Muchos de vosotros habréis visto el domingo el primer cara a cara televisado entre Albert Rivera y Pablo Iglesias. El bar El Tío Cuco, en Nou Barris (Barcelona), fue el escenario para el debate, con un Jordi Évole que ejerció de árbitro y sacó unos cuantos titulares. El primero, es que la conversación en si misma, se convirtió en líder de audiencia con más de un 25% de share y trendig topic en la noche del domingo, algo nada sencillo teniendo en cuenta que había una gala de Gran Hermano e Ylenia de Benidorm es más conocida en este país que la Pasionaria.

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Los jóvenes políticos de las nuevas formaciones llamadas a cambiar el panorama del bipartidismo español hablaron de sus propuestas acerca del paro, la corrupción, el IRPF, la edad de jubilación, los salarios mínimos, la inmigración y Cataluña, claro. Apenas una mención sobre las cuotas de las mujeres.

Nada más. Lo esperable. Lo de siempre.

Si se hubiesen leído bien los datos de paro y pobreza se habrían dado cuenta de que la mayor desigualdad social –por número de personas afectadas- recae, precisamente, sobre nosotras, pero ni Iglesias ni Rivera ni los guionistas del programa, o el propio conductor, se acordaron de mencionarnos. Ayer mismo, la revista Papel, publicaba unos datos preocupantes respecto a la situación de las mujeres en España. Soportamos tres puntos más de paro que los hombres (la segunda tasa de paro femenino más alta de Europa), cobramos un 24% menos, tenemos peores contratos –el 70% son temporales-, condiciones laborales penosas, y vivimos parapetadas bajo techos de cristal que nos impiden llegar a altos cargos. Ser mujer en España incrementa un 12% el riesgo de ser pobre.

Además, la crisis nos ha adherido todavía más a los tentáculos pegajosos del hogar. Digámoslo ya, el Estado del Bienestar con el que se les llena la boca, somos nosotras. Un Estado de Bienestar que no se mantendría sin el sacrifico de las mujeres y que funciona gracias a la red de cuidados a personas dependientes que sigue recayendo, cómo no, sobre los hombros de las sufridoras, como tan bien titula el suplemento de El Mundo. Tampoco hubo un solo minuto –a diferencia de esos de silencio con los que acaparan fotos y portadas- para la violencia machista, aunque este año acumulemos ya 40 asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas. Un total de 800 desde que se empezaron a recoger datos oficiales, en 2003. La inversión en la lucha contra el terrorismo machista se ha visto mermada un 26% en cinco años, pero nuestros nuevos políticos están demasiado ocupados hablando de cosas de hombres.

Los dos varones llamados a renovar el país no hablaron tampoco de las ayudas a la maternidad, ni las mal llamadas Políticas de Conciliación, ni tocaron el tema del aborto en las menores de edad, ese detalle que nos encasquetó el gobierno del PP después de la retirada de la Ley de Protección del Concebido y de los derechos de la Mujer Embarazada.

Antes de poner el debate de la Sexta, también vi la previsión del tiempo en la Televisión de Galicia, que anunciaba más de 20 grados de máximas para Pontevedra a lo largo de toda la semana. 20 grados en Galicia, a mediados de octubre, y después de un fin de semana de completo bochorno con noches igual de calurosas a las de agosto. El adelanto del programa electoral de los nuevos políticos me ha dejado con la duda de que alguno de ellos contemple planes específicos para reducir emisiones y gestionar eficientemente los recursos ecológicos, cumplir los tratados medioambientales y promover y facilitar el uso de energías limpias. Ni el entrevistador ni los entrevistados, hicieron mención alguna el cambio climático, el mayor reto de la humanidad en este siglo, que golpeará fuertemente a España, y que ya está cambiando nuestro paisaje geográfico, agrícola y demográfico.

En relación a las mujeres, al cuidado del medio ambiente y a la propia economía, la semana pasada se cumplieron cuatro años de la entrada en vigor de Ley de Titularidad Compartida de las Explotaciones Agrarias, cuyo nulo impulso y promoción por parte de las administraciones, se traduce en un incremento de 136 mujeres copropietarias desde 2011. Para que os hagáis una idea de lo bochornoso de la cifra la ley esperaba beneficiar a unas 30.000 mujeres del campo. ¿El resultado? Más del 70% de la propiedad de las tierras sigue recayendo en los hombres, aunque el trabajo se reparta en los dos cónyuges por igual. El 43% del trabajo no retribuido en el campo le toca a las mujeres. Mujeres que se pasan toda la vida cuidando las tierras y los animales, además de la casa, los niños y los ancianos y que cotizan, exactamente, cero euros por su labor. No aparecen tampoco en las estadísticas de paro y, por supuesto, dependen económicamente de su maridos. Son cosas de chicas.

Rosa Montero publicaba el otro día en El País un artículo titulado “Una granja en el Ártico” y que, a pesar de su innegable interés, no recomiendo a corazones frágiles. Montero, citaba, a su vez, un artículo de Teguayco Pinto que señala que el cambio climático ha sido uno de los factores determinantes en el desarrollo de la guerra y posterior migración en Siria. “Científicos de la Universidad de California, demostraron cómo cinco años de sequía habían acabado con casi el 60% de la agricultura y matado a más del 80% del ganado en la región del Creciente Fértil del norte de Siria. Este colapso y la mala gestión de los gobernantes provocaron una migración de más de millón y medio de habitantes del campo a las ciudades y, a raíz de eso, conflictos y levantamientos que cristalizaron en una guerra. Los refugiados, en fin, no han hecho más que empezar.” La periodista nos traslada la escalofriante realidad: este mes de agosto ha sido el más caluroso en toda la Tierra desde que se guardan los registros. El anterior, fue el año pasado. Aunque no nos lo queremos creer, lo de la granja en el ártico es más una realidad plausible que ciencia ficción. ¿Pero de verdad a alguien le importa el aumento de las temperaturas, la desertización de la tierra, la polución en las grandes ciudades, la subida del nivel del mar o los desastres ecológicos? No seáis histéricas, eso son cosas de chicas.

El cambio climático no vende. Las mujeres no vendemos. A nadie le preocupa nuestra casa, ni las cuidadoras de la misma. No estamos en la agenda política, ni en las tertulias televisivas. Nos matan, y no protestamos. La tierra y la mujer. Hogar y patria destruidas. Pero ellos están demasiado ocupados hablando de cosas de hombres.
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