes alimentarios y obsesión con el deporte con el objeto de “gustar a los demás”.

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Una de las fotografías en las que Essena modificó el texto antes de cerrar su cuenta de Instagram.

Pero la noticia es otra: “La estrella de Instagram Essena O´neill abandona las redes sociales”. ¿Cómo puede hacer eso? ¡Señor, es una estrella de Instagram! El concepto “estrella de Instagram” me produce semejantes arcadas que me propongo a mí misma como candidata para dar un par de bofetadas con la mano abierta a cada seguidor convencido de que está admirando a una verdadera estrella. Sí, ya sé, quizá ésta sea una estrategia de marketing de la australiana para ser todavía más conocida, pero, teorías conspiranoicas aparte, Essena es una de muchas. Y ejemplos patrios tenemos unos cuantos que no reproduciré para que los fans no denuncien mi blog como hicieron cuando se me ocurrió mentar la afición de Cri***** Ped***** por enseñar las bragas a propios y extraños .

Después de pasarse toda su adolescencia con una cámara delante de las narices y cientos de miles de fans que la seguían e idolatraban por su belleza, delgadez y estilo, Essena ha hablado de las perversas consecuencias de su adicción a las redes sociales: la obsesión por los likes y los followers, el estrés de chequeo constante o el miedo a la crítica. Y también de la mentira que se esconde detrás de las pantallas. Una de las frases que más repite en su página web lestbegamechangers.com es “es ridículo”. Todo es ridículo: jóvenes atrapados en las redes sociales admirando a otros que a su vez están más atrapados que ellos, viviendo a través de pantallas, fotografiando cada paso que dan pero sin tiempo para vivir experiencias. Una generación entera encerrada en vidas virtuales, cuya inspiración son chicas y chicos con fotos irreales salpicadas por filtros y retoques, en posturas mil y una vez ensayadas, creando la peligrosa ilusión de que la perfección existe y además, es posible conseguirla.

Me dan un poco igual los consejos que Essena imparte ahora sobre la meditación, el veganismo, la lectura y la creatividad. Ella es –o ha sido- una de las muchas piezas del tratamiento como objetos ornamentales de las adolescentes  que, cada vez más, claudican y se prestan a contribuir a este sistema de ultrasexualización de sus cuerpos sin ningún tipo de control. Apoyando esto, la industria de la moda y la belleza, grandes empresas beneficiarias vendiendo cremas, maquillajes y harapos que te harán estar así de guapa. Muchas “estrellas” sufren ciberbulliyng, acoso, son insultadas y amenazadas hasta con la violación y, sin embargo, no dejan de exponerse una y otra vez. No es engañéis: eso no es autoestima, el amor propio no requiere de miradas ajenas. A la vez, las menos afortunadas físicamente se lamentan de no tener esa cantidad de seguidores, ni un físico bonito que mostrar al público.

La obsesión también afecta a mujeres de otra edades. No tengo Instagram pero conozco unas cuantas páginas de famosas que son auténticas instastars. Mujeres que tienen mi edad o más, y que aparecen sin una sola arruga, ni un rastro de celulitis o una sola imperfección. Con 29 años y tras haber padecido un trastorno alimentario, conozco el precio de esa ilusión. Pero si hace 15 años yo hubiese tenido redes sociales, estoy segura de que habría caído y, mi obsesión, enfermiza entonces, lo sería todavía más. No puedo ni imaginarme el sufrimiento que me acarrearían las redes sociales, ni el tiempo que perdería arreglándome, preocupada por mi aspecto, obsesionada con los “me gusta” y viendo los perfiles de otras a las que envidiaría por su perfección. Cada crítica, por nimia que fuese, me deprimiría más y, muy probablemente, retrasaría mi recuperación (eso por no hablar de las páginas proanorexia y probulimia). La aprobación de los demás, antes limitada a unos pocos, se muestra ahora abierta a todos los psicópatas de internet, personas envidiosas, obsesos sexuales, pederastas, y gente mala en general.

