Las Vegas, la ciudad del ocio y el vicio, quizá sea el lugar menos indicado del mundo para una persona con una trastorno de ansiedad generalizada que se agobia dentro del Corte Inglés de Vigo. Las Vegas o una fiesta rave con Paquirrín pinchando. Pues ahí que me fui, a pasar unas relajadas vacaciones.
La ciudad, situada en el condado de Clark, y en medio del desierto de Mojave tiene todos los ingredientes para la excitación constante de todos los sentidos: luces, edificios gigantescos, temperaturas extremas, miles de personas en todas partes, música, coches, aviones y helicópteros sobrevolando constantemente la ciudad y, afortunadamente, mucho alcohol.
Con menos de dos millones de habitantes –casi todos fuera del famoso Strip- la ciudad recibe 40 millones de turistas al año, algo de lo más normal teniendo en cuenta sus agradables temperaturas que la semana pasada alcanzaban 46 grados, unidas al apacible viento árido del desierto que podría derretirte las cuencas de los ojos en medio pestañeo.
Vista aérea del vasto vergel que rodea Las Vegas.
Después de que a nuestro paisano Antonio Armijo se le ocurriese bautizar la zona con el nombre de Las Vegas, por las zonas verdes que se supone que vio durante una excursión con destino a Texas, la ciudad fue tomada por los americanos que decidieron quedarse con el charco y quitárselo a los indios mexicanos para anexionarla a los Estados Unidos.  Esto hizo posible la canalización del agua en el año 1900, permitiendo el establecimiento de una población y una vía de acceso entre Los Ángeles y Nuevo México, donde los trenes y los viajeros que llegaban con vida después de semejante travesía podían repostar agua.
La joven ciudad fue creciendo durante los primeros años del siglo XX, pero, estar en medio del infernal desierto a más de 350 kilómetros de Los Ángeles y a 440 de Tijuana, no la convertía en un destino paridisíaco. Los pocos que allí vivían se juntaban para echar unos tragos y jugar al chinchón y al dominó con el objeto de olvidarse de su triste existencia. Así que para animar a los infelices veganos –véase el doble sentido de la palabra- se legalizó el juego en el año 1931.  Visionarios empresarios del crimen y la mafia empezaron a construir los primeros casinos en torno al año1941. El Flamingo, uno de los más populares del Strip, fue mandado construir por el gángster Bugsy Siegel. Todo buena gente.
The Flamingo.
A mitad del siglo pasado, ya había barra libre de alcohol y juego, pero no era suficiente. Conscientes de que la demanda de los visitantes a la gran casa de putas americana se estaba sofisticando, se incorporan los shows musicales a la oferta de ocio. Aprovechando el tirón de grandes estrellas del momento (Elvis Presley, Frank Sinatra o Dean Martin) Las Vegas se convirtió a partir de entonces en el epicentro del ocio de Estados Unidos. Y de todo el planeta.
Parte del elenco que hizo famosa a Las Vegas.
A día de hoy, Las Vegas, es el absurdo hecho ciudad. Un coloso invento de neones y edificios temáticos de más de setenta plantas, tan descontrolado y desmesurado que es difícil de explicar con palabras y sin un trankimazin debajo de la lengua. Los nuevos casinos-hoteles (prácticamente todos son ambas cosas) parecen gritar a los visitantes que lo imposible no existe.
Strip de Las Vegas.
Las impresionantes fuentes del Bellagio, situadas en el enorme lago del hotel del mismo nombre, tienen más 1200 boquillas de agua que lanzan enormes chorros de agua que llegan superar los 100 metros de altura, mientras danzan al ritmo de grandes clásicos de Broadway con espectáculo de luces incluido. Las fuentes, inauguradas en 1998, no se han parado ni un solo día desde entonces, y sólo han sido superadas en tamaño por la Fuente de Dubái, inaugurada en 2009.
Grabando las Fuentes del Bellagio
El propio hotel Bellagio, de inspiración italiana, fue el más lujoso del mundo construido hasta ese momento, y obtuvo una certificación de 5 diamantes por la AAA, la más alta de Nortemérica. Y tiene unas camas king size tan cómodas, que hasta yo fui capaz de relajarme en medio de semejante verbena para adentrarme en un profundo sueño.
