Categoría: desamor

El cobarde digital

Nos pasamos gran parte del día delante de una pantalla de ordenador, teléfono o tablet interactuando con otras personas, método que nos permite conocer a mucha gente y mantener relaciones que, debido a la distancia o el tiempo, serían bastante improbables de otra manera. La integración de la tecnología en las relaciones personales permite que cada noche podamos mandar un “te quiero” (con 18 corazones y payasadas varias) a la persona de la que estamos enamorados, hablar con nuestros amigos en un grupo de whatsapp a 10 bandas, o ver las fotos del último viaje a Bielorrusia de nuestro compañero de facultad. Para empezar, la tecnología es como Gran Hermano, lo magnifica todo. Piensa en los últimos 20 enamoramientos online que hayas tenido, puede que se te esté yendo de las manos. No tienes tantos amigos tan divertidos como en los grupos de whatsapp, baja al bar y compruébalo. Y deja de mirar las fotos de viajes de todo el mundo, tu vida solo es triste comparada con la de los demás.
Las redes sociales y whatsapp son el infierno de las relaciones, y provocan más rupturas que cualquier concursante de Hombres Mujeres y Viceversa corriendo en ropa interior por tu habitación matrimonial. Si alguien todavía alberga la esperanza de mantener una relación por un período de más de dos años, debería tener la sensatez de inmolarse en rrss en cuanto entre en pareja. A pesar de permitirnos tener todo supuestamente controlado, nunca ha habido tanta ansiedad e incertidumbre con respecto a nuestras relaciones. Nos hemos convertido en auténticos psicópatas, por algo Facebook es obra de un tipo despechado. Del mismo modo, nos permitimos envalentonarnos cuando alguien nos interesa amparados en el pseudoanonimato que nos brinda la tecnología, y nos esforzamos en proyectar una imagen idílica de nosotros mismos en internet al tiempo que pasamos más horas que nunca acariciando al gato en el salón de nuestra casa. 
Pero en el reino de los datos y la banda ancha también podemos discutir, mentir, engañar o romper relaciones con la confortabilidad y el refugio que nos brinda la pantalla. Las pantallas nos han convertido, definitivamente, en cobardes en potencia. Cada vez nos cuesta más decirle a la gente a la cara lo que pensamos, mantener una sana –o necesaria- discusión o incluso, pedir perdón. A ninguna persona le gusta exponerse a los ojos críticos de otro ser humano, por eso también cada día se rompen más relaciones mediante mensajes enviados desde dispositivos y no a la cara, ni tan siquiera, exponiendo nuestra voz en una llamada telefónica. Nuestra tolerancia al sufrimiento ha bajado a límites pantojiles y la tecnología nos pone en bandeja el pasar de refilón por nuestros conflictos personales, como si aquello no fuese con nosotros. Hemos aprendido que la huída hacia delante es lo más sencillo, y el acto de borrar fotos o cambiar estados sentimentales parece resarcirnos de las consecuencias de nuestros actos en el mundo analógico.  
 
El cobarde digital
 
Nos pasamos la vida escondidos detrás de unas pantallas que están sustituyendo a nuestros ojos, nuestras manos, nuestras sonrisas y nuestras lágrimas, cada vez más incapaces de gestionar las relaciones carnales. La paradoja tecnológica es que ahora somos nosotros el apéndice de los dispositivos que nos acompañan, y no al revés. Los emoticonos intentan representar sentimientos y Facebook tiene un catálogo de estados emocionales que ya quisiera para sí el Colegio Oficial de Psiquiatría. Estamos tan solos como antes, solo que ahora matamos cualquier posibilidad de darnos cuenta de ello. Spike Jonze lo explicó muy bien en Her: sencillamente, seguimos buscando el amor, pero se nos está olvidando lo qué es. A veces me pregunto cuántas miradas se habrán perdido por tener una pantalla delante de los ojos.
 
Cobarde digital
 
Como usuaria de la tecnología estoy muy a favor de las posibilidades que ofrece, como herramienta para comunicarse y estar en contacto con personas que te interesan. Obviamente, se puede conocer a mucha gente interesante por internet, pero de ahí a mantener amorosas o de amistad netamente virtuales, hay un paso. Recuerdo cuando mi primer novio me llamaba al teléfono fijo de casa sabiendo que tendría que pasar el filtro de mis hermanos o mis padres. O aquellas cartas que llegaban a mi nombre y aparecían sospechosamente pegadas con menos arte que Monago desviando fondos públicos. Los adolescentes de ahora no conocen el riesgo que implica tener una relación.
Actuar negligentemente nunca ha sido tan fácil y sin embargo, tenemos la maravillosa oportunidad de sorprendernos cada día con personas con las que compartimos mucho más que nuestra afición por comentar los avatares judiciales de la Infanta Cristina en twitter o las matrimoniadas entre Pedro J. y Casimiro García-Abadillo. Gente de carne y hueso. La que respira detrás de las pantallas.
 
