Cuando a los 14 años enfermé de anorexia nerviosa no sabía lo afortunada que era por vivir en una época libre de redes sociales. La búsqueda de la aprobación –y el estrés derivado de ello- se limitaba entonces a mi círculo más cercano, básicamente compañeros de instituto y algunos amigos que veía los fines de semana. No podía hacerme fotos cada día para subir a una red social y sentir los aplausos de admiración de otras adolescentes carentes de autoestima, así que me conformaba con apuntar mis kilos perdidos en una libreta, junto a una tabla de ejercicios que llegaba a practicar hasta metida en cama. Las pocas fotos que me sacaban me daban auténtico asco, no podía mirarme antes de revelarlas, no podía ensayar la pose, ni practicar una mirada penetrante. Daba igual, las fotos reveladas estaban condenadas al álbum familiar o al corcho de la habitación. Con suerte, las verían mis mejores amigas el día que se quedasen en casa. Eran un recuerdo familiar que en aquella época (y durante los cuatro años siguientes) desbordaban tristeza. No hay nada de cool, ni de feliz, ni admirable, en una adolescente enferma y deprimida. Las únicas chicas que admiraban mi esfuerzo y fuerza de voluntad eran otras pacientes de la Unidade de Trastornos de la Alimentación de Santiago de Compostela. Chicas enfermas, verdaderamente enfermas, buscando aprobación social.

Essena O´Neill es una chica autraliana de 19 años que hasta hace unos días acumulaba las siguientes cifras de seguidores en redes sociales: más de 500.000 en Instagram, más de 250.000 seguidores en Youtube, otros tantos en Tumblr y unos 60.000 en Snapchat. Una auténtica social media star que vivía por y para los followers y los likes y ganaba cantidades nada despreciables por cada foto compartida (unos 1000 dólares) o por cada video subido a youtube (más de 2000). Una modelo de medidas espectaculares y apariencia angelical, que se hizo rica a costa de convertir su imagen en pornografía de las redes sociales desde que tenía 12 años, y que acaba de confesar haber padecido importantes problemas de autoestima, desórdenes alimentarios y obsesión con el deporte con el objeto de “gustar a los demás”.

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Una de las fotografías en las que Essena modificó el texto antes de cerrar su cuenta de Instagram.

Pero la noticia es otra: “La estrella de Instagram Essena O´neill abandona las redes sociales”. ¿Cómo puede hacer eso? ¡Señor, es una estrella de Instagram! El concepto “estrella de Instagram” me produce semejantes arcadas que me propongo a mí misma como candidata para dar un par de bofetadas con la mano abierta a cada seguidor convencido de que está admirando a una verdadera estrella. Sí, ya sé, quizá ésta sea una estrategia de marketing de la australiana para ser todavía más conocida, pero, teorías conspiranoicas aparte, Essena es una de muchas. Y ejemplos patrios tenemos unos cuantos que no reproduciré para que los fans no denuncien mi blog como hicieron cuando se me ocurrió mentar la afición de Cri***** Ped***** por enseñar las bragas a propios y extraños .

Después de pasarse toda su adolescencia con una cámara delante de las narices y cientos de miles de fans que la seguían e idolatraban por su belleza, delgadez y estilo, Essena ha hablado de las perversas consecuencias de su adicción a las redes sociales: la obsesión por los likes y los followers, el estrés de chequeo constante o el miedo a la crítica. Y también de la mentira que se esconde detrás de las pantallas. Una de las frases que más repite en su página web lestbegamechangers.com es “es ridículo”. Todo es ridículo: jóvenes atrapados en las redes sociales admirando a otros que a su vez están más atrapados que ellos, viviendo a través de pantallas, fotografiando cada paso que dan pero sin tiempo para vivir experiencias. Una generación entera encerrada en vidas virtuales, cuya inspiración son chicas y chicos con fotos irreales salpicadas por filtros y retoques, en posturas mil y una vez ensayadas, creando la peligrosa ilusión de que la perfección existe y además, es posible conseguirla.

Me dan un poco igual los consejos que Essena imparte ahora sobre la meditación, el veganismo, la lectura y la creatividad. Ella es –o ha sido- una de las muchas piezas del tratamiento como objetos ornamentales de las adolescentes  que, cada vez más, claudican y se prestan a contribuir a este sistema de ultrasexualización de sus cuerpos sin ningún tipo de control. Apoyando esto, la industria de la moda y la belleza, grandes empresas beneficiarias vendiendo cremas, maquillajes y harapos que te harán estar así de guapa. Muchas “estrellas” sufren ciberbulliyng, acoso, son insultadas y amenazadas hasta con la violación y, sin embargo, no dejan de exponerse una y otra vez. No es engañéis: eso no es autoestima, el amor propio no requiere de miradas ajenas. A la vez, las menos afortunadas físicamente se lamentan de no tener esa cantidad de seguidores, ni un físico bonito que mostrar al público.

La obsesión también afecta a mujeres de otra edades. No tengo Instagram pero conozco unas cuantas páginas de famosas que son auténticas instastars. Mujeres que tienen mi edad o más, y que aparecen sin una sola arruga, ni un rastro de celulitis o una sola imperfección. Con 29 años y tras haber padecido un trastorno alimentario, conozco el precio de esa ilusión. Pero si hace 15 años yo hubiese tenido redes sociales, estoy segura de que habría caído y, mi obsesión, enfermiza entonces, lo sería todavía más. No puedo ni imaginarme el sufrimiento que me acarrearían las redes sociales, ni el tiempo que perdería arreglándome, preocupada por mi aspecto, obsesionada con los “me gusta” y viendo los perfiles de otras a las que envidiaría por su perfección. Cada crítica, por nimia que fuese, me deprimiría más y, muy probablemente, retrasaría mi recuperación (eso por no hablar de las páginas proanorexia y probulimia). La aprobación de los demás, antes limitada a unos pocos, se muestra ahora abierta a todos los psicópatas de internet, personas envidiosas, obsesos sexuales, pederastas, y gente mala en general.

Muchos recordamos que hasta hace no demasiado se podía beber alcohol con 16 años, y nos vendían tabaco a los 14 en el mismo sitio donde comprábamos gominolas. Entonces, alguien, con buen juicio, pensó que aquello era peligroso para la juventud y puso límites legales. Espero que no tardemos demasiado en preguntarnos cómo pudimos permitir que niñas de 12, 13, 15 ó 16 años compartiesen fotos semidesnudas a todo el planeta.

  • anonimo

    Y ahora después de leer todo esto yo me pregunto.. Acaso en la era de los videojuegos no había también personas que llevaban su afición al extremo? Porque casos de chicos que llegaban a su casa y se ponían a jugar con la Nintendo o con la Gameboy eran una locura. Yo recuerdo (ahora me río pero en ese momento me quedé fría) a un vecino que estampó la Gameboy contra el televisor porque no lograba pasar no me acuerdo que nivel.. Y no explotó la casa de milagro.
    Todos los excesos son malos. En cuanto a las redes sociales, usadas con sentido común son muy interesantes. Mis cuentas están privado, y los likes me dan lo mismo.. Subo una foto para que la vean gente que conozco , no el mundo.