Muchos recordamos que hasta hace no demasiado se podía beber alcohol con 16 años, y nos vendían tabaco a los 14 en el mismo sitio donde comprábamos gominolas. Entonces, alguien, con buen juicio, pensó que aquello era peligroso para la juventud y puso límites legales. Espero que no tardemos demasiado en preguntarnos cómo pudimos permitir que niñas de 12, 13, 15 ó 16 años compartiesen fotos semidesnudas a todo el planeta.

Alcohol, nicotina y remordimientos

La tripe R –o triple resaca-, es como el eje de la Segunda Guerra Mundial: una alianza del mal destinada a destruir al enemigo –en este caso uno mismo- a través de los nocivos efectos del alcohol, la nicotina y especialmente, los remordimientos.

Muchas personas sabemos lo que se siente con la tripe R. Aparece tras despertarse del coma posterior a una noche de alegría desmesurada y los síntomas varían según la persona y las mezclas: las náuseas –o el vómito-, el dolor de cabeza agudo que no se va ni con dos ibuprofenos de los buenos (el Espidifen que compra tu madre y cuesta 6 veces más que el genérico que compras tú), el dolor muscular, articular, la tos, la dificultad para respirar, el escozor al miccionar, o la diarrea; aderezados con confusión mental, necesidad de abrazar gatitos, sentimiento de culpa, arrepentimiento y, en casos graves, ganas de volver con tu ex.

La tripe R no descansa nunca. Uno puede creerse tranquilo ese día que va a “tomar dos cañas y para casa” pero en cuanto se despiste, se encontrará a si mismo bebiéndose hasta el agua de los floreros y un par de horas después, se dispondrá a comprar una cajetilla tras haber agotado la del amigo que siempre fuma y, por tanto, compra.

Lo que hace que uno acabe inmerso en una noche/tarde/día de fiesta de desenfreno está en el punto de autocontrol que tenga para resistir las tentaciones. Pero no todos tenemos la misma fuerza de voluntad. Mi capacidad para luchar contra la tentación decae dramáticamente a medida que el alcohol sube en el torrente sanguíneo. La segunda 1906 es la medida de mi voluntad. A partir de ahí, todo lo que haya prometido el fin de semana anterior, incluido no volver a beber, fumar, ni, por supuesto, dejarme seducir, carecen de validez. Los seis días de manzanas ecológicas, gimnasio y meditación (lo de meditación es broma) se echan a perder en cuanto la frase maldita llega a mis oídos “tía, que hoy es sábado” (o viernes, o festivo, o día de verano, o de Semana Santa o ha venido la prima de Murcia de alguien). Soy una esclava de las tentaciones. Si yo hubiese estado en el paraíso le habría dado una hostia a Eva por dedicarse a comer una manzana (ecológica, claro) en lugar de al único tío del mundo.

Walter Mischel explica en su libro El Test de la Golosina, la capacidad que tenemos todos los humanos para aprender autocontrol y evitar posibles frustraciones y castigos autoimpuestos derivados de nuestra debilidad para RESISTIR las tentaciones. Así, conocemos el experimento que durante décadas llevó a cabo con niños a los que ofrecía golosinas y otras recompensas para que aguantasen las ganas de comer una golosina ya disponible, a la espera de más cantidad después.

Gummy Worms

Entre las estrategias que utilizaban los niños para frenar la impulsividad, estaban las de pensar en otras cosas que les interesaban, imaginar que ese dulce que tenían delante en realidad no existía y era una foto (“no es posible consumir una representación alucinatoria de un objeto deseado”), activar la parte “fría” y reflexiva del cerebro para analizar el objeto de deseo para hacerlo menos tentador (“es un trozo de goma rosa, con azúcar”, “es sólo un poco de papel prensado lleno de sustancias químicas” o “ese tío sigue siendo igual de imbécil que hace dos fines de semana”). También funciona pensar en caliente en otras cosas muy apetitosas “por no comerme esta golosina me darán tres mucho más ricas después”, “pasa de él, así fue como Angelina conquistó a Brad Pitt”. -Lo último no he podido contrastarlo-.