El yonkismo digital ha llegado a un nivel en que ya existen clínicas de desintoxicación digitales (digital detox) para entrenarnos en la supervivencia offline. Y es que cuando exista la posibilidad de que la cosa de la que estás enamorado se resetee, muchos se tirarán delante de un tren. Si es que aún saben lo que es eso.

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¿El momento ideal para dejar a tu pareja? NUNCA

Un día se le ha muerto el canario, al otro es el cumpleaños de su madre, la semana siguiente estáis demasiado cerca de Navidad o a punto de celebrar vuestro aniversario, o puede, incluso, que falten unos cuantos meses para liquidar el contrato del piso que, obviamente, está a tu nombre. Y así van pasando los años en una espiral de frustración constante que acaba por convertirte en un ser despiadado, lleno de rencor hacia la persona a la que se supone que amas y peor, hacia ti mismo: el maldito cobarde que llevas dentro.
Gone Girl, de David Fincher, cuenta la historia de un matrimonio (protagonizado por Ben Aflleck y Rosamund Pike) que después de unos cuantos años de amor incondicional llega al conocido hastío y hasta al odio mutuo. La película, a pesar de sus evidentes –y deliciosas- locuras, cuenta una verdad tan dolorosa como frecuente: el acomodamiento mutuo en la indiferencia y en su manifestación más flagrante: el silencio. Y de ahí, al pavor de soltar amarras. La insoportable carga que arrastran tantas y tantas relaciones. Fincher, nos enfrenta a la verdad que hay detrás de las apariencias, la que se queda cuando se cierra la puerta de la habitación y se abren las sábanas de la cama. La del cuerpo caliente que yace cada noche a tu lado mientras tu mente vaga por otros lugares, por otras ilusiones, por otros besos que no son los suyos.
 
gonegirl quotes
Dejar a alguien no es sencillo. Pero os aseguro que es mucho más difícil pensar en que tienes que hacerlo, estudiar la jugada, angustiarte cada vez que decides que ha llegado el momento, que lanzarse a la piscina y salir por patas con un trolley y los cazos de tu madre debajo el brazo. En el otro lado del ring estará tu pareja, luchando con todas sus fuerzas contra el sentido común que implica que, si alguien no quiere estar contigo qué cojones le vas a hacer tú, intentando ponértelo más difícil. Aunque la relación es un mecanismo de dos piezas, la separación suele ser la caída de una sola. Por muy mal que vaya la relación, o por muy infeliz que seas en ella, es probable que el otro esté dispuesto a convencerte de que te equivocas. Aunque lleve seis meses sin follarte y vuestra última conversación más personal se hubiese referido al modo en qué cuelgas la toalla de la ducha.
Lo contrario –que tú convenzas civilizadamente a tu pareja de que la cosa no funciona- es una posibilidad bastante remota, así que no te hagas ilusiones. Pero ten en cuenta que si has tomado la decisión de romper no debes echarte atrás. Se llama Declaración Unilateral de Independencia y a Oriol Junqueras le encanta. Si se vuelve loco/loca tiene a su disposición una amplia variedad de  terapeutas, a Jorge Javier Vázquez -ni se te ocurra abrir una de esas cartas bomba que manda el muy hijoputa- y la bibliografía de Paulo Coelho.
En el momento en que hayas tomado la difícil determinación de dejar a tu pareja tienes que tener varias cosas claras y nunca olvidarlas durante el proceso/discusión/batalla de ruptura:
 
