El trastorno de ansiedad tiene un puntito romántico que sólo los entendidos en la materia alcanzamos a comprender. La lucha constante contra los miedos que atenazan al ansioso ha sido fuente de inspiración para múltiples artistas atormentados, propensos a la melancolía y con cierta inclinación hacia las sustancias ilegales. Resulta entonces que si un pobre acongojado quiere sonreír de vez en cuando sólo tiene que pensar que es un ser especial, un iluminado con capacidad para crear obras de arte que trasciendan los siglos. Un Van Gohg, un Kurt Cobain, un Antonio Vega, un suicida en potencia un tío guay. Lo definió muy bien uno de los múltiples terapeutas con los que me topé a lo largo de 11 años de suplicio ansioso: “tú lo que tienes es mucho mundo interior”.

La verdad, capacidades creativas e imaginativas aparte, es que la ansiedad es una mierda. Una mierda que consume gran parte de nuestras energías, nuestro tiempo, y también de nuestro dinero. Sin embargo, una vez que uno asume que de ansiedad no se va a morir, pero que se va a morir con ansiedad, se puede llegar incluso a disfrutar de la montaña rusa del descontrol y los ataques de pánico.

Ansiedad

 

Para ello es básico una alta dosis de SENTIDO DEL HUMOR y empeñarse en seguir viviendo con normalidad. En mi caso, puedo aseguraros que jamás me cogí ninguna baja ni falté un día al trabajo, ni tampoco perdí entrevista alguna o un viaje de ocio por tener ansiedad. Y a veces tengo más que Rose pensando que Jack podría subirse a la tabla en cualquier momento.

Hay que tener en cuenta que lo bonito de la ansiedad siempre se disfruta con posterioridad a una crisis. Es como las mejores jugadas en un partido de fútbol: sólo se aprecian en diferido. Por ejemplo, recuerdo aquel día en el abarrotado auditorio de la Facultade de Químicas de Santiago de Compostela escuchando una conferencia sobre…?¿?¿ sobre algo para sacarse créditos de libre configuración, cuando sentí la llamada del pánico. Como estaba en la parte más alta del paraninfo tenía que atravesar una multitud de 400 personas (escaleras incluidas, con mi mareo), así que decidí evacuar la sala por las puertas de emergencia superiores. Para mi desgracia, las puertas de emergencia estaban cerradas con llave (muy lógico todo) y no había absolutamente nadie que pudiese abrirlas. Llegué a tal nivel de osvoyamataratodos que clavé los ojos en mi compañera de piso y le dije que, o me sacaba de allí, o empezaba a gritar como Bea la Legionaria. Debí parecer muy convincente porque mi compañera se levantó, bajó todo el auditorio y PARALIZÓ LA CONFERENCIA para decirle al ponente guiri que su amiga necesitaba abandonar la sala y que, por favor, nos abriesen la puerta. Después de un ratito volví a entrar y conseguí mis merecidos créditos en Química Avanzada.

Y es que buscar víctimas siempre se me ha dado bien. Todas mis parejas y amigos han vivido alguno de mis episodios de ansiedad (o al menos les he hablado larga y cansinamente del tema) de lo contrario, no pueden considerarse importantes. La ansiedad es ya para mí como una hija adolescente: me molesta con sus gilipolleces y llamadas de atención, pero nos parecemos tanto y he consumido tantas horas intentando comprenderla que me daría penica vivir sin ella.

Además de los sitios cerrados –el auditorio, un cine, la cola del súper o una iglesia en misa de domingo – la ansiedad suele manifestarse en absolutamente todos los medios de locomoción: trenes, metros, autobuses, aviones y coches se llevan la palma. Sería imposible contabilizar la cantidad de veces que LA MUERTE se me apareció en medio de carreteras oscuras. Imaginaos a una pobre ansiosa conduciendo con una bolsa del Carrefour en la boca enganchada por las asas a las orejas, mientras cuenta 1-2-3-4 en bucle y realiza respiraciones diafragmáticas, al tiempo que sostiene una botella de agua con una mano mientras conduce con la otra. Otra cosa no, pero la ansiedad dispara la multitarea. Si a eso le sumamos el factor temporal gallego soy capaz de conducir con las ventanillas bajadas y llegar más mojada al destino que si viniera de bañarme en plena ría.