Otra manera de escapar del sistema caliente es imaginar cómo se comportaría otra persona, a poder ser inteligente, en tu situación. En mi caso, si me pongo a reflexionar acerca de lo que harían mis amigos con toda una noche de fiesta por delante el sistema no funciona. Y son inteligentes, algunos incluso han conseguido ganar dinero sin pegar palo al agua.

Pero la herramienta que mejor funciona son los planes de sí-entonces: “si no me bebo esta copa hoy, mañana podré levantarme temprano e ir a la playa sin resaca, dar un largo paseo y no pensar en que mi vida se esfumará por el váter en la próxima arcada”. Según Mischel, cuando utilizamos mucho este tipo de planes, el cuerpo los acaba interiorizando y saltan de forma automática sin que nos cueste nada. Es decir, es como si por arte de magia nos convirtiésemos en personas responsables y sensatas después de semanas sufriendo como perras en celo, para conseguir irnos después de la segunda caña.

El poder reside no sólo en el estímulo, sino en la idea que tenemos de él. Lo que quiere decir que si cambia nuestra idea sobre él, cambiará lo que sentimos y, por tanto, lo que hacemos. Súperfácilysencillo, ¿eh?

La cuestión clave es la siguiente: ¿hay algo mejor que dejarse llevar por los excesos de la carne y del alma? ¿Cuál es la recompensa a tamaño esfuerzo? Obviamente, el libro señala que las personas que desarrollan más autocontrol tienen menos “vicios y menos masa corporal” y probablemente más conexiones neuronales y una vida amorosa mucho más estable y equilibrada.

Y sí, sí, llega el día de la tripe resaca, y estás moribundo en ese sofá pensando que has echado a perder tu juventud por insensato, tú que lo tenías todo para ser feliz, y mírate ahora, con menos agilidad que Stephen Hawking en la maratón de Boston. Y te prometes a ti mismo y a todos tus conocidos e incluso a Dios -ahora eres creyente- que si sales de ésta, será la última vez que beberás o que encenderás un cigarro. Tu futuro se ha convertido en un acto de fe. ¡QUIERO VIVIR, SEÑOR, AYÚDAME! Puede que incluso lo pongas en Facebook (adorable mi amiga Luci en su intentona), como advertencia para que nadie te invite a tomar algo, porque tú eres como un enfermo que acaba de salir de Centro Reto y apelas a la responsabilidad ajena para evitar acabar enchufado a una máquina de diálisis con 35 años. Y el lunes vuelves al gimnasio y te comes TRES manzanas ecológicas y el martes haces piscina y el miércoles pilates.

Eres una persona nueva.

Pero entonces llega el jueves y ya te sientes como nuevo, Dios te ha ayudado, y, el cerebro, como cualquier organismo que pretenda sobrevivir, ha borrado los recuerdos malos y el arrepentimiento empieza dar paso el deseo de meterte en ese vestido a lo Ylenia en Gandía Shore, y saltar sobre la tarima más cercana –en mi caso, los saltos acaban francamente mal-. Y de repente, es sábado por la noche, verano, hay un festival de música, ha venido el primo de una amiga al que no ves desde el colegio y que ha desarrollado un físico agradable de ver, y en la tele echan Sálvame.

Tú no querías, pero una conjunción de astros se ha alineado para ofrecerte esa gominola tan difícil de rechazar. Una fuerza exógena te empuja a salir de casa. Porque, al fin y al cabo, sabes que no comerte hoy la gominola, no implicará que mañana tengas dos primos en tu cama.

Ya empezarás con el autocontrol a partir de septiembre. Que eres joven. O no. Coño.

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Haberte quedado en casa, putilla.
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