Mes: abril 2015

Ser hipocondríaco es gracioso

Hola, me llamo Diana y soy hipocondríaca. Con demasiada frecuencia tengo la manía de creer estar padeciendo una grave y mortal enfermedad, lo que provoca que pierda tiempo vital en preocuparme por problemas que todavía no tengo. Todavía. Porque para un hipocondríaco el futuro es ése lugar en donde los horas se agotan dramáticamente mientras tu circuito vital se apaga al ritmo de una sonda por no haber sabido reconocer los síntomas del MAL a tiempo.

El problema básico del hipocondríaco es que tiene el oído demasiado desarrollado, pero hacia dentro. Me explico. Eso que recomiendan los médicos de escuchar a tu cuerpo, en mi caso es como estar metida en medio de las fallas con la caloret apretando y los petardos saltando por los aires a cada paso que doy. La relación de mi ansiedad con la hipocondría viene a ser algo similar a la de la gallina y con el huevo: qué más da quién haya sido cagado antes.

La cantidad de enfermedades que me he autodiagnosticado –con sus síntomas perfectamente estudiados y somatizados- me convierten, de facto (y de urgencias), en una especie de predicadora del sufrimiento y en una estudiosa de los últimos avances en Medicina, por lo que no descarto que la Facultade de Medicina de Santiago de Compostela decida hacerme Doctora Honoris Causa un día de estos.

La colección de mis enfermedades a lo largo de los últimos quince años ha sido extensa y variada. Muchas de ellas están directamente relacionadas con las desagradables sensaciones propias de un trastorno de ansiedad con crisis de pánico: infarto de miocardio, angina de pecho, ictus, trombo que empieza en un dedo menique para acabar colapsando dios sabe qué arteria, parálisis facial, posible infarto intestinal por diarrea o estreñimiento, ahogamiento espontáneo, simulación de desmayos con posibilidad de empotrarse con el coche o ser atropellada por un kamikaze, y muerte súbita. A veces me pasan cosas peores como rigidez muscular o calambres que me anuncian a gritos que estoy padeciendo una enfermedad neurodegenerativa como esclerosis múltiple, síndrome neuroléptico o cosillas menores como un parkinson juvenil o una insuficiencia renal aguda.

hipocondríaco
Si quieres acabarte esa copa, ni se te ocurra decirle a tu amigo que tiene mala cara.

Mis dolores musculares constantes, asociados a mi ansiedad y a alguna lesión deportiva –que sí tengo- consiguieron que me diagnosticasen fibromialgia con 21 años y me sacasen de una patada en el culo del hospital. Por supuesto, ahí empezó mi periplo hasta que conseguí que otros médicos me desdiagnosticasen esa “horrible enfermedad” para asegurarme que lo que yo tenía era espina bífida oculta y un trastorno inflamatorio en las articulaciones que prefiero no recordar. El hipocondríaco es un ser avaricioso: nunca está contento con lo que tiene.

El mundo globalizado no contribuye al descanso de la retorcida mente del hipocondríaco, que cree tener el poder de contagiarse de todo cuanto agente patógeno circule por el planeta tierra. Así es que yo, preventiva donde las haya, fui la primera mujer en vacunarme del virus del papiloma humano en mi ayuntamiento mientras el señor practicante me preguntaba para qué servían y cómo se ponían las inyecciones. Estaba muy contenta con mi inversión de 450 euros para preservar la salud de mi cuello uterino, hasta que me enteré de que la vacuna no cubría todas las cepas y, mucho peor, que existía un síndrome asociado a la vacuna que me podría matar de un momento a otro (sigo esperando, aunque yo me la haya puesto hace más de seis años).

Por supuesto, y aunque soy estricta en mis contactos sexuales, tuve que descartar una infección por VIH con un test en un centro especializado después de que me preguntasen amablemente si me dedicaba a la prostitución o me picaba heroína. Y todo porque la analítica completa de sangre que le pido a mi médico de cabecera cada seis meses, no incluye la serología. Ir a tu centro médico y pedirle al tipo que te pregunta cómo están tus padres que te haga la prueba del sida, es de todo menos discreto.

