Categoría: 2014

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Un novio feo

El valor de un novio feo (marido, pareja, acompañante de verbena o amante ocasional) está muy por encima del de un novio guapo, el cual con su belleza parece dar por sentado que merece el privilegiado lugar que ocupa en nuestras vidas. No obstante, un novio feo representa el paroxismo del amor, la verdadera esencia de la profundidad de los sentimientos, el triunfo de la oruga sobre la petulante mariposa.
Vivimos una época de sobrevalorización de la belleza masculina (la femenina siempre ha sido objeto de adulación y explotación) lo que ha provocado que muchos hombres sientan la necesidad acuciante de ser más atractivos que sus compañeros de gimnasio, de trabajo, incluso que las mujeres a las que pretenden conquistar. Por eso, lo que es realmente hipster, alternativo y molón que te mueres, es echarse un novio feo.
En Galicia, donde estamos acostumbrados a crear tendencias que después todo el Reino asume como propias (empezamos con Franco, después vino la cocaína y ahora tenéis a Rajoy hasta que no probéis el licor café)  al novio poco agraciado lo llamamos “riquiño”, que es una palabra mucho más bonita y que además rima con otras como “pobriño” y “feitiño”. “Riquiño” es un adjetivo polisémico que significa buena persona, simpático, enrollado, majete… vamos, el feo de toda la vida. 
En un par de años los riquiños lo petarán en el Hombres, Mujeres y Viceversa.
Una de las principales ventajas de un novio feo es que la fidelidad, aún sin estar garantizada del todo, es más difícil de quebrantar. Un novio guapo es como el jamón de la tómbola: todas se lo quieren comer. El feo, en cambio, es ese peluche gigante que tienes que arrastrar toda la noche mientras las demás te miran con compasión. No os engañéis: la fidelidad masculina no es un asunto de sentimientos, es, ante todo, una cuestión de oportunidades.
Pero no sólo de fidelidad vive la mujer. El novio feo es también mucho más agradecido. A un novio guapo parece que hay que premiarlo por estar ahí, sin embargo, el feo sabrá ver quién de los dos es el afortunado. Esto es muy positivo para la correcta autoestima femenina, ya que garantiza una cierta seguridad mental muy importante para el equilibrio de la pareja.
El novio feo tiene la obligación moral de ser más listo y divertido de lo habitual. Un tipo poco atractivo debe ser culto y educado, refinado en los modales, inteligente y divertido. Oscar Wilde ya lo sabía cuando escribió El Retrato de Dorian Gray: “El intelecto es una forma de exageración en sí mismo y destruye la armonía de cualquier rostro. En el momento en que uno se sienta a pensar, se vuelve todo nariz, o todo frente, o cualquier otro espanto. Mira a los hombres de éxito en cualquier tema del saber.”
Puede incluso que sea apestosamente rico, lo que nunca está de más en la escala de follabilidad. Si todavía no lo es, investiga sus contactos, sus ambiciones y su curriculum: nunca se sabe cuando el feo puede dar el gran salto.
 
NOvio Feo
El sexo con un feo es mucho más placentero, porque en lugar de perder el tiempo eclipsándote en su belleza como una náufraga enamorada, prefieres que meta la cabeza entre tus piernas y que no salga de allí hasta haber cumplido su misión con éxito. El guapo tiene tendencia al cansancio precoz y, mucho peor, a follarse a sí mismo cuando lo hace contigo. TODOS los guapos saben que lo son, para algo han tenido abuela, madre y novias. El feo sólo tiene abuela y lleva años enterrada.
 
El feo no vive obsesionado con su físico ni te da la turra día sí y día también ,con la dieta de los cojones. El día que le dices a tu novio no-guapo que va guapo no tiene más remedio que creérselo: asunto zanjado. El feo sabe valorar tu sinceridad siempre que le convenga. El feo te ama.
 
