Mes: julio 2014

La falacia del amor incondicional

 

No sé en qué momento de la historia de la humanidad se nos imbuyó en el cerebro la teoría del amor incondicional, como si eso fuese la panacea del sentimiento romántico. La misma Iglesia Católica, en su liturgia del matrimonio, hace suscribir a los novios un contrato bajo los términos de entrega y fidelidad en cualquier circunstancia hasta el fin de sus días. Pero la realidad es más fuerte que los santísimos sacramentos: el número de separaciones en el mundo y en España (en el TOP FIVE del ránking) no deja de aumentar, de hecho, en el primer trimestre de este año casi 35.000 parejas se han separado o divorciado en nuestro país (se incluyen en la lista los “sí quiero” de aquellos que se juraron amor eterno bajo la inquisidora mirada de Dios Todopoderoso). Eso, sin incluir a las parejas no casadas que se separan cada día.
Te quiero incondicionalmente’ es una mentira al nivel de “no me voy a quedar calvo, sólo son entradas”. Yo no quiero incondicionalmente a nadie, si acaso, a mis padres. Pero por el racional hecho de que considero que se lo merecen y mi sentimiento se nutre, en parte, de la reciprocidad del amor que ellos sienten hacia mí (qué bonito). Supongo que si fuese madre creería más en la perpetuidad del amor. Pero hay padres malos e hijos malos que, desde mi punto de vista, no son merecedores de ese amor incondicional que viene dado por el azaroso vínculo de sangre.
Del mismo modo en que reivindico la condicionalidad del amor, también practico y exijo la autenticidad del mismo. Cuando quiero, quiero de verdad, e intento demostrarlo en mis relaciones de amistad, las más sinceras y duraderas que he tenido. Ahora bien, si un amigo empieza a hacerme faenas, a utilizarme a su antojo según convenga o, sencillamente, a ignorarme, es más que probable que deje de quererlo incondicionalmente.
Pues este absurdo, que a la postre se ve bastante claro en las relaciones de amistad (somos amigos porque las dos partes nos aportamos algo y la compañía del otro nos agrada y resulta placentera), no es siempre evidente en las relaciones de pareja. Qué sentido tiene si no aguantar a alguien que te hace infeliz, no comparte tus ambiciones y objetivos o cuya compañía te lastra irremediablemente.
La creencia absurda de que la amistad y el amor son incompatibles tiene gran parte de culpa en esto. Empezar una relación con un amigo es llevar parte del trabajo hecho. Y lo bueno, es que conoces sus antecedentes –otra cosa es que en los efluvios del amor decidas olvidarlos selectivamente-. Cuántas veces habré escuchado yo eso de “No quiero enamorarme de fulanito porque somos amigos” o “si empezamos a salir entonces lo perderé como amig@”. Bien, ¿acaso hay mejor manera de empezar una relación que desde una amistad sincera y fuerte? ¿A alguien le gustaría salir con un persona a la que no soportaría ni cinco minutos tomándose una cerveza el viernes por la tarde a la salida del trabajo? Desgraciadamente, este tipo de parejas existen. Son aquellas que parecen vivir en una contienda constante en la cada uno, pertenece a bandos enemigos. No se soportan, no se respetan, no se apoyan y algunos, incluso se odian. Pero es probable que su unión esté basada en la falacia del amor incondicional.
Aunque lo parezca, no se están sacando un moco.
Mi teoría, es que el amor incondicional es fruto del miedo, la cobardía y la horrible ‘comodidad’ en la que muchas parejas viven instaladas de por vida negándose mutuamente el derecho a la felicidad.
Según nos hacemos mayores, cada vez tenemos una actitud más escéptica hacia el amor. Los romances adolescentes y juveniles se viven con una magnitud de 8 en la escala Ritcher: idealizamos hasta donde nuestra imaginación nos permite, y nos regodeamos en cada uno de los detalles de nuestro objeto de deseo. Las rupturas son vividas de forma desgarradora y dolorosísima, pero la verdad es que la rápida reproducción celular de esos años hace que te olvides de tu amado en cuanto otro chico más guapo te invita a dar una vuelta en su nueva moto. (Cambiamos esto por en cuanto otra se ofrece a subirse atrás en tu nueva moto, y ya tenemos la cura a los males de amores en los chicos púberes).
