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Estrategias cobardes para contactar con tu ex

Las fiestas navideñas nos han dejado el regusto amargo de la nostalgia y un acentuado sentido de amor al ex. En las últimas semanas he recibido mensajes de algunos exs con la excusa de felicitarme las fiestas y asegurarme que se habían acordado de mí durante los días de intromisión y recogimiento espiritual.

Las excusas para contactar con un ex son variadas, pero casi siempre responden a una llamada de atención que esconde intenciones del tipo: me siento solo, la vida es una mierda, mi novia me ha dejado, quiero dejar a mi novia, tengo una enfermedad terminal, mi novia tiene una enfermedad terminal, no tengo dinero, he gastado todo el dinero de mi novia, no follo desde hace tres meses, y, mi preferida, “¿dios mío, cómo pude haberte dejado con lo perfecta que eres?”.

Obviamente esto no te lo dicen, y el ex que contacta contigo lo hará utilizando estrategias de despiste que pasan por un fingido interés por tu vida, tu trabajo (el mismo que ignoraba cuando salíais), tu madre (ídem), tus relaciones, tu salud, o hasta puede que pregunte por el periquito que compartíais cuando vivíais juntos.

Como cualquier ser humano con corazoncito, seguramente todos habréis sentido la necesidad de contactar con el/la ex alguna vez. Las redes sociales lo ponen demasiado fácil y es prácticamente imposible no caer en la tentación de escribir ese mensaje estúpido, innecesario y humillante, justo después de haber visto por quinta vez la reposición navideña del Diario de Noah.

Ten en cuenta que no compensa utilizar a tu ex para tontear, por capricho o simple aburrimiento. Por eso, cuando sientas que una fuerza mayor te apremia para escribirle, conviene que te preguntes si realmente estás preparado para las consecuencias de tal atrevimiento.

Si ya te has decidido a embarcarte en esta aventura de la indignidad es mejor que te prepares para hacerlo de la mejor manera-cobarde posible. Un contacto a través de las redes sociales es siempre pusilánime, ya que si realmente fueses una persona resuelta y adulta, cogerías el teléfono para quedar en la cafetería de la esquina. Hasta puede que se te pasase la tontería.

Pero si los españoles fuésemos personas valientes nadie votaría a un partido político imputado por corrupción “por miedo a lo que pueda pasar”. Así que volvamos a los mensajitos.

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Como en cualquier juego de estrategia, el contacto con un ex con el que no hablamos habitualmente requiere de un estudio de la situación para alcanzar nuestros objetivos, que yo he agrupado en tres grandes grupos: volver, follar y joder, que no son lo mismo, aunque se parecen.

Investiga sus redes sociales y sus conexiones a whatsapp, o finge que lo haces por primera vez. ¿Tiene pareja? ¿Vive con él/ella? ¿Estás seguro/a de que tú molas más? ¿Mucho más?

Después, reflexiona sobre el mejor momento para escribirle. Un mensaje enviado inoportunamente puede ser una bala perdida. Como su novia o novio lo descubra, olvídate de que te conteste sin que todo se convierta en un asunto turbio.

Escoge el medio para disparar (Facebook, whatsapp, twitter, instagram, Hay Una Cosa que Te Quiero Decir) y piensa antes de escribir. No puedes entrarle a tu ex, del que hace seis meses que no sabes nada con un “te echo de menos” “te quiero” “vuelve a casa” “me he encadenado al portal del garaje” o “tengo gasolina y a tu madre atada”. ¿Qué pretendes con eso? ¿Un anillo de compromiso? Las cosas no funcionan así.

Podrías utilizar un simple “¿qué tal todo?” o un “¿cómo te va?” pero después del “bien” de cortesía, tendrás que seguir manteniendo la conversación si quieres que eso llegue a algún lado.

Para ayudaros, he recopilado algunas excusas que harán que todo parezca casual y sutil, como si tu mensaje fuese la consecuencia mágica de la alineación de los astros de vuestro amor.

