Categoría: 2015

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Más porno, más tontos

Tenía 7 u 8 años cuando vi Demolition Man en la televisión por primera vez y el recuerdo de unas imágenes me dejó completamente traumatizada durante varios años. Era la escena en la que Sandra Bullock le colocaba a Sylvester Stallone un casco en la cabeza para follar, evitando así la posibilidad de cualquier contacto físico. En aquel entonces, yo ya había intuido por mis propios medios que los bebés se hacían dándose muchos besos y durmiendo desnudos y, desde luego, aquel casco y la actitud de los amantes incapacitaban cualquier posibilidad de besarse.

La película de ciencia ficción dibujaba un futuro ambientado en el año 2032, y es una de las muchas secuelas herederas de la novela Un Mundo Felizpublicada en el año 1932. Los ejemplos en la literatura y en el cine de futuros distópicos en donde las máquinas han sustituido a las personas para tener sexo, erotizarse o amar son incontables. Una de las últimas –más que recomendable- es Ex Machina, protagonizada por una sexy androide que seduce y enamora a un hombre. Pero los androides folladores ya no son ciencia ficción. Están disponibles en el mercado, se venden a precios que oscilan entre los 5.000 y los 10.000 euros, y el científico futurista Ian Person ha previsto que para dentro de 30 años la cantidad de robots sexuales alcanzará tal calibre que hará que follar con seres humanos será una práctica de salvajes dispuestos a intercambiar fluidos mientras los bebés se fabrican en criaderos de la City londinense.

De momento, el visionado del porno se ha convertido en una plaga de proporciones bíblicas –aprovecho para apuntar mi nula influencia religiosa antiporno- y la adicción al mismo tiene consideraciones médicas semejantes a las del enganche a las drogas. El actor Terry Crews es uno de los muchos hombres –y algunas mujeres- que confesaron públicamente los estragos de su adicción no sólo en su relación de pareja, sino en su vida cotidiana.

Los androides folladores ya no son ciencia ficción. Están disponibles en el mercado y se venden a precios que oscilan entre los 5.000 y los 10.000 euros

Y es que cualquier previsión catastrofista dibujada por Giovanni Sartori a finales de los años 90 en su libro Homo Videns, la sociedad teledirigida ya ha sido ampliamente superada por la realidad de los nativos digitales. Los niños de ahora no sólo nacen con pantallas y ven pantallas antes de aprender a leer, escribir o entender nada de lo que les rodea, sino que las pantallas son también su primera forma de comunicación y de relación afectivo-sexual. Las estadísticas dicen que cada vez se inician antes en el consumo del porno (alrededor de los 12 años) y también, que necesitan más porno (en cantidad y brutalidad) para excitarse. La intolerancia al aburrimiento y a la frustración, y la fragmentación de la atención ha convertido la pornografía en la nueva esclavitud de lo inmediato. Las consecuencias en la conducta sexual de niños y adolescentes refieren problemas típicos de señores de cierta edad, como disfunción eréctil, actitudes de dominación hacia la mujer, o falta de deseo fuera del mundo virtual.

La industria pornográfica es un gigante que domina gran parte de las finanzas y cuyos datos de facturación fluctúan según las fuentes. Hace más de una década que los beneficios del porno superaron a los del cine convencional, considerando el porno cine y el pulpo animal de compañía. Pornhub, uno de los principales portales del mundo, recibe 40 millones de visitas al día, más de las mitad desde los teléfonos móviles, y uno de cada tres usuarios tienen entre 18 y 24 años. El tiempo medio de visita en una página es de 8 minutos, tiempo suficiente para que los usuarios vean, de media, fragmentos de 7,2 videos. Normal que luego piensen que las mujeres tardamos en corrernos.