Este año, con el SIDA y el VPH descartados, aparecieron en mí unos síntomas similares a un brote tuberculoso y el médico no tuvo reparos en pedirme una prueba de infecciosas que incluía la diagnosis del ébola. Sólo decir la palabra y aparecieron ante mis ojos llagas sangrantes como si fuese yo el mismísimo Jesucristo atravesado por estacas viviendo mi muerte en slow motion. Tampoco tenía la tuberculosis. He de reconocer que es la tercera vez que me hacen la prueba en cinco años. De tanto tentar, ya verás tú.

Enfermedades infecciosas, neurodegenerativas o fallos múltiples y súbitos del sistema orgánico, se unen en mi cabeza a la posibilidad diaria de padecer cáncer de ALGO. He tenido síntomas sospechosos de traer un tumor maligno en cada centímetro de mi cuerpo y he hecho cábalas con la posibilidad de que mi endeble sistema inmune (estudio mis analíticas con detenimiento y google chrome a mano) sea atacado por un ejército de células cancerosas que me lleven a la tumba antes de que pueda ver mi nombre en los créditos de mi primera película y pueda decir aquello de que dedico el premio a mi perro Coco y al resto de miembros de mi familia.

No sólo de enfermedades vive la hipocondría. Yo, además, tengo la manía de embarazarme. Con el dinero que llevo gastado en tests de embarazos mi hijo habría estudiado en Harvard. Tal es mi obsesión –pánico- de quedarme embarazada que soy la única persona que conozco que llegó a hacerse una prueba siendo virgen. Sí, probablemente es lo más humillante que he hecho nunca. Tenía 16 años y no había Wikipedia, cabrones. Cuando se me retrasó la regla después de aquel novio me hubiese tocado las partes bajas tras haberse tocado las suyas propias, se abrió ante mí la posibilidad de que un espermatozoide oculto bajo la uña de su dedo anular consiguiese llegar a mi óvulo y anidar allí un indeseado hijo. Para que os quedéis tranquilos, el resultado fue negativo.

El mejor antídoto del que me ha dotado la naturaleza para luchar contra mis miedos y mis demonios es el sentido del humor. Así que si tenéis hipocondría, o estáis cerca de alguien que la padezca, intentad reíros de las absurdas situaciones a las que os veréis abocados como visitar una sala de urgencias el día de la boda de un hermano por una apendicitis convertida en fulminante peritonitis. Porque la verdad, ser hipocondriaco, aparte de una putada, tiene bastante gracia.

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Nuestros coños, sus votos

España es ese lugar en donde desde hace algún tiempo se ha cambiado el sentido de las agujas del reloj y Cuéntame cómo Pasó es ahora un reality contemporáneo en el que los derechos sociales no se conquistan, sino que se pierden cada día ante el cansancio de los que están demasiado ocupados buscándose el pan y el pasmo de los que creíamos que hay cosas que de sagradas, no se tocan.

Nuestros coños son sagrados, aunque vuestra Biblia se haya olvidado de ellos.

Con el Partido Popular en la Moncloa podemos enseñar a nuestros hijos cómo son y cómo funcionan los gobernantes sádicos y sin escrúpulos de la era del plasma y el mundo 3.0. Tenemos planes educativos que no educan, pero atormentan. La moral católica ensalzando la culpa y pervirtiendo el significado de la palabra ética. Y machistas, misóginos, y cerdos ignorantes que legislan hoy sobre el cuerpo y el destino de las mujeres, olvidando que somos la mitad y que nos sobran agallas para echarlos. Pobres hombres que os escondéis detrás de una cobarde votación parlamentaria; aunque algunos parezcáis mujeres, no lo sois. No merecéis serlo.

Nuestros coños, sus votos

La absurda e innecesaria ley a la que pretendéis someter a las jóvenes de 16 y 17 años para que informen a sus padres o tutores en caso de querer abortar, no está avalada por justificación médica, ética o económica alguna. En España, casi 9 de cada 10 de esas chicas ya informan a sus padres para interrumpir un embarazo no deseado sin que nadie las obligue. El 13 por ciento restante, no lo hace porque vive situaciones de violencia familiar, desarraigo y puro miedo. No lo hacen porque hacerlo complicaría todavía más su precaria situación. Gracias por no protegerlas.

