Mes: septiembre 2014

Gallardón, Mariló, Reig Plà y las Caras de Bélmez

España, país democrático por definición, aconfesional por constitución y con organismos públicos “independientes del poder político”, tiene el honor de haberse convertido en el paraíso de la vanguardia más retrógrada, refugio de los neoinquisidores del rosario, la telebasura y los nasciturus sin matrícula. Y como representantes de tanta mierda pública tenemos, en el top tres, a Albertito Ruiz-Gallardón, el abortado, Mariló Montero en el papel de MILF, y el arzobispo Reig Plá, exorcista y sanador de homosexuales en sus ratos libres.
Se acostumbra a decir que Gallardón tuvo un cambio de timón brutal, que pasó de ser el pepero moderado, progre y buenrrollista –ojo, que casaba a maricones- a convertirse en el ministro más recalcitrante de la era Rajoy, y mira que eso es mucho decir con personajes como Wert y Ana Mato calentando una silla en el Congreso. Sin embargo, Gallardón no es más –ni menos- que lo que ha sido siempre: un bufón de la ultraderecha intentando ganar la simpatía y los votos de una mayoría de la población lo bastante madura como para no tener que buscar tutores de vientres en las instituciones. Gallardón ha sido progre o carca según consideró menester (aquí Rodrigo Cota hace una radiografía exacta de la bipolaridad de estepersonaje) y siempre intentando seguir la línea del gobierno de turno, que, al fin y al cabo, era el que tenía los votos. Como un buen trabajador corporativo, nunca ha ido contra el líder supremo. Por eso Gallardón está muy triste, porque volviendo a hacer lo que ha hecho siempre –obedecer – lo han dejado en evidencia y lo han mandado a unas vacaciones permanentes con su prometedora carrera política de subordinado por los suelos. Por si fuera poco, su valoración entre los ciudadanos se ha reducido entre tres en menos de dos años, pasando de casi un 6 en enero de 2012 a un 1’87 en julio de este año. Pobre Gallardón.
 
A cambio de esta irremplazable pérdida, los españoles podemos seguir disfrutando de Mariló Montero, la divertida, ingeniosa, supervitaminada y sexy presentadora de las Mañanas de la 1. Igual de colocada en TVE que Gallardón en el Gobierno de España, a Mariló nadie la echa. Porque Mariló es inofensiva y hace mucha gracia. ¿A quién le importa que una presentadora de la Televisión Pública no sepa ni lo que es una esquela? ¿A quién demonios le preocupa que esta señora diga cosas como que el cuerpo de una niña asesinada supuestamente a manos de sus padres, “aún está blandito”, o que pregunte, preocupada, qué hay dentro del coche fúnebre que viaja con los restos mortales de Sara Montiel? Mariló es una tipa sensata y preocupada porque los órganos de un asesino no vayan a ser donados ya que, como es lógico, “nunca se sabe si ese alma está trasplantada también en esos órganos”. Además, Mariló, es una férrea defensora de la cultura y las tradiciones patrias y hace poco calificó de “maravilloso” el torneo del Toro de la Vega, que, como sabéis, consiste en torturar al animal con lanzas y pinchos hasta hacerlo morir después de una larga y sangrienta agonía.
Gracias a Mariló y Toñi Moreno los espectadores apenas notamos la falta de recursos y entusiasmo por hacer informativos, ficción y entretenimiento de calidad. Si recuperamos a Urdaci y Noche de Fiesta, prometo no volver a salir un sábado por la noche.
 
Mariló, alegrando las mañanas de los jubilados españoles.
Por suerte, España es un país de recursos, y también tenemos el consuelo divino. Como cualquier buen pastor, Juan Antonio Reig Plà, el obispo de Alcalá de Henares (Madrid), utiliza su sapiencia y su buen hacer para comparar el Tren de la Libertad con los trenes de Auschwitz, el campo de concentración donde asesinaron a más de un millón de judíos. Y tan ancho. Además, Reig Plà acusó al presidente del Gobierno de “feminista radical” y de estar infectado por el “lobby gay”, por lo que entiendo que se trataba de otro presidente y que Reig Plá no ejerce sus labores de discípulo de Dios en el Reino de España. En su afán por ilustrar la masacre abortiva-feminista-gay también ha equiparado el aborto con la matanza de la Guerra Civil española (ésa que tanto condenó la Iglesia Católica), y ha relacionado abiertamente a los gays con la prostitución en una misa emitida en directo por la Televisión Pública.
 
