Mes: enero 2015

Romance de Ansiedad

El trastorno de ansiedad tiene un puntito romántico que sólo los entendidos en la materia alcanzamos a comprender. La lucha constante contra los miedos que atenazan al ansioso ha sido fuente de inspiración para múltiples artistas atormentados, propensos a la melancolía y con cierta inclinación hacia las sustancias ilegales. Resulta entonces que si un pobre acongojado quiere sonreír de vez en cuando sólo tiene que pensar que es un ser especial, un iluminado con capacidad para crear obras de arte que trasciendan los siglos. Un Van Gohg, un Kurt Cobain, un Antonio Vega, un suicida en potencia un tío guay. Lo definió muy bien uno de los múltiples terapeutas con los que me topé a lo largo de 11 años de suplicio ansioso: “tú lo que tienes es mucho mundo interior”.

La verdad, capacidades creativas e imaginativas aparte, es que la ansiedad es una mierda. Una mierda que consume gran parte de nuestras energías, nuestro tiempo, y también de nuestro dinero. Sin embargo, una vez que uno asume que de ansiedad no se va a morir, pero que se va a morir con ansiedad, se puede llegar incluso a disfrutar de la montaña rusa del descontrol y los ataques de pánico.

Ansiedad

 

Para ello es básico una alta dosis de SENTIDO DEL HUMOR y empeñarse en seguir viviendo con normalidad. En mi caso, puedo aseguraros que jamás me cogí ninguna baja ni falté un día al trabajo, ni tampoco perdí entrevista alguna o un viaje de ocio por tener ansiedad. Y a veces tengo más que Rose pensando que Jack podría subirse a la tabla en cualquier momento.

Hay que tener en cuenta que lo bonito de la ansiedad siempre se disfruta con posterioridad a una crisis. Es como las mejores jugadas en un partido de fútbol: sólo se aprecian en diferido. Por ejemplo, recuerdo aquel día en el abarrotado auditorio de la Facultade de Químicas de Santiago de Compostela escuchando una conferencia sobre…?¿?¿ sobre algo para sacarse créditos de libre configuración, cuando sentí la llamada del pánico. Como estaba en la parte más alta del paraninfo tenía que atravesar una multitud de 400 personas (escaleras incluidas, con mi mareo), así que decidí evacuar la sala por las puertas de emergencia superiores. Para mi desgracia, las puertas de emergencia estaban cerradas con llave (muy lógico todo) y no había absolutamente nadie que pudiese abrirlas. Llegué a tal nivel de osvoyamataratodos que clavé los ojos en mi compañera de piso y le dije que, o me sacaba de allí, o empezaba a gritar como Bea la Legionaria. Debí parecer muy convincente porque mi compañera se levantó, bajó todo el auditorio y PARALIZÓ LA CONFERENCIA para decirle al ponente guiri que su amiga necesitaba abandonar la sala y que, por favor, nos abriesen la puerta. Después de un ratito volví a entrar y conseguí mis merecidos créditos en Química Avanzada.

Y es que buscar víctimas siempre se me ha dado bien. Todas mis parejas y amigos han vivido alguno de mis episodios de ansiedad (o al menos les he hablado larga y cansinamente del tema) de lo contrario, no pueden considerarse importantes. La ansiedad es ya para mí como una hija adolescente: me molesta con sus gilipolleces y llamadas de atención, pero nos parecemos tanto y he consumido tantas horas intentando comprenderla que me daría penica vivir sin ella.

Además de los sitios cerrados –el auditorio, un cine, la cola del súper o una iglesia en misa de domingo – la ansiedad suele manifestarse en absolutamente todos los medios de locomoción: trenes, metros, autobuses, aviones y coches se llevan la palma. Sería imposible contabilizar la cantidad de veces que LA MUERTE se me apareció en medio de carreteras oscuras. Imaginaos a una pobre ansiosa conduciendo con una bolsa del Carrefour en la boca enganchada por las asas a las orejas, mientras cuenta 1-2-3-4 en bucle y realiza respiraciones diafragmáticas, al tiempo que sostiene una botella de agua con una mano mientras conduce con la otra. Otra cosa no, pero la ansiedad dispara la multitarea. Si a eso le sumamos el factor temporal gallego soy capaz de conducir con las ventanillas bajadas y llegar más mojada al destino que si viniera de bañarme en plena ría.