Obligarlas a tener que enfrentarse a una situación que pone en riesgo su salud física y emocional y que compromete su futuro de por vida, no tiene otra definición que la de hijoputismo y machismo apestoso. Cito textualmente el comunicado del Movimiento Feminista de Madrid que comparto al cien por cien: “La implantación de esta contrarreforma supondría el incumplimiento de los tratados internacionales que España ha firmado y ratificado y que obligan a los gobiernos a garantizar la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres”. El aborto y la protección de la infancia todavía son derechos en esta república del terror que queréis imponer.

En lugar de prevenir este tipo de embarazos con planes de educación sexual y proteger a las chicas que quieran abortar para que lo hagan en las condiciones sanitarias y emocionales seguras, el Gobierno del PP nos sorprende una vez más y promueve (música de trompetas) la maternidad low cost. Se trata de una modalidad de maternidad que los expertos consideran peligrosa para la madre, el hijo y el conjunto de la sociedad, pero que hace ganar unos miles de votos de la ultraderecha católica que mantiene al Partido Popular cómodamente asentado en su mayoría absoluta, mientras la izquierda de este país se divide como las cuentas bancarias de Rodrigo Rato, y la Iglesia mantiene sus privilegios medievales.

Estadísticamente, está demostrado que los hijos nacidos de madres adolescentes aumentan sus posibilidades de padecer enfermedades físicas y mentales por el desarrollo incompleto de la madre (mayor riesgo de muerte intrauterina, bajo peso, prematuridad, mayor incidencia de enfermedades cardiológicas, mayor riesgo de sufrir accidentes por una falta de cuidados adecuada), multiplican las probabilidades de fracasar en la escuela y de ser excluidos socialmente y de convertirse en padres adolescentes como sus progenitores, y, tanto ellos, como sus jóvenes madres, corren el riesgo de entrar en una espiral interminable de pobreza. Exigir la autorización de los padres puede aumentar el estrés, la depresión, los intentos suicidas, el retraso y las complicaciones en el aborto y el florecimiento de abortos ilegales. La muerte materna durante el parto en menores de 18 años es hasta cinco veces mayor que en el caso de las adultas. Por no hablar de los casos de placenta previa, hipertensión, anemia grave, rotura prematura de aguas y una mayor dificultad en el parto.

Que me disculpen los policías de la moral pero no veo absolutamente ningún beneficio social en el incremento de la maternidad en adolescentes. Ni uno solo. Promover (sí, obstaculizar los abortos deseados, es lo mismo que promover los embarazos no deseados) la maternidad en chicas que no están formadas física ni intelectualmente es una falta de responsabilidad y una trasgresión a los derechos de confidencialidad y autonomía que viola los principios bioéticos más elementales. De hecho, permitir que las adolescentes tengan hijos –aún siendo deseados- me parece bastante más peligroso que lo contrario. Llamadme asesina, pero yo también tuve 16 años. Lo que una chica piensa a los 16 ó 17 años está directamente relacionado con la crisis propia de la edad, el torbellino de hormonas que recorren su cuerpo, los amores eternos que duran dos meses, la aceptación social, la necesidad de sentirse importante o de tener alguien a quien querer, las idealizaciones constantes, las etapas depresivas y las ganas de llamar la atención. Se llama adolescencia y, creedme, no es el mejor momento para ser madre.

pregnant

Las madres adolescentes que conozco han tenido una vida de mierda. Antes de que alguien me cuelgue le video de la maravillosa vida de la niña-madre, os voy a contar lo que yo vi con mis ojos. Una compañera de colegio se quedó embarazada a los 15 años y a los 17, ya tenía dos hijos, de padres diferentes. Abandonó los estudios antes de llegar al instituto y consumía drogas embarazada. Mientras yo me debatía entre pintarme el pelo de rosa o de morado, ella buscaba trabajo de camarera en algún pub para mantener a sus hijos. Otra chica del colegio también tenía dos hijos cuando le perdí la pista, hará unos diez años. Los criaba sola con ayuda de su madre, porque el padre no se hizo responsable. Empezó a trabajar en el negocio familiar, cuando yo todavía estaba en el instituto. La última madre adolescente a la que conocí, sí estaba con el padre de su hijo, que la maltrataba. En mi primer año de universidad, cuando me preocupaba por no dejar asignaturas para septiembre que me fastidiasen el verano y preparaba el trabajo de fin de curso entre salidas y fiestas de Erasmus, ella lloraba porque su pareja le pegaba y no podía dejarlo: no tenía cómo mantener a su hijo y no quería volver a casa de sus padres para que no la viesen como una fracasada. Sé que después de dejarlo varias veces con aquel energúmeno, finalmente, se casó. Esta semana volví a cruzármela, y, al menos, tiene un hijo más: salía de la guardería. Ser madre adolescente multiplica las posibilidades de tener varios hijos. La pobreza llama a la pobreza.

