Categoría: 2017

Pequeñas grandes mentiras (de madre)

(*contiene spoilers)

Un asesinato dentro la comunidad escolar pone bajo sospecha la tranquila vida de varias madres de clase alta y gustos aparentemente anodinos en la ciudad costera de Monterey. Madres perfectas entregadas a sus retoños que, bajo quilos de maquillaje y cinismo, escoden una larga carrera de renuncias, frustración matrimonial y sexual, amores prohibidos, miedo, rabia, ira, celos y envidias, e incluso malos tratos continuados en el marco de una familia idílica. Big Little Lies (HBO) es un thriller -con golpes de dramedia- que engancha desde el primer minuto porque revela muchas de las verdades (y más mentiras) del oficio de ser madre. Una serie que aporta una mirada mucho más compleja y honesta sobre la maternidad y sus dificultades, con concesiones para la irresponsabilidad y el hedonismo.

La narración, más descriptiva que emotiva en muchos casos, acaba posicionando al espectador incómodamente al lado de madres imperfectas, mujeres egoístas que mienten -muchas veces a sus hijos- para mantener a salvo el status público de la bendita maternidad. Y que acaban mintiendo, simplemente, por pura sororidad.

Memorable la escena en el coche de Reese Whiterspoon y la maravillosa Nicole Kidman, después de haberse derrumbado la segunda asegurándole que en realidad, ser madre, ya no la satisfacía por completo. Dos mujeres eufóricas, en la plenitud de sus vidas, gritándole al mundo que tienen mucho más que ofrecer.

Big Little Lies muestra a madres orgullosas de serlo pero que viven dentro de esa olla a presión para “sentirse afortunadas por tener hijos sanos, dinero y un marido que las quiere” cuando la sociedad se empeña en reducir el éxito femenino solamente a eso.

Hace poco escuché por boca de una madre que una de las cosas que más le fastidiaban de serlo es que ya nadie le pregunta por ella misma. Cualquier llamada, especialmente de su propia madre o de su suegra, se acababa convirtiendo en un cuestionario sobre la salud y los progresos de sus hijos. Como si de repente, ser madre, le hubiese negado el privilegio de ser hija.

Y cada vez menos ajenos a esas pequeñas grandes mentiras, aparecen los hijos. Niños adorables como Chloe o Ziggy o la adolescente Abigail, que con curiosidad, ternura y rebeldía, se enfrentan a las incoherencias de los adultos dentro de ese perímetro de seguridad que tejen las madres.

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Todas las madres, incluso aquellas que no comenten homicidios y recuerdan quién es tu padre, desarrollan una red de pequeñas grandes mentiras y un lenguaje propio como estrategia interpretativa delante de sus hijos. Por eso he incluido una breve recopilación de clásicos de ayer, hoy y siempre.

“Papá puso una semilla…” (todavía no existe una versión oficial de cómo llega la semilla). “Si no te lo comes todo…” (lo que va detrás de esto SIEMPRE es mentira). “Vamos a dormir que mañana vienen los Reyes” (já). “Los niños no mueren y los papás de los niños tampoco” (hasta que se muere un niño de tu clase y aparece el cielo de los niños). “Mira, un avión”. “Eres lo mejor que me ha pasado en la vida”. “Eres lo peor que me ha pasado en la vida”. “Fue un embarazo muy feliz”. “No cambiaría por nada un fin de semana en familia”. “En la puerta del colegio hay señores que dan caramelos con droga” (a mí nunca me tocó la droga por más caramelos que me comí, lo juro). “Nada me divierte más que jugar con mis hijos”. “Te prometo que si me lo cuentas no me enfadaré” (qué estrategia más sucia, por favor). “Si te lo comes todo, serás más alta que papá”. “Si no fuese por vosotros, jamás discutiría con tu padre”. “Yo era mucho más moderna que tú”. “Yo nunca disgusté a mis padres”. “No me importa que te vayas con un chico” (siempre que le digas quién es, dónde vive, en qué trabajan sus padres y le facilites la ficha policial). “Me encanta que pases tiempo con tus amigas”. “La carta de tu novio apareció abierta al buzón” (la que llevabas en la carpeta del instituto, también). “Nunca miro tu Facebook”. Sobre por qué no duermes el sábado en casa “si te pregunto esto es porque te quiero”. “No pasa nada porque no vengas a comer el domingo”. “Yo a tu edad” (siempre algo mejor que tú). “Hazte respetar” (construcción polisémica que en boca de una madre sólo tiene un significado ). Y, las más ruines de todas, “a mí me lo puedes contar todo” porque “yo no soy tu madre, soy tu amiga”.

