Hombres y mujeres del mundo, cuando vayáis a salir de casa olvidaos de lo accesorio, de lo innecesario y superfluo, y llevad siempre encima lo realmente importante: aquello que os pueda salvar el culo en una situación de emergencia.
Los varones van, en general, bastante más ligeros de equipaje que la mayor parte de las mujeres. Muchos de los hombres que conozco ni siquiera llevan cartera y guardan las cosas directamente en los bolsillos del pantalón. Mayormente llevan consigo las llaves de casa, el teléfono móvil, la tarjeta de crédito o algo de dinero en efectivo… Algunos incluso se pasean por ahí con la tarjeta sanitaria y el carnet de conducir. Los más cool llevan un libro, una libreta o un Ipad. No una tablet. No. Para ser hipster hay que tener Ipad.
Pero son pocos los que llevan cosas igualmente importantes y que siempre, indefectiblemente piden a su mujer/novia/madre: pañuelos de papel. Ningún hombre lleva kleenex ni aunque los mocos se le caigan a borbotones desde la nariz y aterricen sobre los cuellos de su camisa de cuadros. Jamás.  Y otra cosa que –casi- nunca llevan son preservativos. Los condones, si eso,  se buscan de madrugada por máquinas dispensadoras que no funcionan o gasolineras que venden más profilácticos que combustible los sábados por la noche.
Los más ‘cuquis’ llevan la foto de los niños o lo tuya de cuando eras pequeña. 
Pero ¿y las mujeres? ¿de verdad seguís llenando el bolso de cosméticos, accesorios para el pelo o joyas? Porque ¿de qué nos sirve tener un cutis reluciente si nos baja la regla en medio de un festival y no tenemos un tampón para controlar la hemorragia? ¿Para qué queremos ir perfectamente depiladas si cuando vamos a echar un polvo con ese hombre tan atractivo ninguno de los dos lleva preservativos? ¿Acaso es más importante salir monísimas de la muerte que poder evitar un ataque de pánico en medio de la discoteca y tener que abandonar la sala en ambulancia ante cientos de miradas curiosas?
Cuando yo era joven –joven de verdad, como ésas que van enseñando el tanga por encima del pantalón y se morrean sin pudor en las esquinas de cada calle- mi bolso parecía un auténtico bazar chino. De hecho, allí dentro convivían entremezclados decenas de recipientes de cosméticos chirriantes adquiridos en tiendas donde la normativa sanitaria era un catálogo que vendían con la comida para peces. Desde sombras de ojos y laca para el pelo, pasando por rímmel de colores, purpurina y colorete compacto, en polvos y en crema. Pintalabios y lápiz de ojos de alegres tonos que tanto iban bien para celebrar el carnaval como para ponerse a bailar sobre una tarima. También llevaba pendientes de recambio, pulseras de colores, colgantes gigantes de bolas y diferentes perfumes en botecitos pequeños. Todo ese amasijo de cosmética barata convertía mi bolso en una mina antipersona: era más seguro meter la mano en una piscina de pirañas que allí dentro.
Con los años, fui abandonando esa tendencia insana a cargar el bolso y empecé a ir dejando cada vez más cosas fuera que dentro. A día de hoy, es rara la ocasión en que meto siquiera un pintalabios dentro del bolso y más extraño todavía, es que se me de por reponerlo en medio de la noche. O del día. Jamás me retoco el maquillaje porque soy de las que considera –en virtud de a experiencia y de las fotos del instituto- que es mejor pecar por defecto que por exceso.
Pero hay ciertas cosas que nunca, nunca jamás, se me olvidan. Lo primero, son los tampones y/o compresas: los llevo desde una semana antes de que me tenga que bajar la regla hasta una semana después de que se me haya ido. La semana que sobra también los llevo por si acaso. Y en abundancia, no vaya a ser. Mi madre siempre recuerda el día en que alguien le pidió fuego en la calle y metió la mano en el bolso –que había usado yo el sábado- para coger un mechero: cuando se dio cuenta estaba apuntando a la cara del tipo con un tampax compact regular amarillo.
Entre el cambio climático, las hormonas que contiene la comida precocinada, las cremas del Mercadona, la posición de la luna y las mareas, una nunca sabe cuando se le puede dar a los ovarios por trabajar. Además, si no te toca a ti le tocará a una de tus amigas. Probablemente a la despistada. ¿Y no prefieres llevar un par de tampones en el bolso antes que acompañarla a una farmacia de guardia el sábado a las cuatro de la madrugada o tener que mendigar un tampón entre las desconocidas del baño de la discoteca de turno?
Tipica foto artística de un tampón posando en una roca. 
Lo siguiente que nunca debe faltar en el bolso de una mujer son los condones. Como ya os dije, muchos hombres no gustan demasiado de comprar preservativos, así que ya sabéis: mejor prevenir que abortar (es un buen momento para recordaros que vivís en España). Con un preservativo en el bolso quedarás como una mujer moderna y sin complejos, dueña de su destino. Un condón te da un aurea de superioridad sexual que pondrá a tus amantes a tus pies. Si además es de frutas o estriado, parecerás una tía experimentada y divertida.