¿Y qué pasa con los chicos? ¿Quién les exige a ellos que informen a sus padres de que han dejado embarazada a una chica? ¿Son ellos conscientes de las consecuencias de sus actos cuando deciden tener sexo sin protección? ¿Alguien tiene en cuenta las presiones –para tener un hijo o para abortar- a las que someten a sus parejas? La realidad es que tener pene los libra de cualquier tipo de responsabilidad ante la Ley, sus padres y Dios. Me temo que la insolvencia a la que se acogerán en caso de reconocer a sus hijos, les evitará tener que hacerse también cargo de ellos si les sale de los cojones. Ellos podrán seguir con sus estudios y sus nuevas novias, mientras la chica a la que han embarazado hipoteca su futuro por un hijo no deseado que un gobierno inútil le obliga a tener. Bienaventurados los que creéis que el Partido Popular promueve la igualdad porque vuestro será el reino de la imbecilidad eterna.

Las mujeres estamos hartas de tutores y padres de la moral, hartas de pedir perdón, hartas de agachar la cabeza y sentir vergüenza, hartas de escondernos para complacer a los demás. Hartas de cargar con el castigo, hartas de no poder disponer de nuestros cuerpos y hartas, muy hartas, de que legisladores insensatos jueguen con nuestras libertades por un puñado de votos.

Dejad de meteros en nuestros coños, porque aparte de parir, también saben ir a las urnas.

Enfadada e Indignada defiende sus derechos

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#ImNoAngel y la p*** corrección política

Desde que las redes sociales tienen el poder de convertir cualquier comentario bienintencionado –o simplemente, honesto- en un potente y exponencial cementerio de reputación social (“eres del PP, eres del PSOE, eres de Podemos, eres racista, eres fascista, eres homófobo, eres nacionalista, eres facha, odias a los gordos y BLABLABLÁ”), la gente se ha vuelto francamente GILIPOLLAS.

Primero y fundamental, #Imnoangel es una campaña publicitaria de una marca de ropa. No es el anuncio de una ONG, ni de ninguna organización sanitaria altruista que busque el bien común. Por lo tanto, como cualquier campaña publicitaria de una empresa privada, su cometido es, básicamente, vender sus productos. De manera paralela a este objetivo principal, está el de crear marca y que se hable de ellos. Exactamente lo mismo que la firma a la que critican velada y reiteradamente: Victoria Secret.

Hasta aquí muy lícito todo.

La firma en cuestión, Lane Bryant, vende lencería de tallas grandes (en su web lo pone muy claramente: Plus Size Clothing), y, por tanto, utiliza a modelos de tallas grandes en sus campañas. Las “mujeres reales” a las que se refiere toda la prensa estos días, basándose en dicha campaña, son mujeres con sobrepeso. O lo que es lo mismo, están por encima del peso que deberían de tener en relación a su talla. Esto es así. Y yo lo siento. Tener sobrepeso no es un delito, la campaña es muy bonita y espero que haga sentir bien a un montón de mujeres. Tal y como ha funcionado en Internet, sobra decir que ha conseguido su objetivo publicitario con creces.

#ImNoAngel

Por otra parte, las chicas que salen siguen siendo guapas y el lema repetido una y otra vez no difiere en absoluto de lo que nos dice la marca de los ángeles: sé sexy. Ante todo. Sé sexy, pon morritos y luce tu cuerpo. (El objetivo, como siempre, es convertirse en un ente deseable sexualmente).