Para ilustrar mi teoría acerca del amor adolescente suelo contar una tierna anécdota acerca de esto. Cuando tenía 14 años me eché un novio en el instituto del que me cansé exactamente, a los 7 días. Como el chaval se puso muy pesadito y coaccionaba horriblemente mi decisión haciéndome sentir una mala persona le propuse un trato: “yo te dejo, pero, a cambio de que no te enfades conmigo, te presento a mi amiga X que tiene las tetas más grandes que yo y, además, se las deja tocar”. Gracias a mi pericia en el arte de dejar, ellos dos disfrutaron de una bonita relación que duró más de dos años.
Un banco, sobredosis de hormonas, y ya tenemos la fiesta montada.
La visión idealista del amor cambia en la madurez, una etapa que es –o debería de ser- más sensata y menos ansiosa. A partir de una determinada edad (más/menos diez años según seas hombre o mujer) las personas buscamos más la sinergia y formar un equipo con la pareja que solamente –aunque evidentemente también- una atracción sexual y apasionada. El problema de tanta sensatez es que realmente empiezas a darte cuenta de que cada vez es más complicado encontrar a alguien que cumpla con tus exigencias. Mi visión del amor de verdad exige una serie de condiciones que deben revisarse temporalmente como los contratos de los futbolistas: o rindes en la pareja o revocamos nuestro convenio.
Nuestras madres –por nuestras, me refiero especialmente a las de las chicas- siempre a la vanguardia de los consejos agoreros (“como sigas así te vas a quedar S O L A”), pretenden enseñarnos cómo enfrentarnos al amor y a las relaciones de pareja, pero poco hay que hacer contra las nuevas tendencias sociales y los objetivos vitales –irremediablemente unidos a la emancipación económica e intelectual de la mujer- de nuestros días.
Nada tiene esto que ver con aguantar ciertas cosas por amor, que ya sabemos que las relaciones no son siempre ese primer polvo de mierda en el coche que uno recuerda como “el más especial de su vida”. Los contratos son flexibles y los términos pueden variar según las necesidades de las partes. Lo fundamental es saber hasta cuándo aguantar y ser conscientes que nuestras decisiones en cualquier sentido, tienen consecuencias. El adulterio, que cada vez se practica con más alegría y frecuencia, es una de las principales consecuencias del desentendimiento en pareja: a muchos les resulta más excitante poner los cuernos que acostarse con su pareja a la que, por supuesto, quiere incondicionalmente.
La condicionalidad es para mí, una exigencia y una obligación. Del mismo modo en que amar incondicionalmente es una gilipollez, tampoco deberíamos de buscar parejas que estén con nosotros a toda costa, independientemente de cómo actuemos. Yo también quiero que me quieran por mi singularidad y porque algo aporto a esa persona que la hace más feliz conmigo. Mi descreimiento respecto a la gente que se enamora enseguida y que jura amor eterno al segundo día aumenta con los años: a saber cuánt@s van antes.
Lo fundamental, amigos, es que no digáis cosas que puedan ser utilizadas en vuestra contra. No vaya a ser que acabéis encarcelados en uno de esos amores incondicionales, tortuosos y sin derecho a fianza.

LAS BRAGAS DE REGLA

Cuando las bloggers de moda, empeñadas en enseñarnos a vestir bien –bien o como payasas, según lo miréis- hablan de las prendas básicas que TODA MUJER debe de tener para componer un buen fondo de armario (atención, las prendas pueden guardarse en cualquier lugar, algunas incluso en la parte alta del mueble) se olvidan, sistemáticamente, de la prenda más importante de todas: las bragas de regla.
La braga de regla es una prenda que, absolutamente toda mujer en edad fértil debe de tener en su cajón. De hecho, lo sensato es tener, al menos, media docena de bragas de regla. Aunque claro, siempre está tu preferida: la braga más vieja y chunga de todas. Ésa que deseas ponerte cuando las flores huelen a mierda de perro y las nubes se empeñan en cubrir el astro rey.
La braga de regla no nace, se hace. Cuando somos niñas, aprendemos a través de la tradición oral y la colada de nuestra madre, que las mujeres adultas usan ese tipo de prenda íntima. Como si se tratase de un club privado, a nosotras no se nos está permitido el acceso: tenemos bragas de Minnie y de Mafalda, bragas con estrellitas y con lacitos, bragas lisas y estampadas, pero NO TENEMOS BRAGAS DE REGLA.