En un vuelo que hice hace unos meses Vigo-Barcelona abracé a un tipo que tenía al lado en medio de una turbulencia y, después de un rato de ensimismamiento me di cuenta que aquel buen hombre que correspondía mis muestras de afecto no tenía nada conmigo y pedí perdón a su recién estrenada esposa. Eso sí, antes de aterrizar me comí el álbum nupcial que llevaban preparado en el teléfono móvil. Yendo sola a Madrid hace algunos años, entablé amistad con dos hermanas que aguantaron mi retahíla de temores el día en que se presentaban a unas oposiciones. Este verano, en el aeropuerto de Carolina del Norte, salí corriendo al baño dejando abandonadas mis pertenencias en la sala de espera, porque pensaba que me iba a desmayar allí mismo mientras el perrito que tenía enfrente entraba y salía de su transportín felizmente. A veces, y sin que sirva de precedente, una lata de cerveza bebida en un margen de tiempo inferior a 4 minutos ayuda bastante a moderar el pánico previo al vuelo. (Para optimizar los resultados conviene repostar a medio camino).

A pesar de lo ridículas que puedan parecer mis técnicas –que lo son-, he conseguido salir airosa casi siempre: aunque yo esté al borde del colapso, nadie parece enterarse nunca de mi rave interior.

Hace unos días empecé a leer el libro Ansiedad de Scott Stossel y, a pesar de ser un ensayo, creo que tiene mucho más de “autoayuda” que cualquier otra obra destinada a tal fin. Stossel cuenta sus propias experiencias conviviendo con un trastorno de ansiedad desde niño, -casi incapacitante, a veces-, al tiempo que muestra cómo ha ido desarrollando su vida personal y laboral. Su ansiedad no ha podido evitar que se casase (leed el episodio del día de la boda, es de una crueldad apasionante) y formase una familia, ni que se dedique al periodismo, escriba y sea un editor de éxito. Aunque cada vez que aparezca en televisión crea que va a sufrir un colapso en directo.

Yo misma aprovecho momentos de tensión e hiperactividad ansiosa para hacer eso que tan poco recomiendan los terapeutas: pasarme noches enteras trabajando. A mí me va fenomenal. La ansiedad, al final, agudiza el ingenio.

Así que cuando tú o alguien a quien aprecies seáis víctimas del miedo irracional y creáis que si bajáis a la calle podrías desmayaros y ser arrollados por una multitud que os dejará sufrir infartados en la acera, mientras una bomba química contamina el aire de la ciudad, piensa que si todavía queda gente que devuelve maletines llenos de dinero, ¿cómo no te van a recoger a ti? ¿no ves que estorbas ahí tirado?

Empezar a valorar nuestras taras es el primer paso para sacar provecho de ellas.

FD:

belen y kiko. Ansiedad
Fuente: www.ideal.es

 

  • Melquíades

    La reacción de ansiedad de la que hablas parece que está más relacionada con miedos agorafóbicos, como ya te habrán comentado tus psicólogos, está más relacionado con un miedo anticipatorio a sufrir crisis de angustia en sitios donde es difícil escaparse, o puede resultar vergonzoso. En cualquier caso, hay que recordar que la ansiedad es como la flecha de un arco, que por muy alto que ascienda por la tensión, llegará un momento en que se combe y empiece a descender, por los propios mecanismos de autorregulación del organismo. Es importante intentar no alimentar la ansiedad con pensamientos catastróficos (me voy a asfixiar, me va a dar un infarto, me voy volver loco o voy perder el control, me voy a desmayar… No nos consta de nadie que le haya pasado nada de esto en una crisis de angustia, incluso parece que el desmayo en una crisis de pánico es menos probable que un desmayo espontáneo) y tener en cuenta que el tratamiento estrella es contraintuitivo pues se vaya en la exposición gradual y repetida a la situación ansiógena hasta conseguir habituarnos a ella.

    Y nada más, al hilo tema quería aportar mi grano de arena y solamente quería daros ánimo a los que padecéis de este problema de ansiedad, que “gracias” a tener un componente fuertemente psicológico, estos miedos se pueden combatir!