  • Tus padres no son tu pareja.
  • Sus padres no son tu pareja.
  • Vuestros amigos no son tu pareja.
  • Los hijos son de ambos, y con eso no se comercia.
  •  El perro te prefiere a ti, y lo sabes. A no ser que no puedas ocuparte de él, entonces, claramente, lo prefiere a él/ella.
  • Sus problemas económicos/laborales no son tus problemas si no quieres compartir tu vida con él/ella.
  • Sus fracasos amorosos no son tu problema.
  • Su infancia traumática no es tu problema de ningún modo.
  • El chantaje emocional NO es amor.
  • Sobrevivirás sin él/ella.
  • Evita whatsapp/emails y demás formas de mensajería a no ser que sea imposible hablar en persona del tema.
  • No existe un solo día en el calendario gregoriano óptimo para romper una relación.
Para facilitarte las cosas yo recomiendo tener un plan de evacuación disponible. Estos son los puntos básicos del mío:
  • Prepara un lugar de acogida.
  • Localiza un surtidor de alcohol.
  • Busca un hombro sobre el que llorar, créeme, lo necesitarás. Esto implica haber avisado con antelación a tus personas más cercanas de que has tomado esta decisión. Desahógate con tus seres queridos.
  • Si compartís casa piensa muy bien cuál de los dos se tiene que largar y arguméntalo en el momento de la ruptura.
  • No seas una ONG. Que hayas dejado a tu pareja no implica que tengas que pagarle el apartamento porque te da penita. Por el mismo motivo, si eres tú el que se va no le regales tus cosas: por mucho que llore hoy, piensa que mañana va a estar follando entre tus sábanas.
  • Evita dejarlo por la noche a no ser que tengas donde dormir: esto siempre acaba con un polvo de reconciliación totalmente innecesario que te lleva al punto de partida.
  • Es obvio que ir a trabajar después de haber roto una relación no es agradable, así que es preferible dejarlo en fin de semana, lo que además facilita el punto uno: la ingesta de alcohol.
 
Cuando hayan pasado unos días:
 
  • Quema las fotos fotos de boda y resetea el disco duro con vuestras 67894740000 fotos juntos. Además de cursis, son una horrible tentación para el autocastigo.
  • Su mejor amiga es una zorra (=su mejor amigo está más salido que el pico de una plancha) que se lo quiere follar. Cuélgale el teléfono.
 
Quizá tengas la suerte de que ambos entendáis que ha llegado el momento de que vuestros caminos se separen y salgas fortalecido de la ruptura o puede, incluso, que cuando hables con la otra persona ambos os deis cuenta de que las cosas tienen solución, y de que aquello que te frustraba a diario es sólo una anécdota en comparación con todo lo que os une. Pero, si no hablas, si callas, si aguantas por miedo o por compasión, o si simplemente esperas a que se te pase, ¿cómo pretendes ser feliz?.

* Sí, se lo follará. No haberlo dejado.

Deja de llorar porque no tienes novio. Sonríe porque estás solo.