Pues a mí me tiene cara de hijo de Satán más que de discípulo de Dios.
Gallardón, Mariló y Reig Plá forman parte de este circo que es el panorama público español: los políticos, los medios de comunicación y la Iglesia Católica como comparsas de la derecha más trasnochada y acomplejada que hemos tenido en años. Moralistas, vanidosos y ridículos personajes que intentan persuadir a la población con estrategias propias del fenómeno de las Caras de Bélmez. Algo que, por absurdo, acabó dependiendo exclusivamente de las ganas de creer que tuviese el que veía las caras en cuestión, más que de las manchas repuestas una y otra vez a golpe de brochazo por los que intentaban hacer caja con el paranormal suceso.
 
Reig Plá sin photoshop.

 

 

 

 

 

El golpe no funciona: Gallardón ha caído; Mariló, en bajada de audiencia, se tiene que conformar con la mitad de sueldo que hace dos años (obviamente, esto le da para muchos menos tangas) y el fascista de Reig Plá acabará siendo desplazado un día de estos de las estructuras de poder de la propia Iglesia, cada vez más preocupada por la evidente pérdida de religiosidad y creyentes declarados en España. Con este panorama, cualquier día se me aparece la cara de Saritísima en una humedad del baño. Y echándose un piti.

Mi embarazo

Cuando una mujer está embarazada su organismo cambia a pasos agigantados de una semana para otra con el objeto de acoger a la nueva vida que se gesta en su interior. Eso es exactamente lo que a mí me ha pasado, pero sin hinchazón de piernas, ni dolor de tetas. Ni tetas, en general.
Hace nueve meses que me quedé embarazada, pero mi embarazo no fue fruto de la cópula, sino de una serie de decisiones trascendentales que  me han permitido convertirme en lo que siempre había soñado: he cumplido mi anhelo profesional de escribir y puedo dedicarme a ello. Y por fin, el bebé ha nacido y no soy más que yo misma, lo que he sido siempre, pero con menos temores, menos trabas y bastantes menos complejos.
Mi embarazo ha sido de lo más cambiante y, como por efecto de las hormonas, casi cada semana me he visto sumida en un torrente de emociones. Emociones dispares  que pasaban de la alegría desenfrenada al llanto fácil y que me he tenido que asumir acompañada de muchas personas que quería y me quieren –más de lo que podría imaginar- pero por vez primera en muchos años, sin un ‘novio’. Un novio al que llamar cada hora para llorarle mis penas o con el que abrazarme cada noche bajo las sábanas sintiendo el calor y el sosiego de algo parecido al hogar.
Hay ciertas cosas que, llegada una edad, una ya no tolera y otras muchas que tiene bastante más claras. Los años, aunque estropeen un poco el cutis, no han sido en balde. La soltería era una de las cosas que no concebía después de encadenar dos relaciones de más de diez años en total, con sólo 27. La deseé en muchas ocasiones pero me apaciguaba la tranquilidad de que alguien me quisiese “por encima de todo”, aunque nadie te quiere por encima de todo, y, mucho menos, por encima de sus intereses, entre los que tú formas parte. TENEDLO CLARO. Obviamente, eso no está mal, todos amamos porque nos sienta bien a nosotros, no por hacerle un favor al otro. ¿Acaso no recuerdas haber pasado de aquel niño repelente con granos y mostacho que te enviaba cartas en el colegio? Incluso cuando amamos a un cabrón/a, lo hacemos porque no podemos evitarlo y porque ese sufrimiento en el fondo, nos compensa. Somos química.
No voy a decir que la soltería es la panacea de la felicidad, aunque tampoco lo es estar en pareja. He aprendido a quererme un poco más y es probable que eso me permita manejar mejor futuras relaciones. O la soltería indefinida: el terror de las abuelas. Obviamente, me he hecho daño por el camino pero a veces, la letra, con sangre entra. Por eso nuestros padres se saben muchísimo mejor que nosotros los ríos y accidentes geográficos de España.
Pero más allá de sentimentalismos, mi embarazo me he traído doble ración de mala hostia. Más de la que ya tenía. Hasta ahora, siempre dejaba un pequeño hueco a algo parecido a la inercia para acatar o simplemente, asumir, las consecuencias que lo que otros hacían tenían en mi vida. Pero ya no. Ahora hay alguien más débil que me necesita y solo me tiene a mí para protegerlo: mi pequeña niña interior, ésa a la que tan poco había escuchado hasta ahora.
 
cuando llegara?
Mi niña interior me exige un montón de cosas que tengo que hacer POR SU BIEN:
 
