Los habitantes de Pontevedra somos muy de tradiciones. Llevamos 15 años votando al mismo alcalde (un saludo, señor Lores), enterramos al mismo loro cada Carnaval desde hace más de 25, tomamos cervezas en la Praza da Verdura cuando sale un rayo de sol (o sin él), damos maíz a las palomas de A Ferrería desde que vamos en pañales y, desde tiempo inmemoriales, también follamos en el Motel Venus, que es algo así como a Capela da Virxe da Peregrina pero en versión porno. Curiosamente, el santuario del sexo de los pontevedreses está situado en el ayuntamiento vecino.
 
Follar en el Venus
                           
La primera vez que oí hablar del Venus estaba en el instituto y una compañera de clase me comentó que había ido con su novio allí y que molaba un montón porque tenían jacuzzi en la habitación, y espejo en el techo, y cama 2×2, y no sé qué más cosas que llevaban a la perversión directa a una adolescente de 16 años. Yo retuve la información, y seguí con mis apuntes de Filosofía.
Pero aunque a mí aquello del Venus siempre me sonó más a puticlub que a lugar romántico donde desprenderte de tu querido himen para siempre, lo cierto es que cada vez más compañeros hablaban del dichoso motel. En mis años mozos el lugar se convirtió en referencia de los jóvenes pontevedreses que después de dejar su dignidad en Carabás, iban allí a perder su virginidad. Decenas, centenares, miles de pontevedreses, perdieron la candidez y la castidad entre las sábanas del Venus. Algunos, con cursillo impartido por profesional incluido.
El Venus molaba por muchas cosas. Primero y fundamental, la relación calidad-precio. Por unos 50 euros podías disfrutar de una gigantesca cama (comparables con las king-size de USA), el jacuzzi, los sofás y mesa de desayuno, la gran tele de plasma, los condones gratis, el catálogo de juguetes sexuales y el detalle de la rosa para tu amante… elegancia y cerdismo a partes iguales.
 
 
Después estaba la discreción. En el motel Venus nunca coincidías con nadie porque las habitaciones -garaje incluido- son totalmente independientes del resto y el servicio se hace a través de un armario en donde depositan tus pedidos sin tener que cruzar una sola palabra con nadie. 
 
Y otra de las cosas importantes era el tiempo. El motel Venus daba 12 horas desde el momento de entrada para disfrutar de la amistad y el amor en sus habitaciones. Como la habitual era llegar de madrugada, nada de tener que levantarte para irte al mediodía. Con menos presión por culpa del poco tiempo disponible, los jóvenes amateurs podían entrenarse mejor en el arte amatorio.
 
Pero ni siquiera el Venus es perfecto. El motel está situado en el ayuntamiento vecino, Poio, y, aunque está cerca de Pontevedra, lo más normal es tener que ir en coche (no me veo yo llegando a patas a la puerta del Venus, la verdad) lo que complicaba mucho la logística del folleteo para los impúberes pontevedreses. Si no había coche la opción pasaba por pagar un taxi lo que encarecía todavía más la operación de desvirgamiento.
 
Además, si eres claustrofóbico el Venus no es buena opción, porque es más fácil ver a Papá Noel bajando por tu inexistente chimenea en Nochebuena que intuir un rayo de sol en una de las habitaciones del motel (eso si Papá Noel no está follando en el Venus en ese momento). La ausencia de luz natural le da un ambiente sórdido tope guay para practicar sexo salvaje o para ejercer la prostitución.
Pero, definitivamente, lo que a mí más me preocupa de este motel es, precisamente, no poder ver la cara de quién se oculta detrás del cristal tintando. Llevo años preguntándome a quién pertenecerán esas misteriosas manos que cogen tu DNI cuando haces el check-in y que saben más de infidelidades y relaciones prohibidas que el abogado del pequeño Nicolás. Lo único que sé es que son manos de mujer, de una o de varias. Detrás de ese cristal está el Garganta Profunda de Pontevedra. Imagino la cena de Navidad de los trabajadores del Venus cada año y se me ponen los pelos de punta. 
Mi mente siempre me lleva a pensar que esas manos podrían pertenecer a la dependienta que pasa tu compra en el súper a la vez que masca chicle de fresa mirándote fijamente; a la esteticista que te hace la cera en las ingles mientras finges que quieres estar ideal para tu marido que lleva embarcado cinco meses; las manos de la señora que friega el portal del edificio y que intenta, insistentemente, que te abras la crisma cada vez que pasas por el hall; o incluso, las de la profesora que explica la lección a tu hijo de 6 años mientras piensa que el pobre niño se parece mucho más a un concejal asiduo al Venus, que al señor que va a las reuniones del ANPA en calidad de padre.
Estamos en plena Navidad y como queréis acabar el año con buen pie, seguro que ya estáis estudiando la posibilidad de coger habitación en algún lugar para disfrutar de estas fiestas tan familiares en buena compañía. Muchos pontevedreses habrán pensando en el Motel Venus, así que desde aquí quiero lanzar un órdago para conseguir información (fidedigna o no) acerca de la identidad de quién se esconde detrás de los opacos cristales. Si tú eres uno de ellos, querida lectora, mantengo la esperanza de que guardes el secreto profesional tan bien como hasta ahora, en pro de la pacífica convivencia y estabilidad conyugal de los ciudadanos de Pontevedra.