Hoy leo en la prensa como una pareja homosexual ha sido agredida en una playa de Almería al grito de “¡ni un paso más, maricones!”. El gañán en cuestión sufría lo que yo he bautizado como el ‘Complejo del Maricón Latente’, un tipo de individuo preocupado en exceso por la vida sexual o amorosa de los demás porque se avergüenza de su condición de homosexual reprimido.
El típico homófobo de toda la vida, vamos. El que se desquita de su hambre de sexo placentero a base de hostias e insultos a los que no padecen esa terrible enfermedad mental. El tonto de la clase. El votante de la ultraderecha. El cura pervertido. El maltratador. El envidioso. El reprimido. El puto acomplejado.
Y de acomplejados está el mundo lleno. Los golpes son el último recurso que encuentran cuando su pequeña psique no soporta más la felicidad de las personas a las que su presencia y opinión se la trae al pairo. Ellos son el enemigo: lo encuentran en todas partes. El que tiene la piel de otro color, la que defiende el derecho a decidir sobre su propio cuerpo, el cree en la igualdad, los que se aman a cara descubierta.
maricones
El mayor problema de estos infelices es tener un hijo maricón. Por encima, incluso, de que padezca una grave enfermedad.
Un hijo maricón o una hija bollera es lo peor que le puede pasar al que gritaba “ni un paso más, maricones”. Supongo que debe de pensar que intentando asustar o agredir a todos los homosexuales con los que se cruce su descendencia no se contagiará de mariconismo.
Pues anda que no le queda trabajo al imbécil. Porque los maricones existen desde que el mundo es mundo, los hay en muchas especies animales y se reproducen –sorprendentemente- como una plaga bíblica. Siento deciros que el manido argumento de que “va contra natura” no encaja mucho en el reino animal, donde los animales son poco dados a la castidad y la abstinencia.
En el mundo humano, los podemos encontrar en cualquier ciudad, en cualquier pueblo, en cualquier lugar del mundo, incluso donde la homosexualidad está penada con muerte.
La homosexualidad no se cura. La estupidez absoluta, difícilmente.
Pero hay una gran diferencia entre el maricón, que nace, y el acomplejado, que  se hace. Y aquí, como casi siempre, la culpa es de los padres. Y de los educadores.
Desde el momento en que un padre o madre le prohíbe a su hijo o hija jugar con ciertas cosas porque “son de chica” o “son de niño”, evita determinados colores con supuesta carga de género en su vestuario, lo obliga a comportarse como una mujer (que limpie, abrillante y de esplendor) o como un hombre (que mire como su hermana limpia, abrillanta y da esplendor) o reprime sus sentimientos “llorar es de niñas”, están creando el germen de la homofobia, del odio entre sexos y de la represión sexual.
 New Year Photo Shoot
Solo una buena disposición a la cultura, una correcta educación en las aulas y sensibilidad, puede librar a los futuros adultos criados en estas circunstancias de no seguir con la penosa tradición de la homofobia, indiscutiblemente ligada también al machismo.
A lo que hay que añadir, casi siempre, un preocupante gusto por el regaeton, ‘Gran Hermano’, los coches de alta cilindrada y ‘Mujeres Hombres y Viceversa’.
Pero no os equivoquéis, los homosexuales no solo existen en Barcelona y Madrid. En cada pueblo, en cada pequeña ciudad hay gays. Lo que ocurre es que la intolerancia y el paletismo de mucha gente ha obligado a este colectivo a emigrar a las grandes urbes donde puedan actuar con libertad, sin ser juzgados por ello.
El éxodo gay es un drama invisible para los medios de comunicación.  Sin embargo, miles de personas han ido abandonando sus lugares de procedencia –con unas u otras excusas- para poder vivir alejados de las miradas inquisidoras de sus vecinos que no aceptan que la gente se ame como le salga de sus respectivos órganos sexuales.
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Afortunadamente para los ciudadanos de Pontevedra, nuestro ayuntamiento apoya visiblemente al colectivo homosexual. Este año, ha montado una exposición callejera con frases de escritores y periodistas entre los que tengo el Orgullo de estar.

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Cuando Alberto Ruíz Gallardón, ex alcalde de Madrid –que llegó a ser portada de la revista Zero- casó a la primera pareja homosexual en la capital, pocos sospechábamos que el moderado se convertiría en el ministro de Justicia del partido que quiere derogar el matrimonio homosexual para llamarle “otra cosa”.
El cinismo del Partido Popular no tiene techo.
Por si fuera poco, el ayuntamiento de Madrid, comandado por la ultraderechista Ana Botella, pretende silenciar los festejos del Orgullo Gay en la capital, con restricciones sonoras de todo tipo, castigadas con importantes multas para seguir civilizadamente la normativa municipal. Ésa que tanto se tuvo en cuenta a la hora de homenajear a Felipe VI, la misma que se usa para racionalizar el ruido durante las celebraciones futbolísticas del Real Madrid o de La Roja.
El Orgullo es, sin embargo, una de las fiestas más importantes de la capital, que deja, cada año, unos 110 millones de euros en la ciudad. Puestos a ser coherentes, bien podrían prohibir semejante algarabía homosexual. Los maricones no les gustan, su dinero les encanta.
Los acomplejados deberían entender que la homosexualidad no es un problema de ‘vicio’ sexual.
El sexo anal es una práctica muy extendida entre parejas heterosexuales y la diferencia entre metérsela a una mujer por el culo o a un hombre es, a efectos prácticos, más bien poca. Incluso hay hombres heterosexuales (viciosos endemoniados hijos de Lucifer) que disfrutan con su pareja de las virtudes anales.
Por no hablar de la cantidad de mujeres heterosexuales a las que les gusta hacer la tijerita. O de los hombres a los que les gusta mirar (creo que no me equivoco al afirmar que el porno lésbico triunfa como la Coca-Cola entre los hombres heterosexuales). O la repanocha: hay a quien le gusta un poco de todo.
Para que quede claro, la homosexualidad es mucho más que eso. Es amor. Es deseo. Es atracción. Del mismo modo que a los heterosexuales nadie nos pregunta por qué nos gusta una persona del sexo opuesto por qué cojones tiene nadie que cuestionar los gustos del otro: carne, pescado o revuelto de grelos y gambas.

Cada uno en su cama, y Dios en la de ninguno.
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