Entonces, un buen día –qué cojones, un mal día- una mancha roja aparece en tus impolutas bragas blancas con estampado multifrutas, seguida de un dolor punzante que atraviesa tu espina dorsal y, dentro de la desgracia, sabes que, por fin, ha llegado el momento de crear tu fondo de armario de mujer menstruadora.
Esa primera braga manchada de sangre, será sometida por tu madre al proceso de aclarado-blanqueado-lavado-centrifugado-clareado hasta llegar de vuelta a tu cajón convertida en tu primera braga de regla: si todo ha salido bien, las frutitas se parecerán más a fantasmitas y las costuras habrán dado ligeramente de sí. Sí, además, el blanco ha adquirido cierto tono amarillento por el uso indiscriminado de lejía barata, estamos en el buen camino.
Los siguientes meses son los más duros: todavía no tienes bragas de regla, y, cada vez, te toca pelearte con unas nuevas costuras apretadas y picajosas, un color demasiado vivo, una cintura demasiado baja y estrecha. La compresa (ninguna niña virgen decente debería usar tampones) se sale por los lados y la braga tiene demasiada licra para que se adhiera bien y no se mueva durante la noche. Cada vez que estrenas bragas para la regla, luchas con todas tus fuerzas para adaptarlas a tus necesidades: las estiras hasta las orejas mientras escuchas satisfecha el ‘crack’ de las gomas dando de sí, las lavas y relavas a 50 grados centígrados, las tiendes en agosto a pleno sol del mediodía… porque sabes que cuanto menos sexy, más cómoda será.
Aquí una cuidadosa selección de mis bragas de regla. Desgraciadamente, mi madre ha tirado grandes tesoros precolombinos.
No solo de bragas vive la mujer menstruadora. Durante esta época, es donde la adolescente adquiere consciencia sobre la necesidad de crear su fondo de armario real: pijamas flojos y viejos, sujetadores sin aros, bolsa térmica de los pies de la abuela para poner sobre los ovarios y/o riñones y camisetas gigantescas de marcas de alcohol o fiestas populares en honor a borrachos célebres.
Nuestras prendas de regla son como el calzoncillo de repuesto de los chicos: aquello que sólo nos ponemos en situaciones de emergencia. En el caso de ellos, suele coincidir después de dos largas semanas sin poner la lavadora.
No hay ningún requisito para crear la braga de regla perfecta, cada mujer deberá escoger a sus candidatas –normalmente, tiramos de aquellas que nunca nos pondríamos para echar un polvo- y someterlas a un riguroso entrenamiento que nunca acaba.
Porque ahora, en la plenitud de tu vida, es cuando abres el cajón anestesiada de ibuprofenos y, desesperada, buscas por entre cientos de tangas de encaje y transparencias -vistos en los blogs más trendy– aquella primera braga de fantasmitas. Tu preferida.

Generación TRANKIMAZIN

Hombres y mujeres del mundo, cuando vayáis a salir de casa olvidaos de lo accesorio, de lo innecesario y superfluo, y llevad siempre encima lo realmente importante: aquello que os pueda salvar el culo en una situación de emergencia.
Los varones van, en general, bastante más ligeros de equipaje que la mayor parte de las mujeres. Muchos de los hombres que conozco ni siquiera llevan cartera y guardan las cosas directamente en los bolsillos del pantalón. Mayormente llevan consigo las llaves de casa, el teléfono móvil, la tarjeta de crédito o algo de dinero en efectivo… Algunos incluso se pasean por ahí con la tarjeta sanitaria y el carnet de conducir. Los más cool llevan un libro, una libreta o un Ipad. No una tablet. No. Para ser hipster hay que tener Ipad.
Pero son pocos los que llevan cosas igualmente importantes y que siempre, indefectiblemente piden a su mujer/novia/madre: pañuelos de papel. Ningún hombre lleva kleenex ni aunque los mocos se le caigan a borbotones desde la nariz y aterricen sobre los cuellos de su camisa de cuadros. Jamás.  Y otra cosa que –casi- nunca llevan son preservativos. Los condones, si eso,  se buscan de madrugada por máquinas dispensadoras que no funcionan o gasolineras que venden más profilácticos que combustible los sábados por la noche.
Los más ‘cuquis’ llevan la foto de los niños o lo tuya de cuando eras pequeña. 