Si algo anula el porno es la capacidad de abstracción, la principal característica de la inteligencia humana, que nos diferencia del resto de los animales

Si algo anula el porno es la capacidad de abstracción, la principal característica de la inteligencia humana, que nos diferencia del resto de los animales. Un milagro en la naturaleza que la humanidad alcanzó gracias al desarrollo de la escritura y de las matemáticas y que nos dio el título, como especie, de homo sapiens. Los conceptos de belleza, de orden, el miedo a la muerte, la fe, la religión, la filosofía, o la propia erótica no serían posibles sin nuestra capacidad de abstraernos para pensar más allá de lo tangible, de la comida de hoy, o de la paja inducida vía sonda delante de una luminosa pantalla que lejos de crear fantasías, las destruye. Está demostrado que el exceso de porno nos está volviendo tontos. Lo dice un reciente estudio del Centro de Psicología del Ciclo Vital de Berlín, que demostró que el consumo excesivo de porno reducía las zonas del cerebro relacionadas con el aprendizaje y que afectaba al volumen de materia gris.

El porno, como el tabaco, no sería tan dañino si se consumiese con cierta moderación, pero la realidad es que de momento la gente no saca el portátil para masturbarse en la terraza de al lado, así que es difícil detectar socialmente cuándo a alguien se le está yendo la mano, y parte del prepucio. Hacedme caso: Torbe afecta a tu salud más que la nicotina.

 

Artículo publicado en elnacional.cat el 2/08/2016

TETAS

Hace unas semanas, el profesor Luciano Méndez, de la facultad de Económicas de la Universidade de Santiago de Compostela (USC), le pidió a una alumna que se pusiese en la última fila porque su escote lo desconcentraba. Entre las múltiples –y reiteradas– perlas que pudo escuchar toda la clase, el docente señaló no entender cómo uno no podía salir desnudo a la calle y, sin embargo, todavía no existía legislación alguna en España sobre la medida del escote de las mujeres. Lo cierto es que la indumentaria femenina sí está regulada en muchos países del mundo, de esos a los que habría que mandar a tipos como Luciano para que no tuviesen tetas cerca con las que desconcentrarse.

Ante las protestas del resto de alumnos y las acusaciones de machista, al troglodita de turno no se le ocurrió defenderse con otra expresión mejor que “si fuese machista te habría pegado una hostia”. Fue entonces, cuando varias estudiantes abandonaron la clase de matemáticas y seis de ellas presentaron denuncia ante la Secretaria Xeral de la Universidade de Santiago. A partir de entonces, la USC inició un procedimiento de investigación durante el cual se entrevistó con las partes para verificar la autenticidad de los hechos. Como medida cautelar, la Universidad trasladó a la alumna (la víctima) de grupo, y dejó que Méndez siguiese dando clase normalmente.

Tres semanas después del incidente, el 11 de marzo, Luciano Méndez, escribía en La Voz de Galicia un artículo con el objeto de manifestar públicamente su postura sobre la polémica, con un discurso en el que se autoproclamaba una persona valiente y con criterio, y se atrevía a compararse con Javier Krahe, en una extraña analogía por la búsqueda de la autenticidad en este mundo de mierda hiperpolíticamente correcto. Su artículo, en el que reconoce los hechos, es una bonita apología del machismo, el paternalismo, la violencia implícita contra las mujeres y nuestra posición como objetos sexuales al servicio de las hormonas masculinas: “La testosterona es una hormona complicada, puede ser una aliada que estimule y motive y puede ser también el peor de los enemigos, que haga al varón vulnerable y débil. Controlarla, manejarla en beneficio propio es labor de toda una vida”. No sé si os suena el discurso, pero es exactamente el mismo que utilizan los violadores y del que se difiere que los hombres son seres salvajes a los que hay que temer. Así que entiendo que si Méndez no estuviese dando clase y socializado dentro de los estrictos corsés de la convivencia democrática, tendría que violar a mujeres en las playas, las piscinas, las salas de lactancia o la consulta del ginecólogo mientras una teta es hecha sándwich por una máquina de mamografía.