Y entonces, cuando los niños crecen un poco y son conscientes de la asombrosa naturalidad con la que sus madres les mienten desde que nacen, desarrollan su propio código de mentiras absolutamente irreprochables, que incluyen “tengo que hacer un trabajo en casa de Paula el sábado a las 10”, “me tiene manía”, “me sentó mal la hamburguesa” y ” te juro que ya salí sin bragas de casa”.

Definitivamente, la mentira está infravalorada.

¡Es amor, idiotas!

Un viernes por la tarde de hace por lo menos diez años me subí en el tren en la estación de Santiago con destino Pontevedra y no percibí la presencia de un chico hasta la parada de Vilagarcía, cuando se bajó del tren y empezó a golpear el cristal desde fuera señalándome la mesa que habíamos compartido: se había dejado el móvil. Cogí el teléfono en la mano estupefacta, enseñándoselo, y pensando en por qué ese idiota no entraba en el tren corriendo a buscarlo cuando todavía estaba parado, mientras él hacía muecas desde el andén y se ponía los dedos en la oreja y la boca a modo de teléfono imaginario.

Me fui con el teléfono a Pontevedra y me pasé el fin de semana con él. Obligada a localizar a su dueño, hice un repaso por la agenda y llamé a una chica cuyo teléfono se repetía constantemente pensando que podría ser su novia. Lejos de cualquier agradecimiento, la chica me montó una bronca por tener el teléfono de X, lo insultó y me preguntó quién coño era yo, mientras me lanzaba sibilinas amenazas para que no se me ocurriese mirar los sms, cosa que hice inmediatamente después de colgarle. Me senté en un banco de la calle y me puse a observar la vida de un desconocido con un relación tormentosa basada en el sexo, el alcoholismo y las infidelidades que ambos compartían. Pensé en que la novia me mataría si daba conmigo porque estaba claro que ella pensaba que yo había encontrado su teléfono perdido entre mis sábanas, y, como si de un botón nuclear se tratase, seguí repasando la agenda hasta dar con un número de confianza para deshacerme del dichoso teléfono. Paré en “mamá”. Al otro lado ya me estaban esperando, porque su madre descolgó el teléfono con una naturalidad que le faltó invitarme a la comida del domingo. Me puso a su querido hijo que me agradeció haber cogido su teléfono y me preguntó dónde vivía para ir a buscarlo. Le dije que estaba en Pontevedra pero que vivía en Santiago, y que si él volvía el lunes se lo podría acercar a cualquier sitio. Él insistió en recogerlo personalmente para no darme más trabajo.

Así que me vi el lunes, como una idiota, plantada delante del portal de mi casa con un desconocido que, tras un inexplicable intercambio de besos de presentación, me soltaba una más inexplicable explicación (valga la redundancia) sobre el comportamiento de la loca de su ex y una rocambolesca invitación a tomar algo después de confesarme que ¡se había dejado el teléfono a propósito! Estaba atónita. Rechacé la invitación y fue tal la insistencia que tuve que acabar justificando que no podía quedar con él porque tenía novio, cosa que era verdad, pero que estaba utilizando una vez más como herramienta de defensa. Él lo entendió, porque como buen caballero respetaba más al novio de la chica que a la propia chica. Y así, tras una pausa dramática con la sonrisa congelada, los acontecimientos dieron un nuevo giro inesperado cuando me señaló su lugar de trabajo donde podría encontrarlo cuando lo dejase con mi novio: la peluquería que estaba pegada a mi portal. Me pasé semanas pensando en los titulares. “Joven universitaria muere después de caer en la trampa del psicópata del tren”, “El asesino acumulaba varios cadáveres en la peluquería y una decena de teléfonos móviles robados”, “Hay tías tontas y después está la que le da su dirección al peluquero homicida”.