Pero ¿y las mujeres? ¿de verdad seguís llenando el bolso de cosméticos, accesorios para el pelo o joyas? Porque ¿de qué nos sirve tener un cutis reluciente si nos baja la regla en medio de un festival y no tenemos un tampón para controlar la hemorragia? ¿Para qué queremos ir perfectamente depiladas si cuando vamos a echar un polvo con ese hombre tan atractivo ninguno de los dos lleva preservativos? ¿Acaso es más importante salir monísimas de la muerte que poder evitar un ataque de pánico en medio de la discoteca y tener que abandonar la sala en ambulancia ante cientos de miradas curiosas?
Cuando yo era joven –joven de verdad, como ésas que van enseñando el tanga por encima del pantalón y se morrean sin pudor en las esquinas de cada calle- mi bolso parecía un auténtico bazar chino. De hecho, allí dentro convivían entremezclados decenas de recipientes de cosméticos chirriantes adquiridos en tiendas donde la normativa sanitaria era un catálogo que vendían con la comida para peces. Desde sombras de ojos y laca para el pelo, pasando por rímmel de colores, purpurina y colorete compacto, en polvos y en crema. Pintalabios y lápiz de ojos de alegres tonos que tanto iban bien para celebrar el carnaval como para ponerse a bailar sobre una tarima. También llevaba pendientes de recambio, pulseras de colores, colgantes gigantes de bolas y diferentes perfumes en botecitos pequeños. Todo ese amasijo de cosmética barata convertía mi bolso en una mina antipersona: era más seguro meter la mano en una piscina de pirañas que allí dentro.
Con los años, fui abandonando esa tendencia insana a cargar el bolso y empecé a ir dejando cada vez más cosas fuera que dentro. A día de hoy, es rara la ocasión en que meto siquiera un pintalabios dentro del bolso y más extraño todavía, es que se me de por reponerlo en medio de la noche. O del día. Jamás me retoco el maquillaje porque soy de las que considera –en virtud de a experiencia y de las fotos del instituto- que es mejor pecar por defecto que por exceso.
Pero hay ciertas cosas que nunca, nunca jamás, se me olvidan. Lo primero, son los tampones y/o compresas: los llevo desde una semana antes de que me tenga que bajar la regla hasta una semana después de que se me haya ido. La semana que sobra también los llevo por si acaso. Y en abundancia, no vaya a ser. Mi madre siempre recuerda el día en que alguien le pidió fuego en la calle y metió la mano en el bolso –que había usado yo el sábado- para coger un mechero: cuando se dio cuenta estaba apuntando a la cara del tipo con un tampax compact regular amarillo.
Entre el cambio climático, las hormonas que contiene la comida precocinada, las cremas del Mercadona, la posición de la luna y las mareas, una nunca sabe cuando se le puede dar a los ovarios por trabajar. Además, si no te toca a ti le tocará a una de tus amigas. Probablemente a la despistada. ¿Y no prefieres llevar un par de tampones en el bolso antes que acompañarla a una farmacia de guardia el sábado a las cuatro de la madrugada o tener que mendigar un tampón entre las desconocidas del baño de la discoteca de turno?
Tipica foto artística de un tampón posando en una roca. 
Lo siguiente que nunca debe faltar en el bolso de una mujer son los condones. Como ya os dije, muchos hombres no gustan demasiado de comprar preservativos, así que ya sabéis: mejor prevenir que abortar (es un buen momento para recordaros que vivís en España). Con un preservativo en el bolso quedarás como una mujer moderna y sin complejos, dueña de su destino. Un condón te da un aurea de superioridad sexual que pondrá a tus amantes a tus pies. Si además es de frutas o estriado, parecerás una tía experimentada y divertida.
Estos objetos de necesidad absoluta los suelo acompañar con pañuelos de papel (que lo mismo valen para limpiarse la cara, consolar a tu amiga, DECIRLE A TU CHICO QUE DEJE DE ASPIRAR MOCOS o secarse la entrepierna en los pubs donde nunca jamás hay papel); ibuprofeno (fundamental para combatir resacas), y bragas y cepillo de dientes si duermo fuera de casa. Así, al menos, podré tomarme algo para el dolor de cabeza a la mañana siguiente y no regresar oliendo a rancio cuando se me requiera en la comida familiar del domingo.
Lo último –o lo primero- que SIEMPRE llevo en mi bolso o mi cartera es un par de Trankimazines. El principio activo de este ansiolítico de efecto rápido es el Alprazolam (también lo hay de marca blanca) que te deja más tranquilito que un bebé recién amamantado cuando te lo metes debajo de la lengua o lo tragas con un poco de agua. El Trankimazin no es la solución a tus problemas, pero dejaros de Buda y meditación y reconoced de una puta vez que muchos problemas, sencillamente, no tienen solución.