      Poner mis intereses (y los de mi niña) en un primer plano y luego, ya veremos.
Negarme a hacer algo que no quiero o simplemente, no me apetece.
Dejar de sentirme mal (y flagelarme) por cosas que hago porque me apetece.
Pedir explicaciones cuando las considere necesarias en lugar de callar mientras noto cómo se aviva el incendio del odio en mi interior.
Dejar de fingir que soy la puta princesa desvalida esperando a que el puto príncipe azul venga a rescatarme de mi puto castillo.
Cuidarme física y mentalmente. -Esto anula totalmente cualquier posibilidad de sentirse bien escuchando a Enrique Iglesias, Pablo Alborán o Dani Martín-.
Tomar la iniciativa.
Perdonarme mis errores como Dios perdona a los que le ofenden y por tanto, a mí misma.
Ser más optimista cuando las cosas se tuercen.
Reír hasta llorar o llorar hasta reír.
      Escribir. Escribir. ESCRIBIR.
      Ser feliz, coño.PD: ¿De verdad creíais que estaba embarazada?

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MI PRIMERA CANA

El día que me senté en el retrete para ir a hacer pis y vi la primera mancha roja en mis bragas blancas no hubo drama alguno. Sólo alivio. Tenía 15 años y medio y era la última de mis amigas en tener la regla. La preguntita ya empezaba a cansarme y miraba con recelo las compresas y támpax que sobresalían de sus mochilas de instituto mientras me preguntaba si algún día yo sería ‘mujer’ o me quedaría en el limbo del subdesarrollo para siempre. Desde aquel día mi querida menstruación no se ha olvidado de visitarme ni un solo mes, con su correspondiente hinchazón, sus dolores punzantes, sus tampones y compresas, y algunos polvos frustrados.
Siempre he sido la canija de la pandilla. La que menos pesaba, la que menos medía, la que menos tetas tenía. Cuando, con doce años, algunas iban a comprar sujetadores yo me tenía que conformar con escoger tops Princesa para tapar mis inexistentes pechos. Cuando me quedaba sola en casa, me probaba los sujetadores de mi madre y me ponía calcetines dentro de las copas. Después, me bajaba la camiseta y me miraba, satisfecha, al espejo. A los 14 ya se me notaban los mismos bultitos que a mis amigas con 11, y a los 17 tenía la ansiada talla de mi madre: la más pequeña.  La genética de desarrollo por vía materna no dejaba mucho lugar a la esperanza. La historia de la menstruación de mi abuela materna me aterró durante años. Según me contaron, a la pobre le vino la regla con casi 20 años y la gente del lugar estaba convencida de que se iba a morir por un colapso de sangre menstrual en el cerebro.
Ya de adulta, seguí siendo la más pequeña y tuve que conformarme con mis pequeños pechos. Empecé a valorar mi déficit de desarrollo. Hasta ahora, siempre me habían echado menos años de los que tenía. Cuando estudiaba en la universidad tenía que salir con el DNI porque los porteros se pensaban que era la hermana pequeña de alguna de mis amigas. El mes pasado, en mi viaje a Estados Unidos, me pidieron varias veces la identificación para servirme alcohol. Después de años de burlas, el destino por fin me había devuelto la dignidad perdida. Ahora, en los albores de la treintena, podía presumir de mi aspecto juvenil y adolescente.
Hasta aquí El Curioso Caso de Benjamin Button.
Ayer descubrí mi primera cana. Siguiendo la lógica de lentitud extrema que había guiado mi desarrollo físico, esperaba llegar, al menos, a los 35 años sin ninguna. No ha sido así. Mientras analizaba el intruso pelo, barajando la posibilidad de que se tratase de un pelo rubio en medio de mi castaño oscuro, el amigo que venía conmigo cazó la segunda cana en mi cabeza. No quise seguir buscando.
Aquí se puede identificar a la intrusa.
Mi madre no tiene apenas canas y, desde luego, no las tenía con 28 años. Así que, por fin, se ha manifestado la herencia genética paterna. Mi padre, calvo como un melón, sólo luce unos pocos pelos blancos. Imagino que ahora me queda una larga travesía por el bicolor hasta acabar completa y radiantemente blanca.
Hace años que no me tiño el pelo desde la raíz, y soy inmensamente feliz evitando utilizar productos químicos en mi cabeza y luciendo mi color natural. Incluso empezaba a sentirme hippy y en harmonía con la madre naturaleza.

Todavía no he decidido qué hacer con mis canas. A la primera le tengo mucho cariño. Para mí es como la primera regla, el primer amor o el primer diente de leche de un hijo: un suceso irrepetible. Ahora bien, si a algún mocoso del parque se le ocurre llamarme señora, estoy dispuesta a replantearme mis principios.