La genética es selectiva y quiere mejorar la especie. La genética también te ama. (Es importante que te creas esto a la hora de ponerse con el apareamiento).
Pero, lo mejor de todo, es que la belleza y la inteligencia son dos constantes que evolucionan de forma totalmente opuesta. Mientras la belleza física se la tragan los años, la cultura y la riqueza espiritual no dejan de aumentar para el que ha sabido alimentarlas. Cuando te aburras como una ostra mirando como tu marido guapo se ha convertido en un viejo amargado, piensa que quizá el friki del colegio al que no quisiste besar, ha publicado varios de esos libros que ahora te emocionan cuando lees a solas. O igual es el tipo con más jeta de España y se hace platós como para comprarte el Zara de tu pueblo durante el Black Friday ése.
Y oye, que si el feo te sale gilipollas, tampoco hace falta que pierdas el tiempo pensando en sus bonitas facciones antes de mandarlo a la mierda y enrollarte con el cachondo del gimnasio.
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La canción ladilla

Se empieza moviendo ligeramente la lengua dentro de la boca, y asintiendo con la cabeza, hasta acabar cantando en bucle una mierda de canción de la que no te puedes desprender ni aunque te echen aceite hirviendo encima. Enhorabuena: eres víctima de una canción ladilla.

Históricamente, se puede decir que la canción ladilla es un invento de los esclavos africanos que llegaron a Estados Unidos entre los siglos XVI y XIX y que decidieron que era mucho mejor perforarse el cerebro hasta la extenuación con música repetitiva que tener que escuchar los insultos del patrón. Además, así, entre temas espirituales y positivos, podían evadirse mentalmente del trabajo forzado que estaban realizando. Pero los negros fueron un paso más allá con las cancioncillas de trabajo, y, para cuando los blanquitos se quisieron dar cuenta, el blues, el reggae o el hip-hop se habían pegado en la cultura americana con la misma saña con la que un político español se agarra a una comisión ilegal. La música ladilla, unida a que las americanas descubrieron los encantos secretos de los africanos, jamaicanos y demás morenos*, pusieron fin a varios siglos de esclavitud. (*esto último todavía está por contrastar con algunos historiadores.)

Véase un estupendo ejemplo del triunfo de la música negra: Ray Charles y su Hit the Road Again.
una canción ladilla se caracteriza por:
  Ser repetitiva, debe recordarnos el estribillo con una frecuencia máxima de 15 segundos.
  Simple y fácil de recordar, ha de utilizar el menor número de palabras diferentes posible.
  Técnicamente básica, que esté hecha con pocos acordes.
  Que invite al bailoteo.
  Que esté el máximo número de tiempo “arriba”, en estribillo o pre-estribillo. Que suba el ánimo.
Aquí tenéis una de las más populares canciones ladilla de todos los tiempos.
Pero el rock´roll también tiene temazos ladilla.
 
por no hablar del pop o la música disco…
 
Y entonces,  queridos lectores, os cuestionaréis qué tiene de malo ocupar parte del procesador cerebral tarareando un tema cómo estos, en lugar de malgastar el tiempo pensando en los gilipollas que os cruzáis cada día en vuestras vidas, en el paro, o en el pequeño Nicolás practicándole una felación a Arturo Fernández en el sofá de su casa (vosotros también lo habéis pensado, lo sé). Y es que lo malo llegó después, cuando el regaeton y todas sus variantes (también conocidas como “música latina”) se convirtieron en el ébola de la música popular.
Desgraciadamente, han pasado unos cuantos veranos desde que el hortera de John Travolta mojaba bragas a doquier, y ahora los encargados de tan importante labor son unos tipos con pinta de acabar de salir de la cárcel y menos léxico que Ana Mato en rueda de prensa. Primero fue Don Omar y “La Gasolina”, después Daddy Yankee con “Lo que pasó, pasó” y ahora Pitbull, que tiene más colaboraciones en su haber que neuronas en el cerebro, los encargados de petarlo en cualquier discoteca que se (des) precie.  La era de la globalización es también la época de la hipersexualización y la violentización de absolutamente todo, incluida, claro está, la música.
¿Y qué pasa con las ladillas? Que cuanto más te rascas, más pican. Así es como este verano acabé infectada por una cancióndemierda y tardé varias semanas en superar el virus. Cuanto más intentaba echarla de mi cabeza, más se agarraba ella a mi subconsciente. Mi madre, fan de las emisoras que emiten ladillismo por un tubo, se pasó el verano con “Kioto FM” sintonizada (por favor, si no la conocéis, no se os ocurra conectarla) hasta que el el “Soy Latina” me pilló a mí por banda.
Me veía a mi misma conduciendo, haciendo la compra, corriendo, y hasta intentando dormir, mientras cantaba “yo soy latina beibi, soy latina…olé” y me preguntaba qué tan mala persona había sido para merecer semejante tortura. No podía concentrarme ni tener una vida normal, y en una de las pocas treguas que Inna me dio decidí que lo más sensato era escuchar otra canción ladilla. Sí, amigos, una canción ladilla SÓLO se puede quitar con otra canción ladilla.
Y así descubrí el temazo “Jalando”, la versión gallega no-oficial del Bailando de Enrique Iglesias, compuesta por el grupo Monolius Dop y que, además, han creado la banda sonora de la webserie Clases de lo Social de la que soy guionista. Con 365.000 reproducciones en youtube no debo de ser la única enganchada a la ladilla de estos tipos.
https://youtube.googleapis.com/v/RP_WoYEHdRc&source=uds
Estamos en diciembre, mes de la Navidad, y las canciones tradicionalmente ladillas (villancicos incluidos) empezarán a florecer como setas en los frondosos bosques. Habrá gente que piense que este tipo de música se escucha más en verano, pero la diferencia radica en que durante la época estival tú sabes en qué garitos ponen qué tipo de música y puedes decidir, como ciudadano libre e informado, ir o no.
Ahora bien, durante las fiestas, la infección por ladilla musical copa absolutamente todos los bares y este año tampoco te podrás librar de bailar el Tractor Amarillo cual abuelo borracho en la plaza del pueblo.
https://youtube.googleapis.com/v/rHcLouzwzUU&source=uds
Si él puede, nosotros también. A vivir la música ladilla a tope!
Kansas Jayhawks 2008 NCAA Basketball National Champions--Street Party
 