Supongo que intentan transmitir la idea de que la belleza es una actitud, cosa bastante cierta; pero no menos cierto es que la belleza es de las cosas más subjetivas que hay, por eso mi abuelo estaba obsesionado con las tetas grandes que yo no tengo, y mis amigas y yo no acostumbramos a ligarnos a los mismos chicos a pesar de que las posibilidades que ofrece Pontevedra son como para abandonarse al terreno mancomunado.

No nos rasgamos las vestiduras para decir que alguien es bajito (mi caso) o muy alto; sin embargo, nos hemos vuelto tan correctos, tan cínicos y tan chupiguays todos, que decir públicamente que un niño está gordo o que una modelo tiene sobrepeso te lleva al mismo lugar en el escalafón social que el violador del espantapájaros. “Es un niño”, “Está preciosa, tiene curvas, no como las otras muertas de hambre”, “Estás loca”. Y, la que me toca mucho la moral, “están sanos”, como si viviéramos en el puñetero siglo XIX y ver a alguien lleno fuese síntoma de salud y riqueza. El niño es gordo, la modelo tiene sobrepeso y si la ciencia no miente, ambos tendrán más posibilidades de contraer enfermedades coronarias, diabetes y ciertos tipos de cáncer que una persona en su peso.

Anuncios aparte, el hecho objetivo e incuestionable es que la obesidad es una pandemia en el mundo occidental que provoca más enfermedades y mortandad que la anorexia – cuya promoción publicitaria todos criticamos fervientemente-, el tabaquismo o el alcoholismo –cuya publicidad ya está prohibida- y cualquier otro “ismo”. En 2015, 1500 millones de adultos serán obesos. MIL QUINIENTOS MILLONES. No hay más que fijarse en los niños por la calle: están mucho más gordos que hace 20 años. Sin paliativos.

No nos engañemos. Los gordos no son la excepción. La sociedad occidental está sobrealimentada y, sin ir más lejos, la mitad de los españoles adultos tienen sobrepeso a día de hoy. Los ciudadanos están sometidos día y noche a anuncios de jugosos alimentos de fast food y los centros comerciales son parques de atracciones para el apetito.

En esta dictadura que duele reconocer, la publicidad se encarga de crear insatisfacción personal y frustraciones completamente necesarias para que los vendedores de motos sigan cebando nuestros estómagos y nuestros cerebros con distracciones que cuestan dinero: clínicas de estética invasiva y no invasiva, tratamientos adelgazantes, productos homeopáticos, cremas anticelulíticas, gimnasios, centros wellness, centros de dietética, ropa deportiva, complementos para hacer running, comida 0% y orgánica, ropa que hace que parezcas más delgado… Y si no lo consigues, mejor: más comida, más tallas grandes, más publicidad, más frustración y, en definitiva, más negocio.

No pretendo dar lecciones de moralidad: fumo y bebo esporádicamente, y estoy habitualmente tan ansiosa que unos kilos de más serían bastante más sanos que el nivel de estrés al que someto a mi cuerpo constantemente. Entiendo que haya personas que crean que un cuerpo esbelto y trabajado (no es mi caso) puede ser sinónimo de imbecilidad profunda: no hay más que encender la tele. Pero aún así pretendo poder expresar mis opiniones sin que me traten como una delgada-hijadeputaamargada o una persona superficial. Ser gordo no te hace más libre, ni más listo. Decir que ser delgado es estar bajo el yugo de los parámetros de la sociedad de consumo, es lo mismo que pensar que unos kilos de más te convertirán automáticamente en una persona alternativa, íntegra y feliz. La sociedad de consumo vive parasitando los estómagos de sus ciudadanos: Coca-Cola, Nestlè, McDonald´s o PepsiCo invierten cifras astronómicas en publicidad cada año. Infinitamente más que ninguna marca de ropa.

Lane Bryant ha conseguido viralizar un eslogan, el de #imnoangel con el que estoy de acuerdo: las mujeres no somos ángeles. Pero tengo presente que el botecito de felicidad publicitario, va asociado a una marca cuyo negocio es vender ropa a chicas con sobrepeso.

Ya sabemos que el prototipo de Victoria Secret es irreal, peligroso y no representa a la población femenina. ¿Pero de verdad es el de Lane Bryant el correcto?

Dicho esto, me voy con mi metro y medio a otra parte.