En un vuelo que hice hace unos meses Vigo-Barcelona abracé a un tipo que tenía al lado en medio de una turbulencia y, después de un rato de ensimismamiento me di cuenta que aquel buen hombre que correspondía mis muestras de afecto no tenía nada conmigo y pedí perdón a su recién estrenada esposa. Eso sí, antes de aterrizar me comí el álbum nupcial que llevaban preparado en el teléfono móvil. Yendo sola a Madrid hace algunos años, entablé amistad con dos hermanas que aguantaron mi retahíla de temores el día en que se presentaban a unas oposiciones. Este verano, en el aeropuerto de Carolina del Norte, salí corriendo al baño dejando abandonadas mis pertenencias en la sala de espera, porque pensaba que me iba a desmayar allí mismo mientras el perrito que tenía enfrente entraba y salía de su transportín felizmente. A veces, y sin que sirva de precedente, una lata de cerveza bebida en un margen de tiempo inferior a 4 minutos ayuda bastante a moderar el pánico previo al vuelo. (Para optimizar los resultados conviene repostar a medio camino).

A pesar de lo ridículas que puedan parecer mis técnicas –que lo son-, he conseguido salir airosa casi siempre: aunque yo esté al borde del colapso, nadie parece enterarse nunca de mi rave interior.

Hace unos días empecé a leer el libro Ansiedad de Scott Stossel y, a pesar de ser un ensayo, creo que tiene mucho más de “autoayuda” que cualquier otra obra destinada a tal fin. Stossel cuenta sus propias experiencias conviviendo con un trastorno de ansiedad desde niño, -casi incapacitante, a veces-, al tiempo que muestra cómo ha ido desarrollando su vida personal y laboral. Su ansiedad no ha podido evitar que se casase (leed el episodio del día de la boda, es de una crueldad apasionante) y formase una familia, ni que se dedique al periodismo, escriba y sea un editor de éxito. Aunque cada vez que aparezca en televisión crea que va a sufrir un colapso en directo.

Yo misma aprovecho momentos de tensión e hiperactividad ansiosa para hacer eso que tan poco recomiendan los terapeutas: pasarme noches enteras trabajando. A mí me va fenomenal. La ansiedad, al final, agudiza el ingenio.

Así que cuando tú o alguien a quien aprecies seáis víctimas del miedo irracional y creáis que si bajáis a la calle podrías desmayaros y ser arrollados por una multitud que os dejará sufrir infartados en la acera, mientras una bomba química contamina el aire de la ciudad, piensa que si todavía queda gente que devuelve maletines llenos de dinero, ¿cómo no te van a recoger a ti? ¿no ves que estorbas ahí tirado?

Empezar a valorar nuestras taras es el primer paso para sacar provecho de ellas.

FD:

belen y kiko. Ansiedad
Fuente: www.ideal.es

 

Si los piropos molan, bájale al pilón a tu madre

Asisto estupefacta a la indignación de mucha gente que confiesa haberse escandalizado porque Ángeles Carmona, presidenta del Observatorio Contra la Violencia de Género, quiere prohibir los piropos. “Prohibir llamarle guapas a las niñas, hasta dónde vamos a llegar”, leí estos días por las redes. Como mucha gente defiende la inocencia y hasta la belleza del piropo os voy a explicar por qué estoy completamente de acuerdo con Carmona y creo que los piropos apestan y tienen lo mismo de poesía que ese pedo echado después de un maravilloso polvo.
La semana pasada, mientras corría por el paseo del río Lérez en mi ciudad, Pontevedra, algo interfirió en mi entrenamiento. Iba haciendo running animadamente, con mis auriculares, mi música, y mis historias mentales, cuando escucho que un coche está pitando. Obviamente, pensé que no me pitaban a mí, y seguí a lo mío. Entonces, me di cuenta de que el coche que hacía sonar el claxon había aminorado la marcha y se encontraba ahora a mi altura mientras seguía pitando. Presionada por la misteriosa presencia, paré de correr y me quité los cascos porque entendí que se trataba de un conocido intentando saludarme. Pues no. Cuando me di la vuelta había cuatro imberbes berreando y vacilándome con la cabeza por fuera de las ventanillas. Los miré, suspiré, me volví a girar, me puse los cascos, y seguí corriendo. Ellos, que no captaron el mensaje, continuaron haciendo sonar la bocina detrás de mí, hasta que yo, que no había molestado a nadie, me tuve que desviar por un sendero para que esos completos desconocidos no siguiesen acosándome. Aquí tenéis las consecuencias de un piropo. No recuerdo exactamente qué me dijeron, pero no era ninguna  de esas “cosas feas” que se debaten estos días, del tipo de que me van a comer la regla a cucharadas o me van a meter el palo por el culo para hacerme sudar como un pollo. No, no, era algo bonito y dulce, algo así como “guapa”, “princesa”, “cachonda”, o “morena”, seguido de un bramido de asnos indescriptible.
¿De verdad creéis que esto debería hacerme sentir bien?
 