  • Invéntate que acabas de pasar por ese lugar súper especial que marcó vuestra relación. “He aparcado en el Carrefour e inmediatamente he pensado en el día que chocaste contra la columna con mi coche nuevo”.
  • Acabas de ver una peli/anuncio/videoclip en la que el prota se parece muchísimo a tu ex. Para amortizarlo aún más, di que fue otro el que dijo que ese actor/actriz se parecía a él. Es importante que la persona parecida en cuestión sea muy atractiva, por ejemplo, Brad Pitt o Gisele Bundchen.
  • Escúdate en pedirle algo tuyo que él/ella tiene. Ten cuidado con esta estrategia porque puede ser tomada como una afrenta, y, además, pedir más de dos cosas mucho tiempo después de dejarlo HUELE A DESESPERACIÓN.
  • Has encontrado (casualmente) algo suyo muy importante y quieres devolvérselo. Por ejemplo, un pen drive de 32K lleno de fotos de vuestro primer viaje.
  • Necesitas su ayuda para acabar tu tesis sobre el apareamiento de la caracola.
  • Es su cumpleaños. O cualquier fiesta. Esto es lo más fácil, pero recuerda que la gente sólo cumple una vez al año y tan sólo hay unas navidades.
  • Has encontrado su perfume en un cajón y te lo has echado en el clítoris para recordar su olor. Puedes decirle algo así como “Tengo el coño ardiendo por ti”.
  • Vas a morir inminentemente.
  • Lo odias. Y es muy importante hacérselo saber porque en realidad, imbécil, lo quieres.

Si al cabo de una hora no ha contestado, cierra la tapa del ordenador, desconecta el wifi, tira el teléfono al váter, y ve a una clase de crossfit de esas que dan en garajes oscuros y sin ventilación conocidos como “box”. Después de un tiempo adecuado de tortura física, la ausencia cruel de su respuesta te parecerá una tontería. Repite hasta que no puedas pensar en nada más que en el dolor. Piensa en la corrupción política y aprende a relativizar tus ínfimos problemas.

Pero también puede que acabe contestando. Y que quiera ese pen drive. Y oler la colonia en tus bragas. Y hasta puede que consigas reiniciar una relación acabada sin los abdominales definidos. No digas que no te avisé.

Las prisas

Hace unos días me encontraba francamente mal, la congestión derivada de mi catarro apenas me dejaba respirar, y me había subido la fiebre. Era un día de semana por la mañana, y para evitar contribuir a la saturación de las urgencias hospitalarias, llamé por teléfono al Sergas, donde un amable contestador automático me informó de que hasta el día siguiente no tenía cita para mi médico. Como me hallaba entre la vida y la muerte, llamé directamente al centro médico para contarles mi dramática situación y me informaron que de no me preocupase, porque mi médico de cabecera tenía que atenderme de urgencias hasta las 15 horas. “Tú vienes, le dices a la gente que está esperando que es una urgencia y que te atienda el médico”. Ajá.

A las 10 de la mañana cogí el coche con toda mi buena fe y peor cara que la Veneno cuando salió de la cárcel, para dirigirme al ambulatorio. El funcionario de la ventanilla –el mismo que me había instado por teléfono a ir YA- me dijo ahora en tono condicional que “a ver” si me podía atender el médico y que en cuanto saliese alguien de la consulta yo tenía que colarme dentro porque lo mío era una urgencia y así funcionaban las cosas.

Estaba mintiendo, obviamente. Las salas de espera de los centros médicos están repletas de ancianos que pasan su jubilación apoltronados en las mismas sillas esperando su turno desde que despunta el alba. Pero no os llevéis a equívocos por su enorme previsión, es gente con prisa. La abuela Carmucha tiene cita para las 12.30 pero ha llegado a las 8 para ver si se puede colar a eso de las 11 y así acabar antes, y aprovechar la mañana. En la sala había una docena de abuelas Carmuchas y todas tenían mucha prisa porque el nieto les iba a comer y cada vez que yo levantaba el culo, una vieja coja y lisiada se había colado cual Usain Bolt dentro de la consulta de don Carlos y cerrado la puerta con pestillo. Como me enseñaron a respetar mucho a los ancianos rogué clemencia educadamente, mientras soportaba la mirada inquisidora de las abuelas que rápidamente iban a la lista colgada en la puerta (como ven sin gafas cuando quieren, las muy putas) para decirme que les tocaba ya, y que lo sentían, pero que claro, al ir sin cita…ya se sabe.

