Y Dios creó a Adán y a Eva y a él le puso un falo y a ella una vagina. Y, evidentemente (¿?), les prohibió follar. Pero ellos desobedecieron al Gran Creador para morder de la manzana prohibida y en el Paraíso no había condones.
Pues por culpa de Adán y Eva ahora somos 7000 millones más y en Pontevedra nunca hay donde aparcar.
Ven aquí Adán, que te voy a dar de lo tuyo.
Desde el principio de los tiempos no ha habido hombre ni mujer capaz de ir a comprar condones sin pasar cierto sonrojo. Como hijos que somos del pecado original cargamos con la culpa primigenia del folleteo, y los trabajadores de las farmacias son los representantes en la tierra que Dios ha elegido para recordarnos lo malvados e impuros que somos.
Ni la revolución sexual, ni la liberalización femenina, ni Zapatero, han conseguido redimir este sentimiento de vergüenza o embarazo (aunque se trate, precisamente, de evitarlo) que tenemos cuando vamos a comprar preservativos. Los farmacéuticos lo saben, y gozan con nuestro sufrimiento.
Pero veamos los antecedentes históricos.
Después de Adán y Eva, todo era muy bonito para los hombres que podían tener sexo a doquier. No tanto para las mujeres, que acostumbraban a embarazarse cuando el hombre eyaculaba dentro de ella. Preocupados por tanto embarazo y buscando nuevas experiencias, los romanos fueron un paso más allá y decidieron que las prácticas homosexuales eran una maravilla (eso sí, sólo entre machos). Al descubrir la relación entre el sexo y la concepción y las enfermedades venéreas, los hombres empezaron a utilizar métodos de protección más o menos artesanales. Se cree que los egipcios desde 1000 años A.C ya utilizaban fundas de tela para cubrir sus penes. Después vinieron las tripas de animales atadas y bonitas vegijas de pescado o de cabra para retener el semen. Fue a partir de finales del siglo XIX cuando los ingleses empezaron a fabricar preservativos de látex indio. Hasta la segunda mitad del siglo XX –antes de la aparición de la anticoncepción hormonal- el preservativo fue el rey en anticoncepción en el mundo, contando, cómo no, con la oposición de la Iglesia Católica y los moralistas, que no follan, pero bien que joden.
Y ahora os quejáis…ni que tuvieseis que usarlos de esparto 
Con la llegada de la píldora anticonceptiva femenina –a finales de los años 50 del pasado siglo- y la consecuente revolución sexual de la década de los 60 la anticoncepción hormonal se convirtió en la reina del amor (sexo) libre. Miles de mujeres empezaron a disfrutar de su sexualidad sin temor a un embarazo y se generalizó el sexo prematrimonial. Además de la libertad sexual de las mujeres, el amor libre trajo reformas muy importantes como legislación sobre el aborto, control de la natalidad, aceptación de la homosexualidad o el transgénero. Curiosamente –y sin querer ser yo conspiranoica- cuando todo parecía tan sencillo aparece en plena década de los 80 la pandemia del siglo XX: el SIDA. Homosexuales, prostitutas, promiscuos y cantantes de rock en general, se contagiaron del VIH. Enfermedad que a día de hoy ha alcanzado cotas de plaga en muchos países del África subsahariana y que mata a más de 6000 personas al día en todo el mundo, especialmente, en las zonas donde la Iglesia controla a la población local prohibiéndoles el uso del preservativo.
Los hippies, pasándoselo pipa. Buenos tiempos para la lírica.
Para nuestra desgracia, decenas de enfermedades de transmisión sexual conviven con el SIDA a día de hoy, algunas relativamente recientes, como el VPH. Así pues, nos jodemos y volvemos al principio: el preservativo. Independientemente del uso de anticonceptivos hormonales por parte de muchas mujeres, lo más sensato sigue siendo utilizar el preservativo con parejas esporádicas. Y, si la cosa cuaja, pedir un analítica completa (y no, no estoy de broma).
Es curioso comprobar cómo la sensación de corte a la hora de comprar condones es independiente de la edad de los hombres (*más abajo aclararé lo de hombres). Evidentemente, un chaval de 18 años lo pasará peor que uno de 40, aunque el de 40 desearía tener 18 para no parecer gilipollas comprando condones. ¿Por qué? Pues porque la sociedad no está preparada para que la gente adulta tenga sexo con diferentes parejas y lo vaya soltando a los cuatro vientos con toda la desfachatez del mundo de farmacia en farmacia. Y porque quizá la comunidad científica ha asumido que las parejas estables utilizan siempre métodos de anticoncepción femeninos. Ingentes cargas hormonales que regulan nuestro ciclo menstrual de manera artificial para que los hombres (y las mujeres) podamos disfrutar del sexo natural.
Un amigo me dijo hace poco que cuando era jovencillo se recorrió medio Coruña intentando entrar en una farmacia para comprar preservativos. Cada vez que veía gente dentro de una, iba a la siguiente. Y así se pateó la ciudad entera para comprar unos putos preservativos. Lo más curioso, es que muchos años después, sigue sin resultarle cómodo esto de ir a comprar condones a la farmacia. Él está convencido de que las farmacéuticas (sí, mujeres, en su mayoría) lo observan y cuchichean cuando se los pide. Sabiendo además el apuro por el que está pasando, sacan el muestrario de marcas, formas, texturas, colores y sabores para hacer el trámite más entretenido. O, si no, señalan el gigante stand donde cientos de coloridas cajas de condones conviven con sprays de placer, gel frío y caliente, y cremas de masaje de plátano y kiwi que recuerdan más a una exhibición del Cirque du Soleil que de profilácticos. Parece que lo hacen para ponerlo fácil, pero a ver quién es el guapo que se acerca a la puta estantería sin silbar y hacer como que mira el repertorio de enjuagues Oral-B de al lado (que van fenomenal para después del sexo oral).
ATENCIÓN PADRES: Los videojuegos y los expositores de condones pueden causar epilepsia.
A las farmacéuticas y farmacéuticos les da absolutamente igual –aparte de las risas- que él, tú o yo, vayamos a comprar preservativos, puesto que debe de ser una compra bastante habitual en este tipo de establecimientos. Sin embargo, nosotros, pecadores, adanes y evas todos, pensamos que comprando una caja de Durex Sensitivo Contacto Total –cualquier semejanza con la realidad es pura casualidad- estamos cometiendo un tremendo PECADO. Estoy segura de que los yonkis que van a por metadona pasan menos apuro que muchos de los que van a por condones. Un apunte: además de en las farmacias y parafarmacias, los preservativos también se venden en los hipermercados y podemos meterlos en la compra junto al fuet y el Don Limpio. Y aún nos quedan gasolineras y dispensadores de la calle, para un apuro.
Pero para no ponernos dramáticos volvamos a lo de los *hombres. El condón, es ese plástico con forma de pene goteante que el varón debe colocarse en su miembro erecto antes de comenzar la penetración y que actúa como escudo y bolsita recogedora del tan valioso semen masculino. Ese instrumento que el HOMBRE se tiene que poner en su POLLA . Está bien, soy feminista, he comprado preservativos muchas veces en mi vida y aunque, sorprendentemente, a mí también me parece una situación algo violenta, puedo hacerlo mil veces más. La cuestión, amigos, es que cuando las mujeres tenemos que comprar la píldora u otro método femenino, somos nosotras las que vamos, solitas, en el noventa y nueve por ciento de los casos. Y no os quiero ni contar si tenemos que ir a comprar UNA PRUEBA DE EMBARAZO.
El test de embarazo, es, en grado de bochorno femenino, lo que al hombre el preservativo, pero multiplicado por mil. Cuando una pide discretamente una prueba de embarazo en una farmacia, inevitablemente, toda la atención recae sobre ella. LA MUY PUTA. Lo veo en los ojos de esos cabrones que se ponen a explicarte en voz alta cómo tienes que utilizar el complicadísimo dispositivo: “mira, bonita, lo mejor es que cojas un vasito y orines dentro de él para después, introducir el extremo absorbente durante 10 segundos y cuando acabes, dejarlo en posición horizontal entre 3 y 5 minutos antes de comprobar si ESTÁS EMBARAZADA”. Ése es el momento en que la abuela que va a por el Sintrom te mira con reprobación mientras sacude la cabeza. Tú, allí sola, sin tu marido, y comprando una prueba de embarazo. Si en el mismo pack aprovechas para pedir la píldora de día después para tu amiga, es probable que la señora de antes sujete su bolso con fuerza y murmulle en voz -cada vez menos baja-: “pero qué pena de juventud, qué pena” seguido de un “esto con Franco no pasaba”.
Así pues, amiguitos heterosexuales, por solidaridad con vuestras compañeras hembras, vamos a hacer un pacto: vosotros traéis los condones de casa y, si algo sale mal, nosotras nos encargamos de la píldora del día después y de la (voz de terror) prueba de embarazo.

