Las sospechas empezaron cuando, pasados los seis meses de vida, Coco se empeñaba en seguir meando sentado, como las niñas. A mí aquello no me preocupaba, pero mi madre enseguida vio un síntoma prematuro de homosexualidad perruna. “Este perro es maricón” sentenciaba la mujer conforme iban pasando los meses y el animal se negaba a levantar la pata para miccionar. Yo, que había leído que los perros no pueden ser homosexuales, pensaba que el pobre era de aprendizaje lento. Es decir, un perro con necesidades educativas especiales. Por eso sacrificaba mi poca dignidad, y me ponía a cuatro patas en el jardín de casa mientras levantaba una pierna en perpendicular ángulo de noventa grados, para que el chucho viese cómo debía mear. Coco me observaba atentamente y después de un momento de reflexión, hacía la croqueta mientras me enseñaba sugerente su peluda barriga para que procediese al rascado y posterior pedorreta de abdomen.

Así fueron pasando los meses, y, cuando ya había cumplido un año, Coco seguía haciendo pipí sentado la mitad de las veces. Sólo algunas veces levantaba la pata, así que concluimos que lo que tenía el perro era vagancia. Los hombres también mean sentados cuando no les apetece estar de pie y algunos, hasta se quedan dormidos. ¿No podía mi perro ser simplemente vago?

El perro hizo bastantes amigos pero, desde pequeño, tuvo una especial debilidad por los bichos del mismo sexo. Eduqué a mi perro en la igualdad y era feliz viendo cómo se divertía igualmente con amiguitas y amiguitos. Aunque con ellas mantenía una relación más fría, algo que suele ser habitual en los chicos hasta que no les salen pelos en los testículos. Pero Coco había nacido con pelos en los testículos, y era un perro.

Debido a la cara de placer que mostraba cuando un macho le inspeccionaba el culo –los machos para eso son mucho más insistentes-, buscaba explicación estirando las teorías freudianas sobre los apetitos sexuales en la infancia: claramente Coco no había superado la fase anal. Como las perras ignoran a los machos hasta que les apetece follar –una estrategia de lo más inteligente- supuse que el mercado canino no estaba muy bien en esta zona y que el perro, joven e inexperto, era un poco pagafantas. Cualquier día despertaría de su letargo viril y todas ellas combatirían en una salvaje contienda para hacerse con los favores de mi rubísimo macho. No hay más que verlo, es el Brad Pitt del perrunismo.

Coco se adentraba en la adolescencia canina y empezaba a tener ganas de frotarse contra las cosas. Las primeras víctimas fueron las gallinas de mi madre que sufrieron diferentes ataques sexuales por parte de mi perro. Como el pobre no sabía muy bien cómo se usaba eso que tenía entre las patas traseras, calmaba sus instintos restregándose con el pico o la cola de la gallina, indistintamente. Lo que empezó siendo un simple juego infantil, acabó en obcecamiento, y tuvimos que interponer una orden de alejamiento entre el perro y las aves. Cada vez que las tenía delante, se emocionaba más que Fernández Díaz en una cena con Rodrigo Rato, y las gallinas, paralizadas de terror, y sin posibilidad de ejercer cargo alguno en una compañía eléctrica o en la gran banca, terminaban servilmente a su disposición. Durante el cortejo, decenas de plumas saltaban por los aires como el confeti en una fiesta de cumpleaños de Ana Mato. Creo que lo que más le gustaba de las gallinas eran, precisamente, las plumas.

Después empezó la monta obsesiva de piernas humanas. Y así fue como descubrimos su predilección por los hombres. Nunca montaba a las mujeres. Sin embargo, en cuanto un desconocido atravesaba el portal de mi casa le olía la entrepierna y sacaba el arma de su escudo protector para rozarla contra la pierna de nuestro simpático invitado. Y, aunque la mayoría de los señores que venían a casa se lo tomaban relativamente bien, Coco también tuvo que soportar comentarios homofóbicos hacia su persona.

“Este perro es maricón”, volvía mi madre, erre que erre. Mientras, yo observaba cómo ignoraba con sutil indiferencia a cada perra que le mostraba su cueva del amor. La gente está preparada para tener un hijo gay, o para que su padre se haga un Caytlin Jenner, pero lo del perro homosexual nos pillaba a todos en bragas. “Quizá sea bisexual”, concluí yo, viendo que la fase anal se alargaba más de la cuenta y Coco pasaba de oler culos para poner el suyo a disposición de quién quisiese disfrutarlo.

Resulta que un día faltó a casa durante muchas horas. Además de la evidente preocupación y posterior rastreo del can por medio pueblo, supusimos que se había ido siguiendo el celo de las perras. Afortunadamente, regresó al cabo de dos días. Convertido en una especie de mesías que ha cruzado los siete mares, Coco venía cubierto de barro, sediento, magullado, y con una delatadora herida en el culo que hacía sospechar que se había enfrentado a su desvirgamiento anal con un amante más grande de lo que le corresponde a un pequeño cocker. Y mi madre volvió, como pidiéndome explicaciones a mí por la supuesta desviación del can, a pesar de que sabe que yo estoy muy a favor de todas las opciones sexuales, “te lo dije, este perro es maricón”.

Apenas quedaba margen para la duda.

La gente que lo conoce sabe que Coco es un perro especialmente cariñoso. Si por él fuera, viviría en un bucle de mimos infinitos y caricias hasta convertirse en una alfombra peluda y fundirse con el mismo suelo. No obstante, no es menos cierta su predilección por los machos a la hora de ser tocado por alguien de fuera de la familia. El fin de semana pasado, sin ir más lejos, varios amigos de mi hermano tuvieron el placer de ser bendecidos con la gracia de Coco que no dejaba de exhibir su sensual anatomía rebozándose panza arriba. Cuando se despistaban, enseguida metía la lengua en la oreja del adversario, porque Coco, aunque gay, conoce el arte de la seducción como nadie.

Y ahora que se habla tanto del toreo tras el incidente de Fran Rivera (me ahorraré calificativos al respecto) llegó el día en que Coco tomó su alternativa. Su opción, completamente personal, fue un obrero de unos 50 años, barrigudo, que había venido a arreglar algo a la finca de mis padres y se encontraba en el jardín un soleado día de primavera. Agachado, con el culo en pompa, y dejando entrever una larga y peluda raja debajo de sus ajados slips, mostraba toda su vulnerabilidad a Coco, que, seducido, no pudo resistir la tentación y se lanzó desde atrás dispuesto a consumar su amor sin barreras, empotrando al hombre que cayó sobre sus rodillas y a punto estuvo de romperse la crisma contra la acera.

No hubo suerte. Estaba casado.

Sé que algún día encontrará el amor. Por eso, por Coco y por todos los perros que todavía siguen en el armario, anunciados en esas clínicas veterinarias como prostitutos para hembras en celo y sementales de monta, cuando lo que quieren, precisamente, es que los pongan mirando a Cuenca, Igualdad Homosexual Animal YA.

cocogay