Mucho rato después, sin uñas y con los nudillos pelados, volví a bajar a junto el tipo de la ventanilla para llamarlo inepto y pedirle que viniese a escoltarme porque TENÍA QUE TRABAJAR Y NO PODÍA PERDER TODO EL DÍA ALLÍ. Él me dio un ticket que funciona como una especie de visado de asilo político y que tú debes enseñar en la sala mientras gritas “soy legal, soy legal” y empujas y pisas a viejos sin piedad. Más o menos. Con mi papel pegado en la frente, apretando los puños, y el sudor resbalándome por la nariz, finalmente una chica me dejó pasar. Eran las 12.05 y llevaba más de dos horas allí, sin embargo, a mis espaldas pude escuchar con desprecio “vaya morro, los demás también tenemos prisa”.

No sé en qué momento de la historia de la humanidad la gente sintió esa necesidad apremiante de actuar con prisa siempre, como si no tenerla fuese un síntoma de debacle vital. Hay personas expertas en contagiar de su prisa a los demás, hasta llevarlos a niveles de estrés próximos al infarto de miocardio.

Los conductores siempre son personas con prisa. En Vigo, además, son más peligrosos que los protagonistas del GTA. Hay una barrera física muy marcada para saber cuándo uno empieza a conducir en Vigo y, por tanto, con mucha prisa. Es el peaje de la AP9. Si tardas más de 10 segundos en pagar, la máquina se queda atrancada, o la barrera no sube, tendrás un coche detrás pitándote e increpándote pegado a tu culo (el del coche, se entiende). Pero ay, como se te caiga el papel o una moneda por fuera de la ventanilla, estás perdido. Porque el de atrás (vigués en potencia aunque sea de Coruña) ya estará pitando antes de que el objeto acaricie el suelo y sacando la cabeza por la ventanilla mientras te recuerda que tiene prisa y te regala bonitas palabras de amor que, además, suelen estar plagadas de comentarios machistas si eres una mujer al volante. Y si la barrera no sube por un problema técnico, da igual, el de atrás quiere que la arranques, la destroces, choques contra ella o prendas fuego al monte más cercano, con tal de que salgas de su camino.

Si llegas a Vigo con el parabrisas intacto, tendrás que sortear sus rotondas que allí funcionan como las tacitas de las atracciones de las ferias –la norma básica es esquivarse-, mientras cientos de cláxones suenan al unísono, haciendo imposible saber de dónde viene el peligro. Si, para aliviarte, decides meter el coche en el parking del Corte Inglés, los vigueses y los portugueses se juntarán allí para seguir acosándote, dándote luces, pitándote, con tal de que te apartes de sus caminos.

Las prisas en los parking son de lo más habitual. Desde que entras en uno de esos recintos infernales hasta que sales, sabes que tienes que comportarte con premura. Prisa de que no te pillen el sitio de delante, prisa de que alguien te deje hueco para salir, prisa para no quedarte atrancado en la puta cuesta que da a a la calle cuando la barrera suba y el de atrás ya esté acariciando el claxon con los dedos.

Y prisa por pagar. Acabas de compartir terraza con esa pareja que lleva horas aprovechando el café enfrente del parking y has escuchado perfectamente que su próximo destino es ir a recoger a los niños a casa de unos amigos lo más tarde posible, para meterlos inconscientes en cama y poder echar un polvo. Sabes que no tienen prisa. Pero aceleran el paso detrás de ti cuando te diriges al único cajero de pago que hay libre. Haciendo un quiebro, consigues zafarte de ellos y metes el ticket antes, casi lanzándolo, con tanta prisa que lo introduces en la ranura equivocada, la de la tarjeta de crédito, y tienes que sacarlo clavando las uñas o los dientes. Cuando llega el momento del pago, querrías aprovechar para deshacerte de todas esas monedas pequeñas, pero sientes el aliento de tus enemigos en el cogote. Y tienes miedo. Así que sacas un billete de 10, que la máquina escupe varias veces hasta que se lo entregas más planchado que la pancarta de ganadores del PP en las elecciones del 20D. Y una retahíla de monedas de todos los tamaños son vomitadas mientras te afanas por guardar cada una de ellas en tu cartera. La pareja, impaciente, ya ha metido su tarjeta en la ranura, y están pagando mientras tú permaneces agachado intentando recoger las vueltas. Tienen tantísima prisa, que ya ha metido las monedas sin darte tiempo a sacar las tuyas, así que no te queda más opción que arañar el acero del hueco intentando pillar una última moneda, y largarte rápido para impedir que esos cabrones se te cuelen delante en la salida. Porque tú sí que tienes prisa, y los peces de colores son muy de comer a su hora.

