La tripe R –o triple resaca-, es como el eje de la Segunda Guerra Mundial: una alianza del mal destinada a destruir al enemigo –en este caso uno mismo- a través de los nocivos efectos del alcohol, la nicotina y especialmente, los remordimientos.

Muchas personas sabemos lo que se siente con la tripe R. Aparece tras despertarse del coma posterior a una noche de alegría desmesurada y los síntomas varían según la persona y las mezclas: las náuseas –o el vómito-, el dolor de cabeza agudo que no se va ni con dos ibuprofenos de los buenos (el Espidifen que compra tu madre y cuesta 6 veces más que el genérico que compras tú), el dolor muscular, articular, la tos, la dificultad para respirar, el escozor al miccionar, o la diarrea; aderezados con confusión mental, necesidad de abrazar gatitos, sentimiento de culpa, arrepentimiento y, en casos graves, ganas de volver con tu ex.

La tripe R no descansa nunca. Uno puede creerse tranquilo ese día que va a “tomar dos cañas y para casa” pero en cuanto se despiste, se encontrará a si mismo bebiéndose hasta el agua de los floreros y un par de horas después, se dispondrá a comprar una cajetilla tras haber agotado la del amigo que siempre fuma y, por tanto, compra.

Lo que hace que uno acabe inmerso en una noche/tarde/día de fiesta de desenfreno está en el punto de autocontrol que tenga para resistir las tentaciones. Pero no todos tenemos la misma fuerza de voluntad. Mi capacidad para luchar contra la tentación decae dramáticamente a medida que el alcohol sube en el torrente sanguíneo. La segunda 1906 es la medida de mi voluntad. A partir de ahí, todo lo que haya prometido el fin de semana anterior, incluido no volver a beber, fumar, ni, por supuesto, dejarme seducir, carecen de validez. Los seis días de manzanas ecológicas, gimnasio y meditación (lo de meditación es broma) se echan a perder en cuanto la frase maldita llega a mis oídos “tía, que hoy es sábado” (o viernes, o festivo, o día de verano, o de Semana Santa o ha venido la prima de Murcia de alguien). Soy una esclava de las tentaciones. Si yo hubiese estado en el paraíso le habría dado una hostia a Eva por dedicarse a comer una manzana (ecológica, claro) en lugar de al único tío del mundo.

Walter Mischel explica en su libro El Test de la Golosina, la capacidad que tenemos todos los humanos para aprender autocontrol y evitar posibles frustraciones y castigos autoimpuestos derivados de nuestra debilidad para RESISTIR las tentaciones. Así, conocemos el experimento que durante décadas llevó a cabo con niños a los que ofrecía golosinas y otras recompensas para que aguantasen las ganas de comer una golosina ya disponible, a la espera de más cantidad después.

Gummy Worms

Entre las estrategias que utilizaban los niños para frenar la impulsividad, estaban las de pensar en otras cosas que les interesaban, imaginar que ese dulce que tenían delante en realidad no existía y era una foto (“no es posible consumir una representación alucinatoria de un objeto deseado”), activar la parte “fría” y reflexiva del cerebro para analizar el objeto de deseo para hacerlo menos tentador (“es un trozo de goma rosa, con azúcar”, “es sólo un poco de papel prensado lleno de sustancias químicas” o “ese tío sigue siendo igual de imbécil que hace dos fines de semana”). También funciona pensar en caliente en otras cosas muy apetitosas “por no comerme esta golosina me darán tres mucho más ricas después”, “pasa de él, así fue como Angelina conquistó a Brad Pitt”. -Lo último no he podido contrastarlo-.

Otra manera de escapar del sistema caliente es imaginar cómo se comportaría otra persona, a poder ser inteligente, en tu situación. En mi caso, si me pongo a reflexionar acerca de lo que harían mis amigos con toda una noche de fiesta por delante el sistema no funciona. Y son inteligentes, algunos incluso han conseguido ganar dinero sin pegar palo al agua.

Pero la herramienta que mejor funciona son los planes de sí-entonces: “si no me bebo esta copa hoy, mañana podré levantarme temprano e ir a la playa sin resaca, dar un largo paseo y no pensar en que mi vida se esfumará por el váter en la próxima arcada”. Según Mischel, cuando utilizamos mucho este tipo de planes, el cuerpo los acaba interiorizando y saltan de forma automática sin que nos cueste nada. Es decir, es como si por arte de magia nos convirtiésemos en personas responsables y sensatas después de semanas sufriendo como perras en celo, para conseguir irnos después de la segunda caña.

El poder reside no sólo en el estímulo, sino en la idea que tenemos de él. Lo que quiere decir que si cambia nuestra idea sobre él, cambiará lo que sentimos y, por tanto, lo que hacemos. Súperfácilysencillo, ¿eh?

La cuestión clave es la siguiente: ¿hay algo mejor que dejarse llevar por los excesos de la carne y del alma? ¿Cuál es la recompensa a tamaño esfuerzo? Obviamente, el libro señala que las personas que desarrollan más autocontrol tienen menos “vicios y menos masa corporal” y probablemente más conexiones neuronales y una vida amorosa mucho más estable y equilibrada.

Y sí, sí, llega el día de la tripe resaca, y estás moribundo en ese sofá pensando que has echado a perder tu juventud por insensato, tú que lo tenías todo para ser feliz, y mírate ahora, con menos agilidad que Stephen Hawking en la maratón de Boston. Y te prometes a ti mismo y a todos tus conocidos e incluso a Dios -ahora eres creyente- que si sales de ésta, será la última vez que beberás o que encenderás un cigarro. Tu futuro se ha convertido en un acto de fe. ¡QUIERO VIVIR, SEÑOR, AYÚDAME! Puede que incluso lo pongas en Facebook (adorable mi amiga Luci en su intentona), como advertencia para que nadie te invite a tomar algo, porque tú eres como un enfermo que acaba de salir de Centro Reto y apelas a la responsabilidad ajena para evitar acabar enchufado a una máquina de diálisis con 35 años. Y el lunes vuelves al gimnasio y te comes TRES manzanas ecológicas y el martes haces piscina y el miércoles pilates.

Eres una persona nueva.

Pero entonces llega el jueves y ya te sientes como nuevo, Dios te ha ayudado, y, el cerebro, como cualquier organismo que pretenda sobrevivir, ha borrado los recuerdos malos y el arrepentimiento empieza dar paso el deseo de meterte en ese vestido a lo Ylenia en Gandía Shore, y saltar sobre la tarima más cercana –en mi caso, los saltos acaban francamente mal-. Y de repente, es sábado por la noche, verano, hay un festival de música, ha venido el primo de una amiga al que no ves desde el colegio y que ha desarrollado un físico agradable de ver, y en la tele echan Sálvame.

Tú no querías, pero una conjunción de astros se ha alineado para ofrecerte esa gominola tan difícil de rechazar. Una fuerza exógena te empuja a salir de casa. Porque, al fin y al cabo, sabes que no comerte hoy la gominola, no implicará que mañana tengas dos primos en tu cama.

Ya empezarás con el autocontrol a partir de septiembre. Que eres joven. O no. Coño.

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Haberte quedado en casa, putilla.
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