El día que me senté en el retrete para ir a hacer pis y vi la primera mancha roja en mis bragas blancas no hubo drama alguno. Sólo alivio. Tenía 15 años y medio y era la última de mis amigas en tener la regla. La preguntita ya empezaba a cansarme y miraba con recelo las compresas y támpax que sobresalían de sus mochilas de instituto mientras me preguntaba si algún día yo sería ‘mujer’ o me quedaría en el limbo del subdesarrollo para siempre. Desde aquel día mi querida menstruación no se ha olvidado de visitarme ni un solo mes, con su correspondiente hinchazón, sus dolores punzantes, sus tampones y compresas, y algunos polvos frustrados.
Siempre he sido la canija de la pandilla. La que menos pesaba, la que menos medía, la que menos tetas tenía. Cuando, con doce años, algunas iban a comprar sujetadores yo me tenía que conformar con escoger tops Princesa para tapar mis inexistentes pechos. Cuando me quedaba sola en casa, me probaba los sujetadores de mi madre y me ponía calcetines dentro de las copas. Después, me bajaba la camiseta y me miraba, satisfecha, al espejo. A los 14 ya se me notaban los mismos bultitos que a mis amigas con 11, y a los 17 tenía la ansiada talla de mi madre: la más pequeña.  La genética de desarrollo por vía materna no dejaba mucho lugar a la esperanza. La historia de la menstruación de mi abuela materna me aterró durante años. Según me contaron, a la pobre le vino la regla con casi 20 años y la gente del lugar estaba convencida de que se iba a morir por un colapso de sangre menstrual en el cerebro.
Ya de adulta, seguí siendo la más pequeña y tuve que conformarme con mis pequeños pechos. Empecé a valorar mi déficit de desarrollo. Hasta ahora, siempre me habían echado menos años de los que tenía. Cuando estudiaba en la universidad tenía que salir con el DNI porque los porteros se pensaban que era la hermana pequeña de alguna de mis amigas. El mes pasado, en mi viaje a Estados Unidos, me pidieron varias veces la identificación para servirme alcohol. Después de años de burlas, el destino por fin me había devuelto la dignidad perdida. Ahora, en los albores de la treintena, podía presumir de mi aspecto juvenil y adolescente.
Hasta aquí El Curioso Caso de Benjamin Button.
Ayer descubrí mi primera cana. Siguiendo la lógica de lentitud extrema que había guiado mi desarrollo físico, esperaba llegar, al menos, a los 35 años sin ninguna. No ha sido así. Mientras analizaba el intruso pelo, barajando la posibilidad de que se tratase de un pelo rubio en medio de mi castaño oscuro, el amigo que venía conmigo cazó la segunda cana en mi cabeza. No quise seguir buscando.
Aquí se puede identificar a la intrusa.
Mi madre no tiene apenas canas y, desde luego, no las tenía con 28 años. Así que, por fin, se ha manifestado la herencia genética paterna. Mi padre, calvo como un melón, sólo luce unos pocos pelos blancos. Imagino que ahora me queda una larga travesía por el bicolor hasta acabar completa y radiantemente blanca.
Hace años que no me tiño el pelo desde la raíz, y soy inmensamente feliz evitando utilizar productos químicos en mi cabeza y luciendo mi color natural. Incluso empezaba a sentirme hippy y en harmonía con la madre naturaleza.

Todavía no he decidido qué hacer con mis canas. A la primera le tengo mucho cariño. Para mí es como la primera regla, el primer amor o el primer diente de leche de un hijo: un suceso irrepetible. Ahora bien, si a algún mocoso del parque se le ocurre llamarme señora, estoy dispuesta a replantearme mis principios.
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    Miña pobre, qué rabia dan!