Y es que las prisas afectan a nuestra vida en todos los niveles. Nos queremos enamorar rápido y a poder ser, sin mucho esfuerzo. Estudiarnos el temario entero la noche anterior al examen. Emborracharnos rápido y no pensar en la pasta que nos estamos gastando ni en la resaca de mañana. Adelgazar lo antes posible para meternos en el traje de fin de año. Tener un orgasmo rápido, o fingir que lo hemos hecho.

Pero las cosas, hechas con prisa, nunca salen bien. Nos enamoramos mal, no recordamos la lección, vomitamos los domingos por la mañana, recuperamos los kilos la misma noche de fin de año y establecemos horribles precedentes sexuales. Se nos caen las monedas por fuera de la ventanilla, rascamos el coche de nuestro padre contra la columna y nos olvidamos el paraguas en casa.

Todos deberíamos aprender del modo zen de proceder de los funcionarios de Hacienda, del Inem, del tío de la ventanilla de mi centro médico. Andar sin prisa, y que se joda el otro.

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Instagram y adolescentes: una pistola en cada mano

Cuando a los 14 años enfermé de anorexia nerviosa no sabía lo afortunada que era por vivir en una época libre de redes sociales. La búsqueda de la aprobación –y el estrés derivado de ello- se limitaba entonces a mi círculo más cercano, básicamente compañeros de instituto y algunos amigos que veía los fines de semana. No podía hacerme fotos cada día para subir a una red social y sentir los aplausos de admiración de otras adolescentes carentes de autoestima, así que me conformaba con apuntar mis kilos perdidos en una libreta, junto a una tabla de ejercicios que llegaba a practicar hasta metida en cama. Las pocas fotos que me sacaban me daban auténtico asco, no podía mirarme antes de revelarlas, no podía ensayar la pose, ni practicar una mirada penetrante. Daba igual, las fotos reveladas estaban condenadas al álbum familiar o al corcho de la habitación. Con suerte, las verían mis mejores amigas el día que se quedasen en casa. Eran un recuerdo familiar que en aquella época (y durante los cuatro años siguientes) desbordaban tristeza. No hay nada de cool, ni de feliz, ni admirable, en una adolescente enferma y deprimida. Las únicas chicas que admiraban mi esfuerzo y fuerza de voluntad eran otras pacientes de la Unidade de Trastornos de la Alimentación de Santiago de Compostela. Chicas enfermas, verdaderamente enfermas, buscando aprobación social.

Essena O´Neill es una chica autraliana de 19 años que hasta hace unos días acumulaba las siguientes cifras de seguidores en redes sociales: más de 500.000 en Instagram, más de 250.000 seguidores en Youtube, otros tantos en Tumblr y unos 60.000 en Snapchat. Una auténtica social media star que vivía por y para los followers y los likes y ganaba cantidades nada despreciables por cada foto compartida (unos 1000 dólares) o por cada video subido a youtube (más de 2000). Una modelo de medidas espectaculares y apariencia angelical, que se hizo rica a costa de convertir su imagen en pornografía de las redes sociales desde que tenía 12 años, y que acaba de confesar haber padecido importantes problemas de autoestima, desórdenes alimentarios y obsesión con el deporte con el objeto de “gustar a los demás”.

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Una de las fotografías en las que Essena modificó el texto antes de cerrar su cuenta de Instagram.