Que si te han dejado, que si no pillas, que si el amor de tu vida se ha ido con un triste funcionario de sueldo fijo e hipoteca a cuarenta años. BASTA. Aprende a disfrutar de tu soltería, la echarás de menos.
No es un asunto menor vivir en una sociedad donde –sobre todo a las mujeres- se nos sigue criando para pasar del hogar familiar al hogar matrimonial, Dios mediante. Aunque por fortuna yo evité la incursión de Dios en mi vida de pareja, bien es cierto que desde muy joven creí que estar con un chico al lado me haría más feliz. No es algo que uno piensa conscientemente, pero me he dejado arrastrar –sin oponer apenas resistencia- por los encantos de un enamoramiento prematuro. La sensación arrolladora de que podría completar mi vida con la de otro ser y alcanzar el súmmum de la felicidad. Pues bueno, aunque es cierto que estar en pareja tiene cosas maravillosas –de lo contrario, nadie lo haría- cada vez estoy más segura que la comodidad y el miedo a la soledad son dos de esas “cosas maravillosas”.
Estoy bastante harta de leer artículos que prodigan la vida en pareja como la repanocha y que aconsejan a sus lectores (más bien lectoras) infalibles métodos para conquistar al chico de sus sueños y para mantener al ser amado al lado. La regla es simple: cuando dos personas se quieren lo suficiente y apuestan por la pareja (con los sacrificios y renuncias que eso conlleva, y no son pocos) no hacen falta fórmulas mágicas. Remendar las costuras de un amor roto es peor que fumarse las colillas de los ceniceros cuando te has quedado sin tabaco.
Para que veáis que el celibato es un estado tan digno (o más) que la vida en pareja y que son infinitas sus ventajas y comodidades, he elaborado una detallada lista de las cosas que podéis hacer siendo unos felices célibes al servicio de vuestros destinos.
          Puedes irte a la cama cuando te apetezca. No tienes que esperar a nadie ni nadie ha de esperarte a ti.
          Además, puedes levantarte cuando quieras los fines de semana sin que nadie te reproche que madrugas un montón o que duermes demasiado.
          Puedes quedar con quien te de la gana sin tener que dar explicaciones.
          Te puedes tomar la libertad de pasarte una semana entera viendo las películas y series que A TI me gustan, por frikis o empalagosas que éstas sean.
          No has de pelearte por el mejor lado del sofá, ni por el cojín más mullidito.
          Por supuesto, puedes mantener la luz de tu mesita encendida hasta las tantas si te apetece leer.
          Evitas las relaciones por compromiso. Ni familia política, ni amigos de. Quedas con quien tú quieres, cuando tú lo deseas. ¿Domingo de resaca? Que le den a la suegra.
          Puedes tirarte un pedo tranquilamente sin que nadie se queje de la peste. Y además, no deja de ser un poco humillante.
          Y hacer caca con la tranquilidad de no oír pasos al otro lado de la puerta que te desconcentran de tu importante tarea vital.
          Si eres chica, no tienes que depilarte las piernas hasta cuando te apetezca echar un polvo. Y si eres hombre, puedes llevar las cejas juntas. Y pelo en la espalda. Y tan pichis.
          Puedes masturbarte cuando te entren ganas: en cama, en el baño o encima de la mesa de la cocina. Y ver porno sin tener que borrar después el historial del navegador (pillines).
          Cuando decides follar, lo haces simplemente por placer. O por necesidad. Pero en ningún caso por compromiso.
          No tienes techo laboral: si eres listo, te volverás mucho más ambicioso. Puedes viajar y cambiar de residencia siempre que lo necesites.
          Conoces a mucha más gente. Ya no tendrás que volver a casa a las 3 de la mano de tu querido o querida.
          La cama es para ti solo/a.
          Si roncas, no tienes a nadie que te lo reproche. Y que te grabe para ponértelo al día siguiente mientras te tomas tu Colacao.
          Cocinas la comida que a ti te gusta. O no cocinas. ¿A quién tienes que darle explicaciones?
          Practicas tus hobbies y te juntas con personas con las que compartirlos.
          Vives sin la sombra de la boda. Y peor, la de los hijos.
          Tus padres te tratan mejor porque “estás solito”. Les das como penilla.
          Tus amigos siempre cuentan contigo (a veces demasiado, lo cual acaba siendo perjudicial para la salud).
          La casa está a tu gusto. Hecha un asco. Pero a tu gusto.
          Como buen egoísta, sólo tienes que preocuparte por tus problemas. Ya no tendrás que intentar solucionarle la vida al otro.
          Un buen amante es más generoso en el sexo que muchas parejas.
          Vistes como te da la real gana. Sí, ya puedes sacar tus deportivas del insti del armario. Y la falda-cinturón de cuero rojo.
          Como la casa es sólo para ti puedes llevar allí a quién te de la gana. Y montar fiestas. Y orgías. Y llorar por las esquinas porque nadie te hace caso. Esto nunca le sucederá a un español de bien que se rasca el bolsillo. Invita si es necesario. Lo importante es tener compañía.
          Tus gastos se reducen drásticamente: evitas hacer regalos a toda la familia de tu pareja. Y a tu pareja, que sale bastante más cara que cualquier amigo.
          Muy importante: se acabaron las discusiones por el despilfarro. Si quieres poner la calefacción como si vivieses en el mismo Moscú es tu puto problema. Eso sí, intenta tener con qué pagarla.
          Nadie controla tu dieta. Adelante, obstruye tus arterias zampándote quilos de chocolate y dulce.
          Ni tu actividad física. ¿Te apetece hibernar sobre tu cómodo sofá tragándote toda la basura que echan en la tele? Éste es tu momento.
          Puedes fumar en la habitación. Ahumar las cortinas. Despiezar el pollo directamente encima de la mesa de madera de la cocina, cambiar las sábanas una vez al mes… tú y tus normas.
          ¿Que te sientes solo? Pues vas a dormir unos días a casa de mamá. ¿Quién te lo va a reprochar, eh? 
          Ya no te sentirás culpable si por error una zorra introduce su lengua en tu boca durante una noche de excesos. O si un amable hombre te invita a conocer la decoración de su nuevo apartamento.

–     No tienes que inventarte preguntas estúpidas para llenar los incómodos silencios. ¿A ti qué carajo te importa cómo quedó la clasificación de Fórmula 1?

          Y, lo mejor: ya no tienes que preocuparte de dejar a nadie ni de ser la próxima víctima de un abandono. O pensar en tramitar un divorcio. O una custodia compartida. Se acabaron tus problemas. Ya puedes dormir tranquilo.

Repito, estar en pareja tiene muchas cosas buenas. Por ejemplo, una barriga calentita en que introducir tus helados pies de reptil. El abrazo de la mañana. O el beso de buenas noches. Pero es que de eso, ya estáis hartos de leer.