Ojalá las vendiesen en el Carrefour.
  • http://geklodia.wordpress.com/ geklodia

    Estoy de acuerdo, juan jesus. Si la química hace daño a la que quieres, en vez de la química, condón o imaginación.
    Además, la vergüencita se pasa por desgaste y puede llegar al extremo contrario. Cuando era un crío llegué a tener los momentos de chulería en el que, sin exteriorizar nada, iba a una farmacia a pedir un paquete de condones mientras que le leía la cara a la farmacéutica (sí, otro, señora, como el de la semana pasada, que es que ya s'han acabao, sabusté).
    Diana, te ha faltado hablar del condón tipo para prácticas homosexuales seguras. Seguro que ahí el farmacéutico tiene una una mirada que va desde el “ay pillín” hasta el “¡a la hoguera por maricón! Son 10 con 50”.
    ¡Excelente artículo! “…y por eso en Pontevedra ya no hay donde aparcar”.

  • http://www.blogger.com/profile/06259790177864679295 Diana López Varela

    Gracias Juan jesús! A mí tampoco me convence la química, pero es cómodo 🙂

  • http://www.blogger.com/profile/05559812306295338142 juan jesus Rch

    ¿Vergüenza? Eso ya no está de moda.
    Que pena que el miedo al que dirán impida tener unas relaciones sexuales sanas.
    Y como mi mujer prefiere plástico que química en el torrente sanguíneo, pues yo los sigo comprando, la vergüenza la perdí hace mucho ya….
    Gran post como siempre.