Si los piropos molan, bajale al pilón a tu madre
                                                                                                                                                                                                                     
Los que defienden la cultura del piropo defienden que es correcto que el cuerpo de las mujeres sea un espacio público sobre el que cualquiera tiene derecho a opinar en voz alta. No ven claro que una mujer se sienta ofendida, molestada, intimidada o incluso agredida, porque alguien la intercepte para hacerle saber que acaba de tener una erección pensando en su tanga. El piropo es, por defecto, una intromisión en la intimidad de alguien a quien no conoces, no le interesas y no tiene por qué escuchar tu opinión acerca de su físico. Punto.
A mí también me gustan los hombres guapos. En ocasiones, voy por la calle y veo a un tipo guapísimo y claro, como ser sexuado que soy, yo también pienso que tiene un polvazo. La diferencia es que yo no voy detrás de él, le toco el culo y le digo que se me acaban de saltar las gomas de las bragas. Sinceramente, no conozco a ninguna mujer que lo haga. Que sí, que alguna habrá, pero, por favor, no hagáis norma de la excepción: el emisor suelen ser uno o varios hombres y las receptoras una o varias mujeres. Y esto es así desde que Jordi Hurtado existe.
Ayer discutía con unos amigos acerca de los “límites” de los piropos, como si hubiese que poner límites a una práctica tan vergonzante y fuera de lugar en una sociedad civilizada. Que tú le digas a tu mujer, tu ligue, tu amiga, tu hermana o tu madre, lo guapa que está o el culazo que le hacen esos pantalones, se entiende perfectamente como un cumplido que haces a una persona a la que quieres o respetas y de la que se supone que tienes el permiso tácito para tomarte esas libertades. Yo halago a mis amigos, me fijo en su ropa, en su pelo y me resulta agradable que lo hagan conmigo.
 “A muchas mujeres les gustan los piropos”, leí por ahí también. Claro, a mí también me gusta que el hombre con el que estoy ligando o enrollándome me regale los oídos, me diga que soy guapísima aunque me mienta como un condenado, y en determinadas circunstancias, me susurre todas las guarradas inimaginables acerca de mi culo y mis tetas. Ahora bien, cuando un tipo que no conozco de nada o tiene una relación de poder hacia mí (caso típico del jefe) hace referencias a mi físico gratuitamente me pone en una posición violenta y desagradable que NO me apetece vivir.
Y hablo del piropo en el trabajo porque es uno de las formas más casposas de machismo que sufrimos las mujeres con cotidianeidad. Recuerdo cuando con 21 años empecé a trabajar en un periódico y me encontré con un individuo que, aunque no era directamente mi jefe, si era uno de los jefes del diario en cuestión. Un buen día me tocó hacer algo para su sección y entonces tuve que hablar con él para preguntarle qué era lo que tenía que hacer. El tipo no estaba conforme aquel día con mi vestuario, y me lo hizo saber negándome la palabra porque no le gustaba nada aquel color que yo llevaba. Me quedé de una pieza, pero él no se amilanó y decidió que no, que no hablaría conmigo dadas las circunstancias: que era supersticioso a ese color. Me dijo que, si al día siguiente necesitaba hablar con él, usase otra en mi indumentaria. Puede parecer una broma, pero desgraciadamente es verdad. Así que dejé aquel encargo y me volví a mi mesa mientras sus súbditos lloraban de risa y a mí me ardían las mejillas. Al día siguiente, vestida muy conscientemente de otro color, fui a hablar con él. Absolutamente abochornada por lo del día anterior, me acerqué a su mesa y entonces él se dignó a hablarme. Se pasó cinco minutos diciéndome lo guapa que estaba vestida mientras yo permanecía de pie, con una libreta y un boli en la mano: “hoy si que estás guapa, coño”, “mira que a veces os empeñáis en ir feas, con lo bonita que eres”. Comprenderéis que lo que a mí me apetecía en ese momento era escupirle entre ceja y ceja a ese retrasado, pero yo era la becaria y él el jefe, así que ya sabéis, a joderse.
Pero lo del trabajo va mucho más allá, porque existe también otro tipo de acoso, silencioso, que se manifiesta a través de miradas indiscretas, suspiros y comentarios al paso. En esa misma empresa (que por todo lo demás me hizo muy feliz) daba la casualidad de que la impresora estaba al final de la redacción, justo al pasar la sección de deportes. Así que cada vez que teníamos que imprimir algo, yo o mi compañera, había que levantarse para pasar por delante de los compañeros de deportes. En realidad, debíamos de ser un poco exageradas, porque nunca nos dijeron nada a la cara, pero la situación de cachondeo llegó a tal punto que acabábamos apostando entre nosotras a quién le tocaba ir para intentar zafarnos de las miradas y el murmullo de los compañeros. Habrá quien lo vea bonito, pero a mí me parece un claro síntoma del machismo y de la cosificación constante a la que estamos sometidas las mujeres en este país, sólo por acudir a nuestros puestos de trabajo como cualquier hombre que, por supuesto, nunca viven algo así.
 
