Categoría: amor

El primer beso

Qué pronto se nos olvida que fuimos adolescentes. El otro día me di cuenta cuando salí de la oficina a media mañana. Al abrir la puerta de la calle, a mano izquierda, justo entre la puerta del gimnasio y la entrada del parking, había dos enamorados quitándose aire. Pegados a la pared, él sobre ella, se besaban con tanta intensidad, durante tanto tiempo, dejando tan poco espacio entre los cuerpos, que temí que les fuese a dar un vahído. Fui a la cafetería y esperé por lo menos diez minutos, volví, y volví a salir a por agua, y Romeo y Julieta seguían allí. Lo primero que pensé es cómo se les ocurría estar faltando a clase. Después recordé cómo yo me había pasado toda la adolescencia con dolor de lengua y de mandíbula, y hubiese morreado mucho más, hasta desnucarme, si no tuviese el concepto de la fidelidad tan acusado cuando todavía no procedía.

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Los hechos sucedieron como sigue. Había tenido varias experiencias pseudorománticas desde Primaria, antigua EGB. El más atrevido fue José Antonio, que me mandó una carta en Segundo pidiéndome matrimonio mientras me explicaba sus intenciones de tener siete hijos conmigo. Leí la carta detalladamente y concluí que a mis ocho años me quedaban muchas cosas por vivir. Antes de que me diese tiempo de rechazar a Antonio en diferido contestándole a su misma carta, la profe Gloria nos pilló y nos castigó a los dos. Aquel castigo ejemplar hizo que despreciase a José Antonio y a todos los chicos durante varios años, y que limitase el contacto físico a los puñetazos y los mordiscos.

Cuando llegamos a la ESO decidí que ya estaba preparada para tener mi primer novio. Se llamaba Diego. Yo estaba en Primero y él Segundo, y me había colgado de él porque cuando bajaba por las escaleras del patio nos tocaba los hombros a mí y a mi amiga Silvia. No sé si fue antes o después de dejarle veinte cartas debajo de la puerta de su casa, cuando Diego me pidió para salir, pero sí sé que una vez conseguido el objetivo, y durante la semana que duró nuestra relación, evité cualquier contacto físico o visual con él. Si me decían que bajaba con la bici por la puerta principal del colegio, yo salía corriendo y entraba dentro del edificio. Si él entraba en el cole yo salía fuera o me encerraba en el baño a que se largase. Lo nuestro se acabó por falta de comunicación.

ÉL era el más guapo de todo nuestro curso, de todo el instituto, de Pontevedra entera. Del planeta. Moreno, alto, atlético, lo mejor era su preciosa cara de ojos verdes escondidos detrás de unas gafitas cuadradas, y su boca carnosa con los dientes tan blancos como el interior de las cigalas frescas de Casa Solla. El primer día que lo vi en el pasillo casi me da un derrame allí mismo, y cuando me enteré de que además era repetidor y no tenía novia, el grado de excitación fue tal que la imagen de su boca empezó a compartir espacio en mis fantasías eróticas con la de Leo DiCaprio. Suspiraba cada vez que me cruzaba con él y soñaba con la boda y los siete hijos que me había pedido José Antonio. Jamás percibí que él me mirase siquiera. Era demasiado guapo para mí.

