No sé en qué momento de la historia de la humanidad se nos imbuyó en el cerebro la teoría del amor incondicional, como si eso fuese la panacea del sentimiento romántico. La misma Iglesia Católica, en su liturgia del matrimonio, hace suscribir a los novios un contrato bajo los términos de entrega y fidelidad en cualquier circunstancia hasta el fin de sus días. Pero la realidad es más fuerte que los santísimos sacramentos: el número de separaciones en el mundo y en España (en el TOP FIVE del ránking) no deja de aumentar, de hecho, en el primer trimestre de este año casi 35.000 parejas se han separado o divorciado en nuestro país (se incluyen en la lista los “sí quiero” de aquellos que se juraron amor eterno bajo la inquisidora mirada de Dios Todopoderoso). Eso, sin incluir a las parejas no casadas que se separan cada día.
Te quiero incondicionalmente’ es una mentira al nivel de “no me voy a quedar calvo, sólo son entradas”. Yo no quiero incondicionalmente a nadie, si acaso, a mis padres. Pero por el racional hecho de que considero que se lo merecen y mi sentimiento se nutre, en parte, de la reciprocidad del amor que ellos sienten hacia mí (qué bonito). Supongo que si fuese madre creería más en la perpetuidad del amor. Pero hay padres malos e hijos malos que, desde mi punto de vista, no son merecedores de ese amor incondicional que viene dado por el azaroso vínculo de sangre.
Del mismo modo en que reivindico la condicionalidad del amor, también practico y exijo la autenticidad del mismo. Cuando quiero, quiero de verdad, e intento demostrarlo en mis relaciones de amistad, las más sinceras y duraderas que he tenido. Ahora bien, si un amigo empieza a hacerme faenas, a utilizarme a su antojo según convenga o, sencillamente, a ignorarme, es más que probable que deje de quererlo incondicionalmente.
Pues este absurdo, que a la postre se ve bastante claro en las relaciones de amistad (somos amigos porque las dos partes nos aportamos algo y la compañía del otro nos agrada y resulta placentera), no es siempre evidente en las relaciones de pareja. Qué sentido tiene si no aguantar a alguien que te hace infeliz, no comparte tus ambiciones y objetivos o cuya compañía te lastra irremediablemente.
La creencia absurda de que la amistad y el amor son incompatibles tiene gran parte de culpa en esto. Empezar una relación con un amigo es llevar parte del trabajo hecho. Y lo bueno, es que conoces sus antecedentes –otra cosa es que en los efluvios del amor decidas olvidarlos selectivamente-. Cuántas veces habré escuchado yo eso de “No quiero enamorarme de fulanito porque somos amigos” o “si empezamos a salir entonces lo perderé como amig@”. Bien, ¿acaso hay mejor manera de empezar una relación que desde una amistad sincera y fuerte? ¿A alguien le gustaría salir con un persona a la que no soportaría ni cinco minutos tomándose una cerveza el viernes por la tarde a la salida del trabajo? Desgraciadamente, este tipo de parejas existen. Son aquellas que parecen vivir en una contienda constante en la cada uno, pertenece a bandos enemigos. No se soportan, no se respetan, no se apoyan y algunos, incluso se odian. Pero es probable que su unión esté basada en la falacia del amor incondicional.
Aunque lo parezca, no se están sacando un moco.
Mi teoría, es que el amor incondicional es fruto del miedo, la cobardía y la horrible ‘comodidad’ en la que muchas parejas viven instaladas de por vida negándose mutuamente el derecho a la felicidad.
Según nos hacemos mayores, cada vez tenemos una actitud más escéptica hacia el amor. Los romances adolescentes y juveniles se viven con una magnitud de 8 en la escala Ritcher: idealizamos hasta donde nuestra imaginación nos permite, y nos regodeamos en cada uno de los detalles de nuestro objeto de deseo. Las rupturas son vividas de forma desgarradora y dolorosísima, pero la verdad es que la rápida reproducción celular de esos años hace que te olvides de tu amado en cuanto otro chico más guapo te invita a dar una vuelta en su nueva moto. (Cambiamos esto por en cuanto otra se ofrece a subirse atrás en tu nueva moto, y ya tenemos la cura a los males de amores en los chicos púberes).
Para ilustrar mi teoría acerca del amor adolescente suelo contar una tierna anécdota acerca de esto. Cuando tenía 14 años me eché un novio en el instituto del que me cansé exactamente, a los 7 días. Como el chaval se puso muy pesadito y coaccionaba horriblemente mi decisión haciéndome sentir una mala persona le propuse un trato: “yo te dejo, pero, a cambio de que no te enfades conmigo, te presento a mi amiga X que tiene las tetas más grandes que yo y, además, se las deja tocar”. Gracias a mi pericia en el arte de dejar, ellos dos disfrutaron de una bonita relación que duró más de dos años.
Un banco, sobredosis de hormonas, y ya tenemos la fiesta montada.
La visión idealista del amor cambia en la madurez, una etapa que es –o debería de ser- más sensata y menos ansiosa. A partir de una determinada edad (más/menos diez años según seas hombre o mujer) las personas buscamos más la sinergia y formar un equipo con la pareja que solamente –aunque evidentemente también- una atracción sexual y apasionada. El problema de tanta sensatez es que realmente empiezas a darte cuenta de que cada vez es más complicado encontrar a alguien que cumpla con tus exigencias. Mi visión del amor de verdad exige una serie de condiciones que deben revisarse temporalmente como los contratos de los futbolistas: o rindes en la pareja o revocamos nuestro convenio.
Nuestras madres –por nuestras, me refiero especialmente a las de las chicas- siempre a la vanguardia de los consejos agoreros (“como sigas así te vas a quedar S O L A”), pretenden enseñarnos cómo enfrentarnos al amor y a las relaciones de pareja, pero poco hay que hacer contra las nuevas tendencias sociales y los objetivos vitales –irremediablemente unidos a la emancipación económica e intelectual de la mujer- de nuestros días.
Nada tiene esto que ver con aguantar ciertas cosas por amor, que ya sabemos que las relaciones no son siempre ese primer polvo de mierda en el coche que uno recuerda como “el más especial de su vida”. Los contratos son flexibles y los términos pueden variar según las necesidades de las partes. Lo fundamental es saber hasta cuándo aguantar y ser conscientes que nuestras decisiones en cualquier sentido, tienen consecuencias. El adulterio, que cada vez se practica con más alegría y frecuencia, es una de las principales consecuencias del desentendimiento en pareja: a muchos les resulta más excitante poner los cuernos que acostarse con su pareja a la que, por supuesto, quiere incondicionalmente.
La condicionalidad es para mí, una exigencia y una obligación. Del mismo modo en que amar incondicionalmente es una gilipollez, tampoco deberíamos de buscar parejas que estén con nosotros a toda costa, independientemente de cómo actuemos. Yo también quiero que me quieran por mi singularidad y porque algo aporto a esa persona que la hace más feliz conmigo. Mi descreimiento respecto a la gente que se enamora enseguida y que jura amor eterno al segundo día aumenta con los años: a saber cuánt@s van antes.
Lo fundamental, amigos, es que no digáis cosas que puedan ser utilizadas en vuestra contra. No vaya a ser que acabéis encarcelados en uno de esos amores incondicionales, tortuosos y sin derecho a fianza.