El artículo del profesor Luciano Méndez es una bonita apología del machismo, el paternalismo, la violencia implícita contra las mujeres y nuestra posición como objetos sexuales al servicio de las hormonas masculinas

Un mes después, y con el proceso sin visos de ser resuelto con la premura exigible a una institución pública cuya función es, precisamente, educar a los ciudadanos y trasmitir valores de igualdad, varias estudiantes se presentaron en sujetador en la clase de Luciano. Al más puro estilo Femen, las jóvenes, estudiantes de un máster de Género, llevaron en sus pechos lemas escritos con frases como “te reeducamos de balde” o “antes frívola que machista”. Las acompañaba un chico sin camiseta con el lema “¿mi piel masculina no te gusta?”. Fue entonces cuando el profesor repitió la escena de machirulo lascivo e hiperhormonado, refiriéndose a que las pintadas no le dejaban ver suficientemente bien los atributos femeninos de las chicas y comentándole al chico que prefería el escote de sus compañeras al suyo. Las chicas aprovecharon el escrache para hacerse selfies y las imágenes de sus tetas circularon como la pólvora por las redes sociales. Al día siguiente, varios periódicos las llevaron a portada, recortando estratégicamente el torso desnudo de su compañero.

Horas después de esta protesta, la USC abrió expediente disciplinario contra Luciano Méndez, alegando que había causas más que probadas para hacerlo, y el proceso se encuentra ahora a la espera de un dictamen que podría bascular entre una simple sanción, un apercibimiento, hasta la suspensión de empleo y sueldo durante un máximo de seis años.

Sin embargo, la cuestión de cómo solucionar en el mundo occidental –donde las niñas y las mujeres estamos hipersexualizadas– el problema de que sigamos siendo percibidas como objetos, es más complicada y profunda que enseñar las tetas en la universidad. Yo, que he sido muy crítica con Cristina Pedroche por fomentar la pornificación femenina bajo la bandera de la libertad, no estoy convencida de que la solución a la violencia y a la discriminación sexual sea mostrarle una vez más, la zanahoria al asno. Si mañana mi jefe me acosase, dudo que alguna compañera del trabajo se presentase en sujetador a la oficina como muestra de solidaridad. Ni siquiera tengo claro que eso es lo que querría yo. Desde luego preferiría que se ausentasen de su puesto, que firmasen una denuncia conjunta o incluso –y perdóname Ley Mordaza– que le pegasen un par de hostias. Como mujer, me empodera más la fuerza física contra el opresor (la violencia sexual también es violencia), que el encaje de la ropa interior de varias chicas de veinte años.

Los cuerpos son políticos y el feminismo lleva años manifestándose y creciendo gracias a esto, pero quizá es hora de entender que lo atrevido en nuestra sociedad posmoderna no es, precisamente, desnudarse. No creo que las divas del pop estén haciendo mucho favor al feminismo regalando su piel como objeto de excitación masculina y complejos femeninos.

Los cuerpos son políticos y el feminismo lleva años manifestándose y creciendo gracias a esto, pero quizá es hora de entender que lo atrevido en nuestra sociedad posmoderna no es, precisamente, desnudarse

Estoy convencida de que la acción de estas chicas consiguió movilizar los lentos mecanismos de la burocracia, pero me da pavor pensar que ésta sea la única solución posible. Femen lleva años utilizando la estrategia del desnudo, y cada vez que veo cómo sus cuerpos inertes son manipulados y arrastrados por hombres (policías, en su mayoría) me pongo enferma. Como feminista una de mis principales preocupaciones es reivindicar que mi cuerpo sólo me pertenece a mí, y que de mí depende con quién lo comparto.

Con motivo del 8 de marzo, un grupo de compañeras de la Plataforma Feminista Galega nos reunimos en una céntrica plaza de Pontevedra para hablar de la discriminación que seguíamos (y seguiremos) sufriendo las mujeres en el ámbito doméstico y laboral. También bailamos e hicimos una ginkana en la que un hombre tenía que pasar las pruebas que habitualmente pasamos las mujeres para acudir a nuestro puesto de trabajo. No me cabe duda de que si hubiésemos hecho la performance en tetas habría mucha más gente mirándonos, aunque no sé si escucharían nuestro discurso.

¿Por qué sólo seis alumnos denunciaron a Méndez cuando toda la clase lo escuchó y él mismo reconoció las acusaciones?¿Por qué ningún profesor o profesora se manifestó públicamente contra el machismo en las aulas? ¿Por qué la alumna que denunció fue cambiada de clase? ¿Por qué yo también tuve un profesor en la misma universidad que alababa el machismo en clase? ¿Por qué el periódico con más difusión de Galicia permite que este profesor publique su manifiesto machista en sus páginas? ¿Por qué para exigir que nos dejen de mirar las tetas, tenemos que seguir enseñando las tetas?