Un día lo vi en el Amaranto, una antigua discoteca en donde nuestros padres nos abandonaban el sábado por la tarde para ir a beber Blue Tropic sin alcohol y fumar los pitillos sueltos que comprábamos en el quiosco de Barcelos. Recuerdo que yo estaba con mis amigas en la pista de la planta de abajo. Cuando lo vi aparecer, me sudaron las pestañas. Transmití a mis amigas lo muchísimo que me gustaba, pongamos por nombre, Miguel, incapaz de entender cómo ellas no estaban babeando también por aquel chico. Mientras me daba la vuelta, una de ellas se fue y regresó al grupo diciendo que él le había confesado que yo le gustaba. Siempre he sido escéptica y terriblemente insegura, así que no me lo creí hasta que él se acercó a esperarme al centro de la pista. Antes de que me diese tiempo de hacer nada ya me habían empujado a su lado, y allí nos quedamos, frente a frente, durante un margen indeterminado de tiempo en el que dejé de escuchar música y de ver gente. Flotando. El momento previo al primer beso. A mis 14 años yo era un tapón y él, con 15, debía acercarse al metro ochenta. Vi bajar su cuerpo como el tronco de un eucalipto que se desploma y vi sus labios acercarse a los míos antes de cerrar los ojos. Los mantuve cerrados durante todo el beso y abrí tanto la boca que casi me lo trago. Creo que pasamos horas dándole vueltas a nuestras lenguas descoordinadamente, en una batalla sin cuartel dentro de nuestras bocas, y tan pegados el uno al otro, que si Chernóbil explota en la Herrería nos fundimos en una sola pieza.

Cuando volvimos al instituto nos hicimos novios. Cada mañana, la idea de volver a verlo me generaba tal ansiedad que de camino a clase me retorcía en cólicos. Cuando por fin nos juntábamos en el recreo salíamos al Parque de la Familia y nos sentábamos en un banco a besarnos. Llegué tarde y falté a clase para morrear, y hubiese abandonado el colegio y vendido a mi familia sólo para seguir besándolo. Perfeccionamos tanto nuestra técnica que los fines de semana que no estaba castigado, nos besábamos en las escaleras de la discoteca, yo colocada uno o dos escalones por encima.

Dejé a ese chico porque quería besar a otro de clase. Y luego a otro. Con los años me fui olvidado de conversaciones y de caras, pero el recuerdo de los primeros besos lo mantengo bien a salvo en el cajón de la poesía de mi memoria.

 

*Artículo publicado originalmente el 24/06/2017 en A revista de Diario de Pontevedra

Las despedidas de soltero y la indignidad humana

Cuenta la leyenda –y Google- que era costumbre entre los hombres de la Edad Media invitar al amigo que se iba a casar a una noche de fiesta en donde debía demostrar cuán enamorado estaba de su futura esposa mientras provocadoras mujeres tentaban su fidelidad poniendo a prueba sus instintos carnales. Partiendo de la base de que la mujer en la Edad Media no tenía voz ni voto, y era entregada al marido a cambio de una dote, el rigor histórico de esta afirmación que define a los medievales como hombres enamorados, queda un poco en entredicho.

Otra leyenda, repartida en varios foros, relata la historia de un alemán de condición humilde -del cual no he conseguido averiguar el nombre ni época histórica- al que su futuro suegro prohibió desposar con su hija negándole la dote a la niña. Viendo que su amor peligraba por falta de fondos, los amigos de la pareja decidieron organizar un crowdfunding para regalarles todo lo que necesitaban para su vida en común, y se encargaron, entre otras cosas, de financiar la tarima flotante y la ventana doble. Más o menos.

Empieza la época de bodas y, por tanto, la de las despedidas de solteros y de solteras

Empieza la época de bodas y, por tanto, la de las despedidas de solteros y de solteras. Una tradición tan arraigada en España que presupone que la semana antes de casarte con la persona a la que –supuestamente- amas tienes que alcanzar un estado cercano al coma etílico (los budistas lo llamaban Nirvanna), poner tu vida en peligro practicando varios deportes de aventura y follarte a alguien con alguna tara mental como guinda perfecta para tu bienvenida al matrimonio.

Todos, absolutamente todos, los hombres que conozco que reconocen haberse ido de putas –o haber entrado en un prostíbulo-, afirman haberlo hecho durante una despedida de soltero. Naturalmente, no era la suya y fue hace muchos años. El relato suele ser el siguiente: organizamos una despedida de soltero y para vacilar a fulanito que se casa pasado mañana; fuimos a tomarnos unas copas al puticlub, porque todo el mundo sabe que los cócteles más ricos los sirven en los prostíbulos de carretera.  El entrevistado suele terminar su exposición con un pero yo no subí, por supuesto.