Desgraciadamente, cada vez más personas sufren trastornos del espectro ansioso y/o depresivo y, y muchos de nosotros tomamos o hemos tomado algún tipo de tratamiento para combatir los efectos indeseados de la ansiedad o el estrés generalizado. Muchas personas sufren (o van a sufrir) algún episodio puntual de ansiedad o angustia en forma de ataques de pánico a lo largo de toda su vida. El ataque/crisis de pánico llega a uno como un tsunami de terror, pérdida de realidad y sensación de muerte súbita e inminente. 
Soy tan retorcida que esto me hace mucha gracia.
Como si las estuvieses palmando, vamos. Y, las sensatas recomendaciones de los terapeutas son:
       – Relajarse (oh, gracias!) y pensar en otra cosa (mientras te quedas sin respiración o hiperventilas como -Paquirrín después de una ultramarathón).
      – Inspirar y espirar muuuuuuy lentamente.
       –Contar hasta diez. Y en diferentes idiomas.
       –Respirar dentro de una bolsa de plástico o papel.
       –Tomarse un agüita.
       –Pensar en un paisaje bucólico y relajante tipo una playa paradisiaca o una verde montaña con Heidi corriendo a casa del abuelito.
      – Practicar tu deporte preferido, cocinar (cuidado con el butano), pintar un cuadro, ver una película, vamos, entretenerse.
       –TOMARSE UN TRANKIMAZIN INMEDIATAMENTE
La mujer de nuestro amigo el ansioso llama al médico que le recomienda un potente ansiolítico. 
La primera vez que tuve un ataque de pánico vi la muerte pero sin túnel, ni puente, ni infraestructura ninguna: era como si me arrancasen el alma en el tramo del AVE que une Galicia con la Meseta. Evidentemente, el ataque de angustia pasó y después de llevarme al hospital y colocarme de ansiolíticos hasta las cejas los médicos me recomendaron una visitilla al psiquiatra de turno. Soy de las que asume e intenta resolver rápido los problemas, así que antes de volver a vivir un episodio como aquel me fui a ver a un camello de la medicina legal. El buen hombre me hablaba de cosas que me importaban un pito y que más bien no funcionaron, hasta que por fin me recetó mi droga: Trankimazin.
Ante mi rictus grave por lo violento de la situación (loca con 18, y yo que esperaba llegar a la edad de ser madre para poder decirle a mis hijos aquello de “yo antes de teneros era normal”) el doctor me dijo, muy sinceramente, que si pudiésemos abrir los bolsos y las carteras de todas las mujeres y hombres que pasaban en aquel momento por delante de la consulta, probablemente, la mitad llevarían trankimazin. En aquel momento no me consoló demasiado y más bien pensé que se trataba de una estrategia para que mi psicopatía no le explotara en la cara y blandiese el cuchillo de untar la mantequilla en su cuello de un momento a otro.
Han pasado unos cuantos años –diez, en concreto- y la vida me ha demostrado que aquel tipo tenía razón: cada día somos más. El número de afectados por ansiedad y trastornos de angustia crece como el paro: ya casi son más las personas que conozco que se colocan de barbitúricos, que los que no. Es probable que no se necesite medicar tanto a la gente y que algo en la sociedad médica falla para que haya tantos pacientes drogados día y noche por problemas psicológicos (YO NO SOY JORGE BUCAY) pero, la realidad, amiguitos, es que en los últimos años he conocido a tanta gente que se dopa o ha dopado (o lo necesita seriamente) que siempre me llevo mi trankimazin encima. Como si fuese la estampita de la Virgen María que me protege y me guía allí a donde voy, el trankimazin me acompaña en los buenos y malos momentos. Especialmente en los malos.  El ataque de ansiedad no entiende de calendarios lunares ni sexo meditado: llega en cualquier momento, a cualquier hora, así que más vale estar prevenido.
Si con los tampones y los preservativos uno puede hacer amigos, no os quiero ni contar con los ansiolíticos. Debido a mi natural disposición a ventilar mis problemas mentales, me han pedido casi tantos trankimazines como cigarros, y, aunque de momento los cubre el seguro y son bastante baratos, una ya se empieza a hartar: que no soy una botica, coño.