Las piernas corrían escaleras arriba a la primera llamada del timbre. Permanecía fijada en la primera fila, los ojos bien abiertos, la mesa en la orilla de la zona permitida. Estaba siempre atenta a la mínima posibilidad de saltar al encerado; la dosis diaria de adrenalina. Llevaba fatal la impuntualidad del profesor. Desde aquella mesa marrón que después fue verde, levantaba la mano constantemente y me ponía de pie para intervenir en todo tipo de cuestiones, dudas o debates, me incumbiesen o no. Todos los maestros me conocían. Todos los niños querían hacer equipo conmigo. “Que hable Diana”. Lourdes le decía a mi madre que incluso el fin de semana mi voz aguda y chillona seguía atravesada en su cerebro mientras se dedicaba a la vendimia en Ribadumia, y el Barros suplicaba en alto “Alguien que no sea Diana, por favor”.

La repelente.

Llegó el instituto y llegaron los problema gástricos. Las piernas ya no corrían igual. La campana sonaba y yo luchaba cada vez menos por encabezar el tumulto. Demasiada gente. Empecé Tercero en la primera fila. En Cuarto estaba a mitad de clase. Acabé el Bachillerato escondida entre las últimas mesas. La exposición pública se convirtió en la radiografía de mi miedo. Los retortijones atravesaban mi cuerpo si se avenía una presentación en clase. Que hable otro. Pasar por delante del chico que me gustaba y de sus amigos me llevaba directa al baño. Mariposas en el estómago y puñaladas en el intestino. En aquella época empezaron los ataques de tos nerviosa que era incapaz de controlar y que me sacaban de clase en los momentos en los que no se podía salir. En varios exámenes justo después de que se cerrase la puerta. Empecé a sentirme ridícula y a cuestionarme todo el rato. Empecé a sentirme tonta.

En la universidad fueron contadas las ocasiones en que me situé en la primera fila y huí de todas las convocatorias como delegada o representante estudiantil. Jamás quise presentar ni anunciar nada para mis compañeros. Me sentaba en los extremos de las mesas de arriba, cerca de las salidas traseras. Apenas me enfrenté un par de veces al profesor en un despacho. Nadie me conocía. Un día me pillaron con los apuntes debajo de la mesa y el profesor me hizo recitar mi nombre y apellidos en alto mientras reconocía mi delito. El suicidio público.

Empecé a coquetear con los ansiolíticos para poder superar las pruebas de radio y televisión.

Se te pasará.

Me dieron un trabajo como presentadora de televisión y lo acepté entre resignada y valiente, creyendo en que una terapia de choque me curaría. Aguanté cinco meses creyendo morir en directo cada vez que el piloto rojo se encendía y me quedaba sola frente a los espectadores, ante cientos de ojos observándome. Acabé mi último programa al borde del desmayo.

Nunca más.

No sé si fue antes la ansiedad o el temor al ridículo. La agorafobia o el terror a sentirse observada. Los ataques de pánico o el pavor a las críticas.

Cuando empecé a escribir aprendí a convivir con el insulto gratuito. La pantalla me protegía de los demás. El ego, caprichoso, nunca muere.

A pocos días de un acontecimiento importante, sigo pensando en los demás, los que no son los míos, los otros. En cualquier opinión que pueda destruirme. En volver a sentirme abochornada como el día en que tuve que confesar delante de toda la clase que tenía los apuntes debajo de la mesa, como el día que escapé del chico que me gustaba por irme corriendo al baño mientras fingía un arrebato de dignidad. El día que él decidió que ya no quería ser mi novio. Era una tonta.

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El dato

Las niñas aprenden a subestimar su género desde los 6 años

La evitación de la exposición pública y las inseguridades femeninas en la oratoria no son gratuitas. Las mujeres nos sentimos mucho más cuestionadas en factores ajenos al contenido de nuestras reflexiones (físico, ropa, timbre de voz, sudoración) y, además, la falta de referentes femeninos en diversos campos nos hace dudar de nuestras capacidades. Según un estudio de la revista Science las niñas de más de 6 años de edad se creen más tontas que sus compañeros a pesar de sacar mejores notas (en todas las materias), y tienen menos probabilidades que los niños de creer que las compañeras de su mismo género son “realmente, realmente inteligentes”. También a la edad de 6 años, las niñas empiezan a suprimir las actividades que se dice que son para los niños que son “realmente, realmente inteligente”. Estos descubrimientos sugieren que las nociones de genio de brillantez se adquieren temprano y tienen un efecto inmediato en los intereses de los infantes y en su futuro laboral.

 

*Artículo publicado en Diario de Pontevedra el 1/04/2017