  • Mary

    Querida Diana!!!
    No sabes lo mucho que te entiendo, la primera vez que supe lo que era la ansiedad fue con 16 años, yo estaba en 4º de ESO. Me pasaba las noches en vela, hasta que el médico de cabecera me recetó las oportunas pastillas para dormir que me dejaban medio zombi.
    Y así hasta hoy que tengo 27. Como me dijo en una ocasión una psiquiatra, de la que guardo un buen recuerdo: ” la ansiedad te acompañará toda la vida pero habrá épocas en las que apenas la notes.”
    Me ha encantado la forma en que abordas un tema jodido como éste. Ánimo!!!

  • http://www.memouriasdeunadesmemouriada.blogspot.com CAV

    Te he estado leyendo durante los últimos meses, y aunque en ciertos aspectos no comulgo contigo, he de reconocer que tu excepcional sentido del humor ha hecho que me enganche a tu blog. Lo que cuentas en este artículo parece bastante jodido, pero lo haces de tal forma, con una ironía y un humor ácido que me ha hecho sonreir. No todo el mundo, y menos alguien directamente afectado, es capaz de tratar el tema de la forma en la que tu lo has hecho.
    Un saludo y no dejes que esa hija adolescente te toree 😉

  • Juan Jesus

    Hola Diana. Si bien ya te hablé de esto en otra ocasión, (en tu entrada sobre el trankimazin). En vista de que vuelves a la carga con ese humor que te hace seguir adelante, te cuento un poco mi caso:
    Hace unos ocho años me empezó a doler el tórax, un dolor punzante y fuerte, y también casi a la vez, sufría pérdidas de fuerza con temblores. La veces que fui a urgencias me contaban la cantinela de la ansiedad.
    Como para colmo mi padre estaba con anginas de pecho, una mañana de septiembre estando sólo en casa con mi niña de 1 año, duchándome, se me vino a la cabeza que si me ocurriese algo de eso con mi niña sólo (su madre trabajando), me entró tal ansiedad que descubrí lo que era un ataque de pánico. Casi no me dio tiempo de secarme y vestirme para salir a la calle con mi niña e ir al médico. Para colmo el coche se me había quedado sin batería y al final me comí yo el ataque de pánico sentado en el escalón de la puerta de mi casa con mi niña.
    Después de este vinieron más. Hasta que dos meses después en diciembre decidí ir al psicólogo, éste me dejó igual, así que fui a un psiquiatra. Ya estábamos por enero.
    Pues bien el psiquiatra no me dejó de terminar de contarle lo que me pasaba que me mandó tres clases de pastillas.
    Cuando llegué a casa me dió por leer los prospectos , en uno de ellos literalmente ponía: “Si le entran ganas de matarse a si mismo acuda a un familiar o médico”.
    Después de leer esa frase me dije: “Por mis muertos que tengo que salir de ésto pero ya”. No sé que me impulsó pero al cabo de un mes (en total fueron cinco con ansiedad), ya dejé de tener ningún tipo de miedo. También me ayudó el hecho de saber el causante de los dolores y los decaimientos de fuerza, hernia de hiato con erge y bajadas de azúcar , herencias varias de mis amados padres. Ojo que ellos no tienen culpa de la trasmisión de genes con defectos incluidos.
    Con el tabaco lo hice igual ( sé que también andas liada con el tabaco). Por “mis mulas toas” (expresión común en mi tierra), que el tabaco no iba a ser mas que yo, y le dí el medio paquete que me quedaba a un colega.
    Hoy día con esófago de barrett, causado por la hernia de hiato y el erge (enfermedad precancerosa) , no tengo atisbo de ese miedo.
    La vida esta para vivirla con ganas, no con miedo. El miedo, esa parte de nosotros (pero que no somos nosotros) que te incapacita tantas veces. Decidir vivir sin miedo es algo que ninguna pastilla ni ningún psiquiatra te va a enseñar, es una actitud.
    Un saludo

  • http://borrachuzo.blogspot.com.es/ motu

    Es la manera que tiene el cuerpo de liberar la energía que tú no supiste cómo liberar o no quisiste dejar salir por las milmillones de razones diferentes que tenemos para no hacerlo. 😛