España es un pueblo de tradiciones y acabar la noche de la despedida yéndose de putas es una costumbre que los hombres han aprendido de sus padres, y estos de los abuelos, que a la vez lo mamaron del tatarabuelo. Todos ellos fueron hombres responsables que siguen dando valor al oficio más antiguo del mundo. Y es que de los romanos aprendimos muchas cosas y construir acueductos no fue una de ellas.

Acabar la noche de la despedida yéndose de putas es una costumbre que los hombres han aprendido de sus padres

Irse de putas en la despedida de soltero se encuentra todavía en el limbo de la legalidad de pareja. La despedida de soltero confiere al futuro esposo cierto grado de inmunidad que le permite hacerlo sin que tenga que sentirse culpable, desgraciado y ruin. Son muchos los foros de internet en donde inocentes y cándidos chicos preguntan a otros si acostarse con alguien el día de la despedida podría considerarse infidelidad. Otros inocentes y cándidos jóvenes responden con un “no” o un “sí” dependiendo, básicamente, de lo que ellos hayan hecho en la suya.

Sin embargo, no sólo de putas viven los futuros esposos. Los servicios que ofrecen las empresas de despedidas de solteros y de solteras están llenos de alternativas variadas como boys, girls, strippers, body sushi (comerse este plato tradicional japonés sobre las tetas de una girl), tupper sex o bailes privados con final feliz.

Los deportes de riesgo son otra de las actividades que uno se verá obligado a hacer si quiere pasar por el altar. Paracaidismo, barranquismo, rafting, kayacs, puenting o paintball asegurarán que alguien llegue a la boda con una lesión medular irreversible.

Las despedidas de soltera no son menos indignas

Las despedidas de soltera no son menos indignas. Observo cómo lo habitual es que las amigas de la novia te saquen a la calle con un disfraz ridículo, una cinta de miss no sé que –que siempre adelanta que te casas- y una enorme polla de plástico sobre la cabeza. A partir de ahí, todo lo que te comas que tenga que ver con la despedida tendrá forma de pene: el pan, la tarta o al camarero brasileño. Espero que haya alternativa lésbica.

Pero lo peor, lo peor, son esas despedidas de soltera a las que alguien se le ocurrió la genial idea de invitar a la madre de la novia, la cuñada o LA SUEGRA que por supuesto, no sale desde 1993 y tienen ganas de polla. Y allí la ves, a la cabeza de la mesa del restaurante, a la pobre Ana María, de 41 años, vestida de ratona con un falo de goma rosa que no deja de bailar sobre su frente, mientras su suegra se hace selfies con el pan metido en la boca y la llama aburrida. Y entonces llega el boy en tanga que, por cierto, suele ser más feo que un dolor de parto –el boy y el tanga-, y coge a la novia para echarle nata por las tetas mientras su suegra le da cachetazos en el culo alegremente. Y en un ejercicio de vergüenza ajena te apiadas de la novia y de todas las novias del mundo, y decides que tú jamás le harías eso a una amiga.

Viendo cómo empezamos los matrimonios en España no es de extrañar que seamos el quinto país del mundo en número de divorcios. Según el INE, la edad media de duración de los matrimonios en España se sitúa en 15,8 años y el 61% de las parejas a las que ahora les pagamos el boy o la girl se divorciarán. La edad crítica está entre los 40 y los 49 años. Por eso yo soy de las que opina que nadie ha alcanzado la madurez suficiente para el casamiento antes de los 50 años. Este dato que puede parecer triste a ojos de románticos, refleja sin embargo una tendencia económica positiva, ya que los divorcios y separaciones subieron a niveles anteriores a la crisis, síntoma ineludible de que España va bien.

Así que si te toca divorciarte piensa que estás haciendo patria –da igual qué patria, lo importante es hacerla- y si te toca casarte, emborráchate tanto durante la cena de la despedida que no recuerdes jamás lo indigno de tus actos.