En los años noventa se disparó definitivamente la locura hotelera temática en las Vegas que permitía a los visitantes visitar diferentes culturas del mundo sin salir del Strip. Se levantaron edificios tan emblemáticos como el París, cuya Torre Eiffel es la mitad de alta que la auténtica, un Arco del Triunfo y una réplica de la Plaza de la Concordia; el Luxor, con forma de pirámide egipcia y una esfinge gigantesca que representan el Antiguo Egipto y cuyo foco, el más potente del mundo, se distingue desde el espacio; el New York-New York, con un Empire State Building, un puente de Brookling y su propia estatua estatua de la libertad de 45 metros de altura. Las ciudad del pecado también tiene su propia Isla del Tesoro, su castillo de princesa, y su palacio del César. Por no hablar de los hoteles más contemporáneos como el Aria, el MGM Grand o el Cospomolitan. Más recientemente, se inauguró el Venetian –el hotel más grande de Estados Unidos calificado con Cinco Diamantes-, por cuya segunda planta discurren canales que se pueden atravesar en góndola  y cuyos techos son representaciones de la mismísima Capilla Sixtina. Aquí podéis ver una referencia de cada uno: http://www.disfrutalasvegas.com/hoteles-famosos
Si Las Vegas es famoso por algo, es por la posibilidad de convertir a cualquier pobre turista en un potencial ludópata. O en un epiléptico. O en un suicida. Y las tres cosas por el mismo motivo: EL JUEGO. Desde el mismo momento en que uno pone un pie en el aeropuerto McCarran, se da cuenta que lo de las tragaperras patrias es un chiste malo. Miles de máquinas recreativas y mesas de juego se acumulan en cada casino, en cada bar, en cada tienda, hasta el punto de que es literalmente imposible apoyar una copa en la barra sin estar en contacto directo con una maquinita . Los casinos abren día y noche y proyectan una tenue luz artificial que hace imposible al visitante distinguir la hora del día a la que se encuentra jugando. Lamentablemente, no os puedo hablar demasiado del juego, ya que mi experiencia se limita a perder 20 dólares en menos de dos minutos usando la técnica de pulsar compulsivamente todos los botones al mismo tiempo. Me puede la ansiedad.
Así es una barra de bar en cualquier casino de Las Vegas.
En esta ciudad de juguete los hoteles están conectados entre sí a través de túneles, puentes y escaleras mecánicas para evitar pasar el mínimo tiempo posible en la calle, alejado de las luces de colores y el humo de los cigarros que se respira en los casinos. Para contrastar las altas temperaturas del exterior, los hoteles regulan su aire acondicionado según las gélidas temperaturas de la Antártida, lo que ha provocado varias muertes de pingüinos, alces y osos polares  al salir de su resort nórdico para ir a dar un paseo. 
Actualmente, la ciudad acoge la friolera de ocho shows de Cirque du Soleil. Afortunadamente para mí, pude asistir al ‘Love’ de los Beatles en el teatro del Mirage, una fascinante exhibición de circo, magia y música. Además, siguiendo el ejemplo de sus antecesores, varios artistas pasan largas temporadas actuando en la ciudad de los casinos. Céline Dión –parece que acaba de cancelar los shows por la enfermedad de su marido-, Britney Spears –que se anuncia comiéndole la boca a Madonna-, o la otrora mujer de carne y hueso, Olivia Newton-John, son algunas de los que encontraréis si viajáis ahora.
Las Vegas tiene los mejores showgirls del mundo (también showboys), nightclubs y restaurantes de importantes chefs mundiales con varias estrellas Michelin. Os recomiendo que consigáis que alguien os invite al Rose.Rabbit.Lie o al Picasso, o que preparéis 500 dólares para gastar en UNA exquisita cena. Por supuesto, la ciudad está repleta de tiendas de lujo donde gastar todo lo que hayas tenido suerte de ganar en los casinos: Chanel, Dior, Rolex, Bulgari, Hermenegildo Zegna, Vuitton, Tom Ford, Versace o Cartier exhiben sus carísimos artículos en escaparates de todos los casinos. Porque una cosa está clara: el dinero que entra en Las Vegas, se queda en Las Vegas.
Quizá Dubái tenga torres más altas y delirantes y puede que los gobiernos europeos permitan la construcción de una ciudad más condescendiente con las drogas y surrealista que la originaria, pero si de algo pueden presumir los americanos es que Las Vegas sólo hay una. Ya nadie puede resucitar a los artistas de la época dorada del cine americano para que vayan a emborracharse a sus barras, ni puede conseguir que Elvis –vivo o muerto- regrese para cantar un ‘Viva’ a otra ciudad. No se puede volver a rodar Casino, Oceans Eleven, Fear and Loathing in Las Vegas o la desternillante Resacón.  Las Vegas es un fenómeno único e irrepetible. Un extraño invento donde los estadounidenses se permiten relajar su férrea moral y estirar los límites de la ‘American Law’ bajo un concepto de fantasía propio de su industria del cine. Y oye, que sobrevivir a tanto descontrol bien merece un baile.
Aquí tenéis al propio Elvis y a las fuentes del Bellagio homenajeando, como no, a Las Vegas.

https://youtube.googleapis.com/v/f7Tv1n16bKM&source=uds

¡VIVA LAS VEGAS!