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Yo soy yo y tus putadas

El mundo necesita de gente que haya sufrido. Los defensores del hedonismo como forma de vida no entienden que la profundidad humana deviene, precisamente, de la capacidad que tenemos para resistir las trampas del destino sin por ello perder la esperanza o las ganas de seguir viviendo. Y seguir viviendo es exactamente lo mismo que seguir sufriendo. Bienvenidos al mundo.
El autopadecimiento inducido, esto es, arrepentirse y fustigarse cada día por lo que nos ha hecho sufrir, no tiene más razón de ser que creernos dueños de algo que no tiene dueño, porque ni siquiera existe: el futuro. El futuro es una hoja en blanco que se escribe a través del presente.  Esto no significa perder cualquier tipo de control sobre nuestra vida, sino más bien, asumir que los planes no siempre salen bien. Aunque Hannibal se empeñe en demostrarnos lo contrario.
 
Si dependiese de cada uno de nosotros todo sería fabuloso: tendríamos el trabajo de nuestros sueños –y bien pagado-, una bonita casa en un lugar paradisiaco, el culo de Jennifer Lawrence y una pareja maravillosa, fiel y responsable que, además,  nos hiciese estar en las nubes con solo tocarnos la punta de los dedos. Eso, o un amante dispuesto a proporcionarnos placer y afecto a golpe de llamada.
Bien vale, pero esto no es el paraíso y los amantes tienen más preocupaciones, como atender a su esposa/o que espera en casa mientras tú regresas solo a la tuya. Pero el paraíso sólo tiene gracia, precisamente, porque es inalcanzable.
Tranquilos, no voy a soltar el típico discurso de que la adversidad te hace más fuerte, porque no sé si eso siempre es así, de lo que estoy convencida es de que, irremediablemente, las putadas nos hacen ser quiénes somos.  Éste es mi manifiesto a favor de todos los que me han hecho putadas sin menospreciar, por supuesto, las que yo he hecho. Mi santidad debe estar ahora debatiéndose en algún oscuro agujero cerca del infierno. O en Gargantúa.
Gracias a la profesora que me echaba de clase en parvulitos por pegar a otros niños. Si no llega a ser por ella sería más salvaje de lo que (ya) soy.
Gracias a los que de pequeña me contaban cómo enterraban a los gatitos vivos recién nacidos. Mi amor a los animales nace de la impotencia y la repugnancia profunda que me provocaban.
Gracias a los que han mantenido comportamientos machistas hacia mí desde que tengo memoria. Sin vuestra ayuda no tendría tan claro qué tipo de hombres (y mujeres) no quiero a mi lado.
Gracias al cura que, días antes de mi comunión, me confesó para que le dijese
qué hacía cuando estaba sola. Nunca valoré tan bien la mentira.
Gracias al niño que me dijo en el instituto que el piercing del ombligo me quedaba mal porque tenía barriga. La anorexia fue una travesía dura pero salí fortalecida.
Gracias a aquel endocrino que me trataba en Santiago y me amenazaba siempre con ingresarme y atarme a una cama. El acojone pudo más que la dieta.
Gracias a aquel chico del que me enamoré perdidamente en el instituto y prefirió a otra chica más guapa. Gracias por besarla delante de mis narices. Me bajaste mucho los humos.
Gracias a todos los que me machacaron con vaciles en la adolescencia. Desarrollé un discurso de destrucción al adversario más que funcional.
Gracias a aquellas niñatas superficiales y vanidosas de las que me rodeaba con 16 años. Aprendí de vosotras que el tinte rubio desde tan temprana edad afecta seriamente al desarrollo del cerebro.