Supongo que si hubiese cambiado la manera de narrar esta historia, un claro caso de acoso, habría tornado mágicamente en un folletín romántico. Porque las agresiones nunca son iguales cuando se miran desde la perspectiva del agredido que desde la del agresor. Mientras él intentaba seducirme, yo sólo quería que me dejase en paz.

Algo muy grave está ocurriendo en Murcia con un loco que anda suelto y ha decidido empapelar toda la ciudad para encontrar a una chica con la que coincidió en el tranvía. El perseguidor ha pegado carteles en farolas, plazas y calles, en donde hace una descripción detallada de su objeto de deseo: “Querida chica del tranvía sobre las 22.20 subiste al último vagón del tranvía en la parada de la Plaza Circular. Si mal no recuerdo estabas acompañada por unas chicas que parecían ser tus amigas, ellas se bajaron y tú ocupaste sus sitios”, “tendrás sobre unos 20 años, pelo oscuro y corto vestías camiseta blanca la cual combinaba muy bien con tus leggins de color negro, medirás 1.65 aproximadamente” . A lo que añade un análisis riguroso de las necesidades y carencias afectivas de una desconocida: “Pude observar que no tuviste un buen fin de fiesta, pero aún así estabas preciosa”. “Me gustaría haber reunido el valor de sacarte del infierno que estabas pasando y alegrarte la noche”, “ojalá te hubiera tendido mi mano”.

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Cinco días después de empezar la campaña de hostigamiento, la chica sigue sin aparecer, pero muchos medios de comunicación no tienen escrúpulos en alimentar las fantasías de un perturbado elevándolo a la categoría de “enamorado” y “anónimo galán” mientras una marca de cerveza se ofrece a invitarlos a una cena romántica.

Según él mismo ha contado, no es la primera vez que utiliza este tipo de métodos unilaterales y escandalosos para encontrar a mujeres. Pero da igual, porque es amor, tontas. Espero que los deseos del acosador de “encontrarte como una aguja en un pajar” se vean pronto esfumados con la ayuda de varios antipsicóticos y una orden de alejamiento.

*Artículo publicado originalmente en A Revista de Diario de Pontevedra

Por cierto, acabo de cruzar tranquilamente el centro de Santiago después de salir del trabajo. Un chico con una bicicleta me cortó el paso para decirme (y cantarme) lo guapa que era. Media calle me estaba mirando y se escuchaban risotadas en las terrazas. Tuve que esquivarlo y me siguió hasta la puerta del súper, en donde decidí no entrar.

Que nos dejen vivir, coño.

Tonta

Las piernas corrían escaleras arriba a la primera llamada del timbre. Permanecía fijada en la primera fila, los ojos bien abiertos, la mesa en la orilla de la zona permitida. Estaba siempre atenta a la mínima posibilidad de saltar al encerado; la dosis diaria de adrenalina. Llevaba fatal la impuntualidad del profesor. Desde aquella mesa marrón que después fue verde, levantaba la mano constantemente y me ponía de pie para intervenir en todo tipo de cuestiones, dudas o debates, me incumbiesen o no. Todos los maestros me conocían. Todos los niños querían hacer equipo conmigo. “Que hable Diana”. Lourdes le decía a mi madre que incluso el fin de semana mi voz aguda y chillona seguía atravesada en su cerebro mientras se dedicaba a la vendimia en Ribadumia, y el Barros suplicaba en alto “Alguien que no sea Diana, por favor”.