Pero la noticia es otra: “La estrella de Instagram Essena O´neill abandona las redes sociales”. ¿Cómo puede hacer eso? ¡Señor, es una estrella de Instagram! El concepto “estrella de Instagram” me produce semejantes arcadas que me propongo a mí misma como candidata para dar un par de bofetadas con la mano abierta a cada seguidor convencido de que está admirando a una verdadera estrella. Sí, ya sé, quizá ésta sea una estrategia de marketing de la australiana para ser todavía más conocida, pero, teorías conspiranoicas aparte, Essena es una de muchas. Y ejemplos patrios tenemos unos cuantos que no reproduciré para que los fans no denuncien mi blog como hicieron cuando se me ocurrió mentar la afición de Cri***** Ped***** por enseñar las bragas a propios y extraños .

Después de pasarse toda su adolescencia con una cámara delante de las narices y cientos de miles de fans que la seguían e idolatraban por su belleza, delgadez y estilo, Essena ha hablado de las perversas consecuencias de su adicción a las redes sociales: la obsesión por los likes y los followers, el estrés de chequeo constante o el miedo a la crítica. Y también de la mentira que se esconde detrás de las pantallas. Una de las frases que más repite en su página web lestbegamechangers.com es “es ridículo”. Todo es ridículo: jóvenes atrapados en las redes sociales admirando a otros que a su vez están más atrapados que ellos, viviendo a través de pantallas, fotografiando cada paso que dan pero sin tiempo para vivir experiencias. Una generación entera encerrada en vidas virtuales, cuya inspiración son chicas y chicos con fotos irreales salpicadas por filtros y retoques, en posturas mil y una vez ensayadas, creando la peligrosa ilusión de que la perfección existe y además, es posible conseguirla.

Me dan un poco igual los consejos que Essena imparte ahora sobre la meditación, el veganismo, la lectura y la creatividad. Ella es –o ha sido- una de las muchas piezas del tratamiento como objetos ornamentales de las adolescentes  que, cada vez más, claudican y se prestan a contribuir a este sistema de ultrasexualización de sus cuerpos sin ningún tipo de control. Apoyando esto, la industria de la moda y la belleza, grandes empresas beneficiarias vendiendo cremas, maquillajes y harapos que te harán estar así de guapa. Muchas “estrellas” sufren ciberbulliyng, acoso, son insultadas y amenazadas hasta con la violación y, sin embargo, no dejan de exponerse una y otra vez. No es engañéis: eso no es autoestima, el amor propio no requiere de miradas ajenas. A la vez, las menos afortunadas físicamente se lamentan de no tener esa cantidad de seguidores, ni un físico bonito que mostrar al público.

La obsesión también afecta a mujeres de otra edades. No tengo Instagram pero conozco unas cuantas páginas de famosas que son auténticas instastars. Mujeres que tienen mi edad o más, y que aparecen sin una sola arruga, ni un rastro de celulitis o una sola imperfección. Con 29 años y tras haber padecido un trastorno alimentario, conozco el precio de esa ilusión. Pero si hace 15 años yo hubiese tenido redes sociales, estoy segura de que habría caído y, mi obsesión, enfermiza entonces, lo sería todavía más. No puedo ni imaginarme el sufrimiento que me acarrearían las redes sociales, ni el tiempo que perdería arreglándome, preocupada por mi aspecto, obsesionada con los “me gusta” y viendo los perfiles de otras a las que envidiaría por su perfección. Cada crítica, por nimia que fuese, me deprimiría más y, muy probablemente, retrasaría mi recuperación (eso por no hablar de las páginas proanorexia y probulimia). La aprobación de los demás, antes limitada a unos pocos, se muestra ahora abierta a todos los psicópatas de internet, personas envidiosas, obsesos sexuales, pederastas, y gente mala en general.

Muchos recordamos que hasta hace no demasiado se podía beber alcohol con 16 años, y nos vendían tabaco a los 14 en el mismo sitio donde comprábamos gominolas. Entonces, alguien, con buen juicio, pensó que aquello era peligroso para la juventud y puso límites legales. Espero que no tardemos demasiado en preguntarnos cómo pudimos permitir que niñas de 12, 13, 15 ó 16 años compartiesen fotos semidesnudas a todo el planeta.