Comunidad de Cantabria. Dos veces Luxemburgo. Cuatro Ciudad de México. Diez veces Madrid. Manhattan multiplicado por ciento sesenta. 580.000 campos de fútbol. Quinientos-ochenta-mil.

Meto los pies en el mar y le digo que está caliente. Me dice que no. Que está como siempre. Pero la friolera soy yo. No, está más caliente, mírame, puedo meterme seguido, sin recular, ni siquiera cuando me toca por detrás de las rodillas. Puedo meterme hasta la delicada zona de la ingle. Tengo los labios vaginales muy sensibles. Puedo meterme hasta el ombligo. Ya ha tocado los pezones y no he salido corriendo. Me sumerjo. Saco la cabeza y charlo un rato. Nado. Podría quedarme ahí toda la tarde, flotando en el mar de la Playa de Areas mientras pasa un grupito de sanxenxinas con el bikini de moda de ASOS. Lo vi en Instagram. O serán madrileñas. El bikini es de ASOS, eso seguro. Lo compran todo por internet. Fuera, mi piel pálida no está morada, ni enrojecida. El agua está muy caliente. Esto es el cambio climático, joder. Que no, loca. Habrán meado los niños.

El lunes abro el ordenador y el titular de GCiencia me aprieta el estómago “Máximo histórico na temperatura do mar en Galicia: o prólogo de perigosos cambios”. La bolla de Cabo Silleiro registra una temperatura de 19.9 grados, la más alta desde que existen registros. 1,25 grados más que el año pasado. El fenómeno se multiplica en todas las bollas de medición de España: 23,5 en Bilbao, 24,3 en Cabo de Gata, 27 grados en Tarragona. 28 en Punta Cana. Van a desaparecer muchas especies autóctonas y todo el ecosistema de las Rías Baixas se resentirá. El marisco de las bateas muere incomprensiblemente. Dicen. En algún sitio buscan a un experto que nos tranquilice. La temperatura del mar sube por muchos motivos, las corrientes y esas cosas. En realidad ahora se está mucho mejor. El Caribe en casa. A ver si The Guardian hace un reportaje y vienen más ingleses, que esos tienen pasta. La ría está para explotarla.

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Larsen C. El mayor iceberg de la historia se desprende y navega a la deriva. Un billón de toneladas de hielo. 5800 kilómetros cuadrados. El 12 por ciento de la superficie de la Antártida. Quinientos ochenta mil campos de fútbol. 160 veces Manhattan. El paraguas que nos protege de los rayos solares. Para no derretirnos. La vivienda de muchas especies desgajada de su territorio. Los pingüinos están en peligro. El cormorán. La ballena azul. ¿Has visto el último bikini de pingüinos de ASOS?

Desde 1995 han tenido lugar los desprendimientos de las plataformas de hielo Larsen A, y Larsen B. Los científicos opinan que los colapsos se producen demasiado rápido y advierten del impacto en todo el planeta. Lugares como Manhattan podrían acabar sumergidos. Trump sale del acuerdo de París y recorta la investigación contra el cambio climático. Ese invento neocomunista. Llamen al experto tranquilizador o al primo de Rajoy, los ciegos tienen que seguir comprando. Los desprendimientos se deben a muchas causas, y, además, no tiene por qué subir el nivel del mar. Haz la prueba con el cubito de hielo de tu gin tonic.

Hace un año que no llueve en el valle del Rift. Ochocientas especies de peces viven en sus lagos. Las tierras están completamente secas y el ganado muere deshidratado. Trece millones de personas están afectadas por una de las mayores hambrunas del Cuerno de África. Los niños mueren cada día en Etiopía, Uganda, Kenia y Somalia. Los flamencos sobrevuelan las áridas tierras Patrimonio de la Humanidad. El otro día me probé el bañador de flamencos rosas en el Zara de Plaza Galicia. No siempre se necesita un experto para tranquilizarnos.

El cambio climático es ya la principal causa de catástrofes naturales y muertes de todas las especies en el planeta. Los combustibles fósiles generan la mayoría de los gases de efecto invernadero que calientan la capa de ozono y los mares. Los combustibles que se usan, cada vez más, para traernos, uno a uno, nuestra compra online a la puerta de casa. Para coger ese Ryanair gracias al que nos sacamos una foto desayunando en Ibiza y traemos a los guiris a Sanxenxo la semana que viene. Para comprarnos el bikini de ASOS. El egoísmo occidental divide el mundo el mundo entre los ciegos que no ven más allá de las pantallas de su ordenador y los que ya lo han visto todo. “Y dice que fue de repente, Sí, doctor, Como una luz que se apaga, más bien como una luz que se enciende”. Quizá, si se hundiese Manhattan lo entenderíamos.  “Aquel hombre no debía estar ciego, pensó, olvidando por unos instantes que él también lo estaba”. Saramago ya lo había visto todo.

 

*Artículo publicado en A Revista de Diario de Pontevedra el 15/07/2017