Estos objetos de necesidad absoluta los suelo acompañar con pañuelos de papel (que lo mismo valen para limpiarse la cara, consolar a tu amiga, DECIRLE A TU CHICO QUE DEJE DE ASPIRAR MOCOS o secarse la entrepierna en los pubs donde nunca jamás hay papel); ibuprofeno (fundamental para combatir resacas), y bragas y cepillo de dientes si duermo fuera de casa. Así, al menos, podré tomarme algo para el dolor de cabeza a la mañana siguiente y no regresar oliendo a rancio cuando se me requiera en la comida familiar del domingo.
Lo último –o lo primero- que SIEMPRE llevo en mi bolso o mi cartera es un par de Trankimazines. El principio activo de este ansiolítico de efecto rápido es el Alprazolam (también lo hay de marca blanca) que te deja más tranquilito que un bebé recién amamantado cuando te lo metes debajo de la lengua o lo tragas con un poco de agua. El Trankimazin no es la solución a tus problemas, pero dejaros de Buda y meditación y reconoced de una puta vez que muchos problemas, sencillamente, no tienen solución.
Desgraciadamente, cada vez más personas sufren trastornos del espectro ansioso y/o depresivo y, y muchos de nosotros tomamos o hemos tomado algún tipo de tratamiento para combatir los efectos indeseados de la ansiedad o el estrés generalizado. Muchas personas sufren (o van a sufrir) algún episodio puntual de ansiedad o angustia en forma de ataques de pánico a lo largo de toda su vida. El ataque/crisis de pánico llega a uno como un tsunami de terror, pérdida de realidad y sensación de muerte súbita e inminente. 
Soy tan retorcida que esto me hace mucha gracia.
Como si las estuvieses palmando, vamos. Y, las sensatas recomendaciones de los terapeutas son:
       – Relajarse (oh, gracias!) y pensar en otra cosa (mientras te quedas sin respiración o hiperventilas como -Paquirrín después de una ultramarathón).
      – Inspirar y espirar muuuuuuy lentamente.
       –Contar hasta diez. Y en diferentes idiomas.
       –Respirar dentro de una bolsa de plástico o papel.
       –Tomarse un agüita.
       –Pensar en un paisaje bucólico y relajante tipo una playa paradisiaca o una verde montaña con Heidi corriendo a casa del abuelito.
      – Practicar tu deporte preferido, cocinar (cuidado con el butano), pintar un cuadro, ver una película, vamos, entretenerse.
       –TOMARSE UN TRANKIMAZIN INMEDIATAMENTE
La mujer de nuestro amigo el ansioso llama al médico que le recomienda un potente ansiolítico. 
La primera vez que tuve un ataque de pánico vi la muerte pero sin túnel, ni puente, ni infraestructura ninguna: era como si me arrancasen el alma en el tramo del AVE que une Galicia con la Meseta. Evidentemente, el ataque de angustia pasó y después de llevarme al hospital y colocarme de ansiolíticos hasta las cejas los médicos me recomendaron una visitilla al psiquiatra de turno. Soy de las que asume e intenta resolver rápido los problemas, así que antes de volver a vivir un episodio como aquel me fui a ver a un camello de la medicina legal. El buen hombre me hablaba de cosas que me importaban un pito y que más bien no funcionaron, hasta que por fin me recetó mi droga: Trankimazin.
Ante mi rictus grave por lo violento de la situación (loca con 18, y yo que esperaba llegar a la edad de ser madre para poder decirle a mis hijos aquello de “yo antes de teneros era normal”) el doctor me dijo, muy sinceramente, que si pudiésemos abrir los bolsos y las carteras de todas las mujeres y hombres que pasaban en aquel momento por delante de la consulta, probablemente, la mitad llevarían trankimazin. En aquel momento no me consoló demasiado y más bien pensé que se trataba de una estrategia para que mi psicopatía no le explotara en la cara y blandiese el cuchillo de untar la mantequilla en su cuello de un momento a otro.
Han pasado unos cuantos años –diez, en concreto- y la vida me ha demostrado que aquel tipo tenía razón: cada día somos más. El número de afectados por ansiedad y trastornos de angustia crece como el paro: ya casi son más las personas que conozco que se colocan de barbitúricos, que los que no. Es probable que no se necesite medicar tanto a la gente y que algo en la sociedad médica falla para que haya tantos pacientes drogados día y noche por problemas psicológicos (YO NO SOY JORGE BUCAY) pero, la realidad, amiguitos, es que en los últimos años he conocido a tanta gente que se dopa o ha dopado (o lo necesita seriamente) que siempre me llevo mi trankimazin encima. Como si fuese la estampita de la Virgen María que me protege y me guía allí a donde voy, el trankimazin me acompaña en los buenos y malos momentos. Especialmente en los malos.  El ataque de ansiedad no entiende de calendarios lunares ni sexo meditado: llega en cualquier momento, a cualquier hora, así que más vale estar prevenido.
Si con los tampones y los preservativos uno puede hacer amigos, no os quiero ni contar con los ansiolíticos. Debido a mi natural disposición a ventilar mis problemas mentales, me han pedido casi tantos trankimazines como cigarros, y, aunque de momento los cubre el seguro y son bastante baratos, una ya se empieza a hartar: que no soy una botica, coño.