 

Artículo publicado originalmente en elnacional.cat http://www.elnacional.cat/es/opinion/las-despedidas-de-soltero-y-la-indignidad-humana_101458_102.html

La terapia del odio

Al principio fue Dios, que colocó a Eva y a Adán en un paraíso claramente hecho para la gula, la cópula y la masturbación, y los castigó con la expulsión y el pecado original sobre todos sus descendientes por haberse comido una inocente manzana fiándose de una serpiente que hablaba en perfecto latín y no levantó las sospechas de nadie. A la mujer le dijo “Multiplicaré las molestias de tus embarazos; con dolor darás luz a tus hijos: tu deseo te arrastrará hacia tu marido y él te dominará”. Y al hombre “Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te había prohibido comer, ¡maldita sea la tierra por tu culpa! Con fatiga sacarás de ella tu sustento todos los días de tu vida. Ella te dará espinas y cardos y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado. Porque eres polvo y al polvo volverás”(Génesis).

Quizá por culpa de Adán y Eva, de la serpiente, o de las propias ansias de destrucción del Creador, no hay ningún ser humano intrínsecamente bueno. Ni siquiera Ghandi que invitaba a los judíos a sufrir el exterminio en pacífica indiferencia en busca de una especie de absurda salvación eterna. Ni, por supuesto, la madre Teresa, a quien Cristopher Hitchens retrató como una persona fraudulenta –además de malvada- que había especulado con la fe y la humildad de los devotos al tiempo que amasaba una inmensa fortuna. Pero sobre todo, porque ambos, sacaron réditos y se hicieron personajes célebres en su explotación de la compasión y la moralidad. Su altruismo incluía una llamada de atención sobre su propia persona, autoproclamados estrellas de rock de la bondad infinita que gozaban de pasearse en harapos ante una multitud sedienta de héroes a quien adular.

Los discursos de Ghandi, Teresa de Calcuta, o el actual Papa Francisco, invitan constantemente al amor al prójimo, al perdón, y al sacrificio en pro del otro y por amor al arte, y todo ello, desde la superioridad moral que supone que el sentimiento de aversión es una ofensa a los principios del género humano. Pero desde el principio de los principios, el ser humano ha depredado a otros humanos, y se ha movido en gran parte por el odio y las ansias de destrucción hacia otras personas, tribus, religiones, países y civilizaciones enteras. Los libros de historia están llenos de conflictos y revoluciones que han cambiado el devenir de los acontecimientos. Nada de lo que sucede actualmente en política se basa en el amor. El parlamento de cualquier país es una invitación a la confrontación y a la ridiculización del que piensa distinto, en donde representantes elegidos democráticamente por el pueblo, se ponen sus mejores trajes para descalificar como parte de su salario.

Pero más allá de los consejos de psicoterapeutas, religiosos y deudores en general sobre las inconveniencias de vivir atrapados en el odio, la manifestación verbal del desprecio hacia el prójimo es liberadora. No mata a nadie. No contamina. No engorda. Tampoco da cáncer. Y, sobre todo, no cansa. Nunca.

niña enfadada

Vivir sin odio es prácticamente imposible. Ni siquiera el amor puede sostenerse sin el odio, ya que ambos son dos caras de la misma moneda. Del amor al odio hay un paso. Y ese paso se llama EX.

Uno de los deportes más practicados en la civilizada civilización occidental es desear –en público y bien alto- lo mejor a tu ex pareja, como una muestra de nuestra exquisita cultura y corrección política y, seguramente, temiendo el embiste de un karma vengativo que –os aseguro- no existe. Pero en el fondo, son pocos los que realmente quieren que su ex pareja comparta lecho con una persona más lista, atractiva, interesante, culta, con mejor trabajo y más divertida que uno mismo. Si fuésemos bondadosos, esto sería desearle el bien: la compañía de alguien mejor que nosotros. Alguien que le recordase de inmediato lo afortunado que es por haber sido dejado o habernos abandonado. Pero la inmensa mayoría de los humanos somos egoístas, serpientes que queremos el paraíso y la gloria para nosotros solos. Así que deseamos que nuestras exs parejas estén con gente a la que –ya estudiaremos de qué manera- consideramos inferiores, como forma de darnos relevancia, subir nuestro ego y consumir menos psicofármacos. Se llama la terapia del odio, y funciona.