Gracias a la que un día, después de una fuerte peleDISCUSIÓN, me insultó con su amplio léxico y amenazó (a mí) con tirarme por no sé dónde. Me vi obligada a cascarle a su novio que la había dejado preñada otro. Me dio una bofetada, pero está claro quién ganó. Paleta.
Gracias al profesor de matemáticas del instituto por obligarme a decir de qué me reía para toda la clase. Tuve que confesar que me reía de él. Aquel día recordé aquello de la mentira que había aprendido del cura.
Gracias a ese chico por contarme, un tiempo después de dejarlo, que estaba con una tipa ALTA, RUBIA, y de TETAS GRANDES. La verdad es que merecía que además me dijeses que era más lista que yo.
Gracias a aquella jefa que tuve en aquella mierda de televisión por ser tan sumamente altiva, mala profesional y peor persona. Sólo espero que la vida te devuelva el desprecio que tú infligías a los demás.
Gracias al Concello de Santiago por multarme más de 30 veces por no poner el ticket de aparcamiento porque alguien me dijo que “nunca llegaban”. Fue la pasta peor tirada de mi vida.
Gracias a la “dentista” que, con 23 años, me dijo que era probable que tuviese cáncer de huesos después de ver una radiografía de mis muelas del juicio. Afortunadamente, se equivocó. Pero me puso en una tesitura –durante un par de horas- que creí que nunca podría afrontar. Los cojones.
Gracias a aquel profesor que me pilló los apuntes debajo de la mesa en la Facultad y se empeñó en castigarme con el escarnio público. Consiguió que en septiembre me sentase en primera fila y sacase un sobresaliente.
Gracias a una persona que me mintió por puro miedo. Aprendí a ver más allá de lo que se supone bueno o malo. Y a ponerme en la piel de los demás. Y a perdonar sin matices.
Gracias al que me mintió por quedar bien, por salvar su culo, por hacerme creer que era alguien que no era, por convertirse en mártir del amor verdadero y las causas perdidas. Por ser tan sumamente cínico. Por subestimarme. (Sí vale, la mentira es positiva cuando le conviene a uno mismo, ¿no había quedado claro?)
 
Yo soy yo y tus putadas
Gracias a todos los que me dijeron que escribir era una pérdida de tiempo. Nunca había sido tan feliz perdiendo el tiempo.
Y no podía olvidarme de mi querido Partido Popular . Gracias por gestionar el peor gobierno de la historia de la democracia. Con vuestras fabulosas medidas, los “antisistema” han ahorrado una pasta en marketing.
 
Yo soy yo y tus putadas
 
De las putadas que he vivido –la mayoría pequeñas tragedias sin importancia a ojos de los demás- he construido parte de lo que soy ahora. Si todo hubiese sido de color de rosa no habría tomado los caminos que tomé, y no habría llegado hasta dónde ahora estoy. Ni hubiese conocido a muchas de las personas que hoy son imprescindibles. La mayor parte de las cosas que hacemos, las hacemos por pura necesidad. Quizá me hubiese ido mejor, o quizá no. Pero qué más da eso, si nunca lo sabré. Qué importa ahora el “¿y si?”.
Todos somos una combinación de lo que queremos ser, lo que parecemos ser y lo que nos rodea e interacciona con nosotros, lo que Ortega y Gasset definió como “mi circunstancia”. Lo que yo me divierto llamando “putadas”. Claro que no sólo nos ocurren putadas, pero, visto con perspectiva, los sucesos traumáticos acostumbran a tener preferencia en nuestra mente. Ése es el motivo de que evolucionemos más con el sufrimiento que con el confort. La necesidad agudiza el incendio. O algo así.
La segunda parte de la frase de Ortega, menos conocida, es “y si no la salvo a ella, tampoco me voy a salvar yo”. Es bastante obvio que Mariano suspendió filosofía.

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