La repelente.

Llegó el instituto y llegaron los problema gástricos. Las piernas ya no corrían igual. La campana sonaba y yo luchaba cada vez menos por encabezar el tumulto. Demasiada gente. Empecé Tercero en la primera fila. En Cuarto estaba a mitad de clase. Acabé el Bachillerato escondida entre las últimas mesas. La exposición pública se convirtió en la radiografía de mi miedo. Los retortijones atravesaban mi cuerpo si se avenía una presentación en clase. Que hable otro. Pasar por delante del chico que me gustaba y de sus amigos me llevaba directa al baño. Mariposas en el estómago y puñaladas en el intestino. En aquella época empezaron los ataques de tos nerviosa que era incapaz de controlar y que me sacaban de clase en los momentos en los que no se podía salir. En varios exámenes justo después de que se cerrase la puerta. Empecé a sentirme ridícula y a cuestionarme todo el rato. Empecé a sentirme tonta.

En la universidad fueron contadas las ocasiones en que me situé en la primera fila y huí de todas las convocatorias como delegada o representante estudiantil. Jamás quise presentar ni anunciar nada para mis compañeros. Me sentaba en los extremos de las mesas de arriba, cerca de las salidas traseras. Apenas me enfrenté un par de veces al profesor en un despacho. Nadie me conocía. Un día me pillaron con los apuntes debajo de la mesa y el profesor me hizo recitar mi nombre y apellidos en alto mientras reconocía mi delito. El suicidio público.

Empecé a coquetear con los ansiolíticos para poder superar las pruebas de radio y televisión.

Se te pasará.

Me dieron un trabajo como presentadora de televisión y lo acepté entre resignada y valiente, creyendo en que una terapia de choque me curaría. Aguanté cinco meses creyendo morir en directo cada vez que el piloto rojo se encendía y me quedaba sola frente a los espectadores, ante cientos de ojos observándome. Acabé mi último programa al borde del desmayo.

Nunca más.

No sé si fue antes la ansiedad o el temor al ridículo. La agorafobia o el terror a sentirse observada. Los ataques de pánico o el pavor a las críticas.

Cuando empecé a escribir aprendí a convivir con el insulto gratuito. La pantalla me protegía de los demás. El ego, caprichoso, nunca muere.

A pocos días de un acontecimiento importante, sigo pensando en los demás, los que no son los míos, los otros. En cualquier opinión que pueda destruirme. En volver a sentirme abochornada como el día en que tuve que confesar delante de toda la clase que tenía los apuntes debajo de la mesa, como el día que escapé del chico que me gustaba por irme corriendo al baño mientras fingía un arrebato de dignidad. El día que él decidió que ya no quería ser mi novio. Era una tonta.

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El dato

Las niñas aprenden a subestimar su género desde los 6 años

La evitación de la exposición pública y las inseguridades femeninas en la oratoria no son gratuitas. Las mujeres nos sentimos mucho más cuestionadas en factores ajenos al contenido de nuestras reflexiones (físico, ropa, timbre de voz, sudoración) y, además, la falta de referentes femeninos en diversos campos nos hace dudar de nuestras capacidades. Según un estudio de la revista Science las niñas de más de 6 años de edad se creen más tontas que sus compañeros a pesar de sacar mejores notas (en todas las materias), y tienen menos probabilidades que los niños de creer que las compañeras de su mismo género son “realmente, realmente inteligentes”. También a la edad de 6 años, las niñas empiezan a suprimir las actividades que se dice que son para los niños que son “realmente, realmente inteligente”. Estos descubrimientos sugieren que las nociones de genio de brillantez se adquieren temprano y tienen un efecto inmediato en los intereses de los infantes y en su futuro laboral.

 

*Artículo publicado en Diario de Pontevedra el 1/04/2017