¿Estamos acaso cometiendo un crimen?

Del mismo modo, la mejor manera para animar a una amiga o amigo a superar su traumática ruptura es incitándole al odio. Si quieres aconsejar a tu colega despechado animándolo a alegrarse por la felicidad del ex, ten en cuenta que al que odiará será a ti. Te aseguro que lo mejor que puedes hacer en ese momento es sacar toda la artillería contra el ex, la madre, el perro, las amigas y, sí, el señor ése con el que la ex de tu amigo se acuesta desde que lo han dejado. ¿Acaso ha pasado desapercibida su alopecia? Juega sucio: tu amigo te lo agradecerá.

En el seno de las familias, el sentimiento del odio es tanto o más frecuente que el del amor. No conozco familia alguna que no tenga rencillas importantes, sobre todo, fuera del núcleo duro (con los que cohabita). Habituales son las peleas en donde tíos, primos, cuñados, suegros e incluso hermanos, no se hablan desde hace años. En cuanto el árbol genealógico se divida más y más, tanto más el amor que, de continuar intacto, acabará por joderse en cuanto una herencia, por insignificante que ésta sea, haga acto de presencia. Observarás entonces cómo familiares, antes objeto de adoración, pasarán a ser odiados con la misma o mayor intensidad con que fueron amados en su día. Familias enteras rotas por la apropiación de casas al borde del derrumbe, televisiones sin tdt, ropa de cama con profusa puntilla, o antiguas vajillas hurtadas con los cuerpos todavía calientes.

No me malinterpretéis, yo también creo que existen personas que hacen el bien de manera desinteresada. Al menos, más desinteresadamente que la media. Pero también considero que, incluso en ellos, el odio y la mala fe existen en algún rincón, porque la maldad forma parte de nuestro ADN como especie. Somos únicos en hacer el mal sin una necesidad vital que lo justifique, como alimentarnos o proteger a la prole. Tenemos fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y órganos judiciales para protegernos de nosotros mismos. Religiones que nos prometen el paraíso a cambio de ser pacíficos y amorosos –aunque luego se pierdan un poco en sus principios-. Y un hijo de cuatro años que disfruta sacando al pececillo de colores fuera del agua cada vez que nos damos la vuelta.

No pasa nada. Digamos bien alto que todos, en cierta medida, somos malos. Que es posible que odiemos a alguien. Que en realidad no queremos que le vaya bien a todo el mundo y que, en el fondo de nuestro corazón, que nuestro jefe se parta las piernas esquiando en Baqueira Beret mientras nos deja sin vacaciones por 800 euros al mes, es una idea que nos ilusiona.

En cambio, lo contrario, la continencia, es agotadora, y aún más, podría esconder oscuras intenciones. Como las del amable vecino que siempre saludaba, hasta que cometió aquel espantoso crimen que puso el rellano perdido de sangre y aumentó la partida de derramas. Id a las hemerotecas, ¿desde cuándo el vecino borde e hijo de puta ha asesinado a alguien?

Internet se ha convertido en la cloaca de las malas pulsiones humanas. Amparados en el anonimato o el simple cobijo que brindan las pantallas, millones de personas demuestran su falta de ética escupiendo su odio hacia el prójimo en cada oportunidad que se les presenta. Los apartados de comentarios de cualquier periódico o blog son una especie de zoológico de los bajos instintos, en donde desconocidos entrenados en el arte de odiar pueden hacerte trizas por el simple hecho olvidar un acento diacrítico, defenestrar un gusto musical, o defender el derecho al aborto. Sobre todo, defendiendo el derecho al aborto. Reconozco que el odio me hace feliz.

Como dice David Sainz: Hater ven, te quiero ayudar.