  • http://www.blogger.com/profile/11643028517834872827 Telma

    Yo hace más de un año que no uso ni tampax ni compresas. Uso una copa menstrual y mi vida es mucho más sencilla, pruébalo.

    Respecto al trakimacín, tienes razón, se está convirtiendo en elemento de primera necesidad para muchos. Qué le vamos a hacer?

    Un saludo!

  • http://www.blogger.com/profile/06259790177864679295 Diana López Varela

    La cuestión es reírse. Evidentemente, lo de los ataques de pánico y la mitad de la población con ansiedad, angustia o agorafobia no es normal, pero es la realidad. A mí ya me importa más bien poco confesarlo, y creo que se puede ayudar a la gente a quitarse el complejo. No pasa nada. Y por supuesto, como en tu caso, también se supera.

    Me ha encantado tu respuesta. Lo del cepillo para la niña es <3 jaja. Saludos JJ!

  • http://www.blogger.com/profile/05559812306295338142 juan jesus Rch

    Pues si, alzo la mano. He sufrido ataques de ansiedad y he llevado tranquimazin en la cartera.
    Gracias a la vida ese período duro solo 4 meses. El psiquiatra al que fui me receto tales medicamentos que me dije a mi mismo que tendría que salir de eso solo como sea.
    Y si, salí yo solo. Mi mujer tuvo que soportarme pero sali sin medicamentos.
    utilice un tranquimazin más en otro ataque que tuve. Los demás se deshicieron ennla cartera en polvo, volví a meter otros dos, por si acaso, y se convirtieron en polvo de nuevo. Ya no metí más.
    La meditación ha hecho que decida no meter mas droga legal en la cartera.
    El miedo, causante de los ataques, es una parte de nosotros, pero no somos nosotros.
    Ese miedo que la sociedad en la que vivimos es utilizado para aborregar al personal y hacer que ya seamos la generación tranquimazin.
    Pd. Yo soy mas “amariconado” y llevo un bolsito con pañuelos, una navaja, un cepillo para el pelo plegable (para mi niña), cartera, cargador de móvil, bolígrafo y papel y auriculares. Condones no llevo, esos están en el cajón de la mesilla de noche.
    Gran post. Un saludo.