En conclusión: que las tetas nos dejen ver el bosque.

 

*Artículo publicado originalmente en http://www.elnacional.cat el 30/03/2016 – Aquí el enlace http://www.elnacional.cat/es/opinion/diana-lopez-feminista_101013_102.html

En carnaval, todas somos cerdas

Este año me disfracé de cerda. Fue una elección fácil: la gran mayoría de los disfraces de mujer están hechos para que vayas como una marrana, así que que mejor manera de hacerlo que poniéndose hocico, orejas y rabo y llevarme a mis hijos Peppa Pig y George de paseo. Porque en cerda, no hay quien me gane.

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El problema es que yo quería ir lo más parecido a una cerda de verdad, con un traje de cuerpo entero, calentita, gordita y con muchas tetas colgantes a las que poder recurrir cuando las criaturas se me pusiesen revoltosas, pero resulta que los trajes de chica son todos “sexys” y tampoco contemplan la conciliación familiar. Y es que una no puede ir de cerda, ni de vaca, ni de cabra, ni de sucia rata, sin llevar minifalda y enseñar tetamen. Porque todo el mundo sabe que otra cosa no, pero a los animales hembra las faldas de tul y el push up les sientan que ni pintado.

disfraces animales mujer

Sin embargo, los machos son machos aquí y en Cabárceno, y sus disfraces de macho son abrigados, con pelo y algunos hasta incluyen un rabo bien largo.

disfraces animales hombre

La principal tienda online de disfraces en España califica los trajes de animales de mujer adulta así: “ratita sexy”,  “mariquita picante”, “mariquita sexy”, “ratita presumida”, “vaca novia” (una vaca con un puto vestido blanco y un velo en la cabeza que pondría en pie de guerra al colectivo ganadero de Galicia), “elefante sexy”, “conejita sexy” o “ratita lujo”. Semejante catálogo podría hacernos pensar que estamos en una página de contactos, pero este maravilloso material de la cosificación femenina está disponible en la web de Don Disfraz. La página, que también vende disfraces para los más pequeños, incluye una pestaña especial de “Princesas” para las niñas y otra de “Superhéroes” para los niños. Por supuesto, los disfraces de superheroína no se contemplan como una posibilidad para las dulces, delicadas, dependientes y sumisas niñas.

Resulta muy jugoso criticar la necesidad/ganas que tienen muchas mujeres, especialmente las más jóvenes, de utilizar su cuerpo como comparsa carnavalera, y yo, que siempre apelo a la responsabilidad individual y a que cada una enseñe lo que le plaza, tampoco lo olvido. Ahora bien, la presión comercial/social/patriarcal/machista se afana en dejarnos bien clarito, desde niñas, que somos un cuerpo al servicio del hombre. Las grandes marcas no venden disfraces de mujeres empoderadas, ni de personajes femeninos valientes. El primer resultado en google para los disfraces de niña es demoledor: una ratita sirvienta con escoba en mano y cofia en la cabeza. Le siguen las princesas, piratas, enfermeras (sexys) y una delirante spiderwoman con tutú.

disfraces niña

El pernicioso mensaje está claro: mujer, eres cuerpo y en cuerpo te convertirás. Y da igual que estemos en febrero porque tú, mujer sexy, reina del artificio porno, derretirías el hielo de la copa con tus calientes pezones de diablesa cachonda. Aprovecha el carnaval para darte el gusto de ser un bonito objeto sin que las amargadas mujeres feas que no follan te juzguen por ello. Tú, mujer, debes ir sensual, debes enseñar el cuerpo, debes lucirte como el trofeo que quieren que seas para que alguien, que te importa una mierda, se alegre la vista un rato. El disfraz es lo de menos, es obvio que no te pareces en nada a aquello de lo que supuestamente vas disfrazada, sino a una versión cutre y erótica salida de la fantasía que algún diseñador falto de sexo -y de referentes estéticos- imaginó.

Porque salvar el mundo y enseñar el coño, nunca fue tan fácil.

superheroinas

En Carnaval, más que nunca, todas somos cerdas.