 
Es difícil hacerle entender a un hombre cómo se siente una mujer cuando lleva a un desconocido tras de sí por la calle diciéndole babosadas. Es difícil hacerle ver que a todos nos gusta pasar desapercibidos y que, cuando alguien te dice algo, muchas miradas se centran en ti esperando, cruelmente, tu reacción. Es difícil incluso hacerle entender que por inocente que sea, podemos llegar a pasar miedo. Pero puedo intentarlo haciéndole pensar en su mujer, su hermana, o su hija adolescente.
 
Imaginaos a una chica de 14 años saliendo al encerado a hacer un ejercicio de matemáticas un día que lleva un pantalón apretado y un tanga. Pensad en esos niños haciendo comentarios de mal gusto que ella escuchará mientras está en el encerado. Imaginaos después a la chica en el recreo, paseando con sus amigas y teniendo que evitar lugares porque ya todo el instituto sabe que se puso tanga y es un tema de debate que merece ser expuesto en voz alta y con la interesada presente. Imaginárosla luego saliendo de tarde para quedar con su primer novio, e imaginárosla volviendo a las 11 de la noche un día de semana sola por la calle mientras un coche la sigue y alguien desde el interior le echa piropos. Imaginaos a esa chica acelerando el paso. Imaginaos que, intentando zafarse del coche, se cruza por una calle con un grupo de cuatro chicos que la interceptan y la llegan a manosear mientras le dicen lo buena que está y le preguntan por qué está solita y dónde están sus papás. Imaginaos que la chica se defiende, los manda a la mierda y sigue su camino. Imaginad a esa pandilla que hace cinco minutos la llamaba guapa llamándola ahora cerda, puta y amenazando con violarla. Imaginaos que es vuestra hija.

Cuando terminéis de imaginarlo, preguntaros si los piropos os siguen pareciendo tan buena idea.
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Después de la Navidad, la realidad

El año empieza siempre el 8 de enero, que es el día oficial de vuelta al colegio y, por tanto, el día en que las familias conviven de nuevo en pacífica armonía. Bueno, más o menos. Porque las estadísticas dicen que, junto con septiembre, enero es el mes del año en que más divorcios y separaciones se producen. Realidad : La vuelta de las vacaciones dispara el adormecido odio que se ha ido fraguando durante las largas e intensas jornadas de compañía mutua. Días enteros con la pareja donde se puede llegar a echar de menos hasta al jefe. Por algo España es el tercer país de la Unión Europea donde más han aumentado los divorcios en los últimos años con una imparable caída de los matrimonios católicos que ya no llegan al cuarenta por ciento del total de los enlaces. Un desastre nacional. 
Realidad Divorcio
Pero aún así el comienzo de año se marca como el principio de muchos objetivos a cumplir. Quizá el de separarse haya sido uno de ellos, así que enhorabuena a los afortunados.
En lugar de crear una lista irreal de propósitos que frustran al personal (adelgazar, dejar de fumar, hacer deporte y aprender a hablar inglés como si fuera a contratarte una gran empresa internacional) he decidido elaborar una lista rejuvenecida y más acorde con los tiempos que corren.
Aquí mi lista de des-propósitos para 2015.
  1. La vida se mide en tiempo. Deja de perderlo en cosas que te hacen infeliz.
  2. Manda a la mierda y di “no” con más frecuencia. Ya está bien de intentar agradar a los demás todo el rato. Los psicólogos lo llaman asertividad y yo he ido a unos cuantos.
  3. No esperes demasiado de los demás. No todo el mundo es como a ti te gustaría.
  4. Llama a tu compañía de telefonía móvil para poner más líneas. Hazte amigo de la operadora u operador. Pídeles, una y otra vez, que te repitan esa información tan interesante. Todo el rato. Después pregúntales qué hora es en Tegucigalpa. Confúndelos.
  5. Deja de hacerte el digno dando la callada por respuesta. ¿De verdad decir lo que sientes es sinónimo de indignidad?
  6. No dejes de salir con tus amigos incluso a hacer el ganso. Lo de cuidarse en exceso es una mamarrachada similar a no hacerlo en absoluto. Cuando este año vuelvan a anunciar el fin del mundo, piensa en que una de éstas va a ser la buena. Que no te pille EL GRAN FINAL comiendo arroz integral.
  7. Confiesa que no has visto ninguna de las series que están súper de moda y ya deberías haber visto. Con la frente bien alta.
  8. En cambio, di que pierdes horas mirando La casa de tus Sueños y Cambio Radical en Divinity (y también el programa ése de los vestidos de novia).
  9. Si tienes perro pasa más tiempo con él, hasta que las babas se te resbalen por la cara. Eso es el amor.
  10. Haz un deporte que no practique nadie. Invéntalo, siéntete pionero. Por ejemplo, cuando llegues el lunes a la oficina comenta en secreto que has empezado a hacer  yogarunnismosubacuático y que está súper de moda en los gimnasios de Tokio.
  11. Lo mismo con la dieta. Invéntate una y expande tu credo. Yo propongo la de chupar tizas durante una semana. No vale limpiarse los contornos de la boca.
  12. No dejes tus proyectos personales por nada ni por nadie. No merece la pena y acabarás arrepintiéndote.
  13. Ve a las rebajas. Compra todo lo que te guste de una gran multinacional y no puedas permitirte. Estrénalo con la etiqueta por dentro y devuélvelo a la semana siguiente. Mejóralo escribiendo a boli en la etiqueta interior: PUTOS CAPITALISTAS.
  14. Viaja. No hace falta ir muy lejos ni tener mucho dinero para descubrir lugares y paisajes diferentes.
  15. Canta en la ducha.
  16. Dúchate con alguien de vez en cuando. Que cante peor que tú.
  17. Ve a conciertos. No hay nada mejor que la música en directo.
  18. Prueba a tener sexo con un montón de personas diferentes mientras aseguras a tus amigos que estás en una etapa de autoconocimiento interior en la que no te permites las relaciones carnales. Mira una peli de Lenny Kravitz y arráncate los ojos.
  19. No compruebes si tu ex tiene un Badoo: lo tiene.
  20. Cómprate un loro y enséñale a decir “que viene el de la coleta” todo el rato. Cuelga un video en youtube y hazte rico. Después, libera al loro y con el dinero ganado cómprate un tigre de bengala. Ve al Congreso.
  21. Créete las estadísticas de crecimiento económico y desempleo si quieres ser feliz. No las creas si quieres ser libre. 
  22. Sé (un poco más) exigente con los demás y (un poco menos) cruel contigo mismo. Todos saldréis ganando.
  23. Ve a comer el domingo con tu cuñado. Dile que no tiene ni puta gracia y que, además, tu hermana ha dicho que la tiene pequeña.
  24. Da un beso en la frente a tu madre y vuelve al domingo siguiente. Tú eres el preferido.
  25. Practica el cinismo.
Recuerda que los días de falsa alegría y gozo infinito por fin han llegado a su fin y que tienes todo un año por delante para volver a complicarte la vida. Ilusiónate con cada pequeña cosa que te suceda a partir de ahora, porque nunca nada se repite. Si todavía no has pensado en separarte, estás súper enamorado y ves estrellas fugaces cuando lo/la miras, échale un polvo sobre la mesa de la cocina mientras gritas con el puño alzado ¡Por mí y por todos vosotros!
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